Capítulo 1
CAPITULO 1
Dos mundos bajo un mismo cielo
El sol apenas empezaba a teñir de dorado los bordes de los tejados cuando Mery abrió los ojos. En la pequeña habitación que compartía con su hermana Kami, el silencio era distinto al de otras casas. No había relojes despertadores que sonaran a gritos; el despertador de Mery siempre era el mismo: el aroma del pan tostado, el sonido de la olla hirviendo en la cocina y, a veces, el llanto apagado de su madre si la noche había sido mala.
La luz se filtraba por las cortinas desgastadas de color crema. Mery se sentó en el borde de su cama, estiró los brazos y miró hacia la otra cama del cuarto. Kami aún dormía. Su respiración era suave, casi imperceptible, y sus manos, siempre en movimiento incluso soñando, acariciaban la suave manta azul que Jany había tejido para ella el invierno anterior. A sus doce años, Kami vivía en un mundo propio, tranquilo y ordenado, donde los ruidos fuertes dolían y los cambios inesperados asustaban. Y Mery era su guardiana, su puente hacia el resto del mundo.
—Buenos días, pequeña —susurró Mery con una sonrisa tierna, sin hacer ruido.
Se puso su uniforme escolar: una blusa blanca limpia aunque con algunos hilos sueltos en los puños, una falda azul marino que había sido remendada en la cintura, y unos zapatos negros que ya empezaban a mostrar grietas pero que ella siempre mantenía brillantes. Se peinó el cabello castaño, largo y liso, haciéndose dos coletas sencillas, y se miró un instante en el espejo pequeño pegado en la pared. Sus ojos oscuros la miraban con calma. No era una chica que llamara la atención por lujos, pero había en ella una serenidad que parecía sostener todo lo que la rodeaba.
Al salir al pasillo estrecho de la casa, el olor la recibió: arroz blanco, kimchee recién preparado y sopa de soja. La cocina era pequeña, con las paredes manchadas por el humo de años de cocinar, pero impecablemente limpia. Allí estaba Jany, su madre, de pie frente a la estufa. Tenía el cabello recogido en un pañuelo azul, y aunque apenas tenía cincuenta años, las líneas de preocupación ya se marcaban profundamente alrededor de sus ojos. Llevaba el delantal manchado de harina que usaba todos los días en su puesto de comida en el mercado.
—Ya estás despierta, mi amor —dijo Jany sin darse la vuelta, aunque su voz era suave.
—Sí, mamá. ¿Te ayudo a servir?
—No, tú siéntate a desayunar. Hoy saldré un poco antes, tengo que llevar los platos preparados temprano porque llega el inspector del mercado.
Mery se acercó y abrazó a su madre por la espalda. Sintió cómo el cuerpo de Jany se tensaba un instante y luego se relajaba contra ella.
—¿Él volvió a llegar tarde anoche? —preguntó Mery en un susurro.
Jany guardó silencio unos segundos, moviendo la cuchara en la olla.
—Sí. Pero no pasó nada. Solo… bebió y se durmió en el sofá. No te preocupes por eso, tú concéntrate en tus estudios, ¿de acuerdo? Eso es lo único que necesito saber.
Mery asintió, aunque el nudo en el estómago no se le fue. Sabía lo que significaba ese “no pasó nada”. Significaba que los gritos no habían llegado a oídos de los vecinos, que los golpes habían sido solo contra las paredes o contra la mesa, que por esa noche Jany había logrado calmarlo antes de que las cosas empeoraran. Pero cada vez que él bebía, el miedo volvía a instalarse en cada rincón de la casa, como una sombra fría que nadie lograba espantar.
En ese momento, la puerta de la entrada se abrió con suavidad y entró Jonha. Su hermano mayor, de treinta años, con el rostro cansado tras haber pasado gran parte de la noche fuera, vigilando desde la calle para asegurarse de que su padre no hiciera daño a nadie. Jonha vestía su camisa de oficina, bien planchada, aunque las ojeras bajo sus ojos eran profundas. Al ver a Mery y a su madre en la cocina, forzó una sonrisa.
