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𝙲𝚊𝚕𝚘𝚛 ⌇ 𖹭 𝐒𝐮𝐧𝐇𝐚𝐫𝐞𝐦 𖹭

Sinopsis

♬⋆.˚ Para Sunoo, la posibilidad de presentarse como beta nunca había existido realmente. No porque odiara la idea, ni porque hubiera algo malo en serlo, simplemente era algo que jamás había imaginado para sí mismo. En su familia casi no había betas. Desde que era pequeño, todos habían asumido que seguiría el mismo camino que la mayoría de sus antepasados, que tarde o temprano su cuerpo terminaría confirmando aquello que parecía evidente. Un omega. ⏔⏔⏔ ꒰ ᧔ෆ᧓ ꒱ ⏔⏔⏔ ᡣ𐭩.ᐟ 𝚂𝚞𝚗𝙷𝚊𝚛𝚎𝚖 ᡣ𐭩.ᐟ 𝙾𝚖𝚎𝚐𝚊𝚟𝚎𝚛𝚜𝚎 ᡣ𐭩.ᐟ 𝙿𝚘𝚕𝚒𝚊𝚖𝚘𝚛 ᡣ𐭩.ᐟ 𝙴𝚗𝚑𝚢𝚙𝚎𝚗 𝚃𝚘𝚙 𝚡 𝚂𝚞𝚗𝚘𝚘 𝙱𝚘𝚝𝚝𝚘𝚖 ᡣ𐭩.ᐟ 𝙰𝚗𝚐𝚜𝚝 / 𝙳𝚛𝚊𝚖𝚊 / 𝚁𝚘𝚖𝚊𝚗𝚌𝚎 ᡣ𐭩.ᐟ 𝙵𝚒𝚗𝚊𝚕 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚣 ⚠︎ 𝗧𝗘𝗠𝗔𝗦 𝗗𝗘𝗟𝗜𝗖𝗔𝗗𝗢𝗦 ⚠︎ .ᐟ 𝙰𝚝𝚊𝚚𝚞𝚎𝚜 𝚍𝚎 𝚙á𝚗𝚒𝚌𝚘 .ᐟ 𝙿𝚛𝚘𝚋𝚕𝚎𝚖𝚊𝚜 𝚊𝚕𝚒𝚖𝚎𝚗𝚝𝚒𝚌𝚒𝚘𝚜 .ᐟ 𝙿𝚛𝚘𝚋𝚕𝚎𝚖𝚊𝚜 𝚍𝚎 𝚊𝚞𝚝𝚘𝚎𝚜𝚝𝚒𝚖𝚊

Estado:
hace 38 minutos
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

ᡣ𐭩 Cáp 1

Sunoo mantenía la mirada fija en el televisor, aunque hacía ya un buen rato que las imágenes se habían fundido en una mancha borrosa y, al final, su atención se desvió hacia la ventana. Afuera, el sol se deslizaba lentamente entre los edificios, tiñendo de naranja los últimos retazos del cielo. La luz cruzaba el cristal y se extendía sobre el piso de madera, deteniéndose siempre a unos centímetros de sus manos, como si dudara en alcanzarlas.

Le costaba recordar cuándo fue la última vez que vio ese atardecer desde algún lugar distinto de aquella cama. Los días se habían vuelto tan parecidos entre sí que simplemente dormía, dejando el televisor encendido el resto del tiempo, como si el sonido constante de cualquier programa pudiera mantener el silencio a raya.

Evitar salir había sido mucho más sencillo de lo que pensó. Al principio, esperó que alguien llamara a su puerta o preguntara por él, pero los días siguieron pasando sin que nada cambiara y, con el tiempo, dejó de esperar.

A veces, al otro lado de la puerta, escuchaba una risa cruzando el pasillo o las conversaciones mezclándose con el eco de una puerta cerrándose a lo lejos.

El aroma de la comida aún no había alcanzado su habitación, pero bastaba con escuchar esa rutina que continuaba sin él para que el estómago volviera a protestar. Sunoo posó una mano sobre su abdomen, intentando calmar la sensación.

Miró el reloj del velador y la hora solo confirmó lo que presentía: saltarse el almuerzo no había sido su mejor idea. El vacío llevaba horas incomodándolo, persistente, mientras él se humedecía los labios resecos, intentando engañar al hambre aunque fuera solo por un momento.

