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HIGH ON LIFE

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Sinopsis

Desde que te fuiste, aprendí a vivir deprisa. Amistades que llegan y desaparecen, noches que no recuerdo y una vida lo bastante ruidosa como para no escuchar mis propios pensamientos. Creí que había dejado el pasado atrás. Hasta que volviste a aparecer. O, al menos, el fantasma de lo que fuimos. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo pude dejarte ir? Porque entre todo este caos, solo hay una cosa que todavía se siente real. Tú. Y correría un millón de kilómetros solo para volver a ver tu sonrisa.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

—Lo siento mucho, pero no pudimos salvarla.

Esas palabras fueron suficientes para darme la vuelta y salir de ahí. Pude escuchar claramente al doctor llamándome por mi nombre, pero lo ignoré por completo.

El frio me toco en la cara al salir del hospital. Hundí las manos en los bolsillos de mi chaqueta para resguardarlas.

—Te dije lo que haría si abrirías la boca —habló una voz detrás de mí—. Pero no me hiciste caso... sufre las consecuencias.

Sentí su presencia alejándose en dirección contraria a la mía.

Sigue caminando... solo... sigue caminando y no mires atrás.


•••


—¡¿Dónde demonios está mi zapato?! —grité, revolviendo mi habitación como si un huracán hubiera pasado por ahí.

Desde la sala, mi madre resopló.

—Alexa Verne Tomlinson, si sigues gritando así, te juro que la chancla va a encontrar su camino a tu cabeza.

Me estremecí.

—Mamá, ¿en serio? Es mi primer día de clases y no encuentro mi zapato.

—¿Buscaste en la lavadora?

—¿Por qué estaría en la lavadora?

—Con lo despistada que eres... la otra vez encontré tu cepillo en el refrigerador.

Fruncí el ceño al recordar el haberlo encontrarlo en aquel lugar.

—Eso fue un accidente.

—Sí, claro.

No me detuve a pensarlo. Me lo puse de inmediato, dando saltos para mantener el equilibrio, y corrí hacia la sala, donde mi madre me esperaba con mi mochila en una mano y mi celular en la otra. Tomé ambos antes de darle un beso rápido en la mejilla y salir disparada por la puerta, bajando las escaleras del porche a toda prisa.

Al llegar a la escuela, me dirigí a mi taquilla de siempre. Puse la combinación y la abrí. En la puerta aún estaban pegadas las fotos de mis amigos y yo en la fiesta de Halloween del año pasado, además de algunos pequeños pósteres. Dejé cuadernos que necesitare para el resto del día dejando solo mi cuaderno de álgebra y mi libro en la mochila antes de cerrar la taquilla.

Por cierto, sí, no es broma. Toca álgebra el primer día de clases. "¿Quién carajos crea estos horarios tan desastrosos?» Y encima con el mismo profesor del semestre pasado.

Perfecto.

Cuando llegué al salón, alguien se abalanzó sobre mí y me rodeó con sus fuertes brazos. Creo que aveces olvida que es enorme.

—¡Hola, enana! ¡Te extrañé mucho! —exclamó, apretándome con fuerza.

—S-sí... yo también... pero... suéltame —logré decir con dificultad.

Se dio cuenta de que me estaba asfixiando y aflojó el agarre antes de darme un beso en la mejilla.

—Lo siento. Vamos a saludar a Lila.

Jules es ese tipo de chico que parece sacado directamente de uno de esos libros cliché que tanto nos gustan: ojos claros, cabello rubio, suave y esponjoso, y esa facilidad irritante para caerle bien a todo el mundo.

Para mí, sin embargo, es como un hermano. Vive prácticamente en mi casa y ya ni siquiera protesta cuando saco las ligas de colores para hacerle algún peinado mientras nos ponemos mascarillas en la cara cuando hacemos pijamadas. Luego nos tomamos fotos y, por supuesto, me aseguro de guardarlas todas. Nunca se sabe cuándo pueden resultar útiles para chantajearlo.

Lo mejor de Jules es que nunca ha tenido esa absurda necesidad de demostrar que es "demasiado hombre" para ciertas cosas. Supongo que crecer rodeado de mujeres tuvo algo que ver. El tipo sabe más de cremas, exfoliantes y productos para el cuidado de la piel que Lila y yo juntas.

Puede pasar horas en una tienda de ropa o de zapatos sin quejarse, y si aparece alguna nueva tendencia de skincare, probablemente será el primero en probarla. Y lo peor es que hasta parece disfrutarlo.

De hecho, les contaré un dato interesante: a veces pienso que Jules sería mejor mujer que Lila y yo. Diablos, desde aquí puedo oler su mantequilla corporal de vainilla.

