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Ganarte o Perderme

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Sinopsis

Valeria Mendoza odia perder. Adrián Varela odia que le digan que no. Los dos son los mejores estudiantes de su facultad. Los dos quieren la misma beca de investigación. Y los dos están dispuestos a hacer lo que sea por conseguirla. Cuando el profesor decide que la única forma de evaluarlos es obligarlos a trabajar juntos, la rivalidad se vuelve personal. Las discusiones se calientan. Las miradas duran demasiado. Y lo que empieza como odio puro se transforma en una tensión imposible de ignorar. Seis semanas. Un proyecto. Una sola beca. Y dos personas que juran que no se van a tocar… hasta que lo hacen. Enemies to lovers. Forced proximity. Academic rivals. Y una atracción que ninguno de los dos puede controlar.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Diego Torres
Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Demasiado Cerca

Valeria Mendoza odiaba perder.

Lo odiaba con una intensidad física, casi dolorosa. Le apretaba el pecho, le secaba la boca y le hacía clavar las uñas en las palmas hasta dejar marcas rojas que luego escondía en los bolsillos. Esa mañana, el odio le sabía a metal y a café frío.

Estaba sentada en la primera fila de la sala de juntas de la Facultad de Ciencias, espalda recta, rodillas juntas, la carpeta negra perfectamente alineada sobre la mesa. Dentro de esa carpeta había dieciocho meses de su vida. Noches sin dormir, fines de semana enteros en la biblioteca, comidas saltadas y la constante sensación de que si fallaba, no solo se decepcionaba a sí misma: decepcionaba a sus padres. A su madre, que limpiaba casas desde las seis de la mañana. A su padre, que trabajaba dobles turnos en un almacén para que ella pudiera estudiar sin tener que pedir un préstamo que los ahogara.

Esa beca no era un lujo. Era oxígeno.

La puerta se abrió y el aire de la sala cambió de temperatura.

Adrián Varela entró como si el edificio le perteneciera. Cabello oscuro ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él hace cinco minutos y hubiera quedado perfecto de todas formas. Camisa blanca de buena tela, arremangada hasta los codos, revelando antebrazos marcados y un reloj que probablemente costaba más que el alquiler de tres meses de Valeria. Sonreía. Esa sonrisa fácil, segura, que parecía decir “yo ya gané y ni siquiera he empezado”.

Se dejó caer en el asiento de al lado con una naturalidad ofensiva. El olor de su colonia —algo limpio, caro, con notas de madera y cítricos— llegó hasta ella antes que su voz.

—Mendoza —dijo, sin girar del todo la cabeza—. Qué sorpresa. Pensé que solo venían los finalistas que realmente tienen opciones.

Valeria no lo miró. Mantuvo la vista fija en la pizarra blanca del fondo, aunque no había nada escrito en ella.

—Varela. Qué sorpresa verte sin tu corte de admiradoras. ¿Se les acabó el oxígeno en el pasillo o simplemente se aburrieron de escucharte hablar de ti mismo?

Él soltó una risa baja, casi divertida, y se reclinó en la silla.

—Siempre tan encantadora a primera hora. Debe de ser el café de máquina de la cafetería. Ese veneno te pone de un humor especial.

Antes de que ella pudiera responder, la puerta volvió a abrirse. El profesor Ortega entró cargando una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión que Valeria no supo leer del todo. Cerró la puerta con cuidado, como si lo que iba a decir necesitara privacidad, y se colocó detrás de la mesa principal.

—Señorita Mendoza. Señor Varela. Gracias por venir.

Valeria enderezó aún más la espalda. Adrián dejó de sonreír.

—Sus dos propuestas —continuó Ortega, abriendo la carpeta— han sido, sin exagerar, las mejores que he recibido en los últimos cinco años. Rigor metodológico, originalidad, proyección… ambas son excepcionales.

Un destello de triunfo le recorrió el pecho a Valeria. Luego llegó la otra parte, la que siempre llegaba.

—Sin embargo —dijo el profesor, y su tono cambió—, solo existe una beca. Una. Y después de revisarlo todo varias veces, he llegado a la conclusión de que evaluarlos por separado no me dará la información que necesito.

El silencio se volvió denso, casi sólido.

—Van a trabajar juntos.

Valeria sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Perdón? —su voz salió más aguda de lo que pretendía.

Adrián se inclinó hacia adelante, por primera vez sin rastro de ironía.