Se sentó despacio, permitiendo que el peso de las mantas resbalara de su cuerpo, como si la cama quisiera retenerlo un poco más, y abrió la puerta solo lo justo para asomarse. Antes de distinguir cualquier figura, un aroma se coló en su habitación, extendiéndose a su alrededor, envolviéndolo en una suavidad que parecía querer tranquilizarlo.

Cuero mezclado con canela.

— Veo que al fin decidiste salir.

La voz de Jay lo alcanzó antes de que pudiera volver a cerrarla y tuvo que aguantar el impulso instintivo de retroceder, abriéndola unos centímetros más.

— Oh... hyung. Solo iba por algo de comer.

Los pasos del alfa se acercaron. No lo suficiente como para invadir su espacio, pero sí para sentir la sombra del mayor sobre él.

— No es necesario. Jake y Heeseung pidieron comida hace un rato.

— Gracias, hyung… pero creo que pasaré por esta vez —respondió Sunoo.

Jay arqueó una ceja.

— ¿Seguro?

— Sí.

El hambre le retorcía el estómago, pero la voz de Minjeon seguía resonando en su cabeza de un modo que no podía ignorar.

Jay se quedó observándolo por un momento, hasta que se encogió de hombros.

— Bueno. Les aviso para que no te esperen.

Asintió y siguió su camino. Sus pasos se alejaron por el pasillo sin detenerse. No hubo otra pregunta, ni una segunda mirada, ni siquiera un “¿estás bien?” lanzado por encima del hombro. Solo el sonido de una puerta cerrándose unos segundos después.

Soltó el aire que había estado reteniendo y finalmente se atrevió a salir, avanzando con pasos suaves. Un par de mantas seguían desparramadas sobre el respaldo del sofá, como si aún conservaran el calor de alguien que acababa de levantarse, y el aroma de la comida caliente era demasiado especiado y tentador.

Abrió el refrigerador y una bocanada de aire frío le acarició el rostro. Los estantes rebosaban de recipientes con comida preparada: fruta cortada en trozos pequeños, bebidas y yogures apilados. Su mirada se deslizó por cada uno, sin detenerse hasta que se topó con un yogur natural.

Cerró la puerta con cuidado y regresó a su habitación con el postre en la mano. El silencio lo envolvió como si el departamento hubiera seguido su curso sin notar su breve ausencia.


Para Sunoo, la posibilidad de presentarse como beta nunca había existido de verdad. No porque odiara la idea, ni porque hubiera algo malo en serlo, sino porque simplemente era algo que jamás había imaginado para sí mismo.

En su familia casi no había betas. Desde que tenía memoria, todos habían asumido que seguiría el mismo camino que la mayoría de sus antepasados, que, tarde o temprano, su cuerpo terminaría confirmando aquello que parecía evidente.

Un omega.

Y, por extraño que pareciera, él también lo había creído. Tenía sentido. Siempre había sido el más cariñoso, el que buscaba el contacto físico sin darse cuenta. Nunca había tenido problemas con los abrazos, con quedarse dormido apoyado sobre alguien durante los viajes largos o con buscar cualquier excusa para pasar más tiempo cerca de las personas que quería.

Su propia manada solía bromear con eso. Decían que era imposible imaginarlo de otra forma, que seguramente terminaría siendo el omega más consentido de todos. Por eso, cuando llegó el momento y no ocurrió lo que esperaba, no supo muy bien qué sentir.

Al principio, una pequeña decepción se instaló en su pecho, esa sensación extraña de esperar algo que nunca llegaría. Después, como todo lo que no podía cambiar, terminó aceptándolo, dejando que el tiempo suavizara los bordes de la espera. La naturaleza había decidido por él y no había nada que pudiera hacer.

Intentó pensar que ser beta no parecía tan terrible. No tendría que preocuparse por los celos ni por perder el control bajo la influencia de sus feromonas. No tendría que vivir pendiente de si su aroma afectaba a los alfas a su alrededor ni de controlar cada reacción de su cuerpo ante ellos.

Durante meses intentó convencerse de que aquello era suficiente. Y lo habría sido si convertirse en beta hubiera sido el único cambio.

Lo difícil nunca se trató de aceptar quién era, sino de darse cuenta de que, mientras él intentaba acostumbrarse a esa nueva realidad, la dinámica de su propia manada comenzaba a cambiar. Y lo hizo tan lentamente que ni siquiera pudo señalar el momento exacto en que dejó de sentirse parte de ella.