—¡Alex! —gritó Lila, corriendo hacia mí antes de darme un gran abrazo.

Jules y yo conocimos a Lila en sexto grado. Y, a diferencia de lo que uno podría esperar, no era tímida. Ni siquiera un poco.

La habían transferido de una escuela privada a una pública después de que la empresa de su padre quebrara, pero, en lugar de sentirse fuera de lugar, se adaptó con una facilidad casi insultante.

De alguna manera, hasta parecía disfrutarlo. Decía que le gustaba estar rodeada de «gente mortal» como nosotros. Según ella, en su antigua escuela todos eran insoportables: niños ricos que no sabían hablar de otra cosa que de viajes exclusivos, caballos de competencia y ropa de diseñador.

—No tenían ni una pizca de alma —nos dijo una vez, con la boca llena de papas fritas.

Jules se rio. Yo apenas podía escucharla porque estaba demasiado ocupada imaginándome cómo sería pasar la Navidad en las Islas Canarias.

Y aunque al principio muchos estaban convencidos de que nunca conseguiría encajar, Lila no tardó en demostrarles lo contrario. Se abrió paso entre los distintos grupitos de la escuela sin pedir permiso, con ese aire de superioridad que, en cualquier otra persona, habría resultado insoportable. En ella, de alguna manera, terminaba siendo divertido.

Lila era así.

Llegaba sin previo aviso, hacía un desastre y, cuando te dabas cuenta, ya no podías imaginar el lugar sin ella.

Como un huracán que había decidido quedarse.

—¡Transformación sándwich! —gritó Jules, uniéndose al abrazo.

—¿Sándwich? —pregunté, confundida.

—Sí, ya sabes... como ese viejo dicho de pan, mermelada y crema de maní o algo así.

Jules y yo la adoptamos de inmediato. O, mejor dicho, ella nos adoptó a nosotros.

—Pero falta otro pan... —añadió, fingiendo tristeza mientras miraba al suelo.

Lila soltó una carcajada. Justo en ese momento entró el profesor With, el típico profesor gordito, calvo e insoportable.

Aish, odio Álgebra... y más si es a primera hora, el primer día de clases —se quejó Juls, dejándose caer en su asiento junto a Lila.

Maldición. Los asientos eran en parejas y yo no tenía con quién sentarme. Así que fui al fondo del aula y tomé un asiento vacío. La verdad, me gusta sentarme sola, aunque por la cara que puso Jules, sabía que quería estar conmigo. Le hice una señal para que se quedara donde estaba.

Mientras el profesor pasaba lista, llegó a un nombre que jamás había escuchado.

—¿River Rothschild?

Lo mencionó varias veces. Nadie respondió. El profesor frunció el ceño, a punto de marcarlo como ausente, cuando la puerta se abrió de golpe.

Un chico entró con paso seguro, sin prisa, pero con la confianza de alguien que no necesitaba pedir permiso. Su cabello castaño oscuro caía de manera despreocupada sobre su frente, con algunos mechones rebeldes que parecían haberse acomodado solos en el ángulo perfecto.

De perfil, lo primero que destacaba era su altura y la línea firme de su mandíbula. Tenía la nariz ligeramente desviada, apenas lo suficiente para notar que no había sido siempre perfectamente recta. Su cuello y sus hombros dejaban entrever una complexión atlética, aunque vestía con la naturalidad de alguien que no necesitaba demostrarlo.

Llevaba una camiseta negra, unos jeans oscuros ligeramente desgastados y unas botas que hacían eco en el suelo con cada paso.

No sonreía, ni parecía molesto. Su expresión, incluso de perfil, resultaba difícil de descifrar. Había algo en la manera en que observaba el lugar que hacía pensar que estaba registrándolo todo sin esfuerzo.

Y entonces giró ligeramente la cabeza.

Fue ahí cuando pude ver sus ojos.

Azules. Profundos. Intensos.

Por un instante, olvidé qué estaba haciendo.

El aula quedó en silencio.

—¿River Rothschild? —repitió el profesor.

—Presente —respondió con voz baja, pero firme.

El profesor lo observó durante unos segundos antes de asentir. Hizo una marca en su libreta y luego levantó la mirada hacia mí, o, mejor dicho, hacia el asiento vacío a mi lado.

—Siéntese junto a la señorita Verne.

Genial. Me toca con el nuevo.

Esperaba que solo fuera de esta clase porque, sinceramente, no soy fan del cliché del chico misterioso que parece sacado de una novela juvenil. Y él no solo se viste como uno, sino que también se comporta como si el mundo girara a su alrededor. No, gracias. Ya tengo suficientes problemas con mi vida como para sumarle este.

