Chapter 1 El comienzo
Acomodé la correa de la mochila sobre mi hombro derecho mientras cruzaba el patio central de la universidad. El sol de la tarde caía sobre los edificios del campus, iluminando las ventanas y haciendo que el pavimento pareciera casi blanco. A mi alrededor, como cualquier otro día, había estudiantes caminando de un lado a otro, algunos conversando en grupos, otros con los ojos pegados a sus teléfonos.
El ruido era el habitual.
Voces mezclándose entre sí. Risas. El sonido de alguna moto pasando por la calle cercana. Música escapándose de los auriculares de alguien. El murmullo constante de cientos de personas siguiendo con sus vidas sin saber que, en cuestión de minutos, todo iba a cambiar.
Yo tampoco lo sabía.
Tenía la mente ocupada, repasando mentalmente la rutina de hombros y espalda que me tocaba hacer en el gimnasio antes de que se llenara. Había planeado entrenar durante aproximadamente una hora y media. Primero calentamiento, después press militar, dominadas, remos y algunos ejercicios accesorios.
No era un atleta profesional ni mucho menos, pero llevaba bastante tiempo entrenando. El gimnasio se había convertido en una parte importante de mi rutina. Además, había practicado artes marciales durante varios años.
Llevaba ropa deportiva cómoda y el cuerpo listo para entrenar. En la mochila tenía una botella metálica de agua, una toalla y algunas cosas más que había llevado conmigo esa mañana.
Todo era completamente normal.
Entonces, mis pensamientos se cortaron de golpe.
No porque hubiese tropezado ni porque alguien me hubiera hablado.
Sino por un grito desgarrador, agudo y puramente humano perforó el aire.
El sonido fue tan brutal que durante un instante pareció apagar cualquier otro ruido a mi alrededor.
Me detuve.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Miré inmediatamente hacia todos lados tratando de identificar el origen del grito.
No tuve que buscar demasiado.
A menos de veinte metros, la cafetería exterior del campus era un caos.
Varias personas corrían en estampida. Algunas tiraban las sillas al intentar escapar. Una chica cayó al suelo y otras dos personas pasaron corriendo junto a ella sin siquiera detenerse. Escuché gritos desesperados y palabras que no llegué a entender.
Entonces lo vi.
Al principio, mi cerebro se negó a procesar lo que estaba viendo.
Parecía un perro.
Pero no podía serlo.
Era un pastor alemán, o al menos alguna vez lo había sido.
Su tamaño era completamente anormal. Debía medir cerca de dos metros de alto cuando se apoyaba sobre sus patas traseras. Su cuerpo estaba cubierto de una piel oscura y agrietada que parecía demasiado pequeña para contenerlo. Entre las grietas podían verse músculos hipertrofiados de un color rojo oscuro.
Su columna vertebral se marcaba bajo la piel como una hilera de picos.
Las patas eran gruesas y deformes, terminadas en garras que habían crecido mucho más allá de lo normal.
Y entonces vi al estudiante.
O lo que quedaba de él.
El cuerpo estaba tirado boca arriba, inmóvil.
No tenía cabeza.
Sentí que el estómago se me cerraba.
El perro levantó lentamente el hocico.
De su boca caía una saliva espesa y negra mezclada con sangre. Sus dientes parecían demasiado largos y numerosos. Sus ojos no tenían pupilas; eran dos esferas completamente inyectadas en sangre.
No había miedo en ellos.
No había inteligencia.
Solo violencia.
El animal había perdido cualquier rastro de razonamiento.
Era una máquina de matar.
Y entonces giró la cabeza.
Sus ojos se clavaron directamente en mí.
Mi corazón dio un golpe tan fuerte que sentí que se me iba a salir del pecho.
Durante un segundo me quedé congelado.
Podría haber corrido.
De hecho, probablemente debería haberlo hecho.
Pero había algo en mi cabeza que me impedía darle la espalda.
-(¿Por qué siento que si corro me va a seguir?)-pense mientras lo miraba.
Respiré profundamente.
Mi cuerpo comenzó a tensarse.
Una extraña frialdad, un mecanismo de defensa que siempre había aparecido en situaciones de riesgo, se apoderó de mi mente.
Mi rostro se volvió serio.
Mis ojos permanecieron fijos en la amenaza.