Heeseung seguía siendo el alfa principal; Jungwon, Sunghoon, Jay e incluso Ni-ki también habían despertado como alfas, mientras que Jake terminó convirtiéndose en aquello que todos esperaban. Y Sunoo... simplemente quedó vagando en algún lugar entre ellos.

Nadie lo apartó ni le dijo que ya no pertenecía, y quizás eso era lo que más dolía, porque no hubo una discusión ni una puerta que se cerrara. Solo pequeñas cosas que, poco a poco, comenzaron a desvanecerse, hasta que un día se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo extrañándolas.

Antes, siempre había alguien acercándose para dejar su aroma sobre él, un gesto natural que nadie parecía pensar realmente al hacerlo. Una mano revolviéndole el cabello cuando pasaba por la sala, un brazo rodeando su cintura mientras veían la televisión, una voz llamándolo para que se sentara en medio del sofá porque, según ellos, siempre ocupaba demasiado espacio cuando estaba solo.

Eran cosas tan pequeñas que probablemente nadie más había notado cuando dejaron de ocurrir. Pero Sunoo sí. Él había sentido cada ausencia y aun así nunca dijo nada.

¿Qué podía reclamar exactamente? ¿Qué extrañaba algo que nunca le habían prometido?, ¿Qué echaba de menos una cercanía que ahora le pertenecía a alguien más? No quería convertirse en alguien egoísta. Sobre todo porque sabía que Jake no tenía la culpa.

Ni-ki fue quizá quien más le hizo notar el cambio. Antes, el más joven ni siquiera tocaba la puerta de su habitación. Aparecía en mitad de la madrugada con una manta entre los brazos, murmurando alguna excusa que ninguno de los dos creía, antes de terminar acurrucándose a su lado como si ese siempre hubiera sido su lugar. Y a la mañana siguiente, actuaba como si no hubiera pasado nada.

Hasta que dejó de hacerlo. Ahora era Jake quien amanecía envuelto en el calor de la manada. Era lógico; él era el omega. Si alguien necesitaba esa cercanía instintiva, era él. Sunoo nunca habría querido arrebatárselo, pero había noches en las que despertaba en la oscuridad, sintiendo que el colchón era demasiado frío y demasiado amplio para una sola persona.

Y cada vez que esos pensamientos asomaban, los apartaba antes de que echaran raíces. Seguía teniendo una manada, sí, pero ya no sabía qué lugar ocupaba en ella.

La sala de celos era otra prueba de ello. Durante años había imaginado cómo sería entrar allí junto a los demás cuando finalmente despertara como omega. Era una imagen que había repetido tantas veces en su cabeza que, por momentos, casi parecía un recuerdo. Pero nunca ocurrió. Como beta, simplemente no tenía cabida en ese espacio. No podía aliviar los celos de un alfa ni ofrecer el cuidado que un omega necesitaba durante los suyos.

Le tomó tiempo aceptar esa realidad y, cuando por fin lo hizo, buscó otra forma de cuidar a los suyos. Si no podía entrar, al menos podía asegurarse de que nada les faltara. Era quien revisaba que hubiera productos de aseo, quien dejaba lo necesario cerca de la puerta, quien se ocupaba de esas pequeñas tareas invisibles que alguien debía hacer.

No era lo mismo, pero seguía siendo una forma de cuidarlos, aunque tuviera que hacerlo a distancia.

A veces regresaba justo cuando la puerta estaba cerrada y entonces los escuchaba. Las respiraciones agitadas, los jadeos ahogados, las voces demasiado suaves que pertenecían a un momento en el que él no estaba incluido.

Sunoo nunca se detenía, aceleraba el paso, cerraba la puerta de su habitación y se ponía los audífonos antes de hundirse bajo las mantas. Lo que fuera necesario para no pensar.

No era que le molestara. Solo prefería no escuchar aquello que le recordaba lo fácil que era acostumbrarse a una vida en la que su ausencia no alteraba nada.

Con el comeback acercándose, esa sensación se volvió aún más difícil de ignorar. Los ensayos ocupaban casi todo el día y el cansancio hacía que los instintos se hicieran más evidentes. Después de horas practicando y de terminar una coreografía o una sesión particularmente agotadora, bastaba con que Jake estuviera cerca para que alguno de los alfas lo buscara.

Un brazo sobre sus hombros, una mano acariciando su cabello, un intercambio silencioso de aromas mientras recuperaban el aliento. Todo ocurría con la misma naturalidad con la que antes también lo incluía.

