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La rosa de Varenne

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Sinopsis

El príncipe Sebastian Varenne está destinado a casarse con una princesa para unir dos reinos. Rosalie de Beaumont solo es una dama de compañía. Pero cuando Sebastian necesita una falsa enamorada para escapar de su compromiso, ella se convierte en la mujer más observada de la corte. Lo que comienza como un simple acuerdo pronto se complica cuando fingir empieza a sentirse demasiado real.

Genero:
Romance
Autor/a:
Yiada
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

01

La primera vez que vi el castillo me pareció un sueño hecho realidad. Me pareció demasiado hermoso para pertenecerle a personas como la familia real: personas capaces de hacer gran daño. 

Se erguía sobre una colina, con paredes blancas y detalles en color dorado. El sol de la mañana hacía que resplandeciese. Las torres eran adornadas por azulejos de color celeste y largas banderas con el escudo real, que ondeaban como si danzaran a causa del viento.

Desde el camino lograba ver el jardín real que se extendía hasta las murallas, repleto de rosales, fuentes y árboles perfectamente podados. Incluso a la distancia divisé un par de estatuas de mármol con la apariencia del rey.

Estaba entusiasmada, pero mi padre, sentado frente a mí en el carruaje, no compartía el sentimiento.

—No pongas esa cara —me dijo.

Yo desvié la vista de la ventana hacia él.

—¿Qué cara?

—La de alguien que no entiende lo que está sucediendo —murmuró—. La de alguien que descubrirá que habría sido más sencillo nacer como campesina.

—No pongo esa cara —respondí—. Y si lo hiciera, simplemente no me mires.

Él rió suavemente y pasó una mano por su cabello. Me sorprendió un poco; no era habitual oírlo feliz, no en los últimos años.

Mi padre era Lord de Beaumont, pero no era algo que dijéramos con orgullo. Durante generaciones los Beaumont habían poseído tierras, viñedos, caballos y una mansión que en su tiempo fue considerada de las más hermosas del reino.

De todo eso solo quedaba la mansión y no en buen estado. Solo conservamos el título y poco más. Las propiedades fueron vendidas, luego los caballos e incluso las joyas de mi madre.

Bajé la vista a mi vestido. Era azul pálido de mangas arrugadas y cuello alto. Había pertenecido a mi madre, cuando ella tenía mi edad. En algún momento fue hermoso, ahora la tela lucía desgastada y el color opaco; una costura sobresalía al costado.

No estábamos en la ruina, no aún. Pero estábamos lo suficientemente cerca para tener que recurrir a esto.

—Recuerda a qué vienes —dijo mi padre.

—A servir a la princesa. Lo sé —murmuré.

—Y compórtate —suspiró.

—¡Sé comportarme! —bufé.

—No discutas con nobles —añadió y me acarició el cabello.

Volví la vista a la ventana del carruaje, el castillo cada vez más cerca.

—También somos nobles —musité—. Solíamos serlo.

Mi padre ignoró el comentario y me miró, escéptico.

—Rosalie.

—Padre.

—Discutiste con Lord Alistair el invierno pasado —murmuró.

—Él dijo que las mujeres no deberían tener derecho a heredar tierras —gesticulé frustrada en el aire.

—Y le arrojaste vino.

—Era vino blanco —suspiré—. No manché tanto su ropa.

Mi padre se sobó las sienes, pero no pudo decir más. El carruaje se detuvo frente al palacio. Había decenas de personas alrededor: guardias, sirvientes, nobles, comerciantes.

La razón era clara: el príncipe se iba a casar, en apenas tres meses. Sebastian Varenne iba a casarse con la princesa Odette de Marceau.

Todo el mundo hablaba de ello: la unión de los dos reinos prometía paz en las fronteras, nuevas rutas comerciales y una alianza que probablemente sería recordada durante generaciones.

Sería una boda perfecta, con un príncipe perfecto y una princesa perfecta. Dos familias reales perfectas. Y yo estaba a punto de entrar en ese mundo como dama de compañía de la princesa de nuestro reino, la hermana del príncipe.