—Buenos días, familia —dijo, dejando su maletín en una silla.
—¿Ya vienes de la oficina? —preguntó Jany con voz preocupada—. Jonha, no puedes dormir tan poco…
—Tranquila, mamá, me quedé terminando unos informes. Todo bien —respondió él, aunque Mery notó que no era verdad. Jonha no quería preocuparlas más. Se acercó a Mery y le revolvió el cabello—. ¿Lista para la escuela, hermana?
—Sí. Gracias por… cuidarnos anoche —le dijo ella en voz baja.
Jinha asintió con gravedad.
—Siempre. Mientras yo esté aquí, nada les va a pasar. Y pronto… pronto encontraremos la forma de salir de esta casa. Se los prometo.
Mery desayunó rápido: un tazón de arroz con un huevo frito y un poco de sopa. Luego fue a la habitación a despertar a Kami. Al entrar, vio que la pequeña ya estaba despierta, sentada en su cama, mirando fijamente un punto en la pared con una sonrisa tranquila. En sus manos sostenía un pequeño muñeco de trapo que Mery le había hecho cuando cumplió diez años.
—Buenos días, Kami —dijo Mery con voz suave, sin acercarse demasiado de golpe.
Kami giró la cabeza lentamente y la miró a los ojos. No habló mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran claras y dulces.
—Buenos días, Mery —respondió en un hilo de voz—. El sol entró. El sol está bien hoy.
—Sí, el sol está muy bien hoy. ¿Me ayudas a doblar la manta?
Kami asintió con entusiasmo. Le gustaban las tareas ordenadas, las cosas que seguían un patrón. Juntas doblaron la ropa, colocaron todo en su lugar y Mery la ayudó a vestirse con su ropa favorita: un vestido amarillo suave que no le picaba y unos zapatos blancos de suela blanda. Cada movimiento con Kami requería paciencia, calma, saber anticipar lo que la podía asustar. Y Mery lo hacía con amor, sin prisas, como si fuera lo más natural del mundo.
—Mamá, ya nos vamos —dijo Mery al llegar a la cocina, tomando la mano de Kami.
—Cuidense mucho. Mery, acompaña a Kami hasta la escuela especial, ¿sí? Y luego corre a la tuya.
—Sí, mamá. ¡Que te vaya bien en el mercado!
Jany las miró con los ojos brillantes de lágrimas que se esforzaba por no derramar.
—A ustedes también, mis amores.
Mery salió de la casa tomada de la mano de Kami. El barrio de Bongcheon en Seúl empezaba a despertar: gente caminando apresurada hacia el trabajo, tiendas abriendo sus persianas, el olor a humo de carbón y comida callejera flotando en el aire. El camino era sencillo y seguro, pero Mery siempre iba atenta a todo: un coche que pasaba cerca, un perro que ladraba fuerte, cualquier cosa que pudiera asustar a su hermana.
—Los pájaros cantan hoy —dijo Kami de repente, señalando un árbol.
—Sí, cantan muy bonito —respondió Mery deteniéndose un instante—. ¿Quieres escucharlos un momento?
Kami asintió y cerró los ojos, sonriendo. Por unos segundos, el ruido de la ciudad desapareció para ellas. Solo estaban los árboles, el sol y el canto de los pájaros.
Cuando llegaron a la escuela especial donde estudiaba Kami, la maestra las estaba esperando en la puerta.
—Buenos días, Mery. Hola, Kami —saludó la mujer con mucha ternura.
—Buenos días, maestra —respondió Mery—. Hoy está tranquila, pero si se pone nerviosa, recuérdale que el sol sigue ahí, ¿de acuerdo?
—Lo sé, siempre lo hago. Ve tranquila, llegarás tarde a clase.
Mery abrazó a Kami con cuidado.
—Te vendré a buscar a la salida, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió Kami, y soltó la mano de su hermana para entrar, caminando despacio, mirando el suelo.
