LACRYMOSSA
LACRYMOSSA
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Ⅰ
La noche era fría, lo suficiente para quedarse en cama bajo gruesas mantas, pero Cristian estaba refinando los últimos detalles de su plan. Las tablas del suelo crujían bajo sus pasos mientras cargaba el cuerpo inerte de Verónica, sudando a pesar del gélido aire que se filtraba por las rendijas de las ventanas.
—Carajo, no pensé que fuera tan pesada— masculló, deteniéndose para recuperar el aliento.
Su frente mostraba una cicatriz irregular -recuerdo de una caída de la infancia- que ahora brillaba húmeda por el esfuerzo. Con un movimiento torpe, reajustó su agarre y continuó arrastrando a Verónica hacia el pentagrama rojo esculpido en el suelo de madera. Las velas chorreadas alrededor del círculo danzaban con llamas fatuas, proyectando sombras que parecían burlarse de su torpeza.
Si Verónica estuviera consciente —pensó Cristian con un amargo dejo de ironía — seguramente me mataría por rayar su preciado piso de roble antes que por intentar sacrificarla.
Al terminar de posicionarla, Christian se enderezó, con dificultad, su columna vertebral, emitiendo un sonido como de madera vieja al quejarse. Con un gesto automático, se apartó el flequillo azabache de los ojos (su único rasgo verdaderamente hermoso) que cuidaba con esmero casi patológico. Más incluso que su relación con Verónica, según le habían recriminado sus amigos en más de una ocasión.
Su mirada vagó hacia la mesa del comedor, donde el Grimorio descansaba junto a una daga de plata que había robado de una iglesia abandonada. El libro parecía observarlo, sus páginas amarillentas susurrando promesas de poder.
—Sólo un poco más— se animó a sí mismo, tomando ambos objetos con manos que apenas lograban contener el temblor.
Al arrodillarse nuevamente junto al pentagrama, Cristian trabajó meticulosamente para atar las extremidades de Verónica a las estacas clavadas en el suelo. Cada nudo era una confesión silenciosa de su culpa, cada tirón de la soga un recordatorio de lo bajo que había caído.
—Perdóname— murmuró, aunque sabía que el cóctel de paracetamol que había mezclado en su té la mantendría inconsciente durante horas. Dos tabletas enteras molidas, una dosis que podría haberle costado la vida si no fuera por su constitución robusta.
El sonido de su respiración entrecortada llenaba la habitación, interrumpido solo por el crepitar de las velas. Cristian apretó los párpados con fuerza, como si al cerrar los ojos pudiera bloquear el último vestigio de su humanidad.
—Es por tu sueño, Cristian. Es por nuestro sueño— se repitió, pero las palabras sonaban huecas incluso para él.
El latín fluyó de sus labios en un susurro áspero al principio, cada sílaba cargada con el peso de siglos de conocimiento prohibido. Con cada repetición, su voz crecía en intensidad, llenando el apartamento con un eco sobrenatural. Las paredes parecían inclinarse hacia él, el aire se espesó hasta volverse casi irrespirable, y el suelo bajo sus pies vibró como si toda la estructura del edificio respondiera a la invocación.
Cristian sintió cómo algo ajeno se enroscaba en su interior. Una energía oscura y viscosa que le quemaba las venas, le expandía los pulmones más allá de su capacidad natural, le hacía sentir, por un instante, poderoso.
Cuando abrió los ojos, las velas habían cambiado: sus llamas ahora ardían en un verde pútrido, iluminando el sudor que le corría por la cara como si su cuerpo intentara expulsar la corrupción que lo invadía.
Con un movimiento brusco, empuñó la daga de plata.
—¡Andremelec, por este sacrificio, te invoco!— gritó, y la hoja brilló con un resplandor sobrenatural.
La sombra emergió del pentagrama como humo espeso, ondulando en el aire quieto del apartamento. No era el demonio de cuernos y patas de cabra que Cristian esperaba, sino algo más inquietante: una silueta imponente, indefinida, cuyos contornos parecían deslizarse entre formas humanoides y bestiales.
Pero sus ojos...
Dos soles dorados, brillantes como topacios, lo observaron con una inteligencia que heló la sangre de Cristian.
—¿Quién osa perturbar mi descanso eterno?— La voz no provenía de la figura, sino que resonaba dentro de su cráneo, como si las palabras se hubieran grabado a fuego en su mente.
—¡Oh, gran Andremelec! En este día imploro vuestra asistencia. Entrego este cuerpo mortal a cambio de vuestro socorro.— La fórmula sonaba ridícula ahora, como un niño pidiendo un deseo a un genio.
