Capítulo 1
No era mi mejor época.
Había llegado a una edad en la que uno empieza a reconocer determinadas derrotas sin necesidad de nombrarlas. No estaba hundido, tampoco podía decir que fuera infeliz. Simplemente vivía una vida que, desde fuera, probablemente parecía normal. Trabajaba, dormía, quedaba con gente de vez en cuando, sonreía cuando correspondía y volvía a casa.
La soledad tiene muchas formas. La peor, al menos para mí, no era la ausencia de gente. Era esa sensación de haber vivido muchas cosas y, sin embargo, empezar a sospechar que las mejores quizá ya habían ocurrido.
Fue entonces cuando apareció ella.
Casi treinta años sin vernos. Sin hablar, sin una llamada, sin un mensaje, sin saber absolutamente nada el uno del otro. Durante todo ese tiempo había tenido otras relaciones. Algunas largas, algunas importantes, otras breves e intensas, destinadas a desaparecer antes del amanecer. Había amado, había deseado, había mentido alguna vez, también me habían mentido. Había creído estar enamorado más veces de las que después quise reconocer. Y sin embargo había una parte de mí que pertenecía a una época que creía definitivamente enterrada.
Hasta que vi su nombre.
Fue en una red social. No sé qué buscaba exactamente cuando apareció su perfil. Quizá nada. Quizá esas casualidades nunca son del todo casuales.
Abrí la fotografía y me quedé mirando la pantalla. Seguía siendo ella. Pero no. Era mucho más. Durante unos segundos sentí algo parecido a una descarga, una mezcla absurda de sorpresa, nostalgia y deseo. Reconocí inmediatamente su mirada, aunque habían pasado décadas. Reconocí su sonrisa. Y después me fijé en todo lo demás.
Estaba bellísima. El tiempo no parecía haber sido cruel con ella. Seguía haciendo deporte, se notaba: su cuerpo tenía esa firmeza de quien se cuida no para gustar a otros, sino porque ha aprendido a gustarse a sí misma. Había algo en ella que me resultó profundamente perturbador. No parecía una mujer que estuviera intentando parecer joven. Parecía una mujer que había aprendido a disfrutar de la edad que tenía. Y eso la hacía todavía más atractiva.
La primera vez que le escribí tardé demasiado en pulsar el botón. Redacté el mensaje, lo borré, lo escribí de nuevo. Finalmente envié algo sencillo. Demasiado sencillo para todo lo que llevaba dentro.
Su respuesta llegó poco después. Y comenzó así: una frase, después otra, luego una conversación, y después días enteros de mensajes.
Al principio hablamos con cuidado, como dos personas que se encuentran ante una puerta cerrada desde hacía demasiado tiempo y no saben qué habrá detrás. ¿Dónde vives? ¿A qué te dedicas? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Tienes hijos? ¿Eres feliz? Esta última pregunta tardó más en llegar. Los dos entendíamos que era peligrosa.
Descubrimos que estábamos relativamente cerca. Y decidimos vernos.
La decisión pareció sencilla. Demasiado sencilla, como si dos personas pudieran recuperar treinta años simplemente proponiendo una cerveza.
Llegué antes. Recuerdo perfectamente la sensación: los nervios, y la vergüenza de sentirlos. Era ridículo. Ya no era aquel muchacho. Tenía una vida detrás, experiencias, cicatrices, una edad suficiente como para saber controlar determinadas emociones. Y sin embargo, cuando la vi aparecer, sentí que algo dentro de mí se comportaba como si todo aquello estuviera ocurriendo por primera vez.
La reconocí antes de que estuviera cerca. Ella también me vio. Sonrió. Y entonces comenzó a caminar más deprisa.
No sé quién abrazó primero a quién. Nunca se lo pregunté. Pero cuando nos encontramos, ninguno tuvo demasiada prisa por separarse. La abracé con fuerza. Ella apoyó la cara contra mí. Y, de repente, empezó a llorar. Yo también.
Fue un momento extraño: dos adultos abrazados en mitad de la calle, llorando por algo que ninguno podía explicar. Por una vida que habíamos compartido cuando apenas sabíamos lo que era vivir. Por una relación que terminó como tenía que terminar. Éramos demasiado jóvenes. Teníamos que crecer, separarnos, equivocarnos con otras personas, construir vidas en las que el otro no existiera. Y sin embargo, allí estábamos.
Nos separamos y nos miramos.
—Estás igual —dijo.
Me reí.
—Eso es una mentira enorme.
—Bueno —respondió—. Estás reconocible.
Aquello rompió la tensión. Fuimos a tomar algo. Después otro. Y empezamos a hablar, intentando resumir tres décadas en unas horas. Era imposible. Nos contamos versiones abreviadas de nuestras vidas: relaciones importantes, cambios de ciudad, problemas, éxitos, fracasos, personas que habían significado mucho y que ahora eran apenas un recuerdo.
