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Fruta Prohibida [Bakudeku Mpreg]

Sinopsis

.La historia es una comisión que me pidieron ^^ Tras perder a su familia, Katsuki Bakugou es adoptado por una familia de prestigio. Dos hermanos de crianza se ven atrapados en medio de un conflicto moral y sentimental. ¿Podrán olvidar sus sentimientos?

Genero:
Erotica,Romance
Autor/a:
SnowPolar_
Estado:
Completa
Capítulos:
22
Rating
5.0 (3 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Prólogo:

____________________________


Hubo un día en específico que hizo que el mundo, tal y como lo conocía, Katsuki Bakugou cambió por completo. Un trágico día en el que un niño, de tan solo cinco años, perdió a sus padres.


Aquella noche llovía con fuerza, una de las tantas tormentas de verano que azotaban la zona. La carretera se encontraba a oscuras, apenas iluminada por las luces delanteras del coche. El asfalto, empapado por la tormenta, hacía que cada curva en aquella sinuosa carretera resultará aún más peligrosa.


Masaru Bakugou, conocía aquellas carreteras a la perfección por lo que— creyendo que tenía el control absoluto— conducía con rapidez. No se trataba cuestión de imprudencia, se trataba de una emergencia que requería su presencia en la finca.


Una de las yeguas en cinta había dado a luz en medio de la tormenta y, por desgracia, parecía que algo había salido terriblemente mal. La única capaz de ayudar en ese momento era su mujer, Mitsuki Bakugou.


—Tuvimos que dejar a Katsuki en casa— habló la mujer rubia mientras se aseguraba que llevaba todo lo necesario.


Masaru, el capataz de la finca mantuvo su vista fija al frente.


—Es un niño bueno, no te preocupes— habló el hombre.


Katsuki dormía en el asiento trasero, en su pequeña sillita adaptada, mientras abrazaba su peluche favorito de un husky blanco.


—Estará bien, podemos dejarlo dentro de la casa— habló el capataz.


Mitsuki giró un segundo para ver a su pequeño. Un niño tan dulce y encantador, su pequeño niño arcoíris que había dado tanta felicidad a sus padres desde el día en que lloró en brazos de su madre.


Un destello hizo que la mujer volteara al frente, un coche a alta velocidad se dirigía en su dirección.


Todo sucedió demasiado rápido. La luces, el ruido de los neumáticos, el giro de la mujer, un volantazo y por último el silencio.


Cinco segundos. Cinco, como la edad que Katsuki tenía. Cinco segundos antes de que el destino lo dejara solo en el mundo.


El pequeño niño abrió los ojos, confundido, aterrado. Su cuerpo le dolía demasiado por el impacto. Aquel líquido vital brotaba de su pequeño brazo, de parte de su rostro y una de sus piernas.


Los cristales estaban por todas partes y aquel silencio, ese que lo atormentaría por el resto de su vida, estaba presente en el lugar.


—Mami…— soltó entre sollozos— ¡Mami! Mami, duele…


Nadie respondió.


El pequeño consiguió deshacerse del cinturón, un botón que su madre le había enseñado a presionar y le había pedido que no tocase si el coche estaba en marcha.


Su cuerpo cayó de bruces sobre los cristales y entonces los vio. Sus padres.


—Papá…— llamó.


Su inocencia, el shock del momento, le impedía comprender porque sus padres no contestaban, porque permanecían dormidos y su color favorito, el rojo, teñía sus rostros.


—Mami…


Como pudo salió del coche.


La lluvia lo empapó en segundos, golpeando su cuerpo mientras veía en todas las direcciones.


No tardaron demasiado en aparecer las luces rojas y azules, aquellas de los coches de policía con los que jugaba con su padre.


—Todo va a estar bien— dijo uno de los paramédicos que llevó al niño a una ambulancia.


—Mi mami— vio como sacaban el cuerpo de la mujer que le había dado la vida.


Nadie fue capaz de explicarle a aquel niño, en ese momento, que sus padres no volverían a responderle. Que ambos habían fallecido en el accidente y que él había sido el único superviviente de aquel fatal accidente.



Aquella noche terminó en un hospital, rodeado de personas adultas que hablaban con calma y cuidaban de él. Todo mientras él permanecía sentado sobre la camilla mirando hacia la puerta, esperando que su madre entrase y lo riñera por quitarse el cinturón de seguridad.


Pasaron horas. Una eternidad para alguien tan joven.


De un momento a otro las puertas se abrieron y apareció aquel hombre que su padre tanto admiraba. Toshinori Yagi, el dueño de la finca, amigo de sus padres.


Yagi había recibido la noticia y había acudido inmediatamente al hospital.


—Katsuki… Hola— dio unos pasos en dirección al pequeño—¿Me recuerdas?


Katsuki levantó la mirada y asintió con la cabeza.


—¿Dónde están mis papás?


Yagi tomó aire y se arrodilló frente a él. Durante unos segundos no se atrevió a responder la pregunta porque no se sentía capaz de informarle que no volvería a ver a su familiar. Con un leve movimiento, abrió los brazos y Katsuki se lanzó contra él para comenzar a llorar.


—Quiero a mis papás— soltó entre lágrimas.


—Lo sé.


—Tengo miedo y me duele mucho.


Ante aquellas palabras el hombre mayor lo abrazó con fuerza, sabía que una parte del niño comprendía perfectamente la situación. Que aquel dolor que sentía no era solo físico, sino también emocional.


—No tengas miedo. Ahora yo cuidaré de ti— se apartó un momento y secó las lágrimas del niño— no vas a estar solo. Lo prometo.


Desde ese día, Katsuki pasó a formar parte de la familia Yagi Midoriya. No como empleado, no como un huérfano al que debían tenerle compasión, sino como a un hijo.


Yagi cumplió con su palabra. Le dio una familia, una educación y una infancia llena de momentos alegres. Le dio esa vida que sabía que Masaru y Mitsuki habían deseado para su hijo.


Katsuki no creció solo, porque allí —en la finca— vivía el hijo único de Yagi. Izuku Midoriya era un niño cinco años mayor que él, de mirada amable, sonrisa agradable y cariñoso.


—Seré tú hermano mayor— dijo Izuku cuando Katsuki pasó a vivir con ellos.


Y así fue durante un tiempo, hasta que algo cambió. Aquel mismo niño crecería y, con el paso del tiempo, su percepción sobre su “hermano mayor” cambiaría por completo.


Izuku se convertiría en la única persona que temería perder en su vida. En su primer y más grande amor, en su única obsesión.


El fruto prohibido que jamás pudiera tomar.


Continuará…

Siento la redacción y las faltas ortográficas.

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Diálogos potentes

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