Chapter 1
PREÁMBULO
Claudia y Sergio se conocen durante un congreso de editores literarios.
Una conversación que empieza con cierta prudencia termina derivando en un juego de preguntas cada vez más íntimas. Entre copas, provocaciones y silencios que dicen más de lo que deberían, ambos acaban confesando una fantasía sexual que nunca habían compartido con nadie.
Dos fantasías.
Dos posibilidades.
A partir de ese momento, la historia se divide en dos alternativas eróticas independientes, desarrolladas de forma intercalada.
Una de ellas conduce hasta el clímax de Claudia.
La otra, hasta el clímax de Sergio.
Ambas nacen de aquella misma conversación y de la misma habitación: la Suite 1307.
Pero no deben leerse como dos noches consecutivas ni relato simultáneo
Solo una de esas fantasías llegó realmente a cumplirse aquella primera noche.
La otra quedó pendiente.
La historia común continuará después.
Y será entonces cuando Claudia y Sergio descubran que quizá lo más difícil no sea atreverse a confesar lo que desean.
Sino decidir qué hacer cuando el deseo deja de ser solamente una fantasía.
Si se leen las dos, elige la que más te ha gustado y su motivo. Gracias anticipadas

Alternativa 1. FANTASÍA DE CLAUDIA
Noche del primer día
Claudia permanecía de pie junto a la cama, completamente desnuda.
No recordaba la última vez que se había sentido tan consciente de su propio cuerpo.
Sergio estaba sentado frente a ella, todavía vestido, observándola sin prisa. Aquella diferencia —ella desnuda, él no— formaba parte de lo que más la excitaba. Durante toda su vida había estado acostumbrada a decidir qué ocurría después. En el trabajo, en su casa, incluso muchas veces en la cama.
Aquella noche había querido exactamente lo contrario.
—No te tapes.
Claudia había llevado una mano instintivamente hacia el pecho. La detuvo antes de llegar.
Sergio sonrió.
—Eso está mejor.
Ella dejó caer los brazos junto al cuerpo.
Sentirse observada de aquella manera debería haberla incomodado. En cambio, notó cómo aumentaba la excitación entre sus piernas.
Sergio se levantó.
Se acercó despacio, sin tocarla todavía.
Claudia podía sentir su mirada recorriéndola desde el rostro pasando por los pechos, descendiendo por el vientre y deteniéndose finalmente en su vulva.
No hizo ningún esfuerzo por ocultarla.
Esa era precisamente una de las razones por las que estaban allí.
—¿Sigues queriendo que sea yo quien decida?
Claudia lo miró.
—Sí.
—¿Todo?
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos.
Habían hablado de los límites antes de empezar. Sabía que podía detener el juego en cualquier momento utilizando el nombre del hotel donde se alojaban.
—Todo lo que hemos acordado.
Sergio asintió.
Después le acarició un pecho con la punta de los dedos que previamente los había humedecido en su boca.
Fue un contacto mínimo, casi insuficiente, pero Claudia reaccionó inmediatamente. El pezón se endureció y ella inspiró con más fuerza.
Sergio lo advirtió.
—Tienes ganas de que te toque.
—Muchas.
Él retiró la mano.
Claudia estuvo a punto de protestar.
No lo hizo.
Aquello era también parte de la fantasía.
No saber cuándo volvería a tocarla.
Sergio caminó alrededor de ella hasta situarse a su espalda. Claudia sintió su respiración cerca del cuello.
—En el bar dijiste que querías saber qué se siente cuando no eres tú quien decide qué viene después.
Ella asintió.
—También dijiste que querías que un hombre decidiera cómo verte, cómo colocarte, cuándo podías tocarlo...
Hizo una pausa.
—...y cuándo podía penetrarte.
La palabra produjo en Claudia una reacción inmediata.
Había sido ella quien la había utilizado unas horas antes, sentada frente a él con una copa entre las manos, cuando aquello todavía era una fantasía que podía explicar sin tener que enfrentarse a la realidad de cumplirla.
