Capítulo 1 El silencio de Holzland
La brisa era cálida aquella tarde y el cielo se extendía despejado sobre el valle, tranquilo hasta un punto que resultaba inquietante.
Erex observaba la aldea desde la colina, como hacía cada atardecer desde que había llegado a Holzland. Desde allí arriba el pueblo parecía dormido bajo el sol anaranjado que descendía lentamente hacia el horizonte. Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo que se elevaban despacio hacia el cielo, mientras el murmullo constante del río atravesaba el valle como un susurro lejano.
—Es precioso, ¿verdad? —dijo una voz a su lado—. Pocas veces se puede contemplar una vista tan maravillosa.
Erex giró ligeramente la cabeza.
Una joven aldeana se había sentado junto a él sin que se diera cuenta. Observaba el valle con una expresión tranquila, como si hubiera estado allí desde siempre. Sin embargo, algo en su mirada no era lo habitual.
—Siempre vienes aquí a relajarte… —continuó con una voz suave que parecía deslizarse con el viento—. ¿O tal vez vienes a escaparte?
Un escalofrío recorrió la espalda de Erex.
Escapar… ¿de qué?
Volvió a mirar hacia la joven.
Pero ya no estaba.
Erex frunció el ceño y se levantó de golpe. El lugar donde ella había estado sentada estaba vacío. Como si nadie hubiera estado allí.
Confundido, dirigió la mirada hacia la aldea.
Las casas seguían en su sitio. El río continuaba su curso. El viento movía suavemente las hojas de los árboles.
Pero algo estaba mal.
No había nadie.
Ni una voz.Ni pasos en las callesNi humo saliendo de las chimeneas.
Solo silencio.
Y ceniza.
Erex sintió de repente cómo algo lo sujetaba por detrás.
Se giró sobresaltado.
Una sombra enorme y deformada se extendía a su alrededor, envolviéndolo como si surgiera de la propia oscuridad. La figura susurraba palabras que Erex no podía entender, señalando con un gesto lento hacia el cielo.
Instintivamente levantó la mirada.
Una enorme roca roja descendía directamente hacia él.
Entonces comprendió lo que la sombra había estado diciendo.
—Despierta.
Erex abrió los ojos de golpe.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo mientras se incorporaba empapado en sudor. A su lado alguien gritó.
Liudmila cayó al suelo sobresaltada.
—¡Por todos los dioses! ¡Ya te vale!
Erex tardó unos segundos en recuperar el aliento mientras el eco del sueño seguía resonando en su cabeza.
Liudmila se levantó sacudiéndose el polvo de la ropa y lo miró con una mezcla de enfado y preocupación.
—¿Otra vez?
Erex evitó su mirada mientras se pasaba la mano por la frente.
—Estoy bien.
No era la primera vez que ocurría.
Desde que había aparecido en Holzland medio año atrás, las pesadillas lo despertaban con frecuencia en mitad de la noche. Siempre eran confusas, inquietantes, y cada vez parecían más reales. Sin embargo, nunca hablaba de ellas con nadie.
Liudmila lo conocía lo suficiente para saber que no estaba diciendo toda la verdad, pero tampoco insistió.
—Darian nos está esperando —dijo finalmente—. Hoy nos toca ir de caza.
El grupo se reunió a las afueras de la aldea, cerca del camino que conducía al bosque.
Raiden fue el primero en hablar cuando vio llegar a Erex y Liudmila.
—¡Ya era hora! Pensé que tendríamos que ir sin vosotros.
Darian le dio una palmada firme en el hombro.
—Dice el que siempre llega tarde.
Raiden frunció el ceño.
—Oye…
En ese momento aparecieron Cleter y Oggi por el camino principal. Cleter caminaba con su habitual tranquilidad, mientras Oggi llegaba prácticamente sin aliento.
—Perdonad la tardanza —dijo Oggi entre jadeos—. Me quedé preparando medicinas y comida para hoy.
Raiden soltó una carcajada.
—¿Te perseguía un oso o qué?
—Peor —respondió Oggi—. Mi madre.
Las risas se extendieron entre el grupo.
Erex observó la escena en silencio.
Aún le resultaba extraño pensar que apenas medio año atrás había aparecido en el bosque sin recordar nada de su vida. Solo su nombre, bordado en unos harapos extraños que apenas se sostenían.
Al principio los aldeanos lo habían mirado con desconfianza.
Ahora caminaba junto a ellos como uno más.
El bosque de Holzland siempre había sido generoso con la aldea. Durante generaciones había proporcionado ciervos, jabalíes y todo tipo de caza que permitía a los aldeanos sobrevivir incluso durante los inviernos más duros.
Pero aquel día algo era distinto.
No se oía el canto de los pájaros ni el crujir de pequeños animales entre los arbustos. Incluso el viento parecía moverse con cautela entre las ramas, como si el propio bosque estuviera conteniendo la respiración.
Raiden fue el primero en notarlo.
—¿No os parece raro?
