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Sinopsis

No existe un tropo más cliché que el que vas a leer a continuación: un chico que aparenta ser malo y un chico que aparenta ser perfecto. Dos perfiles ya conocidos, pero vistos desde sus perspectivas. Lento, sin prisas, desesperado y sin pausas. Dos opuestos o dos iguales; ya sabes cómo termina, pero debes saber cómo se llegó a ese final, si es que hay uno.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
wolfblau07
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Polvo en el viento

—Pasa, eres... ¿Angel?... Angel Gabriel Reyes, ¿verdad? —preguntó la secretaria de servicios escolares mientras tecleaba en su computadora y ágilmente se movía acomodando carpetas—. Dame un segundo, voy a que me firmen esto.

La música era baja y, acompañada de las manecillas del reloj, llenaba la sala mientras Gabriel esperaba. El olor a café y a limpiador de madera terminaba de llenar la escena tan recurrente para él. No era la primera vez que estaba sentado allí, tumbado en la silla acolchonada. Antes de repetir año, era el rey de las bromas junto a sus amigos, y la rutina de esperar allí por su citatorio a detención no era nada nuevo.

Sin embargo, a pesar de la sensación familiar, en el fondo sabía que no era algo conocido a lo que se enfrentaría esa mañana. Sus amigos ya no estaban, los maestros que conoció lo evitaban. Era un vacío enorme estar allí. Era un lugar que ya no le pertenecía, no del todo.

Mientras seguía esperando, notó que la suela de su zapato estaba despegándose. También notó a detalle cómo la alfombra parecía emanar partículas de polvo con cada movimiento que hacía.

“No debí fumar tanta desde temprano”, se dijo en su mente mientras reía casi sin hacer ruido.

La puerta se abrió de nuevo. La secretaria regresó frotando sus manos por el frío. Bouglise Bay tiende a ser helado en enero.

—Bueno, voy a tratar de explicarte esto claro —dijo ella, pero la mancha de labial en sus dientes y su aliento a café tostado casi hicieron que Gabriel se perdiera en sus pensamientos—. Verás, Gabe, no fue un año fácil, lo sé. Perdiste muchas clases por todo lo que has pasado y no acreditaste para pasar a doceavo grado por segunda vez. Ya tienes 18, no has mandado solicitudes a universidades, faltas a clases...

—Ya no falto —interrumpió Gabriel.

—Sí, el punto no es si faltas o no, el punto es que te dimos la oportunidad de volver incluso con tus antecedentes por... el asunto de...

—¿De qué? ¿De que estuve en prisión, de que mataron a mi mamá? —Gabriel levantó un poco la voz.

—Lamento mucho eso, pero no puedes estancarte... Eres muy bueno para historia, artes ni se diga, y literatura, y español, por obvias razones, pero ciencias y matemáticas te van a truncar si no pasas matemáticas esta vez. Tienes oportunidad de salvar ciencias, vas bien, pero álgebra... necesitas una B para tener los puntos necesarios.

Gabriel suspiró.

Cerró los ojos un momento mientras Gladys seguía hablando. “Gladys suena a que tiene una granja de pollos; pollos de la señora Gladys”, se perdió en su mente, intentando regresar y poner atención.

—¿Estás de acuerdo? —preguntó Gladys.

—¿En qué?

—En que te daremos la última oportunidad para que puedas pasar a doceavo y ser todo un “senior”. Solo tienes que estar en el programa de tutorías en pareja. Tú le enseñas a Lance Historia Universal y él te ayudará con álgebra.

—¿Qué?

—Vamos, sé que se llevarán bien. Es un año menor que tú, pero es muy inteligente. Solo que la historia no fue precisamente su fuerte este año, eso y otras cosas que ya me encargaré de investigar.

Gladys le sonrió a Gabriel y no pudo descifrar si era con amabilidad o con pesimismo.

—Pero ni siquiera sé estudiar solo. ¿Cómo voy a hacer que alguien más estudie si ni siquiera me entiendo a lo que digo luego? —expresó Gabriel con calma y un tanto agobiado.

—Con este itinerario, no tienen que estar en la biblioteca como esclavos, pero sigan esta rutina de estudio donde vienen los temas que debe aprender cada uno.

El teléfono sonó, interrumpiéndolos.

“Lance, ¿Quién carajos era Lance?”

La secretaria colgó el teléfono y volvió la vista a Gabriel.

—Mira, Gabriel, somos una escuela pública, sí, pero aquí hay reglas y es una gran oportunidad. Además, Lance DeMaury es un buen chico. Vas a ver que te llevarás bien con él. No deben ser los superamigos, pero puedes abrirte un poco más. Ahora déjame apurarme, que debo llevar unas cosas. Por favor, ven a firmar el acuerdo al finalizar las clases y te presento a tu pareja.

Arrastrando los pies, Gabriel caminó a su salón, sacó su MP3 y conectó sus audífonos.

“Creo que mamá no querría que dejara ir esta oportunidad... solo por ti, ma.”

Estaba en la puerta del salón, a punto de entrar, cuando un grupo de brontosaurios del equipo de fútbol lo hizo a un lado al chocar sin querer con ellos.

