Capítulo 1
Capítulo 1.
—¡Eres un maldito infeliz! ¿Cómo pudiste hacernos esto?
—Deja de gritar, los niños están presentes...
—¡Eso debiste pensar cuando te encontré con esa estúpida chica!
Las cosas estaban regadas por todas partes: fotos rotas, adornos destruidos y, lo más doloroso, mis padres discutiendo como si se tratara de una guerra.
¿Quién hubiera imaginado que las cosas terminarían así? Es irónico pensar que un día se amaban con tanta intensidad y, de un momento a otro, todo se acabó por completo. Y todo por culpa de mi padre.
—Por favor, dejen de discutir —sollocé en voz baja, con las lágrimas escurriendo por mis mejillas.
—Tu padre tuvo la culpa. Espero que nunca te olvides de quién fue el verdadero traidor —reclamó mi madre.
—Mi niña, Ashley, no hagas caso. Esto es cosa de adultos, vuelve a dormir —suplicó mi padre, tomándome de la mano para guiarme a mi cuarto.
—¡No la toques! —mi mamá le dio una bofetada, haciéndolo retroceder por el impacto—. ¿Qué no ves que le das asco?
—Mamá, deberías calmarte. Ashley y yo no tenemos nada que ver aquí, yo la llevaré a su cuarto —intervino mi hermano, cargándome a toda prisa.
Me llevó a mi habitación y cerró la puerta con llave. Comenzó a intentar consolarme con algunos juguetes, pero no servía de nada: yo no podía parar de llorar. Los gritos en la sala eran cada vez más fuertes, y se podía escuchar perfectamente cómo los objetos seguían rompiéndose. Mi mamá continuaba reclamando entre groserías y llanto, mientras mi padre simplemente le pedía bajar la voz.
Todo era un completo caos y yo no lograba entender del todo la discusión; para mi mala o buena suerte, solo tenía siete años.
Al final, mi hermano optó por ponerme los audífonos que cargaba a todas partes y reprodujo una canción cualquiera. Esa fue la primera vez en mi vida en la que me sentí protegida por la música. Desde entonces siempre hago lo mismo: refugiarme en las canciones para ignorar todo a mi alrededor.
....
—Ashley, despierta. Llegarás tarde —alguien movió mi hombro suavemente. Al instante reconocí su voz: era mi hermano.
—Qué pesado... déjame dormir otro rato —me di la vuelta, envolviéndome de pies a cabeza con la cobija.
—Lo digo en serio. Ya es tardísimo.
—Ush, qué molesto eres —le lancé una almohada para alejarlo de mí.
Él levantó las manos en señal de rendición, riendo al ver mi cabello completamente alborotado.
—Apúrate, te iré a dejar —dijo devolviéndome la misma almohada mientras salía de mi cuarto.
Comencé a cambiarme a toda prisa en cuanto confirmé que, efectivamente, se me hacía tarde. Lo único bueno era que la escuela no me quedaba tan lejos, e incluso podía irme caminando, pero a mi hermano le gustaba molestarme de vez en cuando llevándome en el auto.
El trayecto a la escuela transcurrió con normalidad, entre algunas bromas por parte de mi hermano. Yo intentaba ignorarlas, pero de vez en cuando me gustaba regresárselas. Además, él parecía disfrutar cuando me cabreaba y le enseñaba el dedo medio; cuando hacía eso, solía llamarme "chica ruda" y me quitaba mi preciado gorrito como si nada, dejando a la vista mi cabello alborotado peinado en dos trenzas.
—Espero que te portes bien. No quiero ninguna queja por parte de los profesores.
—Nunca he tenido problemas en la escuela, no deberías preocuparte —rodé los ojos.
—Eso dices tú. Ya no me cuentas nada, prefieres guardártelo todo.
—Es porque nadie presta atención a las cosas que hago. Mamá y tú siempre están muy ocupados en el trabajo.
—Lo sé, pero me gustaría que nos tuvieras más confianza. Siempre piensas que puedes tú sola.
—Porque realmente puedo sola, no necesito a nadie —me bajé del auto, un poco enojada.
Mi hermano pareció resignarse; sabía que, de alguna manera, yo siempre lograba salirme con la mía y que de nada servía empezar con sus regaños de papá luchón. Al final solo me dedicó una sonrisa y se fue.
Yo seguía un poco nerviosa; después de todo, era el inicio de un nuevo semestre y eso significaba que tendría nuevos compañeros.
Para mi suerte, siempre lograba ingeniármelas para pasar desapercibida y no encariñarme con la gente. O al menos eso era lo que esperaba.
