PRÓLOGO
¿Has tenido un sueño tan vivido que, cuando despiertas, es como si te hubieras quedado dormido?
Uno de esos sueños que no desaparecen en cuanto abres los ojos.
Que permanecen.
Se quedan contigo durante unos segundos, quizá minutos, suspendidos en algún lugar entre lo que recuerdas y lo que realmente sucedió. A veces incluso durante horas. Puedes estar preparando café, conduciendo al trabajo, hablando con alguien, y de pronto una imagen aparece en tu cabeza sin pedir permiso.
Una voz, un rostro, un lugar que nunca has visitado y por un instante vuelves a estar ahí.
Yo tuve uno así.
Aunque, con el tiempo, dejé de llamarlo sueño.
La primera vez ocurrió una noche cualquiera.
No había nada especial en ella. No había tormenta, ni luna llena, ni una de esas noches extrañas que parecen anunciar que algo está a punto de suceder. Era una noche tranquila. De esas que pasan desapercibidas y que uno olvida en cuanto comienza el día siguiente.
Recuerdo haberme acostado temprano.
Recuerdo cerrar los ojos después de eso, no recuerdo haberme quedado dormida.
Simplemente aparecí allí.
En medio de una calle vacía.
El cielo era de un azul imposible.
No era el azul claro de una mañana despejada ni el azul oscuro de la noche. Era algo distinto. Un color profundo, brillante, casi líquido, como si el cielo hubiera sido pintado con una tonalidad que no existía en el mundo real.
El ambiente estaba completamente quieto.
Ni siquiera una corriente de viento.
Todo parecía detenido.
Y, sin embargo, yo podía escuchar algo.
Una respiración. No la mía, la sentía cerca, tan cerca que tuve la certeza de que alguien estaba detrás de mí.
No me moví, no porque tuviera miedo, al menos, eso me dije.
Era más bien una sensación extraña. La certeza de que si giraba demasiado rápido, algo podía desaparecer.
Así que permanecí mirando el horizonte.
— Llegaste.
La voz hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.
No reconocí aquella voz. Y, al mismo tiempo, sentí que la había estado esperando toda mi vida.
Giré lentamente.
Entonces la vi.
Estaba a unos cuantos pasos de mí.
Una mujer.
No podía distinguir con claridad su rostro. La luz azul que nos rodeaba parecía envolverla, borrando algunos de sus rasgos y haciendo que otros destacaran demasiado.
Sus ojos eran lo único que podía ver con absoluta claridad.
Me miraban directamente como si me conociera, como si hubiera estado buscándome.
— ¿Quién eres? —pregunté.
Ella sonrió pero no respondió, en cambio, comenzó a caminar hacia mí, un paso, después otro. Yo debería haber retrocedido.
No lo hice.
Había algo en ella que me resultaba familiar. Algo que no podía explicar. Una sensación parecida a recordar una canción que no sabías que conocías.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano.
Sus dedos rozaron mi mejilla, estaban fríos, tan fríos que cerré los ojos y entonces escuché mi nombre.
No pronunciado, susurrado, como si aquella palabra fuera un secreto que solamente ella y yo conocíamos.
Abrí los ojos.
La calle comenzó a tomar vida. Las señales de tránsito comenzaban a moverse detrás de ella.
Primero lentamente después con violencia. El cielo se volvió más oscuro, el azul comenzó a cubrirlo todo.
— No despiertes —me dijo.
Fue entonces cuando sentí miedo.
— ¿Por qué?
La mujer volvió a sonreír, esta vez, sin embargo, había tristeza en sus ojos.
— Porque todavía no es el momento.
Y desperté.
Abrí los ojos de golpe, estaba en mi habitación, oscura, silenciosa.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza contra mi pecho que durante unos segundos no pude respirar correctamente.
Miré el techo.
No sabía dónde estaba.
O, mejor dicho, sabía perfectamente dónde estaba, pero una parte de mí seguía esperando encontrar esa calle vacía al otro lado de la ventana.
Me incorporé lentamente.
La habitación parecía diferente, no porque algo hubiera cambiado, sino porque yo había cambiado dentro de ella.
Me pasé una mano por el rostro, todavía podía sentir el frío de sus dedos.
Me quedé inmóvil. Después solté una pequeña risa.
Una de esas risas nerviosas que utilizamos cuando queremos convencernos de que algo no nos ha afectado.
— Solo fue un sueño.
Lo dije en voz alta, necesitaba escucharlo solo fue un sueño.
Nada más.
Me levanté de la cama y fui hasta la ventana, afuera todavía era de noche, el cristal estaba frío bajo mis dedos.
Respiré profundamente.
Poco a poco, mi corazón comenzó a recuperar su ritmo.
Entonces lo vi era algo azul, pequeño, casi imperceptible sobre el alféizar de la ventana.
Me acerqué, era una flor. No sabía qué clase de flor era, nunca había visto una igual. Sus pétalos tenían exactamente el mismo tono de azul que había visto en el sueño.
La tomé entre los dedos, estaba húmeda, tenía gotas de agua sobre los pétalos.
Una luz roja que cambiaba a azul bañaba sutilmente la flor. Una luz que no parecía provenir de ningún lado.
Y ahí fue cuando dejé de reír.