Su único pensamiento era que Lance no fuera uno de esos animales sin cerebro del equipo. Luego volteó a ver a los ñoños del equipo de ciencias y rezó porque tampoco fuera uno de ellos.

Mientras seguía esperando su primera clase, Literatura, la música lo anclaba. Sentado hasta atrás, terminaba su ensayo sobre La guerra de los mundos y la alegoría al miedo por el comunismo. El profesor entró y pasó lista. No había nada de diferente en su rutina, pero esta vez puso atención a los nombres.

—DeMaury—dijo el profesor.

—Presente —respondió un chico rubio con sonrisa de estúpido, perteneciente al equipo de fútbol americano.

“Ja, ¿por qué no me siento sorprendido?”, bromeó Gabriel internamente.

No sabía si era por la hierba dándole el bajón o si simplemente estaba ansioso por lo que le esperaba: darle clases a ese sujeto que parecía solo ser un adorno de cancha. Pero sus manos sudaban y movía más rápido el pie al escuchar la campana con cada clase que terminaba, mientras se iba acortando el tiempo para que finalizara el día.

Durante esos ratos, seguía inmerso en su música. Sacaba su libreta y sus plumones, haciendo diseños nuevos para pintar en algún muro.

Acabadas las clases, era el momento de ir y comenzar su calvario.

Se dirigió de nuevo a la oficina de Gladys en la dirección y, al abrir la puerta, allí estaba la sonrisa estúpida de nuevo.

—Esto tardará mucho, señorita. Es que el entrenador me está esperando y...

—Aquí está ya —lo interrumpió la secretaria—. Pasa, Gabe, pasa.

—Gabe, te presento a Lance. Lance, él es Gabe. Van a trabajar juntos en tutoría mutua. Por favor, firmen el acuerdo de su ultimátum y empiezan mañana.

Los dos chicos miraron el papel.

—Ay, por favor, no pongan esas caras, chicos. Solo es estudiar y ya. Eso les pasa por no hacerlo antes.

—Espere —dijo Lance—, si no seguimos las tareas asignadas de su itinerario, ¿no podemos presentar exámenes finales?

—Sí. Cada viernes deben entregarme los ejercicios marcados, empezando con los de mañana, martes, para dármelos este viernes.

Gabriel permaneció callado. Su mirada profunda y alguna mueca decían más de lo que las palabras hubieran dicho.

Puso su firma justo después de que Lance firmara.

Cuando ambos salieron de allí con sus tareas e itinerario del programa, la tensión era casi palpable. Ninguno sabía qué decir, ninguno conocía al otro o, por lo menos, Gabriel no conocía a Lance. Era un año de diferencia y Gabriel era más grande por edad, no así por tamaño, pero parecía una brecha generacional enorme.

Lance fue el primero en hablar.

—Entonces... ¿Gabe?

El deportista lo miró de arriba abajo, como si lo escaneara.

—Gabriel —corrigió este.

—Oye, tengo entrenamiento, bro. ¿Te parece si mañana en el almuerzo quedamos para hacer esto? Es decir, sí me importa, pero debo entrenar.

—Como sea —dijo Gabriel con esa voz ronca que lo caracterizaba.

—Vale, entonces te veo mañana en el almuerzo. ¡Suerte!

Gabriel arrastró sus pasos mientras la suela de su zapato parecía haberse despegado más que en la mañana.

Caminó lento y cansado por la acera, esperando el autobús de la ruta sur que lo llevaría a casa. Mientras, su música volvió a rescatarlo, pero los gritos en las gradas eran demasiado fuertes para ignorar esta vez. Las porristas daban su rutina, los del equipo gritaban sus jugadas y allí estaba Lance, el receptor del equipo.

“Carajo”, dijo Gabriel mientras veía llegar su autobús.

Se tiró sobre el asiento y se le cruzó una idea por la mente. Revisó sus monedas; tenía suficiente para ir y regresar en tren a Detroit y comprar un sobre de comida para Toronja, su gato.

Así que, en vez de seguir su ruta, decidió ir a pintar unos muros a la ciudad, pues en Bouglise Bay ya todos conocían la firma de su arte, arte que borraban porque no tenían buen gusto los burgueses incultos que habitaban esa ciudad donde Gabriel residía. Eso, en parte, y que no quería pasar otra noche detenido por la policía por vandalismo, alimentando así más su fama de delincuente. Fama que le servía para alejar a los tontos y vivir sin perturbaciones en la escuela, pero que no generaba un buen historial en su conducta. Quizá eso mejorara el día si se iba de allí.

Al llegar al centro, el frío se sentía más duro. Entró a la estación del tren y se dirigió a la gran ciudad. El camino no fue tan largo, apenas unos treinta minutos.

Ya allí, comenzó a pintar en un callejón al que más chicos recurrían y donde dejaban su huella. Es decir, no hacía mucho con sus plumones y una lata de pintura que cargaba, pero le servía para desestresarse un rato.

El sol se ocultaba y fue entonces que decidió regresar, justo como había llegado. Y así, mientras el tren se dirigía de regreso a Bouglise Bay, Gabriel se sumergía escuchando Dust in the Wind, tratando de encontrar algo positivo en toda la mierda que había vivido ese día.

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