Sunoo los miraba desde lejos y se repetía que estaba bien, que los betas no necesitaban esa clase de cercanía, que no era algo que debiera echar de menos. Se lo dijo tantas veces que, por un tiempo, casi logró creérselo. Pero últimamente, esas palabras empezaban a sonar ajenas, incluso cuando era él mismo quien intentaba decirlas.


Sunoo estaba acurrucado en uno de los extremos del sofá, con las piernas encogidas contra el pecho y un pote de helado de chocolate con menta apoyado sobre ellas, mientras una serie avanzaba frente a él.

Hacía varios minutos que había dejado de seguir la trama. Su atención estaba puesta en la cuchara de plástico entre sus dedos y en la sensación fría del helado que se derritía lentamente sobre su lengua, en ese pequeño instante de tranquilidad que parecía pertenecerle solo a él.

Siempre le había gustado ese sabor. Había algo extrañamente reconfortante en el dulzor del chocolate y la frescura de la menta. Jake, por supuesto, nunca había estado de acuerdo. Insistía en que sabía a pasta de dientes, mientras que Ni-ki aseguraba que quien hubiera inventado ese sabor le debía una disculpa pública a la humanidad.

Y Sunoo no podía evitar reírse cuando los escuchaba discutir por algo tan absurdo cada vez que encontraban otro envase en el congelador. No tenía la culpa de que Jay siempre llegara con uno más de la tienda de conveniencia. Era una de esas pequeñas cosas que parecían no tener importancia, pero que formaban parte de su rutina.

El aroma a té verde y algodón llegó desde el pasillo antes de que Jungwon apareciera en la sala, tan familiar y reconocible como siempre, aunque había algo apenas perceptible, escondido bajo esa esencia limpia que solía acompañarlo.

No era mucho; quizá alguien que no lo conociera no habría notado la diferencia, pero Sunoo sí. Había pasado demasiados años rodeado de ese aroma como para no notar cuando algo en él cambiaba, aunque fuera solo un matiz.

Jungwon seguía siendo Jungwon, pero esa tarde su aroma era más tenue, menos ligero, como hojas de té que han reposado demasiado tiempo en el agua y han perdido parte de su frescura.

El alfa entró con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de chándal y con una ligera tensión entre las cejas, una expresión que rara vez mostraba. Sunoo dejó la cuchara dentro del envase sin pensarlo y enderezó la espalda, como si su cuerpo, antes de entender lo que pasaba, ya supiera que debía prepararse.

Jungwon se sentó a su lado, dejando suficiente espacio para no incomodarlo, pero lo bastante cerca como para que Sunoo sintiera el calor tranquilo de su presencia. El televisor seguía murmurando de fondo y el helado comenzaba a derretirse, despacio, alrededor de la cuchara olvidada.

—Hyung... —murmuró Jungwon finalmente. ¿Hay algo que quieras contarme?

La pregunta fue tan cuidadosa que, precisamente por eso, logró ponerlo más nervioso. Sunoo sintió cómo su mente comenzó a buscar una respuesta antes de comprender siquiera qué buscaba.

Repasó los últimos días. ¿Había cometido algún error? ¿Había olvidado algo importante? ¿Había hecho algo que molestara a alguien?

No encontró nada.

—¿Por qué preguntas eso? —consiguió decir.

Jungwon dejó escapar un suspiro suave y la tensión en sus hombros pareció aflojarse.

— Porque sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? —lo miró de frente.— Antes de ser tu líder, sigo siendo Jungwon.

Sunoo intentó sonreír, pero solo consiguió esbozar una expresión pequeña e insegura.

— Lo sé.

Y era verdad. Ese era el problema. Jungwon siempre había sido amable con él; nunca había hecho nada que le hiciera sentir que no podía acercarse. Aun así, había cosas que no sabía cómo decir.

— Minjeon hyung llamó hace un rato. Quiere hablar contigo —hizo una pausa antes de continuar—. Intenté convencerlo de acompañarte, pero dijo que prefería hacerlo a solas.

A solas. Las palabras quedaron suspendidas entre ambos y Sunoo bajó la mirada al envase abandonado sobre la mesa. De pronto, el hambre se le fue. Las reuniones individuales con el mánager rara vez traían buenas noticias.

— Está esperándote en recepción.

Se quedó en silencio un segundo. Luego asintió despacio.

— Gracias, Jungwonie. No tardaré.

El alfa también asintió, la preocupación todavía flotando en su aroma. Sunoo volvió a su habitación y se cambió sin apuro, aunque cada movimiento le pesaba más de lo habitual. Se puso una sudadera gruesa, la gorra y la mascarilla que llevaba siempre que salía, intentando convencerse de que tal vez no era nada serio.