Ahora estaba desnuda, totalmente expuesta él.
Sergio seguía detrás de ella.
Y la humedad de su vulva empezaba a hacer imposible fingir que aquella situación solo la excitaba en su imaginación.
Él apoyó una mano sobre su cintura.
Claudia esperó.
Sergio la hizo girar lentamente hasta dejarla frente a él.
—Mírame.
Ella levantó los ojos.
La erección de Sergio se marcaba bajo el pantalón.
Claudia bajó la vista de manera instintiva.
—No mires.
Volvió a sus ojos.
Sergio sonrió.
No había dureza en aquella corrección. Solo el recordatorio de algo que los dos habían decidido antes de empezar.
Durante aquella noche, Claudia no tendría que tomar ninguna de las decisiones que normalmente ocupaban su cabeza.
Y descubrió que aquello la excitaba mucho más de lo esperado.
Sergio volvió a acercarse y la besó.
Esta vez Claudia dejó que fuera él quien determinara la duración, la intensidad y el momento de separarse.
Cuando finalmente lo hizo, ella intentó acercarse de nuevo.
Sergio retrocedió unos centímetros.
—Todavía no.
Claudia respiró profundamente.
Sentía los pezones endurecidos, la vulva húmeda y una necesidad creciente de que él dejara de prolongar la espera.
Pero precisamente aquella espera era parte de lo que había deseado.
—¿Te está costando? —preguntó Sergio.
Claudia sonrió.
—Muchísimo.
Él recogió el pañuelo burdeos que estaba en la cómoda de la habitación de Claudia.
Ella observó el movimiento.
Por primera vez comprendió de verdad la diferencia entre imaginar que alguien decidía cuándo podía tocarlo y encontrarse desnuda frente a un hombre excitado sabiendo que tenía que esperar a que él se lo permitiera.
Sergio empezó a extender el pañuelo.
Claudia sintió que su mirada descendía otra vez.
—He dicho que me mires.
Obedeció.
Y pensó que, unas horas antes, aquel hombre no era más que el desconocido de la segunda fila que había levantado la mano para hacerle una pregunta.
Parte común. UNAS HORAS ANTES
Tarde del primer día
Claudia llevaba casi veinte años asistiendo a congresos editoriales y había aprendido dos cosas. La primera era que casi ninguna ponencia cambiaba de verdad la forma de trabajar de una editorial. La segunda, que las conversaciones capaces de hacerlo rara vez tenían lugar sobre un escenario. Ahora asistía a un nuevo congreso que se celebraba en el hotel Fórum de Madrid.
Claudia reconoció el nombre cuando el moderador lo presentó. Sergio, treinta y dos años, director creativo de una editorial más joven que la suya y bastante más atrevida en diseño, campañas y lanzamiento de autores nuevos. Había visto algunas de sus cubiertas. Varias le gustaban; otras le parecían excesivas. Todas tenían algo en común: era difícil ignorarlas.
Él continuó.
—A veces una portada no acompaña al libro. A veces es la primera frase que el lector lee, aunque no tenga palabras. A sus cuarenta y cinco años, como CEO de una editorial de tamaño medio que había sobrevivido a varias crisis, dos cambios de distribución y demasiadas modas anunciadas como definitivas, conocía bien la liturgia de aquellos encuentros: acreditaciones, cafés tomados de pie, saludos de treinta segundos, promesas de verse con más calma y mesas redondas en las que todo el mundo defendía la innovación procurando no alterar demasiado aquello que ya funcionaba.
Aquella mañana había intervenido en una mesa dedicada al futuro del libro y a la manera en que las editoriales debían competir por la atención de lectores cada vez más dispersos. Claudia había hablado de catálogo, de criterio y de algo que repetía con frecuencia a su equipo: una editorial no podía perseguir cada tendencia como si llegara tarde a todas. Necesitaba saber qué clase de libros quería publicar y, sobre todo, por qué.
La intervención de Sergio llegó desde la segunda fila.
No levantó la mano con impaciencia ni trató de convertir una pregunta en un discurso. Esperó a que el moderador le cediera el micrófono y, antes de hablar, miró brevemente a Claudia.
