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⋆。°✩ 𝑵𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒂 𝑯𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂 𝒅𝒆 𝑨𝒎𝒐𝒓 ✩°。⋆— 𝓚𝓸𝓸𝓴𝓜𝓲𝓷 —

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Sinopsis

Quince años juntos. Una vida compartida. Y un amor que aún tiene mucho que contar. ♡ Jimin y Jungkook llevan quince años eligiéndose cada día. Han crecido juntos, han cumplido sueños, superado obstáculos y aprendido que amar no significa tener una relación perfecta, sino encontrar a alguien por quien siempre valga la pena quedarse. Ahora, con 31 años, creen conocer cada rincón de su relación... pero la vida todavía guarda momentos capaces de poner a prueba todo lo que han construido. Porque después de quince años, una cosa sigue siendo cierta: Jungkook sigue siendo el hogar de Jimin. Y Jimin sigue siendo el lugar al que Jungkook siempre quiere volver. Esta es su historia. Una historia de amor, confianza, recuerdos, promesas y segundas oportunidades. Quince años no son el final de una historia... son apenas otra razón para seguir eligiéndose. ♡

Genero:
Romance
Autor/a:
minjungk7
Estado:
Completa
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

𓆩♡𓆪 CAPÍTULO 1 𓆩♡𓆪

Busan, Corea del Sur.

El sol de Busan se filtraba a través de la cortina de encaje blanco, pintando rayas doradas sobre las cajas de cartón que descansaban en el centro de la habitación.

Cada una tenía algo escrito con marcador negro:

«Cocina»«Ropa de invierno»«Recuerdos»

Esta última era la más pequeña, pero también la más pesada.

No por su contenido físico, sino por todo lo que representaba.

Park Jimin, de dieciséis años, estaba sentado en el borde de su cama, con los pies colgando sin tocar el suelo. Sus ojos, de un marrón profundo que solían brillar con la luz del sol, hoy parecían dos lunas apagadas.

Miraba la habitación que había sido su refugio durante toda su vida, intentando grabar cada detalle en su memoria.

La mancha de humedad en el techo con forma de nube.

Las marcas en la pared donde su padre le había medido la altura cada año hasta los diez.

El póster desgastado de un bailarín que había pegado cuando soñaba con subirse a un escenario.

Todo estaba a punto de quedar atrás.

Tres años.

Habían pasado tres años desde que un camión perdiera el control en la carretera costera.

Tres años desde que su padre, Park Seojoon, un hombre de risa fácil y abrazos cálidos, se despidiera de ellos sin saber que sería la última vez.

Tres años desde que Jimin, con apenas trece años, prometiera en el funeral que cuidaría de su madre.

Y lo había hecho.

Había trabajado después de clases en una pequeña tienda de conveniencia, ayudado con las facturas y aprendido a cocinar los platos que a su madre le costaba preparar porque le recordaban demasiado a su padre.

Pero su madre, Park Soyeon, era una mujer de acero envuelta en terciopelo.

Nunca dejó que la tristeza los consumiera por completo.

Sonreía cuando Jimin traía buenas calificaciones, lo animaba a seguir cantando aunque la economía no diera para clases y, cada noche antes de dormir, le susurraba:

—Tu papá nos cuida desde las estrellas.

Pero ahora, incluso esa estrella parecía quedar atrás.

—¡Jimin-ah!

La voz de su madre subió las escaleras, clara y firme.

Pero Jimin conocía a su madre mejor que nadie. Pudo escuchar ese pequeño temblor que se escondía detrás de su energía.

—¡Hijo, apúrate o perderemos el vuelo! ¡Y no quiero ni imaginarme el regaño que me dará tu tía si pierdo el dinero de los boletos!

Jimin suspiró y se pasó los dedos por el cabello castaño, que ya empezaba a aclararse con el sol del verano.

Se levantó de la cama sintiendo el crujido familiar de los muelles.

