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Historia sin título

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Sinopsis

El cardiólogo recomendó a Mario aire puro, paseos y mucho sol para recuperarse de su infarto. Por eso elegimos una casa típica en un pequeño pueblo de La Provenza. Lo que el médico no imaginaba es que nuestro matrimonio se rige por pactos muy claros: Mario es consciente de sus limitaciones físicas y yo tengo la libido muy alta. Él no se opone a que yo disfrute con otros hombres; al contrario, le fascina verme conseguir lo que deseo.Entre el calor del verano, blusas transparentes, biquinis atrevidos y los descarados obreros de la zona, decido iniciar un juego de exhibicionismo y seducción sin límites. Una pelirroja insaciable, un marido cómplice y un escenario donde el voyerismo se convierte en ley. ¿Hasta dónde llegará este juego antes de que el corazón de Mario diga basta?

Genero:
Erotica
Autor/a:
Ramon
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Se acercaba la semana de la Fiesta Mayor de la ciudad donde vivimos. Los nueve días que dura el jolgorio, la población se triplica.

Vivimos en el Paseo del Mar. Terrazas, atracciones de la feria, escenarios con todo tipo de “música”, etc.

Es por ello que el Doctor Martín Gala, cardiólogo, recomendó a mi esposo alejarse de ese mundanal ruido para su recuperación.

Mario, mi esposo, sufrió un infarto con necrosis lateral izquierda, que meses atrás le ocasionó el exceso de trabajo. Es fundador de un prestigioso bufet en Barcelona, por el que ha sido capaz de dar su vida. Ahora, el cardiólogo le ha recomendado aire puro, paseos y mucho sol.

Mario tiene cincuenta y cinco años. Con los quince kilos de más, debido al reposo y a la medicación, ha perdido parte de su encanto. Pero le quiero igual.

Buscaba una casa típica en un pueblo de La Provenza. En varios buscadores aparecía una que me llamó la atención. Los comentarios eran favorables. En las fotos se veía de ensueño. Planta y piso. De piedra, con una terraza en el piso superior y un patio ajardinado que daba acceso a la casa.

Yo soy Lety. Alta, con buen cuerpo, pelirroja oscura natural. Letrada, como Mario, pero en otra especialidad. Intentamos trabajar juntos pero no funcionó. La mujer del dueño no puede ser compañera de nadie. Tengo treinta y cinco años. Lo sé, es muy mayor para mí. Hasta ahora nos ha ido bien y la diferencia de edad no se ha notado demasiado físicamente. Veremos a partir del infarto.

Pensarás que la edad influye en las relaciones sexuales. Tienes razón. Además en nuestro caso porque yo tengo la libido muy alta y Mario ha perdido potencia en las erecciones. El corazón, al distribuir menos sangre, la entrega los órganos esenciales.

Su infarto me ha arrastrado a una abstinencia forzosa. Claro que se cómo aliviar mi fuego interior, pero no es lo mismo.

Me decidí por la casa de los anuncios en el pequeño pueblo de La Provenza. Por pequeño me refiero a que son dos calles. Es un pueblo medieval, de piedra vista con muros gruesos. Las contraventanas de madera en colores pastel hacen más atractiva la arquitectura de la zona.

El muro que la separa de la calle mide unos seis metros de largo y dos de alto, dando intimidad interior. Se accede a la casa por el patio a través de la puerta de madera, pintada como toda la carpintería, que está en el muro. Al otro extremo se encuentra la puerta que da acceso a la vivienda. El patio es ideal para desayunos, cenas y cómo no para tomar el sol.

Al otro lado de la calle hay dos edificios abandonados de dos plantas que no quitan el sol.

Llegamos a medio día. Descargamos el equipaje y dimos una vuelta por las dos calles. En la de detrás descubrimos un bar. Bar que a la vez es el supermercado, panadería, estanco y correos. El pueblo será pequeño pero el bar es grande. Enorme me atrevo a decir. Unas quince mesas en las que un nutrido grupo de trabajadores almorzando. En las inmediaciones del pueblo están construyendo urbanizaciones nuevas y los obreros acuden a ese bar.

El alboroto se oía desde la calle. Al entrar se hizo un silencio sepulcral. Fuimos el centro de todas las miradas. Nos siguieron hasta que tomamos asiento. Mi esposo me dijo al oído:

– Se han quedado mudos al ver cómo vas vestida —me dijo Mario al oído.

Repasé mi vestuario. Una pelirroja con una blusa blanca formal, eso sí, algo transparente que al no llevar sujetador clareaban mis pezones. Falda vaquera, quizá demasiado corta para aquellos paisanos.

Una mujer se acercó recitando el plato del día y los presentes volvieron a sus conversaciones y a hacer comentarios sobre mis pezones y el color del pelo. Tanto Mario como yo hablamos francés casi a la perfección. Eso nos dio ventaja para entender los

La comida nos encantó. Nos gustó tanto el vino que compramos una caja de doce botellas.