—¿Y si el problema no es perseguir tendencias, sino pensar que el lector distingue entre contenido y forma tanto como nosotros?
Claudia sonrió antes de responder. No porque estuviera de acuerdo, sino porque la frase estaba demasiado bien construida para haber nacido por casualidad.
—Eso funciona mientras la primera frase no prometa una novela distinta de la que viene después.
Algunas personas rieron. Sergio también.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
—No saquemos conclusiones tan deprisa.
El moderador aprovechó la respuesta para pasar a otra pregunta, y la conversación siguió. Claudia no volvió a mirar directamente hacia la segunda fila durante varios minutos. Cuando lo hizo, Sergio estaba tomando notas en el programa del congreso.
Lo curioso fue que volvió a encontrárselo tres veces antes de la comida.
La primera, junto al mostrador de acreditaciones, hablando con una agente literaria. La segunda, al salir de una presentación de novedades internacionales. La tercera, frente a una máquina de café que parecía haber decidido que nadie merecía beber algo decente aquella mañana.
Claudia estaba esperando su turno cuando él apareció a su lado.
—Creo que me debes una respuesta.
Ella giró la cabeza.
—¿A qué?
—A si una portada puede ser la primera frase.
—Pensaba que ya habíamos resuelto eso.
—Tú lo resolviste. Yo sigo teniendo dudas.
La máquina dejó caer un café demasiado corto en un vaso de cartón. Claudia lo miró con resignación.
—Este congreso empieza a parecerme peor organizado de lo que pensaba.
—Si quieres, puedo presentar una propuesta creativa para mejorar el café.
—Empieza por no llamarlo propuesta creativa.
Se separaron allí. Nada en aquella conversación justificaba que Claudia pensara en él de nuevo durante la siguiente sesión. Sin embargo, lo hizo.
También reparó en algo más incómodo e intrigante: él la miraba.
No constantemente. Eso habría sido fácil de descartar. Lo hacía en momentos concretos, casi siempre cuando Claudia hablaba con alguien o cuando creía que nadie la observaba. No era una mirada insolente ni especialmente evidente, pero sin duda era especial, como sugiriendo algo.
Antes de la cena programada, Claudia subió a la 1307, su habitación. Después de tantas horas de congreso necesitaba una ducha y unos minutos sin hablar con nadie. Para el evento, se recogió el cabello de manera informal, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro, y eligió un vestido de noche de satén color champán, de tirantes finos y escote suavemente drapeado. La tela se ajustaba a su cuerpo sin resultar excesiva y reflejaba la luz con cada movimiento. Añadió unos pendientes discretos y una cadena fina.
Se miró unos segundos en el espejo antes de salir. Le gustaba cómo le quedaba. Claudia conservaba una estupenda figura y seguía siendo tan atractiva para los hombres como siempre. Prefirió no preguntarse si en la elección había influido saber que volvería a encontrarse con Sergio durante la cena.
En la cena, el congreso había perdido ya su apariencia estrictamente profesional. Las corbatas se habían aflojado, algunas chaquetas descansaban en respaldos y las conversaciones mezclaban contratos, autores, anécdotas y críticas que nadie habría formulado con un micrófono delante.
Claudia ocupó uno de los extremos de una mesa larga. Sergio quedó seis puestos más allá, frente a ella y ligeramente desplazado hacia la derecha.
Después del postre, el grupo empezó a dispersarse. Algunos asistentes anunciaron que se retiraban; otros propusieron continuar en el bar del hotel. Claudia dudó. Tenía una reunión a las nueve de la mañana y llevaba todo el día hablando con gente. Lo sensato era subir a su habitación.
Aun así, terminó en el bar. No por Sergio, se intentó convencer a sí misma.
El lugar estaba medio vacío. Un piano que nadie tocaba ocupaba un rincón y las luces bajas conseguían que el hotel pareciera distinto al edificio impersonal del congreso. Claudia se sentó con varios conocidos. Sergio estaba en el otro extremo del grupo.