En cuanto entré al salón, algunos se me quedaron viendo raro, otros comenzaron a murmurar y estaban aquellos que ni me notaron. Pasé a toda prisa, como si alguien me estuviera persiguiendo; odiaba la sensación de ser observada, aunque solo fuera por un instante. Me senté en un rincón y me puse los audífonos rápidamente, subiendo el volumen casi al máximo.
La gente continuaba entrando al salón y ocupando cualquier lugar disponible. Algunos ya se conocían y entablaban conversación entre ellos, mientras que otros —incluyéndome a mí— simplemente nos limitábamos a observar.
Pasados unos minutos, el salón ya estaba casi lleno y las clases comenzaron. El maestro se presentó y nos dio algunas indicaciones de lo que íbamos a hacer en su materia. Yo comencé a tomar mis apuntes para no olvidar ningún detalle; estaba tan concentrada que ni notaba si alguien entraba o salía, simplemente me enfoqué en lo que debía.
—Oye, se te cayó tu pluma —habló un chico al lado de mí, obligándome a voltear a verlo.
"Oh, por Dios, qué chico tan guapo".
No, no, no hay que empezar con esto.
Vale, hay que admitir que era un chico realmente atractivo; al menos para mí y para cualquiera que tuviera buen gusto. Era de piel morena suave, con el cabello negro azabache y algo ondulado. Sus ojos eran tan claros que por instantes parecían verdes, y tenía unas pestañas largas que envidié en cuanto las vi. Tenía una linda sonrisa —a pesar de no parecer del todo sincera— y se veía un poco más alto que yo.
"Reacciona, chica tonta".
—A-ah, sí, claro —me agaché rápidamente, recogiendo la pluma que seguía en el suelo.
Mis mejillas comenzaron a arder y supe de inmediato que me había puesto roja de la vergüenza. Las manos y la punta de la nariz me comenzaron a sudar. Lo miré de reojo, descubriendo que todavía me observaba sin ningún tipo de discreción, lo que me puso aún más nerviosa y me obligó a volver a concentrarme en la libreta.
—Me llamo Alexis —dijo en voz baja, casi como un susurro.
—¿Disculpa? —lo volví a mirar, fingiendo no haber escuchado.
—He dicho que me llamo Alexis. Te quedaste tan inmóvil en cuanto me viste que pensé que ya nos conocíamos.
—N-no, nada de eso. Es solo que no soy muy buena con las palabras —admití torpemente.
—Ya me he dado cuenta —volvió a sonreír, esta vez de forma más honesta.
—No me has dicho tu nombre.
—¿El mío? —me señalé a mí misma como una completa tonta, a lo que él asintió divertido—. Me llamo Ashley.
—Ashley... es un bonito nombre.
Me volví a poner roja, pero intenté ocultarlo a toda costa.
—Gracias, supongo.
Y con eso terminó la conversación. Él volvió a concentrarse en lo suyo y yo no podía evitar voltear a verlo de vez en cuando. Intentaba disimular, pero él parecía darse cuenta porque también me miraba y sonreía de reojo.
Aquel chico no tardó en entablar conversación con los demás en el salón. Incluso algunas chicas comenzaron a coquetearle sin ningún tipo de vergüenza, pero él parecía más incómodo que interesado; aun así, no hizo ningún comentario ofensivo y simplemente se alejaba discretamente.
Yo me limitaba a observar desde mi lugar. Ya conocía a varios del semestre pasado, así que sabía perfectamente cómo se comportaban. Algunas chicas también se acercaron a mí tratando de sacar tema de conversación y yo solo fingía estar interesada; después de todo, quedarme completamente sola tampoco era la opción más idónea.
—¿Quién del salón se te hace atractivo? —preguntó una chica llamada Camila.
—No lo sé. No me he fijado —mentí discretamente.
—Vamos... te vi hablar con el chico de allá —señaló disimuladamente a Alexis, quien se encontraba platicando muy a gusto con otros compañeros.
Volví a mirarlo. No era el chico más guapo que había visto en mi vida, de eso estaba consciente, pero había algo en él que me resultaba indudablemente atractivo. Parecía alguien sumamente relajado y algo dentro de mí me decía que también era muy inteligente.
Él pareció notar que lo observaba, porque volteó a verme de reojo y me sonrió de la misma forma que lo había hecho antes. Aparté la vista rápidamente, sintiendo cómo las mejillas se me volvían a encender.
Camila seguía esperando una respuesta.
—Es lindo —admití finalmente en un murmullo.
Mi corazón latía a mil por hora, pero sabía que debía mantener mi distancia si no quería que las cosas terminaran en un completo desastre... como solía pasar con todo a mi alrededor.