Cuando volvió a pasar por la sala, Jungwon seguía sentado en el sofá. Sus miradas se encontraron y ninguno dijo nada.

El ascensor llegó pronto, pero el descenso se le hizo interminable. Los números cambiaban con una lentitud exasperante y su reflejo se multiplicaba en las puertas metálicas, como si hasta su propia imagen quisiera alejarse de él.

La recepción estaba casi vacía y Minjeon guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón apenas lo vio acercarse.

— Vamos.

Caminaron hasta la van en silencio y, durante todo el trayecto, Sunoo permaneció apoyado contra la ventana, observando cómo la ciudad comenzaba lentamente a teñirse de rosa mientras el sol descendía desde el horizonte, desapareciendo con una facilidad que le resultó injusta.

Desaparecer parecía tan sencillo para el sol, mientras él llevaba demasiado tiempo intentándolo y, aun así, seguía ahí.

No supo cuánto tiempo estuvo sentado en la van antes de darse cuenta de que ya habían llegado. Solo recordó seguir a Minjeon por los pasillos hasta aquella oficina, donde cada paso parecía hacerlo más consciente de que no sabía qué esperaba escuchar.

La oficina olía a café rancio, a papel recién impreso y al aire frío del acondicionador. Era un olor neutro, casi sin carácter, igual que la habitación impecablemente ordenada frente a él, donde cada carpeta ocupaba su sitio y hasta el silencio parecía colocado con esmero.

Minjeon dejó una carpeta sobre el escritorio antes de tomar asiento al otro lado.

— Siéntate.

Sunoo obedeció. Se acomodó en la silla y escondió las manos bajo sus muslos, intentando que el leve temblor de sus dedos no resultara demasiado obvio.

El mánager abrió la carpeta con calma y comenzó a revisar algunos documentos como si no hubiera nada extraño en aquella situación. No parecía preocupado.

— Como sabes, el comeback está cada vez más cerca y hay ciertos aspectos que debemos cuidar —Minjeon pasó una página antes de continuar—. Después de tu presentación como beta, hubo bastante movimiento entre los fans.

La frase no lo tomó por sorpresa. Había leído los comentarios y visto las teorías de gente que intentaba encontrar una respuesta a algo que ni siquiera él entendía, pero nunca creyó que fuera demasiado importante como para llegar hasta allí.

— Afortunadamente, el impacto comercial fue menor de lo que esperábamos —hizo una pausa breve—. Pero precisamente por eso tenemos que ser aún más cuidadosos con tu imagen.

Sunoo entrelazó los dedos con más fuerza, fijando la vista en sus manos para no pensar demasiado en eso.

— Últimamente han empezado a aparecer comentarios sobre tu aspecto.

Algo en su cuerpo se tensó antes de saber siquiera qué venía.

— Dicen que tus mejillas se ven más redondas.

Sunoo se quedó quieto y su lengua rozó el interior de una de sus mejillas por puro reflejo, como si necesitara comprobar por sí mismo aquello que hasta ese momento nunca había considerado un problema.

Jake solía decir que daban ganas de morderlas, Ni-ki aprovechaba cualquier oportunidad para pellizcárselas cuando pasaba cerca e incluso, en una ocasión, Jungwon había bromeado diciendo que si fuera el menor del grupo, probablemente tendría que proteger sus mejillas de ellos todos los días.

Ahora, de repente, esas mismas mejillas parecían haberse convertido en un inconveniente.

— ¿Entiendes lo que quiero decir?

Sunoo levantó la mirada. No estaba seguro de entenderlo, pero asintió de todas formas.

Minjeon soltó un suspiro bajo, como si la conversación fuera más sencilla de lo que Sunoo la hacía parecer.

— A partir de hoy comenzarás una dieta controlada —pasó otra página—. También aumentaremos tus horas de entrenamiento.

Sunoo dejó de escuchar y necesitó unos segundos para procesar. Más entrenamiento, otra dieta, una cosa más que debía cambiar. La lista empezaba a resultarle demasiado familiar.

— Te servirá para mejorar tu resistencia durante las coreografías —la frase salió de la boca del hombre con tanta naturalidad que parecía algo ya repetido muchas veces—. Esperamos que lo entiendas. Es lo mejor para el grupo.

Y después, como si necesitara asegurarse de que el mensaje quedara claro:

— Y para los fans.