El perro bajó el cuerpo.
Sus patas traseras se flexionaron.
Lo entendí inmediatamente.
Va a saltar.
Y lo hizo.
El animal se lanzó hacia mí con una velocidad antinatural.
Todo ocurrió demasiado rápido.
En lugar de dar la espalda y correr, reaccioné por puro instinto físico.
Me saqué la mochila del gimnasio en un movimiento fluido y la crucé frente a mi pecho como un escudo.
El impacto fue brutal.
Sentí que algo chocaba contra mí con la fuerza de una pared en movimiento.
Mis pies se deslizaron varios centímetros sobre el suelo y tuve que apretar los dientes para no caer.
El animal era muchísimo más pesado y fuerte de lo que parecía.
Sus patas golpearon mi cuerpo mientras intentaba alcanzar mi cuello.
Los colmillos se hundieron con un crujido seco en la lona pesada de la mochila.
Quedaron atrapados entre la tela, mi ropa de entrenamiento y el termo metálico de agua.
El olor que salía de su boca me golpeó inmediatamente.
Sangre.
Podredumbre.
Algo parecido a carne descompuesta.
Sentí ganas de vomitar.
Me tragué el vómito.
No podía distraerme ni por un segundo.
El animal estaba a centímetros de mi cara.
Podía sentir su respiración caliente.
Sacudía la cabeza violentamente intentando destrozar la mochila y llegar hasta mí.
Mis brazos comenzaron a temblar.
No por falta de entrenamiento.
Era simplemente demasiado fuerte.
Sentí cómo mis músculos se tensaban al límite mientras trataba de mantener la mochila entre sus dientes y mi cuerpo.
Entonces recordé algo que había aprendido entrenando.
No necesitaba ser más fuerte que él.
Necesitaba encontrar una abertura.
Miré rápidamente su cabeza.
El cuello.
La mandíbula.
Los ojos.
Sus ojos.
Ese era el punto débil.
Esperé una fracción de segundo.
Cuando el animal volvió a tirar de la mochila hacia un lado, aproveché el movimiento.
Solté parcialmente la presión con el brazo izquierdo y giré el torso.
Cerré el puño derecho.
Medí la distancia en una fracción de segundo.
Y golpeé.
Cargué todo el peso de mi cuerpo detrás del puño.
El impacto sonó como un estallido blando.
Mi puño se hundió contra el ojo izquierdo del animal.
El perro soltó un aullido ensordecedor.
Su cabeza se sacudió hacia atrás y la sangre comenzó a brotar inmediatamente de la zona golpeada.
Por un instante pensé que había funcionado.
Pero el dolor no lo detuvo.
Lo volvió loco.
El animal comenzó a atacar a ciegas.
Una de sus patas pasó rozando mi cara.
Sentí las garras cortar ligeramente la piel de mi mejilla.
Otra embestida me golpeó en el pecho.
Esta vez no pude mantenerme firme.
Ambos salimos despedidos hacia atrás.
Chocamos de lleno contra una de las mesas de madera de la cafetería.
El impacto fue brutal.
La madera se partió con un estruendo seco.
Mi espalda golpeó contra el borde de la mesa y un dolor agudo recorrió toda mi columna.
Caí al suelo entre los pedazos de madera.
Por un momento perdí el aire.
Intenté respirar.
Nada.
Solo podía escuchar un zumbido dentro de mis oídos.
Entonces vi al perro.
Estaba sangrando por el ojo.
Seguía vivo.
Y venía hacia mí.
Me obligué a moverme.
El animal lanzó una última tarascada hacia mi cuello.
Giré la cabeza y la mandíbula pasó a centímetros de mi cara.
Sentí el aire frío producido por el movimiento de sus dientes rozándome la piel.
Rodé hacia un costado.
Mi mano chocó contra algo.
Madera.
Una de las piezas rotas de la mesa.
La agarré.
Era gruesa y tenía una punta irregular, larga y afilada.
Podía servir.
El perro volvió a abalanzarse sobre mí.
Levanté el brazo izquierdo para cubrirme.
Una de sus patas delanteras pasó junto a mi torso.
Esquivé sus garras por muy poco.
Entonces vi la abertura.
El ojo herido.
No lo pensé.
Me lancé hacia adelante.