—Hemos avanzado apenas cincuenta metros desde que entramos —respondió Cleter ajustándose los anteojos—. No es suficiente distancia para sacar conclusiones.
—Siempre tienes que medirlo todo, ¿verdad?
Darian levantó el puño.
El grupo se detuvo al instante.
Erex siguió su mirada.
Varios árboles estaban derribados. La tierra estaba completamente removida, como si algo enorme hubiera atravesado el bosque con una fuerza descomunal.
Erex se acercó a uno de los troncos caídos y se agachó para examinarlo.
Algo oscuro manchaba la corteza.
Sangre.
—Sea lo que sea está herido —murmuró.
Liudmila se inclinó para examinar el suelo.
—Es reciente.
El rastro continuaba entre los árboles, abriéndose paso a través del bosque como una cicatriz.
Y era enorme.
Mientras avanzaban siguiendo aquel rastro, Raiden caminaba unos pasos por delante junto a Oggi.
—Se te ve algo tenso —comentó con media sonrisa—. ¿Estás bien?
—¿Qué? Sí… claro que estoy bien —respondió Oggi demasiado rápido.
Raiden arqueó una ceja y miró hacia el resto del grupo. Liudmila caminaba unos metros más adelante, revisando el suelo con atención.
Raiden le dio a Oggi un ligero codazo.
—Venga, intenta parecer un poco más valiente. A lo mejor así consigues impresionar a Liudmila.
Oggi se puso rojo al instante.
—¡¿Qué?! No digas tonterías…
Raiden soltó una carcajada.
—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo.
Oggi murmuró algo ininteligible mientras evitaba mirar hacia donde estaba Liudmila.
Erex, que había escuchado parte de la conversación, no pudo evitar sonreír.
El buen humor del grupo contrastaba con el inquietante silencio del bosque.
Durante la caminata, Raiden no dejaba de mirar la espada imperial que Darian llevaba en la espalda.
Cleter lo notó enseguida.
—Quieres que te entrene otra vez.
Raiden lo miró molesto.
—¿Y qué si quiero?
Darian suspiró.
—Muy bien. Si consigues tocarme con la espada… te enseñaré.
Raiden sonrió como si ya hubiese ganado.
—Le doy diez segundos —dijo Cleter.
—Cinco —añadió Liudmila.
—¿Ocho? —dudó Oggi.
Erex observaba en silencio. Analizó la postura de Darian, la forma en que sujetaba la espada y la tensión en sus hombros.
—Dos —dijo finalmente.
Todos lo miraron.
—¿Dos qué? —preguntó Raiden.
—Segundos.
Raiden soltó una carcajada.
—Pues vas a perder esa apuesta.
Cleter dio la señal.
Dos segundos después, Raiden estaba en el suelo.
Darian ya había desarmado a su hermano y lo mantenía inmovilizado.
Erex fue el único que no pareció sorprendido.
Darian ayudó a su hermano a levantarse.
—En una batalla real estarías muerto —dijo con calma—. Y nuestra madre llorando.
Raiden bajó la mirada.
Liudmila frunció el ceño.
—Eso ha sido innecesario.
Pero Darian no respondió.
Erex notó algo extraño.
Un bulto sobresalía del bolsillo de su chaqueta.
Una carta.
Algo le decía que no era una carta cualquiera.
El grupo continuó avanzando siguiendo el rastro.
El bosque estaba demasiado silencioso.
Ni pájaros, ni insectos, ni el crujir de las ramas bajo pequeños animales.
Era como si toda la vida del bosque se hubiera apartado del camino.
Ni siquiera el viento parecía querer atravesarlo.
Entonces Erex redujo el paso.
Algo no encajaba.
No era un sonido ni un movimiento concreto, sino una sensación difícil de explicar, como una presión invisible recorriéndole la espalda.
Erex observó lentamente el bosque que los rodeaba.
—Esperad… —murmuró.
Pero antes de que pudiera añadir nada más, Raiden se dejó caer sobre una roca cubierta de hojas secas.
—Raiden… —dijo Darian en voz baja—. No te muevas.
La superficie bajo él vibró.
Al principio fue apenas un leve temblor.
Las hojas comenzaron a deslizarse lentamente por la superficie.
Raiden frunció el ceño.
Entonces la roca respiró.
Un párpado grueso se abrió entre las grietas.
Un ojo enorme lo miró fijamente.
Raiden se quedó paralizado.
—Por Prometeo… pero ¿qué…?
La criatura comenzó a levantarse, sacudiendo la tierra y las hojas que la cubrían. Entre su piel gruesa se abría una profunda herida de la que goteaba sangre oscura.
El grupo retrocedió instintivamente.
Aquella criatura no pertenecía a los bosques de Holzland.
Darian apretó la empuñadura de su espada.
—Retroceded…
La criatura terminó de incorporarse entre los árboles.
Un Ogar.
Y ahora los estaba mirando.
-
La caza acaba de empezar…