Sunoo volvió a asentir. Era lo que siempre hacía cuando no sabía qué otra cosa podía decir.

La reunión continuó durante varios minutos más. Minjeon habló sobre horarios, cantidades, suplementos y nuevas rutinas de entrenamiento, mientras Sunoo intentaba memorizar cada indicación como si de eso dependiera demostrar que estaba haciendo lo correcto. Pero las instrucciones pronto dejaron de tener sentido.

Cuando terminó, no se movió enseguida. Se quedó en la silla con la vista fija en sus manos. No iba a llorar ahí. Respiró lentamente y se obligó a levantarse.

Quizás Minjeon tenía razón. Quizás simplemente no se había esforzado lo suficiente. Se puso de pie e hizo una pequeña reverencia antes de salir de la oficina.

El viaje de regreso fue aún más silencioso que el de ida. Cuando llegó al dormitorio, dejó los zapatos junto a la entrada y escuchó voces provenientes del interior del departamento.

No intentó reconocerlas. No tenía energía para hacerlo. Caminó directamente hasta su habitación y cerró la puerta con cuidado, apoyando la espalda contra la madera apenas encajó el seguro.


Tres días después de la conversación con Minjeon, Sunoo ya podía distinguir el sabor exacto de cada comida que había comenzado a formar parte de su rutina.

Siempre había disfrutado de la comida. Le gustaba probar los platos de los demás, aunque hubieran pedido exactamente lo mismo. Comparar sabores, discutir cuál era mejor, robarle un bocado a Ni-ki solo para terminar riéndose y decidir que el suyo seguía siendo el mejor.

Eran de esos momentos en que todos terminaban reunidos alrededor de la mesa; las conversaciones se alargaban y acababan riendo por cualquier tontería o discutiendo por el último trozo de pan. Ahora, las comidas se habían convertido en una tarea más.

A veces seguía abriendo el refrigerador. El aire frío le rozaba el rostro mientras se quedaba contemplando el interior antes de recordar que la mayoría de las cosas que había dentro ya no podía comerlas.

Lo peor fue deshacerse de los pequeños antojos que guardaba en su habitación. Las bebidas saborizadas, los dulces que compraba después de los ensayos, incluso las bolsas de galletas que siempre desaparecían en las noches de cine. Poco a poco, los dulces se fueron y, en su lugar, empezaron a acumularse vitaminas, sobres de proteína y frascos de pastillas dietéticas.

El pequeño cajón donde solía guardar galletas y chocolates terminó lleno de envases blancos con etiquetas nutricionales. A veces lo abría por costumbre, como si una parte de él todavía esperara encontrar algo dulce.

El resto de la manada no sabía nada. Para ellos, Sunoo simplemente estaba dedicando más tiempo a practicar las coreografías. Minjeon consideró innecesario preocupar al grupo por un asunto tan menor y Sunoo estuvo de acuerdo con la decisión. No valía la pena sumar otra preocupación cuando todos ya llevaban suficiente peso sobre los hombros.

La sala de ensayo llevaba ya dos horas oliendo a sudor, desodorante y al aire frío del acondicionador, que apenas lograba refrescar el ambiente. Sunoo había perdido la cuenta de cuántas veces la música había regresado al primer verso.

El aroma cítrico del agua con electrolitos flotaba en el aire; el estómago volvió a retorcerse, las piernas se le hacían pesadas y la garganta le ardía, pero siguió marcando los pasos. Hasta que un quejido interrumpió la música y Jake se llevó una mano a la pantorrilla, soltando una mueca de dolor.

— Ah... espera, espera...

La música se detuvo.

— ¿Otra vez? —preguntó Heeseung, acercándose primero.

Jake asintió con una pequeña mueca.

— Se me acalambró...

Heeseung se inclinó sobre el cuello de Jake y lo calmó con su aroma antes de rodearle la cintura y llevarlo hasta el sofá al fondo de la sala. Ni-ki corrió a buscar una botella de agua antes de que alguien se la pidiera; Jay dejó una toalla limpia sobre sus hombros y Jungwon ya estaba revisando la pierna del omega cuando Sunghoon comenzó a masajear con cuidado el músculo endurecido.

Sunoo solo pudo observarlos. Nadie había tenido que pedir ayuda ni explicar qué hacer. Todos sabían dónde colocarse, qué necesitaba Jake y cómo cuidarlo. Sintió un pinchazo incómodo bajo las costillas y lo empujó hacia el fondo de su pecho. Ignoró el cansancio y volvió a contar los tiempos porque, mientras siguiera bailando, no tendría que mirar hacia el sofá ni pensar en lo que faltaba.

