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SIN QUERER CAER

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Sinopsis

Jeyden no me pidió permiso para entrar en mi vida. Simplemente se la llevó. Ahora vivo en su mundo, bajo sus reglas, rodeada de gente que responde a él antes que a nadie. No confío en él. Cada día es una guerra silenciosa entre lo que él controla y lo que yo me niego a entregar. Mi orgullo. Mis decisiones. En general todo lo que todavía puedo llamar mío. Pero hay algo entre nosotros que ninguno de los dos quiere nombrar. Algo que crece en cada silencio, en cada roce, en cada noche que pasa. Y no sé qué me asusta más: que él lo note. O que yo no pueda seguir negándolo.

Genero:
Drama
Autor/a:
Ana Humanes
Estado:
hace 21 días
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

SINOPSIS


Seattle nunca dormía.

Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el vidrio oscuro de los rascacielos como si fueran una promesa constante de orden… una mentira bien construida. Bajo, el tráfico seguía moviéndose como una corriente de sangre artificial, ajeno a todo lo que se decidía en las alturas. El viento golpeaba los cristales con un sonido sordo, casi imperceptible, el único testigo de lo que ocurría detrás de tanto vidrio.

Debajo de esa superficie perfecta, tres nombres mantenían el equilibrio invisible de la ciudad. Tres imperios que no aparecían en los periódicos ni en los informes oficiales. Tres mafias que no necesitaban anunciar su poder porque ya lo ejercían en silencio.

Y entre ellas, una sola regla no escrita:

Las alianzas lo eran todo.

Esa noche, esa regla estaba a punto de tomar forma humana.

Walton lo sabía.

Sentado en el despacho de madera oscura, con la ciudad extendiéndose bajo sus pies, el hombre no parecía un criminal. Parecía un empresario más de los muchos que dominaban Seattle desde las alturas. Pero sus ojos decían otra cosa: cálculo, control… y sacrificio si era necesario.

El despacho olía a madera vieja y a whisky sin tocar. Un reloj de pared marcaba los segundos con una precisión que a Walton, esa noche, le resultaba casi insolente. Sus manos —manos que habían firmado tratados y habían firmado sentencias— descansaban inmóviles sobre la mesa, como si moverlas significara aceptar antes de tiempo lo que ya estaba decidido.

Frente a él, los documentos estaban firmados a medias.

La unión no era un deseo.

Era una necesidad.

Y, sin embargo, había una parte de él —pequeña, casi olvidada— que seguía buscando una salida que no existía. La recorría una y otra vez, como quien repasa una herida con la yema de los dedos con la esperanza de que ya no duela. No la encontraba. Nunca la encontraba.

—Esto estabilizará todo —dijo una voz al otro lado de la mesa.

Walton no respondió de inmediato. Observó el papel como si pudiera ver más allá de las palabras impresas. Más allá de los nombres escritos. Más allá del futuro que estaba decidiendo sin pedir permiso a nadie.

Ni siquiera su hija.

Bonnie.

El nombre apareció en su mente sin esfuerzo. Demasiado claro. Demasiado humano para un mundo como el suyo.

Pero en este mundo, incluso lo humano era moneda de cambio.

Por un instante —solo un instante, el tiempo de un parpadeo— recordó una promesa hecha años atrás, en otra habitación, a otra persona que ya no estaba para reclamarla. La voy a proteger, había dicho entonces. No había especificado de qué ni de quien. Ahora esa frase le pesaba de un modo distinto.

—Jeyden acepta —continuó el hombre frente a él—. La unión se hará. Solo es cuestión de tiempo.

Walton apretó la mandíbula.

Conocía a Jeyden. Lo suficiente para entender que no era un simple heredero de poder. Era algo peor: alguien que no necesitaba levantar la voz para imponer su voluntad.

Frío. Preciso. Imparable.

El tipo de hombre que no negociaba… decidía.

Y aun así, Walton había aceptado.

Porque era eso o la caída.

Los Moretti ,la tercera mafia, no esperaría. Seattle no perdonaba debilidades. Y las familias como la suya no sobrevivían con sentimientos. Sobrevivían con decisiones tomadas a tiempo, aunque esas decisiones tuvieran nombre, rostro y una risa que él todavía recordaba de cuando era niña.