—Profesor, con todo el respeto… ella y yo no exactamente—

—No es negociable —cortó Ortega con calma, pero con firmeza—. He decidido que la mejor forma de medir su verdadero potencial es ver cómo resuelven un problema juntos. Van a desarrollar un proyecto combinado a partir de ambas propuestas. Tienen seis semanas. Si logran entregar algo coherente, sólido y brillante, uno de ustedes se llevará la beca. Si no… ninguno la obtendrá.

Valeria abrió la boca y la cerró. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las sienes.

—Esto es… absurdo —logró decir.

—Es una oportunidad —corrigió Ortega—. O una condena, según cómo lo miren. Tienen hasta el viernes para presentarme el esquema inicial del proyecto conjunto. Ahora, si me disculpan, tengo otra reunión.

Salió de la sala dejándolos solos. El clic de la puerta al cerrarse sonó demasiado fuerte.

El silencio que quedó pesaba.

Valeria se levantó de golpe. La silla rozó el suelo con un chirrido desagradable. Tenía las manos frías y la rabia le subía por la garganta como ácido.

—Esto es ridículo.

Adrián también se puso de pie, pero con esa calma lenta que siempre la sacaba de quicio. La miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en su boca antes de volver a sus ojos.

—Ridículo o no, es lo que hay. ¿O prefieres tirar a la basura un año y medio de trabajo por no soportar estar cerca de mí?

Ella dio un paso hacia él. Estaban demasiado cerca. Podía ver los detalles de su camisa, el pequeño corte de afeitar en la mandíbula, la forma en que su garganta se movía cuando tragaba. El olor de su colonia era más intenso ahora. Le molestaba. Le molestaba todavía más que una parte de ella quisiera inclinarse un centímetro más solo para respirarlo mejor.

—No lo hago por orgullo —escupió, bajando la voz—. Lo hago porque me la he ganado. Cada página. Cada desvelo. Tú solo tienes el apellido correcto y esa sonrisa de privilegiado que abre todas las putas puertas.

Adrián inclinó la cabeza. Sus ojos, de un verde oscuro y demasiado intenso, se clavaron en los de ella sin pestañear.

—Y tú tienes esa forma de mirarme como si quisieras matarme… o algo mucho peor.

El aire entre ellos se volvió espeso, eléctrico. Valeria sintió el calor subirle por el cuello y extenderse por el pecho. Odiaba que él lo notara. Odiaba aún más que su cuerpo traicionara la rabia con un pulso acelerado y una tensión baja en el estómago que no tenía nada que ver con el enfado.

—No te hagas ilusiones, Varela —dijo en un murmullo peligroso—. Voy a trabajar contigo porque no me queda otra opción. Pero no voy a dejarte ganar. Y no voy a caerte bien. Ni un segundo.

Adrián dio un paso más. Ahora apenas había un palmo entre sus cuerpos. Ella pudo sentir el calor que desprendía. Su voz bajó hasta convertirse en algo ronco, íntimo, casi confesional:

—No necesito que me caigas bien, Mendoza. Solo necesito que dejes de mentirte cuando digas que no sientes exactamente lo mismo que yo cada vez que estamos a menos de un metro de distancia.

Valeria contuvo la respiración. El corazón le golpeaba las costillas con fuerza brutal. Por un segundo, ninguno se movió. Ella pudo ver el leve temblor en la mandíbula de él, la forma en que sus ojos bajaron un instante a su boca y volvieron a subir, más oscuros.

Luego ella dio un paso atrás, como si se hubiera quemado. La distancia física no alivió la tensión. Solo la hizo más evidente.

—Viernes. Nueve de la mañana. Biblioteca central. Sala de estudio número 4. No llegues tarde —dijo, con la voz más estable de lo que se sentía—. Y no se te ocurra venir con esa sonrisa de “ya gané”. Porque no has ganado nada.

Salió de la sala sin mirar atrás. Las piernas le temblaban un poco y odiaba admitirlo. En el pasillo, se apoyó un segundo contra la pared fría y cerró los ojos. Todavía podía sentir la cercanía de él, la forma en que su voz le había rozado la piel, la manera en que la había mirado como si ya supiera demasiado.

Dentro de la sala, Adrián se quedó mirando la puerta por la que ella había desaparecido. La sonrisa fácil se le había borrado por completo. Se pasó una mano por la nuca, exhaló despacio y murmuró para sí, con una mezcla peligrosa de frustración y anticipación:

—Esto va a ser un desastre absoluto.

Y lo peor era que no podía esperar a que empezara.

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