Al terminar, Jake dormía sobre los muslos del alfa, con aroma a menta y pino, quien le acariciaba el cabello con cuidado de no despertarlo. Y cuando Sunghoon pasó por su lado cargándolo, sus pasos ni siquiera vacilaron. Pasó tan cerca que Sunoo alcanzó a percibir el aroma compartido de ambos antes de que desaparecieran por la puerta.

Se dejó caer al suelo, agradeciendo en silencio que su aroma fuera tan tenue. Si lo hubieran percibido, empezarían a hacer preguntas y él no podía permitírselo.

Permaneció quieto mientras, uno a uno, recogían las cosas de Jake: su mochila, la botella de agua y la toalla que había quedado olvidada sobre el sofá.

Se puso de pie con las piernas temblorosas. Quizás desayunar solo una leche proteica no había sido la mejor idea, pero ya no importaba. Recogió sus cosas, apagó la luz y cerró la puerta con cuidado. Caminó despacio hasta la van y se acomodó en la última fila.

Desde allí, veía cómo Ni-ki y Jay jugaban en sus teléfonos, riendo en voz baja, aunque cada tanto sus miradas se dirigían hacia Jake, que dormía apoyado en Sunghoon, quien lo sostenía firmemente para evitar que se moviera. Heeseung estaba sentado en el asiento del copiloto, haciendo quién sabe qué en su celular, y Jungwon tenía los ojos cerrados, con los audífonos puestos, tarareando en voz baja.

Sunoo sacó su teléfono, pero terminó sosteniéndolo entre las manos sin siquiera desbloquear la pantalla.

Estaba bien. Tenía una manada y responsabilidades. No podía permitirse el lujo de ser caprichoso cuando ya recibía más de lo que creía merecer.

Se fijó en la hora: 18:15. Escarbó en su bolso, sacó una de sus pastillas y se la tragó con un sorbo de agua fría.

— ¿Qué estás tomando, Sunoo? —preguntó Heeseung, inspeccionándolo con curiosidad a través del espejo retrovisor.

Esa simple pregunta lo congeló y, por un instante, el tiempo se detuvo. Sintió las miradas antes incluso de levantar la cabeza y, cuando lo hizo, los seis lo observaban. Las manos le temblaron, se puso rígido y, sin querer, su mirada se topó con la de Minjeon en el espejo.

El mánager lo observaba con una expresión inconfundible y Sunoo entendió el mensaje aunque nadie hubiera dicho una palabra.

Sonrió despacio, esperando que nadie notara el temblor en sus dedos. Por suerte, su aroma a duraznos seguía tan suave como siempre.

— Vitaminas, hyung. Con los ensayos, pensé que sería lo mejor para mantenerme saludable.

Desvió la mirada del alfa y, a través del espejo, vio a Minjeon asentir disimuladamente.

— Bien pensado, Sunoo —dijo Sunghoon—. Sobre todo ahora que debes practicar más.

— Buena idea. Supongo que podría hacer lo mismo —añadió Heeseung, regresando a su celular.

Y eso fue todo. Sin más, cada uno volvió a lo suyo. Sunoo apretó los puños, se puso los audífonos y se hundió un poco más en el asiento, apoyando la frente en la ventana cada vez que la pesadez le llenaba el estómago.

Empezaba a sospechar que no era el único rincón en el que faltaba algo.

Después de eso, los días comenzaron a seguir una rutina similar. Ensayos, horarios y comidas medidas. Se acostumbró a sonreír cuando alguien preguntaba si estaba bien, a rechazar comida con excusas simples y a fingir que no notaba las miradas que a veces se quedaban sobre él un segundo más de lo normal. Por eso, aquella noche no fue diferente.

La película seguía avanzando mientras las risas se mezclaban con comentarios sobre alguna escena absurda y las constantes quejas de Ni-ki, convencido de que el repartidor tardaba una eternidad.

Sunoo se encontraba un poco más atrás, sentado en uno de los taburetes de la cocina, lo bastante cerca como para sentirse parte del momento y, al mismo tiempo, lo bastante lejos como para que nadie notara que llevaba varios minutos sin decir una sola palabra.

Cuando sonó el timbre, se puso de pie casi de inmediato.

— Yo abro.

Recibió las bolsas, agradeció al repartidor y apenas las dejó sobre la encimera; el aroma del pollo frito recién hecho comenzó a extenderse por el departamento con rapidez, haciéndolo salivar.