Decidí ignorarlo por completo. Me coloqué los AirPorts, aunque ni siquiera estaban reproduciendo música. Solo los usaba para bloquear el ruido exterior... y, con suerte, también a mi nuevo compañero.

El profesor comenzó la clase mientras yo leía sus labios, moviéndolos al ritmo de una explicación sobre el temario del semestre, como si realmente nos importara.

Yo fingía tomar notas mientras, en realidad, hacía garabatos en los márgenes de mi cuaderno. De reojo, más por curiosidad que por otra cosa, miré al chico sentado a mi lado.

River sí estaba escribiendo.

Su letra era sorprendentemente ordenada. No sé por qué, pero aquello me sorprendió.

Segundos después, noté que movía la mano en mi dirección, golpeando levemente mi cuaderno con la punta de su bolígrafo.

Fruncí el ceño y giré la cabeza con lentitud para mirarlo.

—¿Qué? —pregunté, sin quitarme los audífonos.

River ladeó la cabeza y me observó con expresión neutral, aunque sus ojos tenían un brillo casi divertido. Dijo algo más, pero de nuevo, no le entendí.

Rodé los ojos, resoplé y me quité un solo audífono.

—¿Perdón?

— ¿Tienes el libro de álgebra? —preguntó con voz baja.

—No —mentí sin dudar.

River no dijo nada, solo arqueó una ceja, como si no me creyera ni por un segundo.

—Lo sacaste de tu casillero esta mañana.

Fruncí más el ceño.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Te vi.

—Bueno, primer día y ya tengo un acosador. Y nada menos que el chico nuevo.

Esperé alguna reacción. Una sonrisa, una mirada incómoda, cualquier cosa que demostrara que había conseguido ponerlo nervioso.

Nada.

River simplemente bajó la mirada hacia mi cuaderno.

—No pareces muy preocupada.

—¿Debería estarlo?

—No lo sé. Tú eres la que acaba de llamarme acosador.

—Y tú eres el que estaba observando lo que sacaba de mi casillero.

Por primera vez, la comisura de sus labios se movió ligeramente.

—Estabas a dos casilleros de mí.

—Claro. Qué explicación tan convincente.

Volvió la atención a su cuaderno como si la conversación hubiera terminado. Lo miré durante un par de segundos.

Definitivamente era raro.

Me quedé en silencio por un momento antes de soltar un suspiro exagerado. Abrí mi mochila con desgana y saqué el libro, dejándolo caer sobre su mesa con un golpe sordo.

—Aquí tienes. Pero más te vale no rayarlo ni doblar las páginas.

River tomó el libro sin cambiar su expresión.

—Descuida, no lo trataré tan mal como tú.

Lo fulmine con la mirada.

Genial, no solo tenía que soportar álgebra el primer día de clases, sino que también me tocaba sentarme junto al tipo nuevo con complejo de misterioso y a la vez acosador. Ignoré su comentario y volví a lo mío, moviendo el bolígrafo sobre mi cuaderno sin prestar mucha atención. El profesor continuó la clase, pero yo apenas escuchaba.

Cada tanto, sentía la mirada de River sobre mí. No era descartada ni insistente, pero estaba ahí.

«¿Debería preocuparme?»

Finalmente, la clase terminó. Recogí mis cosas con rapidez, dispuesta a salir lo antes posible. Pero justo cuando me puse de pie, River me devolvió mi libro de álgebra.

—Gracias.

Me lo entrego en las manos antes de que pudiera responder y simplemente se alejó. Ni una sonrisa, ni un gesto de cortesía, nada.

Rodé los ojos.

—Qué encanto de persona —murmuré para mí misma antes de dirigirme a mi siguiente clase.

•••


Llegué a casa dejando caer la mochila en el suelo de la entrada.

—Estoy en casa —anunció sin mucho ánimo.

Me quité los zapatos y fui directo al comedor. Sobre la mesa había un plato con pasta y una nota escrita con su letra rápida: "Tuve que salir, pero te dejé esto. No olvides lavar los platos. Te quiero. mama".

Comí sin mucho entusiasmo, con la mente divagando entre el primer día de clases, los horribles horarios y, aunque no quería admitirlo, el chico nuevo.

River Rothschild.

Había algo en él que me daba mala espina. No era solo su actitud distante, sino la forma en que parecía estar midiendo todo a su alrededor, como si siempre estuviera analizando a las personas. Y esos ojos... No había duda de que llamaban la atención.

Sacudí la cabeza. No iba a perder el tiempo pensando en alguien que probablemente ni recordaría quien soy mañana.