Mery suspiró, se ajustó la mochila en los hombros y empezó a correr hacia su propia escuela: la Escuela Secundaria Pública de Bongcheon. El camino era largo, pero correr le servía para despejar la mente, para sentir el aire fresco en el rostro y olvidar por un rato el peso que llevaba sobre los hombros.
Cuando Mery llegó al portón de la escuela, el patio ya estaba lleno de estudiantes. El lugar era sencillo: edificios de hormigón pintados de blanco y azul, canchas de baloncesto con el suelo desgastado, bancas de madera donde los grupos se reunían a platicar. Al verla llegar, dos chicas corrieron hacia ella agitando las manos.
—¡Mery! ¡Por fin llegaste! —gritó una de ellas, con el cabello recogido en una coleta alta y una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Era Sara—. Pensé que hoy no aparecerías, como tantas veces que te quedas ayudando en casa.
—Buenos días, Sara —respondió Mery con una sonrisa—. Hoy me retrasé un poquito con Kami, pero aquí estoy.
La otra chica, más bajita, con el cabello suelto y una mirada dulce y tranquila, se acercó y le acomodó el cuello de la blusa.
—Buenos días, Mery. ¿Estás bien? Tienes los ojos un poco hinchados —dijo Camil con suavidad.
—Estoy bien, solo dormí poco —respondió Mery, evitando mirarlas directamente. No quería que sus amigas se preocuparan de más.
—Bueno, mientras estés aquí con nosotras, todo estará bien —dijo Sara tomándola del brazo—. Hoy tenemos clase de matemáticas con el profesor más aburrido del mundo, ¡así que más te vale que hayas descansado la mente!
Las tres caminaron juntas hacia el aula. En el pasillo, los estudiantes hablaban, reían, se empujaban amistosamente. Era un ambiente sencillo, lleno de vida, donde nadie tenía cosas costosas pero todos se compartían lo que tenían. Mery se sentía segura con sus amigas. Sara era el fuego: alegre, ruidosa, siempre con una broma o una palabra de aliento. Camil era el agua: tranquila, sabia, siempre dispuesta a escuchar y consolar sin juzgar. Eran el equilibrio perfecto para ella.
Al entrar al salón, Mery vio a un chico sentado en su pupitre, cerca de la ventana. Tenía el cabello negro un poco despeinado, una camisa de uniforme que siempre llevaba sin la corbata, y estaba leyendo un libro con atención. Al escuchar los pasos de Mery, levantó la vista y sus ojos se iluminaron de una manera especial.
—Buenos días, Mery —dijo él con voz suave.
—Buenos días, Damian —respondió ella con una sonrisa genuina.
Damian se levantó y le apartó la silla para que se sentara a su lado. Eran amigos desde que tenían memoria. Crecieron jugando juntos en el mismo barrio, compartieron galletas, secretos, caídas y risas. Para Mery, Damian era como un hermano, alguien en quien confiar sin dudar. Pero para Damian, Mery era mucho más. Desde que tenía catorce años, su corazón latía diferente cuando ella estaba cerca. Nunca se lo había dicho. Tenía miedo: miedo de que ella no sintiera lo mismo, miedo de romper esa amistad tan valiosa, miedo de que todo cambiara y ya no pudieran estar juntos. Así que guardaba su amor en silencio, contentándose con estar a su lado, protegerla, hacerla reír.
—¿Cómo estuvo la noche? —preguntó Damian en voz baja mientras los demás tomaban asiento—. Escuché… bueno, vi a tu hermano fuera de casa anoche.
Mery bajó la mirada.
—Sí. Papá llegó borracho otra vez. Pero no pasó nada, de verdad. Jonha se quedó con nosotros.
Damian apretó los labios con frustración. Quería decirle algo, quería prometerle que algún día él la protegería de todo eso, pero las palabras se quedaron atoradas en su garganta.
—Si algún día necesitas salir de ahí, si necesitas un lugar donde estar o alguien que te acompañe… ya sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Siempre.
Mery lo miró y vio en sus ojos una sinceridad tan profunda que le llenó el corazón de calor.
—Lo sé, Damian. Eres el mejor amigo del mundo. No sé qué haría sin ti.
