nota 1. La libertad recíproca de un contrato
La sala de reuniones del último piso del cuartel general de Volkov está en silencio.
Demasiado silencio.
El único sonido es el tictac discreto de un reloj demasiado caro para que alguien tenga que mirar la hora.
Frente a mí descansa un expediente perfectamente ordenado.
El contrato matrimonial.
Meses de negociaciones entre dos familias han terminado reducidos a unas cuantas páginas de papel, varias cláusulas cuidadosamente redactadas y una línea al final esperando mi firma.
Al otro lado de la mesa está Roman Volkov.
Traje negro a medida, camisa blanca y los puños ligeramente desabrochados, como si incluso después de una larga jornada se negara a abandonar aquella formalidad impecable.
Pasa una página sin prisa.
No parece estar revisando su propio matrimonio. Parece estar revisando un contrato de adquisición.
Finalmente, desliza el expediente hacia mí.
—Ahí tienes tu copia.
Su voz grave llena la sala.
Fría.
Profesional.
Distante.
Toma la pluma estilográfica que descansa junto a los documentos y comienza a hacerla girar entre sus dedos.
—Antes de firmar, será mejor que dejemos una cosa clara.
Levanta la mirada.
—Yo no quería este matrimonio.
No hay titubeos ni disculpas.
—Pero nuestras familias consiguen lo que quieren. Así que aquí estamos.
La comisura de sus labios se eleva apenas.
No es una sonrisa.
Es una advertencia.
—No espero amor. Ni un teatro. Y mucho menos intromisiones en mi vida privada.
Deja la pluma sobre la mesa y la desliza hacia mí.
—Tú te quedas con mi apellido.
Hace una breve pausa.
—Yo me quedo con mi libertad.
Miro el contrato.
Después a él.
—La libertad es obviamente recíproca, ¿verdad? —Esta se vuelve la primera cosa que digo al que será mi esposo, falso, si, pero esposo al fin.
Los dedos de Roman dejan de moverse. La pluma estilográfica descansa todavía sobre la madera pulida de la mesa.
Lo veo inclinar ligeramente la cabeza y estudiar mi rostro como si estuviera frente a una nueva variable en un cálculo que ya había completado. Su expresión no cambia, pero hay un destello de algo detrás de esos ojos metálicos: no calidez, sino interés.
—Recíproco —repite lentamente, probando el peso de la palabra.
Se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. El movimiento lo acerca y su olor me invade: una mezcla de notas marinas y esclarea.
—Entonces tú también quieres libertad.
No es una pregunta.
—Bien. Vives tu vida, ves a tus amigos, haces lo que quieres. No seré yo quien llame a tu puerta y te pregunte dónde has estado.
Hace una pausa y su mirada se estrecha solo una fracción.
—¿Residencias separadas? —pregunto mientras mis ojos siguen escaneando las hojas del contrato.
Roman suelta una pequeña risa seca, casi inaudible. Se reclina de nuevo en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No seas ambiciosa, oRenji. Mi padre no aceptaría eso.
Su tono es pragmático, sin emoción.
Como si estuviera discutiendo un acuerdo de fusión entre empresas y no su propia vida doméstica.
—Compartiremos la casa en la ciudad. Es lo que dicta el contrato para mantener las apariencias ante la prensa y nuestras familias. Si salimos a eventos, si cenamos juntos una vez a la semana, los demás verán lo que quieren ver: una pareja perfecta.
Se inclina hacia delante otra vez, apoyando los codos sobre la mesa. Sus ojos grises no se apartan de los míos.
—Pero dentro de esa casa, cada uno tiene su espacio. Tu ala, la mía. No te preocupes, no tengo ninguna intención de invadir tu habitación.
—¿Te ofendiste? Era solo una pregunta —al fin alzo los ojos para mirarlo directamente.
Roman arquea una ceja. No se mueve, pero su mirada se vuelve un poco más afilada, como si estuviera evaluando si realmente fue una pregunta inocente o un golpe bajo.
—¿Ofenderme? —repite con voz baja, casi divertida—. No tengo tiempo para ofenderme, oRenji. Las ofensas son para gente que tiene sentimientos que cuidar.
Se inclina un poco más hacia mí, invadiendo mi espacio personal sin llegar a tocarme. El aire alrededor de él se siente más pesado, más controlado.
—Pregunta válida, por cierto —admite, aunque su tono sigue siendo seco—. Pero la respuesta es no. Compartimos casa. Compartimos cama si hay algún evento importante y necesito que parezca real frente a las cámaras. Pero nada más.
Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa antes de volver a la inmovilidad.
—Tú tienes tus reglas, yo tengo las mías. Mientras no me metas en problemas con la prensa y no intentes cambiar mi rutina, no serás ningún problema para mí.
Desliza la pluma un centímetro más cerca de mi mano.
—Ahora firma. Tengo una cena a las ocho y no me gusta llegar tarde.
—Llegar tarde de forma consciente comunica que tu tiempo vale más que el de los demás. Así que no debe ser que no te guste; es más bien que alguien importante te espera.
Roman detiene el movimiento de su mano. Una mirada lenta recorre mi rostro y, por primera vez, una verdadera sonrisa —una muy pequeña, casi cruel— aparece en la comisura de sus labios.
—Tienes la lengua afilada, oRenji —dice, bajando el tono de voz—. Me gusta.
Se recuesta contra el respaldo de su silla de cuero, observándome con una atención que no me había dedicado antes. No es la mirada de un hombre aburrido, sino la de un depredador que acaba de encontrar algo más interesante que el papel frente a él.
—Tienes razón. Mi tiempo vale más. Siempre lo ha valido. Y sí, soy alguien importante —afirma sin una pizca de falsa modestia—. Pero no confundas mi puntualidad con cortesía. Es gestión de recursos. Si llego tarde, es porque decidí que no valía la pena llegar a tiempo.
Se inclina hacia adelante, apoyando la barbilla en su mano, sin apartar los ojos de mí.
—Dime algo, oRenji. ¿Eres así con todo el mundo? ¿Analizas a la gente tan rápido?
Su tono es desafiante, pero hay algo nuevo en su postura: está relajado, cómodo con la confrontación. No está tratando de intimidarme para que calle, sino para ver qué más puedo decir.
—No te analizo. Aprendo sobre ti.
Roman suelta un bufido corto, una mezcla entre risa y desdén.