—Que todo se haga rápido —dijo finalmente Walton.

El otro hombre asintió.

Pero antes de que pudiera levantarse, Walton añadió una sola frase:

—Mi hija no debe saberlo todavía. —dijo Walton, con una firmeza que no dejaba espacio a réplica.

Silencio.

No era una petición.

Era una condición.

Porque Bonnie no pertenecía a ese mundo… todavía.

Y si había algo que Walton había aprendido en todos sus años de poder, era que la ignorancia era la única forma de protección que aún le quedaba. Una protección con fecha de caducidad. Lo sabía. Y aun así, esa noche eligió no pensar en cuándo se acabaría.

⸻

En otro punto de la ciudad, muy por encima de las luces y el ruido, Jeyden observaba Seattle desde el ventanal de su penthouse.

El mundo parecía pequeño desde allí.

Controlable.

El cristal le devolvía su propio reflejo superpuesto a la ciudad, como si él mismo formara parte del paisaje que dominaba. No había música. No había nada que llenara el silencio del piso, solo el zumbido lejano del tráfico, amortiguado por la altura y por el vidrio grueso que lo separaba de todo lo demás.

Su teléfono vibró una sola vez.

Un mensaje breve.

"Acuerdo confirmado."

No reaccionó de inmediato.

Solo dejó que el silencio llenara el espacio a su alrededor.

Dentro de su cabeza, sin embargo, el silencio no existía. Ya estaba calculando: plazos, riesgos, hombres de confianza, rutas, lo que el padre de Bonnie podría o no podría tolerar antes de que la alianza se rompiera por orgullo. Cada variable encajaba con la siguiente, como piezas que él mismo había colocado hacía tiempo, mucho antes de que nadie más empezara a moverlas.

Dalton estaba detrás de él, esperando instrucciones. Como siempre.

Llevaba años en esa posición exacta —un paso atrás, atento, en silencio— y conocía a Jeyden lo bastante bien como para no preguntar antes de tiempo. Sabía leer las pausas. Sabía cuándo el silencio de su amigo era cálculo y cuándo era otra cosa, aunque esta noche todavía no supiera ponerle nombre a esa otra cosa.

—Se acelera el proceso —dijo Jeyden al fin.

No fue una pregunta.

Dalton no dudó.

—¿El secuestro? —preguntó Dalton, sin alterar el tono, como quien confirma un dato más.

Jeyden apartó la mirada de la ciudad. Sus ojos eran fríos, pero no vacíos. Nunca lo eran.

—Esta misma semana. —respondió Jeyden, sin dudar.

Hubo una pausa.

Una decisión que no debería haber tenido peso… pero lo tuvo.

Porque no era solo política.

No era solo poder.

Era eficiencia.

Al menos, eso era lo que él se repetía.

Lo repitió una segunda vez, mentalmente, con la misma frialdad con la que cerraba cualquier negocio. Es logística. Es una pieza que hay que mover. Y, sin embargo, había algo en la forma en que la frase se sostenía dentro de su cabeza —demasiado firme, demasiado necesaria— que no terminaba de sonar a logística.

Dalton asintió.

—Traedla sin daños. . —añadió Jeyden, con una frialdad que no admitía discusión.

Solo eso.

Ninguna explicación más.

Ni una justificación.

Porque en su mundo, las decisiones no necesitaban emociones.

Aunque, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él no encajaba del todo con esa idea.

Y aún no sabía por qué.

Se quedó un momento más frente al cristal, con la mandíbula tensa y la mirada fija en ningún punto concreto de la ciudad. Dalton no dijo nada más. No hacía falta. Algunas órdenes se daban una sola vez, y esta — y por alguna razón que ninguno de los dos nombró en voz alta— esta pesaba más que las demás.

⸻

Bonnie aún no lo sabía.

Pero su vida ya no le pertenecía.

En algún lugar de esa misma ciudad, ajena por completo a los despachos, los acuerdos y los hombres que ya hablaban de ella como de una pieza en un tablero, seguía viviendo su última noche ordinaria sin saberlo.

Y Seattle, con todas sus luces intactas y su oscuridad escondida, acababa de dictar su destino.

Capítulos
1. SINOPSIS
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