Capitulo 1: El Despertar
Capítulo 1: El Despertar
Astilleros de carga — Marte, unas horas antes del Pulso
El turno llevaba seis horas y el sol de Marte, filtrado por la cúpula de polímero del astillero, había pasado del blanco quemado al naranja sucio del atardecer. A Kael el cambio de luz solo le servía para calcular cuánto le quedaba.
Cargaba contenedores desde la plataforma tres hasta la bodega de un carguero que no sabía a dónde iba y que tampoco le importaba. El peso se le clavaba en el hombro a través de la correa, un dolor tan familiar que ya ni lo registraba como dolor, solo como parte del cuerpo.
—¡Más rápido, Inerte!
La voz venía de arriba, desde la pasarela de control. Kael no necesitaba mirar para saber quién era. El capataz Orlen tenía esa forma de decir ”Inerte" que sonaba menos a nombre y más a la marca de un producto defectuoso.
Cuando por fin alzó la vista, vio a Orlen apoyado en la barandilla, observando la fila de estibadores con el aburrimiento de quien ha visto la misma escena diez mil veces. Un contenedor se había atascado en el riel de carga, media tonelada de metal torcido bloqueando la cola.
Orlen no llamó a nadie. No hacía falta.
Extendió una mano hacia el contenedor, los dedos abiertos, y el metal respondió antes de que sus dedos terminaran de moverse. El riel se dobló hacia arriba como si respirara, apartando el obstáculo con la misma facilidad con que alguien aparta una miga de pan de la mesa. El contenedor cayó al otro lado, sin daño, exactamente donde debía ir.
Nadie aplaudió. Nadie lo miró siquiera. Era jueves, y aquello era simplemente cómo funcionaba un jueves.
—Así se hace, en un segundo —dijo Orlen, sin dirigirse a nadie en particular, ya de vuelta a su aburrimiento—. A ver si losInertesaprendéis algo mirando.
Kael volvió a cargar. No porque el comentario le doliera menos que las mil veces anteriores, sino porque ya sabía que responder solo alargaba el turno.
Fue entonces cuando el ruido del astillero cambió.
No fue un sonido concreto. Fue la ausencia de varios sonidos a la vez —el chirrido de las grúas, las conversaciones a gritos entre plataformas, el zumbido constante de los motores de carga— todo apagándose en el mismo instante, como si el astillero entero hubiera contenido la respiración.
Kael se giró junto a los demás.
Una comitiva cruzaba el muelle principal, dos niveles por debajo: media docena de soldados con el uniforme de las Fuerzas de Defensa Planetarias formando un pasillo alrededor de una sola figura.
Un hombre. Joven, quizás no mucho mayor que el propio Kael. Caminaba sin prisa, con las manos en los bolsillos de un abrigo demasiado limpio para aquel lugar.
—Es unArconte—murmuró alguien a espaldas de Kael, con una reverencia que no se molestaba en disimular.
Orlen, que un minuto antes doblaba metal con un gesto de la mano como quien no le da importancia a nada, se había incorporado de la barandilla. Se había quitado el sombrero de trabajo.
El Despertado se detuvo junto a un contenedor volcado —el mismo que Orlen acababa de despejar— y lo observó un momento, como si evaluara si merecía su atención. Después, sin gesto alguno, sin extender siquiera la mano, el contenedor se alzó del suelo.
No se movió como cuando lo había movido Orlen —empujado, forzado, corregido. Se elevó entero, flotando a la altura de los ojos del hombre, girando despacio en el aire como si el propio metal disfrutara del momento. Durante tres segundos, medio muelle se quedó mirando media tonelada de acero suspendida en el aire por nada más que la voluntad de un solo hombre.
ElArconteni siquiera lo miraba. Miraba hacia el horizonte, hacia las cúpulas lejanas del sector industrial, como si el contenedor fuera un pensamiento suyo que se le había escapado por accidente.
Lo depositó en el suelo, tan suave que no hizo ruido. Y siguió caminando.
Nadie respiró hasta que la comitiva dobló la esquina del muelle siguiente.
—Algún día —dijo el chico junto a Kael, un estibador de su misma fila, con la voz todavía baja por el asombro— igual a mí también me toca. Mi tío dice que en su pueblo hubo uno hace veinte años. Aparecen donde menos te lo esperas.