Tomó su mochila —la misma con la que había ido a la escuela desde sexto grado, con el cierre roto que su madre había cosido con hilo rojo— y le dio un último vistazo a la habitación.

No quiero irme.

Pero no lo dijo.

No podía.

No cuando su madre había trabajado turnos extras en la fábrica textil, había ahorrado cada moneda y había solicitado becas durante meses para conseguirle un lugar en la Korea University Business School.

No cuando ella había sonreído por primera vez con una luz genuina en los ojos desde la muerte de su padre al recibir la carta de aceptación.

Bajó las escaleras de madera que crujían en el tercer escalón —su padre nunca logró arreglarlo— y encontró a su madre en la cocina.

Tenía puesto su mejor vestido, el azul que su padre le había regalado en su décimo aniversario.

Aunque sus manos sostenían dos tazas humeantes de té, Jimin notó que sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que las apretaba.

—Estoy listo, mamá —dijo, esforzándose para que su voz sonara más animada de lo que se sentía.

Su madre levantó la vista.

Durante un segundo, sus miradas se encontraron.

Y en ese breve instante dijeron todo lo que ninguna de las dos quería decir en voz alta.

Tengo miedo.

No quiero irme.

Estoy orgullosa de ti.

La señora Park dejó las tazas sobre la mesa, caminó hacia su hijo y lo envolvió en un abrazo que olía a jazmín y a hogar.

—Todo va a estar bien —susurró contra su cabello—. Es un nuevo comienzo para ti, para nosotros. Tu padre...

Hizo una pausa.

Jimin sintió cómo tragaba saliva.

—Tu padre estaría tan orgulloso de ti, Jimin. De todo lo que has logrado. De la persona en la que te has convertido.

Jimin cerró los ojos con fuerza.

Se aferró al abrazo como si pudiera guardarlo en una caja para abrirlo cuando la nostalgia se volviera insoportable.

—Te quiero, mamá —dijo con la voz entrecortada.

—Y yo a ti, mi vida.

Ella se separó, secándose rápidamente una lágrima con el dorso de la mano y forzando una sonrisa radiante.

—Ahora sí, ¡vámonos! Que el taxi nos está esperando y el señor siempre se queja cuando lo hacemos esperar.

Jimin soltó una pequeña risa.

Y juntos salieron de aquella casa que había sido su hogar.

♡ ─────────────── ♡

SEÚL

El viaje al aeropuerto fue un desfile de despedidas silenciosas.

La tienda de conveniencia donde Jimin había trabajado.

El parque donde su padre lo llevaba a volar cometas.

El puente sobre el río donde había compartido su primer beso con un chico de su clase, un secreto que solo su madre conocía y que había aceptado con un sencillo:

—Te dije que eras especial, mi amor.

Cada rincón de Busan parecía susurrarle:

No te vayas.

Pero el mundo seguía girando.

Y el avión que los llevaría a Seúl los esperaba en la pista.

El vuelo duró apenas una hora, pero a Jimin le pareció una eternidad.

Pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventanilla, viendo cómo Busan se hacía cada vez más pequeño hasta convertirse en un punto brillante en la costa.

Luego, todo fue mar.

Luego, montañas.

Luego...

Seúl.

La ciudad parecía un monstruo de concreto y luces.

Cuando el avión comenzó el descenso, Jimin apoyó la frente contra el frío vidrio y observó cómo la ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Edificios que tocaban el cielo.

Autopistas que se enredaban como serpientes.

Millones de personas viviendo sus vidas sin saber que él, Park Jimin, acababa de aterrizar en medio de todo aquello.

Con un sueño en una mano...

y un nudo en la garganta en la otra.

Su madre, a su lado, apretó su mano.

—Impresionante, ¿verdad?

Jimin asintió.

Pero en su mente, la imagen de su pequeña habitación en Busan seguía intacta.