Las conversaciones se interrumpieron y, como siempre, todos comenzaron a moverse por costumbre. Jake sacó los platos, Jungwon los cubiertos y Sunghoon acomodó los vasos sobre la mesa mientras Ni-ki ayudaba a repartir las bebidas. Pero Sunoo se quedó junto a la cocina mientras ese olor cálido seguía apretándole el estómago.

Respiró despacio, intentando que nadie notara el temblor de sus manos.

— Ven, Sunoo. Siéntate —llamó Jake, dándole leves palmaditas al asiento vacío junto al suyo.

Por un instante, sus pies cedieron y estuvo a punto de caminar hacia él cuando una voz lo interrumpió.

— Creo que es mejor que se siente allá —Heeseung detuvo el momento, señalando la silla ubicada al otro extremo de la mesa—. Jake, estás cansado. Sabes que nuestro aroma te ayuda a relajarte.

No había duda ni culpa, ni siquiera una pausa antes de decirlo. Para ellos, simplemente era lo lógico.

Jake arrugó la nariz. Parecía querer decir algo, pero terminó guardándose las palabras cuando Ni-ki ocupó el lugar a su lado.

Sunoo sonrió, se sentó con cuidado donde le habían indicado y aceptó la presa de pollo que Sunghoon le acercó, sintiendo el calor del cartón filtrarse en su palma.

— Sunoo-ya.

— Gracias, hyung.

El calor le atravesaba la palma mientras miraba la piel dorada y crujiente del pollo. El aroma de las especias seguía escapándose en pequeñas ráfagas, calentándole el rostro y picándole la nariz, de modo que tuvo que bajar la cabeza.

— ¿Hyung? ¿No te gustó?

La voz de Ni-ki lo sacó de sus pensamientos y solo entonces notó que seguía sosteniendo el pollo sin haberle dado ni un mordisco. Apretó los muslos bajo la mesa, obligándose a sonreír.

— No... es solo que comí demasiado. Creo que comeré algo más ligero —mintió, levantándose para tirar el pedazo de pollo al basurero.

—¿Eh? ¿Cuándo? —preguntó Jake, ladeando la cabeza.

Sintió las miradas sobre él y la sonrisa empezó a costarle un poco más.

— Dos paquetes de ramen —mintió otra vez—. Perdón, tenía mucha hambre y olvidé preguntar si alguien quería.

Jake lo siguió observando con la duda instalada en los ojos, pero Sunoo evitó el contacto visual. Abrió el refrigerador y tomó un pequeño recipiente con fruta.

— Me llevaré esto a mi habitación.

— De acuer...

Jungwon ni siquiera alcanzó a terminar cuando la puerta de la habitación de Sunoo ya se había cerrado.

Ni-ki le dio un mordisco a su segunda pata de pollo.

— Quizás solo está cansado.

— Tal vez —respondió Jake, sin estar del todo conforme.

Pero la inquietud se quedó instalada en su pecho, porque durante todo el día no había percibido ni una sola vez el aroma del ramen.

Apenas cerró la puerta, Sunoo apoyó la espalda contra la madera, con el recipiente de fruta aún entre las manos. Era lo único que podía comer sin romper la dieta y, aun así, después de mirarlo unos segundos, terminó agachándose para guardarlo en la caja bajo la cama.

Mañana. Mañana tendré más hambre, se prometió, como si repetirlo bastara para que se cumpliera.

En su lugar, tomó uno de los batidos que había preparado por la mañana. Era espeso y no tenía mucho sabor, pero seguía siendo alimento, así que se lo bebió en unos pocos tragos antes de encerrarse en el baño.

Se cambió de ropa, se lavó la cara y completó su rutina con movimientos lentos, sintiendo las piernas cada vez más pesadas, hasta que, al regresar a la habitación, apenas tuvo fuerzas para dejarse caer sobre la cama.

Ni siquiera alcanzó a acomodarse bajo las mantas. El sueño terminó venciéndolo antes de que pudiera volver a pensar en comida.



🍥🩷

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Paper Hearts - Kookmin Omegaverse

Naiko: Ya la eh leído en todas las plataformas en la que está publicada y jamás me canso de leerla 😭🥰. Es la única historia que me saca de mí bloqueo de lector . Realmente si nunca la leíste , te animo a que lo hagas y disfrutes del mejor cliché Kookmin escrito en los últimos tiempos. Te juro que amarás ...

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