Kael no respondió.Sabía exactamente lo que le tocaría a él, y no era eso.
Orlen ya se había vuelto a poner el sombrero, y la voz le regresó junto con él.
—¡Vosotros! ¿A qué esperáis, a que os inviten? ¡La cola no se mueve sola!
El asombro se disolvió tan rápido como había llegado. Los estibadores volvieron a sus contenedores, las grúas volvieron a chirriar, y Kael volvió a cargar peso sobre un hombro que ya no sentía como propio.
Faltaban cuarenta minutos para el final del turno.
No llegaría a cumplirlos.
Trabajar en los muelles de carga del astillero de Marte era realmente agotador. Lo que Kael jamás habría esperado es que, instantes después, estaría agitando los brazos como un pez fuera del agua mientras se precipitaba al vacío.
Un ramalazo de dolor le atravesó el hombro con el que impactó, dejando la mejilla pegada contra la superficie rugosa y corroída de una plancha de metal. Su cuerpo quedó en una postura casi vertical; aún incapaz de comprender qué había ocurrido, Kael examinó su entorno, sobresaltándose al ver que una viga metálica parecía surgir de su pierna. De algún modo había caído de cabeza, resultando empalado.
Un sudor frío le recorrió la espalda al darse cuenta de lo cerca que había estado su cabeza del punto de impacto.
El olor ferroso de su propia sangre se mezclaba con el aroma del cementerio de metal en el que se encontraba. El líquido rojo descendía por la viga, empapando lentamente el suelo de acero frío.
Entonces, el metal muerto pareció volver a la vida al saborear la sangre de Kael.Con avidez, el fluido fue absorbido por la superficie helada. La viga se deformó, como si se derritiera, semejante a plastilina caliente. Con un grito que rompió el silencio sepulcral, el cuerpo de Kael cayó al suelo antes de que su mente pudiera registrar lo que estaba ocurriendo.
Se retorció, ansioso por examinar la herida. No había nada.
Sus dedos tantearon la tela desgarrada, buscando el punto exacto donde el metal lo había atravesado. Nada. Ni un surco, ni una costra, ni siquiera el escozor que debería quedar después de algo así. Presionó con más fuerza, como si el dolor fuera algo que pudiera encontrarse si insistía lo suficiente.
No vino.
Bajo la tela rasgada, su piel tenía un tono gris ceniciento, como si la sangre debajo se hubiera vuelto polvo de metal. Lo observó fascinado y horrorizado a partes iguales, incapaz de decidir cuál de los dos sentimientos debía ganar. El gris se desvanecía despacio, retirándose hacia dentro, como tinta disolviéndose en agua sucia.
Kael no se movió. No habría sabido decir cuánto tiempo pasó así, con la mano todavía apretada contra su propia pierna, esperando —¿qué? ¿A que doliera? ¿A que todo volviera a tener sentido?
El silencio del cementerio de naves se le metió en los oídos. Antes le había parecido opresivo. Ahora sonaba distinto. Vacío de una forma nueva, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración junto a él.
Cuando por fin pensó en levantarse, sus piernas no respondieron de inmediato.
Cerca de allí, un chirrido rompió la quietud. Varias luces se encendieron con un fulgor rojo sobre una vieja pantalla, donde aparecía, parpadeando, un cursor verdoso.
INICIANDO…
Permaneció tumbado boca arriba sobre la plancha de metal, respirando con dificultad, cuando comenzó a escucharlo.
Bip… bip…
El sonido era irregular y tosco, como el de unrouterantiguo intentando conectarse a una red. Iba acompañado por un zumbido bajo y profundo que se transmitía a través del metal bajo su espalda, vibrándole en los huesos.
Cerró los ojos, pensando que era una alucinación más. Demasiada sangre, demasiado miedo.
Entonces lo comprendió; no como se entienden las palabras, sino como se descifra un gesto o una intención.
—BIP… Oye… ¿te importaría quitarte de encima de mí?