Terminé de comer, lavé los platos y subí a mi habitación. Me dejé caer sobre la cama y saqué mi celular. Un mensaje de Jules apareció en la pantalla.


Jules: "¿Apostamos cuánto tardas en hablarle primero?"


Rodé los ojos.


Yo: "Muy tarde."


Puse el teléfono en mi mesita de noche y me quedé mirando el techo.

El primer día había terminado. Aún quedaba todo un año por delante. Cerré los ojos, sin saber que este solo era el comienzo.

El sonido del despertador me arrancó de un sueño que ya olvidaba.

Gruñí, girándome para apagarlo con un golpe antes de acurrucarme de nuevo entre las cobijas. Podía escuchar el sonido de la cafetera en la cocina y el ligero murmullo de mi madre preparándose para salir.

Cinco minutos más. Solo cinco.

—Levántate o llegarás tarde. —La voz de mi madre se coló por la puerta.

Solté un suspiro dramático y me obligué a levantarme. Abrí el armario y repasé las opciones durante unos segundos antes de sacar unos jeans azul oscuro de tiro alto y una camiseta color crema, sencilla pero lo bastante entallada para no hacerme parecer envuelta en una sábana. Encima me puse una chaqueta de mezclilla clara, de esas que ya tenían el aspecto de haber vivido demasiadas cosas, y unas zapatillas blancas.

Era cómodo, sencillo y, sobre todo, muy yo. No necesitaba pasar media hora frente al espejo para decidir qué ponerme.

Me recogí el cabello de cualquier manera, tomé mi mochila y bajé a desayunar.

— ¿Cómo estuvo el primer día ayer? —preguntó mi madre mientras revolvía su café mientras estaba apoyada en el mesón de la cosina.

—Horrible, tuve álgebra a primera hora.

—¿El mismo profesor?

—El mismo.

Mi madre hizo una mueca. Conocía perfectamente a aquel hombre; de hecho, era el mismo que le había dado clases durante su último año. Fue su pesadilla.

—Lo siento, cariño.

Le di un mordisco a una tostada y revisé mi celular. Jules había enviado un mensaje.


Jules: "Lila dice que soñó que atropellábamos al profesor de álgebra. Lo tomo como señal."


Sonreí por primera vez en la mañana.

—Bueno, me voy.

Me colgué la mochila al hombro y besé la mejilla de mi madre antes de salir, Jules y lila me esperaban como siempre en el auto. El camino a la escuela fue como siempre, con Jules y Lila discutiendo sobre algo absurdo.

—No digo que las películas de terror no sean buenas —estaba diciendo Jules—, pero tienen demasiados clichés.

—¿Y qué hay de malo en los clichés? —replicó Lila, ofendida—. Son predecibles, pero satisfactorios.

—Los dos tienen un punto.

—Tú no puedes opinar —dijeron Lila y Jules al mismo tiempo.

—¿Ven? Esto es lo que pasa cuando intento participar en una conversación.

Negué con la cabeza, conteniendo una sonrisa.

El resto del camino continuó entre discusiones igual de inútiles. Cuando finalmente llegamos a la escuela, Jules estacionó cerca de la entrada y apagó el motor.

Por unos segundos ninguno se movió.

—Bueno —dijo Lila, tomando su mochila—. Otro día de formación académica y sufrimiento emocional.

—Qué inspirador —murmuré.

Bajamos del auto y caminamos hacia el edificio junto al resto de los estudiantes. El pasillo estaba más lleno de lo habitual y, por alguna razón, todo el mundo parecía tener algo que comentar.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Jules se encogió de hombros.

—Ni idea.

Entonces Lila señaló discretamente hacia el otro extremo del pasillo.

—Creo que ya sé.

Tenía a un chico sujeto por el cuello de la camisa, lo bastante cerca como para decirle algo que solo ellos dos podían escuchar. No alcanzaba a distinguir sus palabras, pero no hacía falta. La expresión de su rostro era suficiente para dejar claro que aquello no era una conversación amistosa.

Poco a poco, los estudiantes comenzaron a detenerse.

Algunos susurraban. Otros sacaban sus teléfonos. En cuestión de segundos, una rueda se formó alrededor de ellos, dejando un espacio vacío en medio del pasillo.

—¿Qué demonios está pasando? —murmuré.

Los tres nos quedamos observando.

River dijo algo más y el chico frente a él palideció.

Entonces River levantó la mirada. Y, entre todas las caras que lo rodeaban, sus ojos encontraron los míos. Por un instante, tuve la extraña sensación de que el resto del pasillo había desaparecido.

No apartó la mirada.

Yo tampoco.

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