Los ojos dorados parpadearon.
—Espera... ¿Dijiste Andremelec?
El tono ya no era amenazante. Era... ¿molesto?
Cristian sintió que el piso se abría bajo sus pies.
—Sí... eso dije.
La figura cambió entonces, contrayéndose, volviéndose más definida. El humo negro que componía la figura se retiró como una cortina al abrirse, revelando una silueta que hizo que Cristian contuviera el aliento.
Ante él ya no había una sombra amorfa, sino una mujer—o algo que se parecía a una mujer—de una belleza sobrenatural y aterradora.
Era alta, tan esbelta que parecía desafiar la gravedad, con una piel pálida como la porcelana que brillaba bajo la luz verdosa de las velas. Pero lo que realmente captaba la atención era su cabello: una cascada de rojo candente que caía hasta su cintura, ondeando como llamas vivas, como si cada hebra estuviera eternamente ardiendo sin consumirse.
Sus ojos eran dos piezas de ámbar dorado, luminosos como faros en la oscuridad, con pupilas horizontales (como las de una cabra) que se dilataban al estudiar a Cristian con una mezcla de curiosidad y desprecio.
Sobre su frente, dos cuernos curvos(no grandes como los de un demonio tradicional, sino delgados y elegantes) se elevaban unos centímetros, brillando como si estuvieran tallados en marfil pulido.
Y luego estaba su ropa: una blusa blanca de estilo victoriano, impecablemente planchada, ajustada por un ceñidor negro que marcaba su cintura. Llevaba un pantalón de lino carmesí que se fundía con el rojo de su cabello, y unas botas altas de cuero marrón oscuro que resonaban contra el suelo con cada paso.
Detrás de ella, una cola peluda, similar a la de un león, pero de un rojo intenso, se movía con languidez, como si tuviera vida propia.
Cristian trago saliva dos veces, una por puro miedo, y otra por razones “masculinas”.
La figura se acercó, sus botas de cuero resonando contra las tablas del suelo con un ritmo calculado. Cuando habló, su voz era sedosa pero cortante, como terciopelo sobre una daga:
—Humano—las pupilas horizontales de sus ojos ámbar se contrajeron—¿cuál es tu nombre?
Cristian sintió cómo la lengua se le pegaba al paladar.
—C-C-Cristi-tian—logró farfullar, maldiciendo mentalmente el temblor en su voz.
Amilith inclinó la cabeza ligeramente, como un depredador que examina a su presa antes de decidir si vale la pena matarla. La súcubo sonrió, mostrando la punta de un colmillo.
—A ver, Cris—resopló, usando el apodo que odiaba—. ¿En qué cabeza cabe invocar una súcubo para... ¿fama? —Agitó una mano hacia el pentagrama mal dibujado.
Cristian se encogió contra la pared, sudando sobre su camiseta de banda barata.
—¡Funcionó! Tú estás aquí...
—¿Estar? —ella resopló—. Estoy como se está en una cloaca. Por obligación. —Señaló a Verónica inconsciente—. Y encima tu “sacrificio” es... bueno. Alguien con futuro.
Amilith se acercó a Cristian, pisando una vela derretida sin inmutarse.
—Mira—dijo, contando con los dedos—: Uno, tu grimorio es una fotocopia de un pdf, con paginas faltantes —Cristian abrió la boca—. Dos, invocaste al primo lelo de Andremelec —golpeó una página con el dedo—. Y tres... —una sonrisa de lástima—... pensaste que una devoradora como yo, te daría éxito musical. —Se llevó una mano al corazón—. Es tan triste que dan ganas de abrazarte...... para tirarte de un acantilado.
Cristian tragó en seco.
—¡Verónica lo habría entendido!
—¿Esta chica? —Amilith señaló a Verónica con un gesto respetuoso—. La que parece modelo de revista?. Pretendías cambiarla por poder —dijo, los ojos ámbar escaneándolo de pies a cabeza—. Con ese... “instrumento” diminuto que ni para orinar sirve. —Un destello dorado cruzó sus pupilas—. ¿Sabes qué es lo más triste?
Cristian apretó los puños.
—¿Q-qué...?
—Que ni una súcubo... —acercó sus labios a su oído, el aliento a bergamota quemada— ...rebajaría sus estándares por algo tan patético.