Kael abrió los ojos de golpe. El sobresalto fue tan brusco que reaccionó antes de pensar: se impulsó hacia atrás y rodó por el suelo, levantándose a trompicones. El lugar que había ocupado un instante antes quedó libre cuando la plancha de metal se arqueó con un zumbido húmedo, casi orgánico.
Del acero surgía un artificio humanoide.
No se levantó de inmediato; primero se incorporó hasta quedar sentado, como si despertara de una siesta incómoda. Su cuerpo estaba compuesto por placas irregulares, unidas sin un patrón evidente, como restos ensamblados. Cables y filamentos oscuros asomaban entre las junturas, pulsando con una tenue luz verdosa al compás de un ritmo interno.
El rostro era apenas una sugerencia de rasgos: una máscara metálica incompleta, con líneas que imitaban cejas fruncidas y una boca rígida, torcida en un gesto permanente de fastidio. Giró la cabeza lentamente hacia Kael.
—De verdad… —gruñó, con voz áspera, como metal rozando metal—. ¿Es que ahora la juventud se tumba en cualquier parte? ¿No respetas a tus mayores?
Kael se quedó inmóvil, con la boca abierta y el corazón intentando salírsele del pecho.
—Tú… —intentó decir, señalándolo—. Tú acabas de… yo estaba… estabas…
El artificio lo interrumpió con un gesto seco.
—Sí, sí: sangre, gritos, bip, caída aparatosa. Muy dramático todo.
Bajó la vista hacia su propio torso, observándose con una mezcla de curiosidad y orgullo.
—Debo decir que no me esperaba este acabado. Un poco tosco, pero funcional.
Clavó sus ojos brillantes en Kael.
—Por cierto —añadió—, ¿cómo debo llamarte? BIP. Yo soy…
Inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta lo hubiera sorprendido. Un punteo verdoso recorrió los filamentos de su cuello, volviéndose errático por un instante. Guardó silencio.
El zumbido que lo recorría cambió de tono; se hizo más grave, más profundo, como un eco descendiendo hacia capas olvidadas.
—Yo…
La palabra quedó suspendida, rota.
El artificio llevó una mano a su propio pecho. Los dedos de acero se cerraron con torpeza, como si intentaran atrapar algo intangible. Observando su propia mano con curiosidad, murmuró:
—Hubo fuego.
Kael sintió un escalofrío.
Las luces verdosas del cuerpo del humanoide parpadearon con violencia y, durante un instante, el aire pareció llenarse de imágenes que no estaban allí: naves ardiendo en la atmósfera, estructuras colosales partiéndose en silencio; fuego y vacío conviviendo.
—El cielo… se rompió —continuó, con voz más baja—. Recuerdo el sonido. No explosiones. Algo peor. Como… como si el espacio mismo gritara.
Apretó la mandíbula metálica.
—Caímos. Todos caímos.
El artificio alzó la cabeza lentamente, clavando su mirada luminosa en Kael. Ya no había fastidio en su gesto. Había algo distinto. Algo que rozaba la gravedad.
—Me llamo…Vaen.
Pronunciar el nombre pareció estabilizarlo. Las pulsaciones luminosas se regularon y el zumbido interno descendió hasta convertirse en un murmullo constante, casi sereno.
—Ese era mi nombre,Vaende losAelyr—añadió, con una certeza que no admitía réplica—. Antes.
Vaenpermaneció unos instantes en silencio, como escuchando un eco que solo él podía oír. Luego ladeó la cabeza, estudiando a Kael con atención renovada.
—Dime algo —preguntó—. ¿Cómo te llamas tú?
Kael tragó saliva. El peso de lo ocurrido caía sobre él de golpe, sin ser aún consciente de las dimensiones del desastre.
—Kael —respondió.
Los ojos del artificio brillaron con un fulgor ligeramente más intenso.
—Kael… —repitió despacio—. Curioso.
Apoyó una mano en el suelo metálico y comenzó a incorporarse con cuidado, como si todavía estuviera aprendiendo los límites de su nuevo cuerpo.
—Porque si estoy aquí, y tú estás aquí… entonces debió de ocurrir algo realmente terrible.
Hizo una pausa, observando el océano de chatarra que los rodeaba.
—Y sospecho que tú y yo estamos en medio de ello.
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