Esas palabras —“mejor amigo del mundo”— le dolieron un poco, pero también lo hicieron sentir agradecido. Era mejor ser su amigo que no ser nada.
—Bueno… ¡a estudiar! —dijo él forzando una sonrisa—. Si no aprobamos el examen de hoy, el profesor nos mata.
Las horas pasaron entre clases, ejercicios y charlas en los recreos. Mery se sentía tranquila rodeada de sus amigos. Durante el almuerzo, se sentaron todos juntos en una mesa del comedor: Sara hablando sin parar sobre una película que había visto, Camil escuchando y asintiendo, Damian pasándole a Mery el mejor trozo de su kimbap sin que nadie se diera cuenta, y todos compartiendo lo poco que tenían como si fuera un banquete.
—¡Oigan, escuchen esto! —dijo Sara de repente, bajando la voz como si fuera un secreto de estado—. ¿Se enteraron? La semana que viene tenemos un encuentro escolar con la Academia Seúl Internacional.
—¿La escuela de los ricos? —preguntó Camil con los ojos muy abiertos—. ¿Esa donde todos visten ropa de marcas y llegan en coches de lujo?
—¡Exactamente! —exclamó Sara—. Es un proyecto de intercambio cultural y deportivo. Vienen aquí para competir en deportes y hacer actividades conjuntas con nosotros. ¡Imagínense! Vamos a ver cómo son esos chicos de verdad.
—Seguro son todos arrogantes —dijo Damian con tono seco—. No van a querer mezclarse con nosotros.
—No todos tienen que ser así —respondió Mery pensativa—. Quizás sean personas normales como nosotros.
—Normales con dinero, dudo mucho —murmuró Damian.
Mery no dijo nada más, pero la idea le dio vueltas en la cabeza durante toda la tarde. Nunca había estado en contacto con gente de ese mundo. Para ella, la Academia Seúl Internacional era como un lugar lejano, de otro planeta, algo que no tenía nada que ver con su vida sencilla y difícil. No sabía que ese encuentro estaba a punto de cambiar todo su mundo.
Mientras en la escuela pública la vida transcurría con sencillez, a unos cuantos kilómetros de distancia, en un barrio residencial de Seúl rodeado de parques verdes y edificios modernos, la mañana transcurría de manera muy distinta.
En una mansión de estilo moderno, con jardines cuidados al detalle y un porche amplio donde un coche de lujo esperaba en la entrada, Joel se despertó con el sonido insistente de su teléfono. No necesitaba que nadie lo llamara; su reloj biológico siempre le avisaba a la misma hora. Se sentó en el borde de su cama enorme, en una habitación que parecía más un apartamento propio: paredes decoradas con cuadros modernos, una consola de videojuegos, estanterías llenas de libros y ropa de diseño perfectamente ordenada.
Joel se pasó una mano por el cabello negro y despeinado. Tenía dieciocho años, ojos oscuros y una expresión que siempre parecía estar a punto de burlarse de algo o de alguien. Era conocido en su escuela como el chico malo: popular, atrevido, siempre metido en problemas, pero con notas lo suficientemente buenas para no ser expulsado. Su padre, el señor Han, dueño de una de las empresas más importantes de Corea del Sur, lo esperaba en el comedor.
—Buenos días, padre —dijo Joel al entrar, sin mucha emoción en la voz.
El señor Han estaba sentado a la cabecera de la mesa, leyendo el periódico. Era un hombre alto, de cabello canoso peinado con esmero, vestido con un traje impecable. Levantó la vista y miró a su hijo con una expresión severa.
—Llegaste tarde anoche. ¿Dónde estabas?
—Salí con amigos. Nada importante —respondió Joel sirviéndose café sin mirarlo.
—Nada importante —repitió su padre con tono de desprecio—. Todo para ti es un juego, Joel. Eres el único heredero de esta familia. Tienes que comportarte como tal. Dejas mal a la empresa con tus escándalos en la escuela.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál escándalo fue esta vez? —preguntó Joel con una media sonrisa desafiante.