Sin darle tiempo a reaccionar, Amilith giró hacia Verónica. Su voz se volvió un susurro de seda rasgada:
—Porque esta criatura... —se arrodilló como ante un altar pagano— ...es pura química sagrada. —Su cola roja se enroscó posesiva en el tobillo de Verónica, la punta peluda acariciando el tendón de Aquiles—. Mira estos muslos... —su mano flotó sobre la piel sudorosa— ...no son piernas. Son santuarios de fuerza y suavidad. Curvas que invitan a morder y lamer en igual medida. —Un gemido ronco vibró en su pecho—. Esas caderas... —los dedos trazaron el aire sobre la curva ósea, a milímetros de tocar— ...son la promesa de un paraíso húmedo que nunca merecerás.
Cristian sintió un ardor venenoso en la garganta.
Se irguió de golpe, escupiendo el veredicto final:
—Tú ves un cuerpo. Yo veo un banquete que despertaría envidia en Lilith.
Algo en su tono, en esa sonrisa demasiado amplia, hizo que Cristian sintiera que el mundo se cerraba a su alrededor. Ya no tenía nada que perder.
Con un grito ahogado, Cristian se abalanzó sobre Verónica, el cuchillo de plata brillando en un arco mortal.
Amilith no pensó.
Se movió más rápido que la lógica, interponiéndose entre el acero y Verónica, desviando el golpe con un movimiento de su brazo. Cristian cayó de lado, lastimándose el brazo derecho contra el suelo, pero el dolor no lo detuvo.
—¡Maldita sea!—rugió, levantándose con una agilidad inesperada.
Amilith lo esquivó de nuevo, pero esta vez lo atrapó de la muñeca con una mano.
—Patético—murmuró, antes de estrellarlo contra el suelo con toda su fuerza.
El impacto sacudió el apartamento. Cristian jadeó, las costillas rotas arañándole los pulmones, pero aún así intentó levantarse.
Amilith no le dio tiempo.
Lo levantó con una mano, clavando los dedos de la otra en su garganta. Sus uñas, afiladas como dagas, penetraron la carne con facilidad. Cristian ahogó un grito, sus piernas pataleando en el aire.
Pero entonces, con sus últimas fuerzas, Cristian clavó el cuchillo en el hombro de Amilith.
La demonio gritó.
No un alarido de dolor, sino de sorpresa.
Por primera vez en sus 724 años de existencia, algo la había herido.
Y lo peor: sangraba.
Un líquido espeso y oscuro, más negro que la tinta, brotó de la herida. No era sangre humana. Pero era sangre al fin.
Cristian, aprovechando su ventaja, arrastrándose como un animal herido, alcanzó una de las velas todavía encendidas.
—Si no puedo tenerlo... ¡que nadie lo tenga!—gritó, arrojándola sobre el grimorio.
Las páginas ardieron al instante, consumiéndose en un fuego verde y violento que iluminó toda la habitación con un resplandor sobrenatural.
Amilith intentó detenerlo, pero el dolor en su hombro la ralentizó.
—¡No!—rugió, extendiendo una mano hacia las llamas, pero ya era demasiado tarde.
Cristian, aprovechando el caos, se arrastró hacia la puerta y huyó, dejando atrás un reguero de sangre humana... y demoníaca.
Amilith se quedó de rodillas, temblando de rabia e incredulidad, mirando la mancha oscura que se expandía por su blusa impecable.
—¿Sangro?—susurró, tocando el líquido con los dedos. Era imposible. Los demonios no sangraban. No así.
Detrás de Amilith, Verónica gemió, sus párpados agitándose como mariposas atrapadas. La demonio giró lentamente, su expresión cambiando de furia a algo más complejo algo que no había experimentado en sus siete siglos y algo de existencia.
Se acercó con pasos deliberadamente lentos, como si temiera asustarla. A menos de unos centímetros, se detuvo por completo.
Nunca había visto a nadie así.
Verónica yacía en el suelo, inocente y frágil en su envenenamiento, pero a la vez... impresionante. Cabello largo, levemente ondulado, de un castaño claro que brillaba como miel bajo la luz moribunda de las velas, piel trigueña con tonos oliva, cálida como la tierra bajo el sol de verano, ahora cubierta por un sudor frío a causa del paracetamol en su sistema, Cuerpo Robusto pero atlético. Brazos con bíceps medianamente definidos (¿una deportista?), pero con un abdomen más suave, como si hubiera dejado el gimnasio por la vida universitaria.
Amilith no había notado esto antes.
El peso de Verónica en sus brazos era distinto al de los humanos que había sostenido antes—más cálido, más real. Con movimientos que contradicían su naturaleza demoníaca, desató las sogas una por una, como si cada nudo fuera un sacrilegio que debía ser corregido.