Clavé la madera directamente a través de la órbita del ojo.
El animal soltó un chillido agudo que sentí que me reventaría los tímpanos.
Su cuerpo entero se sacudió.
Intentó apartarme.
Sus patas golpearon el suelo.
Una de ellas impactó contra mi costado y sentí un dolor intenso, pero no solté la madera.
No podía hacerlo.
Si la soltaba, iba a morir.
Apreté los dientes.
Empujé.
Cada músculo de mis brazos se contrajo.
Mis hombros ardieron.
La espalda me dolía.
Las piernas temblaban.
Pero seguí empujando.
Sentí cómo la madera encontraba resistencia.
Después cedió.
El extremo penetró más profundamente.
El animal comenzó a convulsionar.
Yo seguí empujando con todas mis fuerzas.
Hasta que finalmente sentí que algo dentro del cráneo cedía.
El cuerpo del monstruo se sacudió una última vez.
Sus patas flaquearon.
Y cayó seco sobre mi pecho.
Durante varios segundos no me moví.
No podía.
Solo escuchaba mi propia respiración jadeante.
El peso del animal me aplastaba.
Finalmente conseguí empujarlo hacia un lado.
Me quedé sentado entre los restos de la mesa, intentando recuperar el aire.
Miré mis manos.
Estaban temblando.
Había sangre por todas partes.
Sangre del animal.
Sangre del estudiante.
Quizás también un poco de la mía.
Me puse de pie con dificultad.
Sentía cada músculo de mi cuerpo adolorido.
La espalda me ardía.
El costado también.
Estaba sumamente fatigado.
Pero estaba vivo.
Miré nuevamente el cadáver.
No sabía qué demonios había pasado.
No sabía por qué un perro podía transformarse en algo así.
Ni siquiera sabía si aquello había sido un caso aislado.
Entonces ocurrió.
Primero fue una sensación de calor.
Nació en el centro de mi pecho.
No era como tener fiebre.
Era algo mucho más profundo.
Una corriente intensa que parecía extenderse desde mi interior hacia todo el cuerpo.
Bajó por los brazos.
Subió hacia los hombros.
Recorrió mi espalda.
Después descendió por las piernas.
Me quedé completamente quieto.
Sentí las fibras de mis músculos tensarse.
Compactarse.
Como si mi cuerpo estuviera reorganizando algo que yo no podía ver.
Mi respiración comenzó a estabilizarse.
El dolor de la espalda disminuyó ligeramente.
No había desaparecido.
Pero ya no era tan intenso.
Flexioné una mano.
Sentí algo diferente.
Más fuerza.
No una cantidad absurda.
No me había convertido en un monstruo.
Pero podía sentirlo.
Era como si mi cuerpo hubiese dado un pequeño paso hacia adelante.
Me sentí más ligero.
Como si hubiese tenido pesas atadas a cada parte de mi cuerpo y, de repente, esas pesas hubieran desaparecido.
Miré mis brazos.
No parecían diferentes.
Pero se sentían diferentes.
Mucho más firmes.
Más preparados.
No entendía qué estaba pasando.
-(¿Qué mierda me está pasando?)-pense con desconcierto.
No tenía respuestas.
Y no tuve tiempo de buscarlas.
Un sonido a la distancia me congeló la sangre.
Un aullido.
Después otro.
Y otro.
Desde las calles vecinas, fuera del campus, comenzaron a escucharse decenas de sonidos idénticos.
Aullidos.
Gritos.
Vidrios rompiéndose.
Personas corriendo.
Alguien gritó desesperadamente desde algún lugar cercano.
Después escuché un estruendo.
Otro grito.
Y otro aullido.
Miré hacia la salida de la universidad.
La gente seguía corriendo.
Pero ahora sabía que no estaban escapando de un solo animal.
Había más.
Muchos más.
Apreté los puños.
Mi respiración se volvió lenta.
El miedo seguía ahí.
Por supuesto que seguía ahí.
Pero debajo de ese miedo había algo nuevo.
Una sensación que no podía explicar.
Mi cuerpo había cambiado.
No sabía cuánto.
No sabía por qué.
Y tampoco sabía hasta dónde podía llegar ese cambio.
Pero había una cosa que sí tenía clara.
-Esto recién empieza.-
Y yo iba a sobrevivir.


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