—No me pongas a prueba. Sé que te peleaste con un compañero el viernes pasado. Y también sé que dejaste plantada a tu madre el fin de semana.
Joel apretó la mandíbula. Sus padres estaban divorciados hacía años. Su madre vivía en otra parte de la ciudad, y él la visitaba cuando tenía ganas —o cuando su padre no se lo prohibía. La relación con su padre era un campo de batalla: cada palabra era una estocada, cada silencio una crítica.
—No quería ir. Ella entiende.
—No va a entender nada si sigues siendo un niño caprichoso. Tienes que madurar, prepararte para tomar el mando de la empresa algún día. No puedes pasar la vida jugando y peleando.
—Ya lo sé, padre. Siempre lo mismo —dijo Joel levantándose de la mesa sin haber terminado de desayunar—. ¿Puedo irme ya o tienes más discursos?
El señor Han lo miró con furia contenida.
—Recuerda: la gente espera cosas de ti. No te puedes permitir ser mediocre.
—Nunca seré mediocre, padre. Eso es lo que más te molesta, ¿verdad? —respondió Joel con una sonrisa fría antes de salir de la sala.
Subió al coche que lo llevaba a la escuela. En el asiento trasero, miró por la ventana cómo pasaban los edificios lujosos. Joel actuaba como si nada le importara, como si fuera invencible, pero en el fondo se sentía solo. Tenía dinero, estatus, todo lo que muchos soñaban, pero no tenía a nadie que le preguntara de verdad cómo se sentía.
Cuando llegó a la Academia Seúl Internacional, el patio estaba lleno de estudiantes con uniformes impecables, llegando en coches de alta gama, saludándose entre ellos. Joel bajó del coche con su aire de superioridad, caminando con paso seguro. Dos chicos se acercaron a él de inmediato. Eran Matíu y Juguon, sus amigos desde la infancia.
—¡Joel! ¿Cómo va todo, jefe? —saludó Matíu, un chico amable de ojos claros que siempre andaba riendo.
—Todo igual —respondió Joel encogiéndose de hombros.
—¿Supiste lo del encuentro con la escuela pública? —preguntó Juguon, un chico alto y serio—. Dicen que vienen chicos de familias humildes.
—¿Ah sí? —dijo Joel con desdén—. Bueno, será divertido ver cómo son. O quizás no. Probablemente no sabrán ni comportarse.
—No seas así, Joel —dijo Matíu con suavidad—. No todos son iguales.
Joel lo miró de reojo.
—Relájate, solo bromeo. Vamos a clase.
Mientras caminaban por los pasillos, una chica de cabello largo y rubio, vestida con un uniforme que parecía más costoso que el de los demás, se acercó a ellos con paso decidido. Era Zoe.
—Joel —lo llamó ella con voz dulce pero firme—. ¿Podemos hablar un momento?
Joel se detuvo y la miró. Habían salido durante tres meses. Zoe era hermosa, popular, venía de una familia adinerada igual que la suya. Pero Joel se había aburrido; sentía que no había nada real en ella, solo apariencias.
—¿De qué? —preguntó él secamente.
—¿Por qué ya no me contestas los mensajes? ¿Por qué me evitas? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Acaso hay otra?
Joel soltó una risa corta.
—No hay nadie más, Zoe. Simplemente… ya no quiero estar contigo. Se acabó. ¿Entiendes?
—¡No, no entiendo! —exclamó ella, con la voz temblando—. Todos decían que éramos la pareja perfecta. ¿Qué te falta?
—No me falta nada. Es que… tú tampoco me das nada —respondió él con sinceridad cruda—. Adiós, Zoe.
Joel siguió caminando sin mirar atrás. Matíu y Juguon se quedaron un momento con la chica, que empezaba a llorar.
—Lo siento, Zoe —dijo Matíu compasivamente—. Ya sabes cómo es él.
—No lo entiendo… —sollozó ella—. Voy a averiguar qué cambió. Y si hay alguien más… le haré pagar.