Llegó la hora da esperada siesta de Mario, recetada por el cardiólogo. Él se acostó. Pensé que me iría bien tomar un poco de sol. Bikini negro, gafas de sol, auriculares y una buena copa del vino del bar.

Dormité con el placer del vino y el sol. Me pareció ver a alguien en las ventanas de la casa abandonada de enfrente. Pensé que era la brisa que movía algo del interior de la casa. No le di mayor importancia.

El resto del día transcurrió con toda normalidad.

Al despertarme a la mañana siguiente salí al patio para saludar al día. Me descubrí desnuda. No me avergoncé. Tengo un cuerpo atractivo y moldeado en el gimnasio. Pecho grande, cadera proporcionada, piernas largas y como buena pelirroja todo el cuerpo salpicado de pecas.

Entré en la casa para preparar el desayuno. Mario bajó y desayunamos en el patio.

-Si ayer, con las transparencias les dejaste mudos, si te ven ahora, así desnuda les da algo.

-¿Tan mal estoy?

Le pregunté riendo.

Creí ver de nuevo algo que se movía en las ventanas de enfrente.

Salimos a caminar, regresamos, una ducha y comimos en el bar.

De nuevo nos miraron. Sería otra vez por mi forma de vestir. El vestido floreado con tirantes finos era de tela ligera. Acampanado y quizá demasiado corto. El escote enseñaba algo de pecho a cada lado del canalillo. Era fácil dejar caer un tirante. Hice la prueba y Mario sonrió diciendo:

-Ya veo. Hoy estás guerrera y quieres que lo sepan. Te entiendo, amor.

Mi esposo es consciente de sus limitaciones y de mis necesidades. Él me dedica su boca, sus dedos y nuestros juguetes sexuales pero una polla es una polla y nada la puede sustituir.

Hemos establecido pactos para que él no sienta ofendido y yo satisfecha. No se opone a que disfrute con otros hombres e incluso suele animarme a conseguir lo que deseo.

Durante la comida, tres jóvenes de unos veinte y muchos años, que estaban en la barra tomando café, me miraban con deseo. El largo del vestido, al sentarme, encogió visiblemente quedando a pocos centímetros de mostrarles lo que llevaba debajo.

Estaba sentada de cara a ellos y les brindé una sonrisa al tiempo que separé las piernas dejando que me vieran las bragas. Me devolvieron la sonrisa.

No tardé en levantarme para ir al servicio y al regresar a la mesa les miré. Era el centro de su atención. Volví a sonreír y esperaron ver cómo separaba de nuevo las piernas. Lo hice. Se sorprendieron al descubrir que ya no llevaba las bragas. Una mata de pelo rojizo asomaba entre mis muslos.

Comimos y Mario descubrió un billar al fondo del local. Nos gusta jugar al billar y echamos una partida. Perdí. Los lugareños comentaban el largo de mi vestido. Al inclinarme para lanzar el taco asomaba medio culo y era evidente que no llevaba bragas.

Hora de la siesta de Mario y de tomarme un vaso de vino al sol.

Esta vez me puse un bikini estampado y algo más atrevido.

Al rato de tomar el sol y con la copa ya vacía me quité el sujetador. Me gusta tomar el sol desnuda en la playa y en el barco que alquilábamos en verano. Los tripulantes están acostumbrados pero te digo que los caliento cuando me pongo perra y me exhibo. En una ocasión, en las islas griegas, Mario estaba descansando en el camarote y salí a cubierta para tomar el sol. Me desnudé y les pedí a los dos tripulantes que me pusieran crema.

Encima de una colchoneta me puse a cuatro patas para que me untaran la espalda. Las cuatro manos embadurnaron espalda, nalgas, las tetas que colgaban, asterisco y todo el coño. Me metieron todos los dedos y en la boca las dos pollas a la vez. La tarde siguiente me los follé varias veces. Mario nos oyó y cuando bajé para ducharme me felicitó.

Me levanté para poner más vino y al ver la mata de pelo que sobresalía de la braga del bikini decidí eliminarla. Tijera, cazillo con agua caliente, espuma de Mario y cuchilla.

En el patio, sentada en una silla con las piernas abiertas de par en par y los pies apoyados en otra, me puse manos a la obra. Creí ver de nuevo movimiento en las ventanas de enfrente.

Terminé de dar forma a mi jardín rojizo y degusté el vino.

Volví a ver movimiento y creí distinguir dos cabezas pasando por las ventanas.

-Estarán limpiando para reformar el edificio.

Pensé.

Mario seguía durmiendo. Lo hace hasta las cinco y eran las tres. El sol quemaba y mi piel es delicada. Ducha y con el mismo vestido y un tanga negro me fui al bar a tomar un café.

-Buenas tardes.

Saludaron cuando entré. Los tres de antes seguían en la barra.

-¿Y su padre? ¿No se encuentra bien?

Preguntaron mofándose de la diferencia de edad.

-Es mi esposo. Y estoy con él por el dinero.

Es la respuesta que doy cuando quiero que dejen de preguntar. Callaron.