—Shhh...—murmuró, sin darse cuenta de que había adoptado un tono que nunca antes había usado.
Al levantar a Verónica del suelo, el cuerpo de la joven se arqueó inconscientemente hacia su calor. Amilith la acomodó en su regazo, ajustando su blusa manchada de sangre negra para no ensuciarla.
Y entonces, contra toda lógica infernal, Amilith apoyó su oído en el pecho de Verónica.
Su propio corazón golpeaba su jaula de costillas como un animal enloquecido (¿cuándo fue la última vez que lo había sentido latir?). Pero lo que buscaba era otro sonido:
El tum-tum de Verónica.
No lo encontró.
Por un pánico que no comprendía, apretó más fuerte, sus garras retrayéndose para no lastimar.
—¡No!—el grito le salió demasiado humano, demasiado desesperado.
Hasta que...
Allí.
Un latido débil, irregular, ahogado por el veneno que espesaba su sangre. Pero estaba ahí.
Amilith sacudió a Verónica levemente, intentando despertarla.
—Despierta, humana…—murmuró, pero su voz ya no tenía el filo de antes.
Verónica abrió los ojos.
Sus iris acuamarina, normalmente brillantes, ahora estaban empañados, con la esclerótica teñida de rojo por las hemorragias del paracetamol.
—¿C-Cristian?—logró articular, su voz ronca, como si hubiera tragado vidrios.
Amilith no supo por qué le molestó que lo primero que preguntara fuera por él.
—No, linda—respondió, sorprendida de lo cálido que podía sonar su voz—. Me llamo Amilith.
Verónica parpadeó, confundida.
—¿Ángel?
Amilith sonrió de verdad esta vez, mostrando apenas la punta de sus colmillos.
—Casi, casi. Pero para ti, sí.
Tomó el rostro de Verónica entre sus manos, notando el calor febril de su piel.
—Escúchame bien. Tienes que confiar en mí. No te duermas, ¿de acuerdo?
Verónica asintió débilmente, demasiado agotada para cuestionar por qué una extraña de cabello rojo sangre y ojos dorados le hablaba como si llevaran toda la vida conociéndose.
Y entonces, sin darle tiempo a protestar, Amilith hundió sus colmillos en el cuello de Verónica.
La joven jadeó, pero no gritó. Quizás porque ya no tenía fuerzas. Quizás porque, en algún lugar de su delirio, sabía que esto la salvaría.
La sangre que brotó no era normal.
Era espesa, oscura, mezclada con el veneno. Amilith la bebió un instante, sintiendo el sabor amargo del paracetamol corrompiendo su garganta, pero no importaba.
Tenía que sacarlo.
Cuando estuvo segura de haber extraído lo suficiente, se apartó con un jadeo, sus labios manchados de rojo.
—Mierda…—murmuró, sintiendo el veneno ardiendo en su propio sistema. Los demonios no deberían hacer esto.
Pero no había vuelta atrás.
Con un movimiento rápido, rasgó un trozo de su blusa, dejando al descubierto la herida en su hombro, donde la sangre negra aún brotaba.
—Esto va a doler—advirtió, aunque no estaba segura de que Verónica pudiera oírla.
Presionó el cuello sangrante de Verónica contra su propia herida.
Sangre contra sangre.
Veneno contra veneno.
Vida contra… lo que fuera que Amilith tuviera.
Y entonces, como por milagro, Verónica jadeó.
Un sonido áspero, glorioso, que hizo que Amilith contuviera el aliento sin darse cuenta.
Los ojos acuamarina de Verónica se abrieron de par en par, brillando con una intensidad sobrenatural. Su espalda se arqueó como si una corriente eléctrica la atravesara, los músculos tensándose bajo la piel sudorosa.
—¡Agh!—gritó, las venas rojas de sus ojos desvaneciéndose mientras el color de sus iris se volvía más vibrante, casi fosforescente.
Mientras tanto, la demonio jadeaba como si hubiera corrido un maratón, sus pulmones ardiendo con cada inhalación.
Una mancha púrpura se expandía desde su hombro herido hasta el cuello de Verónica, un rastro violáceo que conectaba sus cuerpos como un cordón umbilical maldito.
Amilith intentó mantenerse erguida, pero sus fuerzas la traicionaron.
Con un último suspiro, dejó caer su cabeza sobre el pecho de Verónica, el cabello rojo como llamas enredándose con las ondas castaños de la joven.