No era exactamente el destino que había imaginado para mí. Pero dadas las circunstancias, estaba dispuesta a aceptarlo.

Un criado abrió la puerta y bajó los escalones. Mi padre salió del carruaje primero y me tendió la mano. Cuando puse un pie en el suelo, sentí que todo el ruido del mundo desaparecía durante un instante. El castillo era aún más hermoso de cerca.

Las paredes blancas estaban cubiertas de enredaderas verdes y pequeñas flores rosadas. Había fuentes a ambos lados de la entrada y una enorme escalinata de mármol conducía hasta las puertas principales.

Por encima de ellas colgaba el escudo de armas de la familia Varenne: un león dorado sobre un fondo azul. Me quedé mirándolo un momento antes de empezar a caminar.

Subimos los escalones. Una mujer nos esperaba en la entrada. Era alta, delgada y vestía de negro, con un pequeño broche de plata en forma de lirio.

—Lord Beaumont.

Mi padre inclinó la cabeza.

—Lady Mirelle.

—Y esta debe ser su hija.

La mujer me observó de arriba abajo. No de una manera grosera, sino de una manera profesional, lo cual fue peor.

Me miró como si estuviera calculando cuánto costaba mi vestido, cuánto había dormido la noche anterior y qué posibilidades había de que cometiera una estupidez durante mi primera semana.

Hice una reverencia.

—Rosalie de Beaumont.

—Bienvenida al palacio.

Lady Mirelle sonrió apenas.

—La princesa la espera.

Mi padre me besó la frente y después de hacerle una reverencia a Lady Mirelle se marchó. Lo observé alejarse hasta que desapareció entre los carruajes; y por primera vez desde que habíamos salido de casa comprendí que ahora estaba sola.

Lady Mirelle me indicó que la siguiera y eso hice. Atravesamos un vestíbulo enorme, iluminado por lámparas de cristal. El suelo estaba cubierto de mármol blanco y negro formando figuras geométricas. En las paredes colgaban retratos de reyes y reinas, todos con expresiones solemnes.

Por supuesto, intenté no mirar demasiado. Pero fracasé.

—El anterior rey está en el retrato de la derecha —dijo Lady Mirelle sin detenerse—. La reina, en el de la izquierda.

—¿Y el príncipe?

—No está ahí.

—¿Por qué?

—Porque todavía está vivo.

Apreté los labios y guardé silencio.

—Aprenderá rápidamente que en palacio es mejor pensar antes de hablar —murmuró sin girarse a verme.

—Lo intentaré —respondí, caminando detrás de ella.

Llegamos a un portal que daba a los jardines y allí la vi: la princesa Arabella. Estaba sentada junto a una fuente, rodeada por tres damas de compañía, al menos una década mayores que yo.

Era exactamente como imaginaba que debía ser una princesa: cabello rubio recogido con flores rosa decorando el tocado, piel clara y una tiara diminuta con gemas incrustadas. Llevaba puesto un vestido rosa con bordados dorados.

Cuando nos vio, se puso de pie.

—¡Rosalie!

Me sonrió. Una sonrisa tan luminosa que por un momento olvidé que estaba frente a una princesa. Luego corrió hacia mí; nunca creí que vería a una princesa corriendo por un jardín.

Antes de que pudiera hacer una reverencia, me tomó las manos.

—Pensé que llegarías ayer.

—Lo siento, alteza —murmuré bajando la mirada.

—No me llames así —respondió.

Parpadeé, confundida, y levanté la vista para ver su rostro.

—¿Entonces cómo? —pregunté al fin.

—Arabella —dijo encogiéndose de hombros.

—No creo que pueda —murmuré y sacudí la cabeza.

—Entonces aprenderás.

Sonrió de nuevo y tomó mi brazo, guiándome por el jardín.

—He oído hablar de tu familia —dijo mientras me llevaba hacia la fuente—. Los Beaumont tienen uno de los viñedos más antiguos de este reino.