A unos minutos de la escuela, en otra mansión aún más grande y fría, Kevin también terminaba de prepararse. Su habitación era tan amplia como la de Joel, pero muy diferente: ordenada, sobria, con pocos adornos. Todo en su lugar. Kevin se miró en el espejo. Tenía el cabello negro cortado de forma sencilla, ojos oscuros profundos y serios, y una postura recta que parecía entrenada durante años. Era guapo, pero rara vez se le veía sonreír.
Bajó las escaleras despacio. El desayuno ya estaba servido en la mesa del comedor, pero nadie más estaba sentado. En la entrada, una mujer mayor con el cabello canoso recogido con elegancia lo esperaba. Era la señora Park, la nana que lo había criado desde que era un bebé.
—Buenos días, joven Kevin —lo saludó ella con una sonrisa llena de cariño.
—Buenos días, Nana —respondió Kevin con voz suave, acercándose para abrazarla—. ¿Durmió bien?
—Sí, gracias a Dios. ¿Y tú? Te vi levantarte muy temprano.
—No tenía mucho sueño —respondió él sentándose a la mesa—. ¿Mi padre ya se fue a la oficina?
—Sí, salió hace una hora. Con el señor Lio y la señorita Elisa.
Kevin asintió sin expresión. No esperaba menos. Su padre siempre tenía tiempo para sus otros hijos —los hijos de la amante, los que había tenido antes de casarse con su madre—, pero para él apenas unos minutos escasos y palabras secas.
—¿Te sirvo más leche? —preguntó la señora Park.
—No, gracias, ya estoy listo. —Kevin se levantó y tomó su mochila—. Cuídate mucho, Nana.
—Tú también, mi niño. Y recuerda: no dejes que nadie te haga sentir menos. Tú eres tan importante como cualquiera de ellos. Más, para mí.
Kevin le sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina, y salió de la casa. El coche escolar lo esperaba. Al subir, miró por la ventana. Su historia era complicada, dolorosa, y nadie en la escuela lo sabía realmente. Su madre había muerto dándolo a luz. La mujer que había sido la amante de su padre tomó el lugar de su madre en la casa, y sus medio hermanos —Lio, segundo al mando en la empresa, y Elisa, que vivía en el extranjero— eran los preferidos. Él era el último, el estorbo, el hijo no deseado. Solo la señora Park le había dado amor de verdad.
Cuando llegó a la Academia Seúl Internacional, caminó por los pasillos en silencio. No buscaba problemas ni atención. Era tranquilo, serio, aplicado, y muchos lo respetaban aunque no lo conocieran bien. Pero al entrar al aula, se encontró con Joel, que estaba recostado en su pupitre con las manos detrás de la cabeza.
—Buenos días, Kevin —dijo Joel con una sonrisa desafiante.
Kevin asintió secamente y se sentó en su lugar, lejos de él.
—¿Ya te enteraste? —continuó Joel—. La semana que viene vamos a esa escuela pública. Será interesante, ¿no?
—Supongo —respondió Kevin abriendo su libro.
—Apuesto a que no hay nadie ahí que se te compare —dijo Joel con tono burlón—. Ni en inteligencia ni en estatus.
Kevin lo miró con frialdad.
—El estatus no hace a la persona, Joel. Eso deberías saberlo.
Joel soltó una risa.
—Mira quién lo dice. El príncipe olvidado de la familia Lee. Todos sabemos cómo van las cosas en tu casa, Kevin. No te hagas el santo.
Kevin apretó los puños bajo la mesa. Sabía que Joel buscaba provocarlo.
—Cuidado con lo que dices.
—¿O qué? ¿Te vas a enojar? —Joel se inclinó hacia adelante—. Será mejor que aprendamos a competir de verdad. Porque apuesto a que incluso allá afuera, donde sea, yo siempre voy a ganar.
—Si quieres competir, compite. Pero no esperes que siempre ganes —respondió Kevin con calma, aunque sus ojos brillaban con determinación—. Algún día te vas a encontrar con alguien que te va a demostrar lo contrario.
Joel sonrió, satisfecho.