Descubrimos que los dos estábamos solos. Sentimentalmente solos. La frase quedó allí durante unos segundos. Ninguno quiso darle demasiada importancia. Pero la tenía.
A medida que pasaban las horas, nuestra conversación se volvía más íntima. Empezamos a recordar nombres, lugares, canciones, frases que solo nosotros entendíamos. Nuestra historia pertenecía a un tiempo demasiado lejano para contarla con precisión; la memoria había hecho su trabajo, había borrado algunas cosas y exagerado otras. Pero había sensaciones que seguían intactas: la intensidad, la forma en que nos habíamos querido, y aquella atracción que, por algún motivo, nunca habíamos conseguido convertir en un recuerdo completamente inocente.
El sexo apareció en la conversación sin que ninguno lo buscara. O quizá ambos estábamos esperando que apareciera. Fue una palabra, después una mirada. Y algo cambió.
—¿Te acuerdas? —preguntó.
No respondió a qué se refería. No hacía falta.
La miré. Ella sostuvo mi mirada. Y sonrió. Fue una sonrisa lenta. Peligrosa.
—Claro que me acuerdo.
—Yo también.
Bebimos. Y seguimos hablando. Pero ya no hablábamos igual. Había una tensión nueva en cada silencio. Yo empecé a fijarme demasiado en su boca. Ella empezó a darse cuenta. Y, en lugar de apartarse, parecía disfrutar de ello. Se inclinaba hacia mí al hablar. Rozaba mi brazo. Se quedaba demasiado cerca. En algún momento dejó de ser posible distinguir si estábamos recordando el pasado o construyendo una excusa para que el presente terminara de alcanzarnos.
Cenamos. Apenas recuerdo qué. Recuerdo su risa, sus ojos, la manera en que me miraba cuando pensaba que yo no me daba cuenta. Y recuerdo perfectamente el momento en que me invitó a subir a su piso.
Lo hizo con naturalidad, como si no significara nada.
—¿Quieres subir a tomar algo?
La pregunta era antigua. El significado, no.
—Claro.
El trayecto hasta su casa estuvo lleno de silencios. No incómodos. Todo lo contrario. Había algo creciendo entre nosotros que ninguno necesitaba nombrar.
Cuando entramos, cerró la puerta y durante unos segundos nos quedamos quietos, frente a frente. La observé. Ella me observó. Ya no teníamos nada detrás de lo que escondernos. No había camareros, ni mesas, ni recuerdos que comentar. Solo nosotros.
—Sigues mirándome igual —dijo.
Negué con la cabeza.
—No.
Sonrió.
—¿No?
Me acerqué.
—Ahora te miro peor.
Su sonrisa cambió. No respondió.
La besé. Y el tiempo desapareció.
El primer beso fue casi tierno. Casi. Había demasiadas cosas acumuladas para que la ternura pudiera durar mucho. Nos besamos como si quisiéramos confirmar algo, como si nuestros cuerpos tuvieran que comprobar por sí mismos que aquella persona seguía existiendo. Sus manos recorrieron mi espalda. Las mías encontraron su cintura. Nos separamos apenas unos centímetros, nos miramos, y volvimos a besarnos. Esta vez sin ninguna intención de detenernos.
Retrocedimos hacia el pasillo sin dejar de tocarnos, chocando primero con el marco de una puerta, después con el borde de un mueble que ninguno de los dos vio. Ella se rió contra mi boca, sin soltarme.
—El sofá —dijo—, a la izquierda.
No llegamos al sofá.
Le quité la chaqueta y la dejé caer donde fuera. Ella tiraba de mi camisa con una impaciencia que no intentaba disimular, y cuando por fin consiguió abrirla, apoyó la palma de la mano en mi pecho un segundo, como si comprobara algo, antes de seguir. Yo aparté el pelo de su cuello y encontré ahí, exactamente ahí, el mismo punto que recordaba de treinta años atrás. Ella dejó escapar el aire despacio.
—Te acuerdas —dijo, y no era una pregunta.
—De eso también.
Terminamos en el sofá después de todo, aunque no de la manera que ella había planeado. Le desabroché el vestido despacio, más despacio de lo que ninguno de los dos quería, y ella me dejó hacerlo, mirándome todo el tiempo, sin ninguna prisa por ayudarme. Cuando la tela cayó, hubo un instante de silencio distinto a todos los anteriores. No era torpeza. Era otra cosa: la certeza compartida de que aquello, fuera lo que fuera, no tenía marcha atrás.
—Sigues teniendo el mismo problema —me dijo, con la boca casi contra mi oído.
—¿Cuál?
—Que nunca sabes cuándo parar.
Me reí, sin apartarme.
—¿Y tú?