Porque mi habitación estaba a completamente oscura. La única luz visible era la de la farola de la calle.
No tenía sentido.
Durante varios minutos me quedé observándola, buscando una explicación, quizá alguien la había dejado allí, quizá había sido una coincidencia, quizá estaba demasiado cansada y todavía no había terminado de despertar.
Esa última posibilidad fue la que elegí porque era la más fácil.
Dejé la flor sobre la mesa de noche y regresé a la cama.
No volví a dormir, al menos eso creí.
A la mañana siguiente, la flor había desaparecido, no había rastro de ella, ni pétalos, ni agua, ni siquiera una mancha sobre la madera solo encontré algo escrito en una hoja de papel que estaba junto a mi almohada.
Una frase, una sola.
Todavía recuerdo cada palabra.
No debiste despertar.
Durante mucho tiempo pensé que aquello había sido una broma, una coincidencia, una alucinación provocada por el cansancio.
Incluso llegué a convencerme de que yo misma había escrito aquella frase durante la noche y después lo había olvidado.
Era una explicación absurda. pero era una explicación y yo necesitaba una porque aceptar cualquier otra posibilidad significaba aceptar que algo había entrado en mi vida sin que yo pudiera entender qué era.
Durante los días siguientes no soñé con ella, intenté olvidarlo , volví a mi rutina, trabajé, salí, hablé con personas, reí, hice todo aquello que hacemos cuando algo nos incomoda demasiado y preferimos enterrarlo debajo de cosas cotidianas.
Funcionó.
Durante un tiempo, hasta que volvió.
La segunda vez fue diferente.
No había calle vacía.
No había cielo.
No había azul.
Solo una habitación. Una habitación completamente blanca.
Ella estaba sentada frente a mí, esta vez pude ver su rostro y lo primero que pensé fue que era hermosa.
Lo segundo fue que estaba llorando.
— ¿Por qué sigues aquí? —pregunté.
Ella levantó la mirada.
— Porque tú sigues viniendo.
Sentí un escalofrío.
— Yo no estoy viniendo.
— Sí.
Negué con la cabeza.
— Esto es un sueño.
Ella sonrió con tristeza.
— Eso es lo que necesitas creer.
Me acerqué.
— ¿Quién eres?
Ella pareció dudar, después dijo mi nombre, exactamente como aquella primera noche y volvió a extender la mano.
Esta vez no tocó mi rostro.
Señaló detrás de mí.
Me giré, había una puerta, no estaba allí un segundo antes, era azul, completamente azul.
La miré durante unos instantes.
— ¿Qué hay detrás?
— Lo que olvidaste.
La miré de nuevo.
— ¿Qué olvidé?
Ella se levantó y caminó hasta mí.
Se detuvo a centímetros de mi cuerpo.
— A mí.
Entonces abrió la puerta y desperté.
Otra vez.
Pero esta vez no estaba en mi habitación, estaba sentada en el suelo frente a una puerta azul. Una puerta que no pertenecía a ninguna habitación de mi casa. Una puerta que no debería existir.
Me quedé inmóvil.
No podía respirar, no podía pensar solo podía mirarla.
La pintura azul estaba descascarada en algunas partes, había una pequeña manija de metal y, debajo de ella, algo escrito.
Mi nombre.
Retrocedí.
Entonces escuché la voz, la misma voz, la misma mujer. Pero esta vez no estaba dentro de mi cabeza estaba al otro lado de la puerta.
— Ahora sí puedes despertar.
Y fue en ese momento cuando comprendí algo que todavía me cuesta aceptar.
El problema nunca fue que estuviera soñando, el problema era que no sabía cuándo estaba despierta porque hay sueños que terminan cuando abrimos los ojos.
Hay otros que se quedan con nosotros.
Y existen algunos que no fueron sueños en absoluto solo recuerdos de algo que todavía no ha sucedido.
Durante años intenté descubrir quién era aquella mujer, qué significaba el azul, por qué aparecía en mis sueños, por qué conocía mi nombre y, sobre todo, por qué cada vez que despertaba encontraba una pequeña señal de que ella había estado allí.
Una flor.
Una palabra.
Una puerta.
Una voz.
Hasta que comprendí que quizá no estaba intentando encontrarme, quizá estaba intentando advertirme.
Hay personas que llegan a nuestra vida de la manera más inesperada.
Algunas llegan cuando estamos despiertos.
Otras llegan mientras dormimos.
Y algunas... algunas llevan mucho tiempo esperándonos en nuestros sueños.
Solo que todavía no sabemos cómo llamarlas.
Yo tampoco lo sabía hasta que volví a verla.
Esta vez, despierta.
Y cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez en aquel lugar que no debía existir, ella pronunció las mismas palabras que había escuchado tantas noches.
— Te dije que todavía no era el momento.
Entonces lo entendí, entendí que aquella primera noche no había sido el comienzo.
Había sido un recuerdo, uno que mi mente había disfrazado de sueño para protegerme y que, quizá, durante todo ese tiempo, había estado intentando regresar a mí.
Porque algunas historias empiezan con un encuentro, otras, con una despedida.
La nuestra comenzó mucho antes.
En un sueño azul del que ninguna de las dos consiguió despertar.









que es esto o sea no importa la historia que se aru siempre vas a dejarme con dudas