—Tenían —suspiré.

Su sonrisa se desvaneció. Luego, en lugar de preguntar, cambió de tema.

—Necesito desesperadamente una amiga —comentó.

—¿No tiene amigas? —levanté una ceja.

—Tengo damas de compañía.

Miró a las otras mujeres. Todas sonrieron, pero ninguna parecía especialmente divertida.

—No es lo mismo —añadió.

Reí suavemente y Arabella se me unió. Eso, hasta que escuchamos los cascos de caballos.

Un grupo de jinetes entró al jardín y los guardias se apartaron. Los caballos avanzaron por el sendero de grava y todos los presentes hicieron una reverencia, yo también; aunque no antes de ver al hombre que encabezaba el grupo. Cabalgaba sobre un caballo negro, llevaba una chaqueta azul oscura, botas altas y una espada al cinto. No llevaba corona, pero no necesitaba una, para mí era evidente quién era: el príncipe Sebastian Varenne.

Había escuchado suficientes historias sobre él como para reconocerlo incluso si apareciese vestido de mendigo.

El príncipe desmontó, le entregó las riendas a un criado y se quitó los guantes. Arabella caminó hacia él.

—Sebastian —lo llamó alegremente.

Él también dio unos pasos hacia nosotras. No parecía muy feliz de vernos. Sus ojos se detuvieron primero en Arabella, después en mí y permanecieron allí un momento más de lo necesario, lo suficiente para que yo sintiera que me estaba evaluando.

—¿Quién es ella? —preguntó al fin, mirando a Arabella.

No sé por qué, pero la pregunta me irritó. Quizá porque llevaba apenas unos minutos en el palacio y sentía que todos me juzgaban con la mirada. Quizá porque mi familia había perdido casi todo lo que tenía y él probablemente podía comprar nuestra mansión con una de sus botas.

—Rosalie de Beaumont. Será mi nueva dama de compañía —respondió la princesa con una sonrisa.

El príncipe volvió a mirarme.

—Beaumont —dijo entrecerrando los ojos.

—Varenne —respondí imitando su gesto.

Arabella levantó las cejas en una expresión de sorpresa; yo también, no había querido decirlo, no conscientemente.

Sebastian arqueó una ceja.

—¿Acabas de llamarme por mi apellido?

—Supongo que lo hice —murmuré.

—Qué interesante —respondió fríamente.

—¿Asumo que desea que lo llame «alteza»?

—Sería apropiado —dijo y dio un paso atrás para mirarme de arriba a abajo.

—Entonces lo haré —Hice una reverencia exageradamente perfecta—, Alteza.

Él me sostuvo la mirada.

—Ahora parece que te estás burlando de mí.

—Jamás me atrevería. —Sacudí la cabeza, fingiendo inocencia.

Arabella se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Sebastian la fulminó con la mirada.

—¿Te parece divertido?

—Un poco, hermano —respondió ella, riendo suavemente.

El príncipe suspiró.

—Maravilloso —dijo sarcásticamente y se volvió hacia mí—. Bienvenida a Varenne, Lady Beaumont.

—Gracias, alteza.

—Espero que disfrutes de tu estancia.

—Estoy segura de que lo haré.

Nos miramos por un par de segundos, ninguno sonrió. Y entonces él se marchó.

—Es desagradable —murmuré.

Arabella soltó una carcajada.

—No tienes idea.

—¿Siempre es así? —levanté una ceja.

—Cuando está de mal humor —dijo, ladeando la cabeza.

—¿Y cuándo está de buen humor?

—No lo sé. Creo que no lo he visto de buen humor hace años —se encogió de hombros.

Volví a mirar hacia el sendero. El príncipe ya había desaparecido dentro del palacio.

—Entonces quizá tengamos un problema.

—Rosalie, querida —me tomó del brazo.

—¿Sí?

—No te preocupes —rió suavemente—. Mi hermano es mucho peor cuando le interesa alguien.

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