Cuando los demás empezaron a marcharse y las conversaciones se fueron reduciendo, la presencia del otro resultara más evidente.
Finalmente quedaron cuatro personas. Después tres.
Y, cuando una directora comercial consultó la hora y se despidió con un gesto de agotamiento, quedaron los dos solos.
Claudia observó su copa. Sergio se reclinó ligeramente en el sillón de enfrente.
—Por fin solos, comentó
—Ahora sí puedes decirme que no estabas de acuerdo conmigo esta mañana.
—¿Todavía sigues con eso?
—Me cuesta aceptar una derrota sin argumentos.
—Eso no fue una derrota.
—Entonces fue peor. Fue indiferencia.
Claudia lo miró con algo más de atención.
—No pareces un hombre al que le preocupe demasiado ser ignorado.
Sergio sostuvo la mirada.
—Depende de quién lo haga.
La frase cambió el tono de la conversación de una manera tan pequeña que habría resultado sencillo fingir que no había ocurrido.
Claudia no lo hizo.
—Tienes treinta y dos años —dijo.
Él arqueó una ceja.
—Veo que has investigado.
—Trabajo en edición. Leer fichas forma parte del oficio.
—Y tú cuarenta y cinco.
Esta vez fue Claudia quien tardó una fracción de segundo en contestar.
—Eso ha sonado menos profesional.
—Estamos fuera del horario del congreso.
—Eso no significa que hayamos dejado de ser quienes somos.
—No. Pero quizá significa que podemos hablar de algo que no vaya a aparecer mañana en ninguna mesa redonda.
Claudia apoyó el antebrazo sobre el brazo del sillón. No había nada particularmente atrevido en lo que él acababa de decir. Aun así, comprendió que la conversación acababa de abrir una puerta que le seducía mucho.
—¿Y de qué quieres hablar?
Alternativa 1. FANTASÍA DE CLAUDIA
Noche del primer día
El pañuelo burdeos seguía extendido entre las manos de Sergio.
Claudia lo miró y comprendió por fin para qué Sergio le había preguntado si había traído pañuelos al congreso.
—¿Vas a vendarme los ojos?
—Sí.
Sergio se acercó un paso.
—Quiero que durante un rato no puedas verme. Que no sepas dónde estoy hasta que decida acercarme.
Claudia sintió que la propuesta aumentaba todavía más la excitación. Hasta ese momento había podido anticipar cada movimiento observándolo. Sin la vista, tendría que esperar.
—¿Y cómo sabré dónde estás?
Sergio sonrió.
—Tendrás que descubrirlo.
Se colocó detrás de ella y pasó lentamente el pañuelo sobre sus ojos. Antes de anudarlo, acercó la boca a su oído.
—¿Recuerdas la palabra?
—Fórum.
—Bien.
El nudo quedó ajustado.
La habitación desapareció.
Claudia permaneció inmóvil durante unos segundos, sorprendida por lo rápido que cambiaba todo cuando dejaba de ver. Escuchó los pasos de Sergio alejándose sobre la moqueta. Intentó seguirlos mentalmente: uno, dos, tres...
Silencio.
Giró ligeramente la cabeza.
Nada.
Después percibió el olor de su colonia. No era intenso, pero ahora resultaba mucho más fácil reconocerlo. Sergio debía de haberse acercado de nuevo.
Claudia contuvo la respiración.
Un paso.
Luego otro.
Esta vez procedían de su izquierda.
El aroma se hizo más próximo y se mezcló con otro que reconoció enseguida: el olor de su propia piel después de tantas horas de congreso, perfume y deseo.
Esperó que Sergio la tocara.
No lo hizo.
—¿Dónde estoy? —preguntó él.
Claudia sonrió bajo la venda.
—A mi izquierda.
—¿Segura?
Ella iba a responder cuando sintió su respiración junto al oído derecho.
Había fallado.
Sergio dejó pasar unos segundos antes de hablar.
—Ahora tendrás que aprender a escuchar mejor.