—Eso espero. Así sería más divertido.
Llegó el día del encuentro escolar. El sol brillaba con fuerza sobre Seúl, anunciando que la primavera estaba en su punto máximo: los árboles estaban llenos de hojas verdes y las flores de cerezo aún dejaban caer pétalos rosados que volaban con el viento.
En la escuela pública de Bongcheon, el patio había sido preparado con banderas y mesas para las actividades. Los estudiantes estaban emocionados, nerviosos, curiosos. Mery llevaba su uniforme limpio y su cabello bien peinado, aunque sus manos estaban un poco sudorosas por la emoción y los nervios. Sara no dejaba de hablar.
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen! —gritó señalando la entrada.
Una fila de autobuses escolares bien cuidados entró por el portón. Cuando las puertas se abrieron, empezaron a salir los estudiantes de la Academia Seúl Internacional: todos con uniformes impecables, caminando en orden, algunos mirando con curiosidad, otros con indiferencia. Mery los miraba desde lejos, sintiendo que eran de otro mundo.
—Mira, ahí están —murmuró Damian a su lado, tomándola suavemente del brazo—. No te acerques mucho, no sabemos cómo son.
—Tranquilo, Damian. Solo son personas como nosotros —respondió ella, aunque el corazón le latía rápido.
Los grupos se mezclaron poco a poco. Hubo presentaciones, palabras de los directores, y luego se dividieron en equipos para las actividades deportivas y culturales. Mery estaba ayudando a organizar unos carteles cuando escuchó una voz a su lado.
—Disculpa… ¿sabes dónde debemos firmar para el torneo de baloncesto?
Mery se giró. Y en ese momento, el tiempo pareció detenerse.
Frente a ella estaba Kevin. Llevaba su uniforme perfectamente puesto, pero sin la corbata, con el cabello un poco desordenado por el viento. Sus ojos oscuros la miraban con una expresión que no era ni arrogancia ni desprecio, sino una curiosidad sincera y tranquila. Mery sintió que se le olvidaba cómo respirar. Nunca había visto a alguien así: serio pero amable, distante pero cálido a la vez.
—Eh… sí —respondió ella con voz temblorosa, señalando una mesa cerca de los árboles—. Allí está el registro. Si quieres te acompaño.
—¿Te lo agradezco mucho? —dijo él, y por primera vez en mucho tiempo, Kevin sonrió. Fue una sonrisa pequeña, tímida, pero que iluminó todo su rostro.
Mery caminó a su lado hacia la mesa. No sabía qué decir, así que mantuvo la mirada al frente, pero de reojo lo observaba. Él era alto, caminaba con paso firme, pero no se sentía imponente ni amenazante.
—¿Estudias aquí? —preguntó Kevin de repente.
—Sí. Estoy en segundo año. Me llamo Mery.
—Yo soy Kevin. Estoy en la Academia Seúl Internacional.
—Lo sé —dijo ella con una sonrisaa nerviosa—. Todos sabemos de dónde vienen.
Kevin bajó la mirada un instante.
—¿Y qué piensan? ¿Que somos todos arrogantes y fríos?
Mery se detuvo y lo miró a los ojos.
—Pensé que sería así. Pero tú no pareces serlo.
Kevin la miró sorprendido. Nadie le hablaba con esa sinceridad. Nadie lo miraba como si fuera una persona normal, sin etiquetas de dinero o estatus.
—Tú tampoco eres como me imaginaba —respondió él con una media sonrisa.
—¿Y cómo te imaginabas que era?
—No sé… más tímida, más asustada. Pero te veo fuerte. Y tranquila. Como si nada pudiera derrumbarte.
Mery bajó la mirada a sus manos.
—Las apariencias engañan, Kevin. A veces hay tormentas por dentro que nadie ve.
Al escuchar esas palabras, Kevin sintió un golpe en el pecho. Era exactamente lo que él sentía. Ella lo entendía sin saber su historia.
—Lo sé —dijo él en un susurro—. Lo sé muy bien.