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ⅠⅠ
El mundo a su alrededor se desdibujaba en una niebla espesa. Verónica sentía los latidos de su corazón estrellarse contra las paredes del pecho, cada pulsación un martillazo en sus sienes. La piel le ardía bajo una película de sudor frío, y un dolor espeso (como lava arrastrándose por sus venas) le quemaba las terminaciones nerviosas. Intentó contener un gemido cuando una punzada le desgarró el estómago, como si garras invisibles le retorcieran las entrañas.
Abrió los ojos.
Lo que vio le heló la sangre.
Trató de moverse, pero sus extremidades no respondían, pesadas como plomo fundido. Con un hilo de voz que apenas reconoció como suyo, logró articular:
—¿Qué... eres...?
Nunca, ni en sus pesadillas más vívidas, había imaginado una criatura así. Los cuernos de marfil que se alzaban sobre su cráneo no eran grotescos, sino inquietantemente elegantes, como tallados para una diosa olvidada. Su cabello rojo, antes llameante, ahora brillaba con el resplandor mortecino de las brasas, iluminando los rasgos afilados de su rostro. El miedo le ordenaba huir, pero algo primitivo en su interior la hipnotizaba, como si cada fibra de su cuerpo reconociera a Amilith como depredadora... y a la vez, como refugio.
Con una valentía que brotó de lo más profundo de su alma, repitió:
—¿Qué eres?
Amilith, aún postrada sobre ella, alzó la cabeza con lentitud. Una sonrisa débil tembló en sus labios, y al hablar, su voz sonó gastada, como un susurro arrastrado por el viento:
—Soy... una demonio. —Hizo una pausa, sus ojos dorados perdidos en algún recuerdo lejano—. Y te he salvado.
Verónica no podía entenderlo.
No quería entenderlo. Su mente retrocedió a las noches de su infancia, cuando su madre, le leía cuentos de demonios con patas de cabra y ángeles de algodón. Pero Amilith no era una caricatura sacada de un libro infantil. Era elegancia tallada en sombra: cuernos de marfil, cabello rojo como herida abierta, una presencia que helaba el aire pero le quemaba las entrañas.
—No es posible... los demonios no... —murmuró Verónica, sintiendo cómo su mundo se resquebrajaba.
Amilith arqueó una ceja con exasperación.
—Claro, claro. No existo. Y siguiendo tu lógica, el cielo es rojo y los peces vuelan.
Entonces, como un remolino, los recuerdos la golpearon con crudeza. Las últimas palabras de Cristian resonaron en su mente: “Perdóname”.
—¿A dónde se fue Cristian? —preguntó Verónica, el terror tiñendo su voz—. ¿Qué le hiciste, monstruo?
Amilith frunció el ceño, ofendida.
—Oye, no me llames monstruo. Que tenga cuernos y cola no me convierte en uno —Hizo una pausa; sus poderes se habían debilitado, pero su actitud, no—. Al fin y al cabo, “Don Rituales” intentó matarte y lo más irónico del caso es que pretendía ofrecerte como sacrificio a un súcubo para conseguir fama... Qué imbécil.
Verónica sintió cómo su mundo se venía abajo; su novio, con el que había cruzado fronteras, con el que se había atrevido a enfrentarse a su madre, con el que tenía un futuro planeado, con quien planeaba hacerse famosa con su banda de metal, la había traicionado. Verónica siempre había pensado que si Cristian la traicionaba... Ella se mataria..
La voz de Verónica se quebró ante la noticia y el dolor inundó su garganta. Tal vez ya no estaba envenenada, pero seguía ese ardor que le cruzaba la laringe, que atravesaba sus venas y que le nublaba la vista. Veronica le reclamo, amargamente
—Porque no me dejaste morir… Monstruo...
Amilith no levantó cabeza. Verónica vio cómo sus ojos se perdían en algún punto del suelo, en una mancha oscura que se expandía desde debajo de ella, sangre negra mezclada con cenizas de grimorio, y notó, con intensidad que la sorprendió, que la criatura tampoco sabía respuesta.
No era porque Verónica le pareciera atractiva. Eso lo sabía, lo veía en manera en que la había observado antes, evaluación de depredadora que no había podido ocultar completamente, pero no era suficiente. No explicaba por qué seguía ahí, por qué había gastado sangre propia, por qué la había salvado cuando cualquier súcubo con dos dedos de frente habría aspirado su alma y se habría largado.
Amilith rebobinó eventos en su mente. Buscando respuesta apropiada. Encontrando solo preguntas que no había formulado antes, que no debería estar formulando ahora.
Otra súcubo en su lugar le hubiera devorado.
Ella había elegido salvar.
Y no sabía por qué.








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