♡ ─────────────── ♡

El apartamento que les habían asignado estaba en un barrio modesto, pero limpio, a veinte minutos caminando de la universidad.

Era pequeño.

Una sala combinada con cocina.

Dos habitaciones que apenas tenían espacio para una cama cada una.

Y un baño que hacía ruidos extraños cuando alguien se duchaba.

Pero tenía algo que Jimin no esperaba.

Una ventana desde la que podía ver un pequeño parque con cerezos.

Mientras desempacaban sus pertenencias, Jimin descubrió que su madre había metido algo en su equipaje sin decirle.

En el fondo de la maleta, envuelta en una de sus camisetas favoritas, estaba la fotografía de su padre que siempre había estado en la sala de Busan.

En la foto, su padre tenía treinta y dos años.

Sonreía con esa sonrisa ancha que mostraba los dientes y hacía que sus ojos se convirtieran en medias lunas.

Tenía a Jimin en sus brazos.

Jimin tenía cinco años.

Era el día que había aprendido a andar en bicicleta.

Su madre estaba a su lado, riendo.

Jimin colocó la fotografía sobre la pequeña mesa de noche junto a su cama.

La ajustó hasta que quedó perfectamente centrada.

Luego se sentó en el colchón y la observó.

—Lo logramos, papá —susurró—. Vamos a estar bien.

Al otro lado de la pared, escuchó a su madre tararear una canción mientras organizaba los platos en la cocina.

Era una canción que su padre solía cantar cuando creía que nadie lo escuchaba.

Por primera vez desde que salió de Busan, Jimin sintió que quizás...

tal vez...

todo estaría bien.

♡ ─────────────── ♡

MIENTRAS TANTO, EN OTRO EXTREMO DE LA CIUDAD...

El sol se ponía sobre el distrito de Gangnam, tiñendo de naranja y rosa los ventanales de los rascacielos.

En una de las aulas de la prestigiosa Korea University Business School, las luces fluorescentes parpadeaban, reflejándose sobre las mesas vacías y las sillas perfectamente alineadas.

Todas...

excepto una.

En la última fila, junto a la ventana, un chico de cabello negro azabache tenía los pies apoyados sobre el pupitre.

Los auriculares estaban puestos.

Sus ojos, cerrados.

Su cabeza se movía ligeramente al ritmo de la música que sonaba en sus oídos y sus dedos golpeaban un ritmo invisible sobre el brazo de la silla.

Jeon Jungkook tenía dieciséis años.

Y estaba profundamente aburrido.

El sonido de la puerta al abrirse lo hizo abrir un ojo.

Su amigo Kim Namjoon entró con una pila de libros en los brazos, resoplando como si cargara con el mundo.

—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Namjoon, dejando los libros con un golpe sordo sobre una mesa.

—Lunes —respondió Jungkook sin moverse.

—Es el último día para entregar el proyecto de administración. El que vale el treinta por ciento de la nota. El que ni siquiera empezaste.

Jungkook se encogió de hombros.

—Lo haré mañana.

Namjoon lo miró incrédulo.

—La fecha límite es hoy a las cinco, Jungkook.

Jungkook finalmente abrió los dos ojos y bajó los pies del pupitre.

Se quitó un auricular.

—Y son las cuatro y media. Tengo tiempo.

Namjoon suspiró, pasándose una mano por el cabello.

Era el único que todavía intentaba razonar con él.

Yoongi se había rendido hacía meses.

Hoseok solo se reía de sus desgracias.

Y Taehyung y Jin estaban en otro salón, disfrutando de su propio caos.

—¿Sabes qué? No me importa —dijo Namjoon finalmente, dejándose caer en la silla de enfrente—. No me importa si repruebas, si tus padres te cortan la mesada o si terminas bailando en la calle para sobrevivir.

Jungkook levantó una ceja.

—Pero ¿sabes qué sí me importa?

Jungkook lo miró sin responder.

Namjoon sostuvo su mirada.

—Que no desperdicies tu talento.