-Juega usted muy bien al billar. ¿Le apetece una partida?

Preguntó el más alto.

Nos jugamos las consumiciones. Pedí un Jack Daniels y abrí yo. Las mesas cercanas dejaron las cartas sobre la mesa para ver lo que se viera. Cada vez que me tocaba lanzar ellos se alejaban unos pasos detrás de mí. Ya te imaginas para qué. Pues sabiendo que es lo querían me subía el vestido para que disfrutaran de mi culo.

Les calenté hasta el punto que uno de ellos se atrevió a decirme

-¿Le gustaría visitar el servicio?

Le contesté con una sonrisa a la vez que frotaba el taco a modo de paja.

Las tres partidas las perdí. Ya estaba algo borracha. Los vinos de la comida, los que bebí tomando el sol y los tres Jack Daniels hacían estragos en mi cuerpo. Dejé un billete de cincuenta euros sobre el tapete y me despedí.

Mario seguía durmiendo. Los cuatro miligramos de Loracepam hacen milagros.

Salimos a cenar al pueblo de al lado. Platos de la zona. Me puse una falda oscura y una camiseta de mangas tipo baloncesto en blanco. Sandalias y un bolso de mano. Mario un pantalón corto marrón y una camisa verde claro arremangada.

En la cena le conté a Mario mi visita al bar y la partida de billar. Se rio cuando repetí la conversación

-¿Y su padre? ¿No se encuentra bien?

-Es mi esposo. Y estoy con él por el dinero.

Celebró mis palabras.

-¿Les habrás calentado con el vestido?

Le conté que me lo subía para que me vieran las nalgas.

-Me estás poniendo a mil, Lety. Habrá que hacer algo.

Cuando está muy excitado tiene una pequeña erección que aguanta hasta que se corre. Hay que aprovechar el momento.

Entramos en el servicio. Sólo hay uno para los dos sexos, como en casi todos los locales en Francia. Me besó mientras se la tocaba. Cuando noté que le salía el líquido pre seminal me arrodillé y se la chupé. No tardó ni un minuto en soltarme una descarga de leche en la boca. Me gusta el sabor de la leche de mi esposo aunque en general me gusta que se corran en mi boca.

Volvimos a la mesa bajo la mirada atenta de los comensales de las otras dos mesas. Cenamos, copa y otra copa.

En los cinco minutos que duró el trayecto hasta la casa me imaginé cómo me miraban los abuelos del bar. Me veían las nalgas y algo más, porque en ocasiones separaba convenientemente las piernas para que se viera el bulto dentro del tanga negro.

Entramos en la casa por el patio. La luz, en forma de antorcha estaba encendida. El cuerpo me ardía de ganas. Estaba muy caliente y le pedí a Mario que me lo comiera. No hizo preguntas y me tumbé sobre la mesa de mármol donde desayunamos. Me quitó el pantalón y el tanga. Tumbada en la mesa mirando cómo me desnudaba vi luz en las ventanas de enfrente. Me corrí al pensar que quien fuera vería cómo me lo estaba comiendo mi esposo.

Mario me hizo un trabajo de diez. Es un maestro del cuniligus. Le llené la cara dos veces y sus dedos sacaban nata de dentro de mi coño. Se la comía y me follaba con la mano para sacarme más nata. Antes de terminar me provocó un squirt.

Mientras mi esposo me hacía las mil delicias, levantaba la cabeza para ver si en las ventanas seguía la luz. Estaban a oscuras pero en dos de ellas vi el rojo de la lumbre de cigarrillos. Prueba de que alguien nos estaba viendo.

Me puse como loca viendo los puntos rojos y le dije a Mario que se pusiera detrás de mí. Me quité la camiseta. Entendió que me tenía que tocar las tetas mientras yo me lo haría sola de cara a las ventanas. Él también vio los cigarrillos y me dijo:

-¡Ah putilla! Ahora sé lo que estas buscando.

Me amasó los pechos y tiró de los pezones. Volví a correrme en mis manos y seguí acariciándome cada vez con más furia.

Otro orgasmo. Grité y Mario me abofeteó las tetas. Sabe que me gusta.

Me puse la mano entera dentro del coño y me lo follé. Cuando la saqué, un amasijo de líquido espeso resbalaba por los dedos. Me lo acerqué a la boca y mirando a las ventanas lo dejé caer entre mis labios. Luego lo lamí y terminé metiéndomelo en la boca. Mario seguía apretándome los pezones y volví a gritar.

Quería que quienes fueran los que me miraban salieran de su escondite para que me llenaran todos los agujeros con su leche espesa y caliente.


Nota de autor:

¡Hola a todos! Soy nuevo en la plataforma y aquí os dejo el arranque de mi serie. ¿Qué os parece la audacia de Lety en el patio? ¿Creéis que los vecinos la habrán visto? Dejadme vuestros comentarios y teorías aquí abajo, ¡os leo!

¡Cuéntale a Ramon lo que piensas sobre este capítulo!
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