En ese momento, una figura se acercó a ellos con paso decidido y una sonrisa desafiante. Era Joel.
—¿Así que aquí estabas, Kevin? —dijo Joel poniéndose a su lado, mirando a Mery de arriba abajo—. Y ¿quién es esta belleza?
Mery sintió el cambio de ambiente. Joel era guapo, sí, pero su mirada era intensa, como si la estuviera examinando.
—Soy Mery —respondió ella con firmeza, sin retroceder.
—Joel —dijo él tomándole la mano y besándola con exagerada cortesía, lo que hizo que Mery se sonrojara—. Encantado de conocerte, Mery. Debo decir que nunca pensé que encontraríamos tanta belleza aquí abajo.
—Aquí también hay personas valiosas —respondió ella retirando su mano con delicadeza pero con claridad—. No es cuestión de lugar.
Joel levantó una ceja, sorprendido por su respuesta. Estaba acostumbrado a que todos se quedaran callados o se sonrojaran ante él. Pero ella lo había enfrentado con calma y dignidad. Y eso, en lugar de molestarlo, lo intrigó aún más.
—Tienes razón —dijo Joel con una sonrisa más sincera—. Disculpa si soné arrogante. Es un mal hábito difícil de quitar.
—No te preocupes —respondió Mery—. Todos tenemos hábitos que debemos mejorar.
Kevin observaba todo en silencio. Vio cómo Joel miraba a Mery, con ese interés que no era solo pasajero. Y sintió algo que no esperaba: una punzada de celos. Por primera vez en su vida, Kevin quería que alguien lo viera a él, no a Joel. Quería que Mery supiera quién era él de verdad.
—Ya debemos irnos, Joel —dijo Kevin con voz firme—. Nos están esperando para el entrenamiento.
—Sí, claro —respondió Joel sin quitarle los ojos de encima a Mery—. Nos vemos luego, Mery. Espero volver a verte pronto.
—Igualmente —respondió ella.
Cuando los dos chicos se alejaron, Mery se quedó allí de pie, con el corazón latiéndole a mil por hora. No sabía qué acababa de pasar, pero algo en su vida había cambiado. Dos chicos de un mundo totalmente diferente al suyo acababan de entrar en su vida: uno con una sonrisa desafiante que prometía fuego, y otro con una mirada profunda que parecía esconder un mar entero de sentimientos.
De pronto, sintió una mano en su hombro. Se giró y vio a Damian, que la miraba con expresión seria y preocupada.
—¿Quiénes eran ellos? —preguntó él con voz tensa.
—Se llaman Joel y Kevin —respondió Mery—. Son de la otra escuela.
—Ten cuidado con ellos, Mery —dijo Damian mirando hacia donde se habían ido los chicos—. No sé qué tienen, pero no me dan buena espina. Esos chicos viven en un mundo que no es el nuestro. Y cuando dos mundos chocan… siempre hay heridas.
Mery lo miró con ternura.
—Solo son chicos, Damian. Igual que nosotros. No hay que tenerles miedo.
—No les tengo miedo a ellos. Les tengo miedo a lo que pueden hacerte —respondió él con sinceridad—. Porque te vi mirándolos, Mery. Y en el momento en que los miraste… algo cambió en ti.
Mery no supo qué responder. Miró hacia el cielo de Seúl, ese mismo cielo que compartían todos: ella con sus dificultades en casa, Kami en su mundo especial, Jany luchando cada día en el mercado, Jonha sosteniendo la familia, Kevin con su soledad en una casa llena de lujos, Joel luchando contra su propio vacío, Damian guardando su amor en silencio… Todos estaban bajo el mismo cielo, pero cada uno vivía una historia diferente. Y en ese instante, Mery comprendió que sus vidas estaban a punto de entrelazarse de formas que nunca hubiera imaginado.
Las estaciones estaban cambiando, el destino se estaba moviendo, y en medio de todo eso, el amor estaba a punto de florecer en los corazones más inesperados, entre las sombras y la luz, entre la riqueza y la necesidad, entre el silencio y la verdad.







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