La expresión de Jungkook cambió ligeramente.

—No sabes cuánto daría yo por tener la mitad de tu habilidad para bailar. Para sentir la música como la sientes tú.

Hizo una pausa.

—Y tú estás ahí, sentado en un salón de administración que odias, fingiendo que no te importa nada porque tienes miedo de decepcionar a tus papás.

Las palabras de Namjoon quedaron suspendidas en el aire.

Pesadas.

Incómodas.

Jungkook apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia la ventana.

Afuera, Seúl comenzaba a encenderse.

Un mar de luces que parpadeaban como estrellas artificiales.

—No sé de qué hablas —dijo finalmente, con una frialdad ensayada.

Namjoon sonrió.

Pero no era una sonrisa feliz.

—Claro que no. Nunca sabes.

Se levantó, tomó sus libros y caminó hacia la puerta.

La puerta se cerró con un clic.

Jungkook se quedó solo.

Los auriculares colgaban de su cuello.

La música sonaba en un volumen tan bajo que apenas era un susurro.

Afuera, Seúl seguía brillando.

Indiferente.

Jungkook volvió a ponerse los auriculares y subió el volumen hasta que el mundo exterior desapareció.

Las palabras de Namjoon se repitieron en su cabeza como un eco.

Que no desperdicies tu talento.

Cerró los ojos.

Y dejó que la música lo envolviera.

♡ ─────────────── ♡

HORAS MÁS TARDE

El apartamento de Jimin estaba en silencio.

Su madre se había quedado dormida en el sofá, con un libro abierto sobre el pecho y una expresión de paz que Jimin no le veía desde hacía meses.

La cubrió con una manta.

Apagó la luz.

Y regresó a su habitación.

Se sentó en la cama, con la espalda apoyada contra la pared, y miró por la ventana.

En la distancia, las luces de Seúl parpadeaban como un código secreto.

Más cerca, las hojas de los cerezos en el parque se movían con la brisa nocturna.

Jimin tomó su teléfono y abrió la nota que había escrito meses atrás, cuando recibió la carta de aceptación.

La leyó una vez más.

Lo voy a lograr, papá. Por ti. Por mamá. Por nosotros.

Voy a estudiar, voy a hacerlos orgullosos y, un día, cuando tenga dinero suficiente, voy a pagarte las clases de canto que nunca pudiste darme.

Te lo prometo.

Leyó las palabras una, dos, tres veces.

Luego guardó el teléfono.

Apagó la luz.

Y se dejó caer sobre la almohada.

Fuera, Seúl seguía brillando.

Dentro, Park Jimin cerró los ojos.

Y, por primera vez en tres años, soñó con un futuro que no estaba anclado al pasado.

♡ ─────────────── ♡

AL OTRO LADO DE LA CIUDAD...

Jungkook no podía dormir.

Estaba en su habitación.

Demasiado grande.

Demasiado limpia.

Demasiado vacía.

La televisión permanecía encendida en un canal de música.

Un video musical sonaba en la pantalla.

Un bailarín solitario se movía sobre un escenario vacío, bajo una luz que parecía seguir cada uno de sus gestos.

Jungkook observaba cada movimiento con una intensidad que rara vez mostraba en público.

Sus dedos se movían sobre las sábanas, siguiendo la coreografía en su mente.

Conocía esa canción.

Sabía exactamente cómo se movía el bailarín.

Cuándo contenía la respiración.

Cuándo la soltaba.

Cuando el video terminó, Jungkook apagó la televisión con el control remoto.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Se quedó mirando el techo oscuro.

Sin saberlo...

su vida estaba a punto de cambiar.

Y en algún lugar de aquella enorme ciudad, un chico llamadoPark Jiminacababa de comenzar exactamente el mismo capítulo.

Dos vidas.

Dos caminos.

Un encuentro que todavía no había ocurrido.

Pero que cambiaría absolutamente todo.

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