Se acercó todavía más.
—Yo nunca he tenido ese problema.
Después dejó de haber conversación.
Hubo un primer tramo lento, casi ceremonioso, como si los dos quisiéramos comprobar cada detalle antes de permitirnos perder el control. Ella cerraba los ojos y después los abría de golpe, como si no quisiera perderse nada. Yo aprendí de nuevo, con la misma facilidad de siempre, dónde se le cortaba la respiración y dónde no. Ella hizo lo mismo conmigo, y lo hizo con una seguridad que treinta años atrás no tenía.
Luego todo cambió de ritmo. Dejamos de ser cuidadosos. Hubo urgencia, alguna risa entre medias, un golpe de rodilla contra el brazo del sofá que nos hizo parar un segundo y volver a empezar. Nada de aquello pedía permiso. Nada de aquello necesitaba explicación. Nuestros cuerpos se movían con la clase de memoria que no depende del tiempo transcurrido, la que sobrevive a treinta años de vidas separadas sin que nadie la haya estado cuidando.
En algún momento ella clavó los dedos en mi espalda y dijo mi nombre, solo eso, como si fuera la única palabra que le quedaba. Yo no dije nada. No hacía falta.
Después, todo se volvió más lento otra vez, hasta que se detuvo del todo.
Nos quedamos tumbados, sin hablar, intentando recuperar la respiración. Ella se giró hacia mí.
—¿Sabes una cosa?
—Depende.
—He estado con mucha gente.
Me reí.
—Yo también.
—No. Mucha.
—Creo que la cifra no nos favorece a ninguno de los dos.
Sonrió. Y entonces, con una sinceridad que no esperaba, me dijo:
—Y nadie.
Esperó.
—Nadie ha sido como tú.
La miré. No era una frase romántica. Precisamente por eso me afectó. No hablaba de amor. No hablaba de una relación perfecta. Hablaba de algo mucho más difícil de encontrar: química, compatibilidad, deseo, la absoluta falta de vergüenza. La posibilidad de mostrar la parte más primitiva de uno mismo sin sentir que el otro iba a juzgarla.
—Yo tampoco —le dije.
Y era verdad.
Entre los dos habíamos acumulado suficientes experiencias como para saber que el sexo podía ser muchas cosas: bueno, divertido, decepcionante, una forma de compañía, una costumbre, una despedida, una equivocación. Pero aquello era otra cosa. Con ella nunca había sido simplemente sexo. Había algo más oscuro, más adictivo, algo que tenía que ver con la forma en que nos reconocíamos cuando desaparecía todo lo demás.
La acerqué hacia mí. Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho. Durante unos minutos no dijimos nada. Pensé en los treinta años, en las vidas que habíamos vivido, en todas las personas que habían ocupado habitaciones, camas, casas y recuerdos. Pensé en lo improbable que resultaba estar allí. Y en lo fácil que, al mismo tiempo, parecía todo.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué hacemos ahora?
La pregunta quedó suspendida en la oscuridad. No sabía responder. Porque sabía que aquella noche podía ser un accidente, un capricho del pasado, una despedida antes de volver a nuestras vidas. O podía ser el principio de un problema.
Y, en ese momento, lo supe: los problemas más peligrosos son los que uno desea repetir.
La besé. Ella respondió sin dudar. Y comprendí que aquello no había sido un regreso. Los regresos son tranquilos; uno vuelve a un lugar conocido esperando encontrarlo igual. Pero nosotros ya no éramos aquellos dos jóvenes que se habían perdido en el descubrimiento del otro. Éramos adultos, con una vida detrás: heridas, errores, secretos, cuerpos distintos, miedos nuevos. Y sin embargo, cuando volvimos a quedarnos solos en mitad de aquella madrugada, cuando todo lo que nos rodeaba perdió importancia y solo quedó el deseo de seguir cerca, comprendí algo que me inquietó profundamente.
Hay personas que no desaparecen nunca. Uno puede vivir sin ellas, puede amar a otros, puede construir una vida entera, puede convencerse de que ha olvidado. Pero basta un encuentro, una mirada, un abrazo demasiado largo, un beso, y todo aquello que parecía muerto vuelve a respirar.
Casi treinta años después, ella había regresado. Y yo todavía no sabía si había vuelto para quedarse.
Pero sí sabía una cosa: aquella noche ninguno de los dos quería despedirse. Y los dos sabíamos que el verdadero peligro no había sido volver a acostarnos juntos. El verdadero peligro era descubrir que, después de todo lo vivido, todavía éramos capaces de desear repetirlo.
Porque aquella química seguía allí. Más adulta. Más consciente. Más peligrosa.
Y aquella noche, por primera vez, tuve la certeza de que quizá nunca había desaparecido.
Quizá simplemente había estado esperando.
Esperándonos.








