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La Sonrisa Fija, Temporada 2

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Sinopsis

SINOPSIS — La Sonrisa Fija, Temporada 2 Cinco años después de derrotar al Rey Porcelana, Lira descubre que ganar una guerra no siempre significa terminarla. Algo se quedó dentro de ella aquel día, y ahora ha empezado a moverse. Mientras sus padres se apagan lentamente, víctimas de un Pacto que nunca cerró del todo, Lira reúne a los suyos —Rhen, Kael, Serna— y emprende un viaje que la llevará de vuelta a Thalorin, donde su hermana Elira ha pagado un precio propio para dejar de ser una herramienta. En el camino se cruzan con un relojero que no perdona a quien resiste, una costurera que teje amenazas, y nuevos aliados dispuestos a arriesgarlo todo por gente que apenas conocen. Pero la verdadera amenaza no es la que ya conocían. Detrás de cada fragmento de porcelana rota hay algo mucho más antiguo esperando su turno, y esta vez, la victoria va a costar más de lo que cualquiera está dispuesto a admitir.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
cristoper134
Estado:
hace un mes
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

— Lo que quedó dentro

Cinco años pesan distinto cuando una espera que algo despierte.

Valdegris ya no olía a ceniza. El pueblo había vuelto a levantar sus tejados, a encender sus hornos, a fingir —con la disciplina silenciosa de quien sobrevivió a algo que no puede nombrar— que la Doctora Porcelana era solo una historia que los adultos contaban en voz baja para que los niños no salieran de noche. La herrería de Torren, cerrada desde su regreso incompleto, había sido ocupada por un aprendiz nuevo que nunca preguntaba por qué el antiguo dueño ya no bajaba a trabajar. El pozo del norte, donde Lira una vez cargó baldíos con una hermana que todavía sabía reír, tenía ahora un balde nuevo, de madera clara, sin ninguna marca de los años que habían pasado. Pero Lira sabía que las historias no se quedan quietas. Las historias, como la Energía Porcelana, buscan un cuerpo donde seguir latiendo.

Tenía quince años. Ya no necesitaba mirarse las manos para saber dónde terminaba su piel y dónde empezaba la porcelana; el frío se había vuelto parte de su pulso, una segunda respiración que subía cuando bajaba la guardia. Los guantes de porcelana que llevaba ajustados a los dedos ya no le pesaban como el primer día. Se había acostumbrado a la sensación de portar un arma que también era una herida.

Lo que no se había acostumbrado a sentir era la mirada.

Empezó meses atrás, en mitad de un entrenamiento nocturno: una quietud que no correspondía al viento, un instante en que el aire de la habitación se volvía denso como el interior de un jarrón sellado. Lira lo reconoció de inmediato, aunque hubiera preferido no hacerlo. Era la misma frialdad que había sentido en el instante final de su batalla contra el Rey Porcelana, cuando él le ofreció revertir a sus padres a cambio de que ella se rindiera al ciclo. Ella lo había rechazado. Pero rechazar una oferta no es lo mismo que cerrar una puerta.

Algo se había quedado dentro de ella aquel día. Algo que el Rey Porcelana, allá donde existiera ahora, sabía que seguía ahí —y que, con el tiempo, iba a necesitar.

Su objetivo, en otro tiempo, había sido simple: salvar a Elira. Ahora ni siquiera estaba segura de que "salvar" fuera la palabra correcta. Elira vivía, sí; había sobrevivido a que le arrancaran el Ojo Porcelana del cuerpo, resentida por la pérdida de un poder que había querido dominar, no abandonar. Las cartas que a veces llegaban desde Thalorin eran breves, corteses, frías —la caligrafía de alguien que ha decidido no dejar que la tinta traicione lo que siente. O lo que ya no siente.

Lira guardaba esas cartas en una caja de madera sin llave. No necesitaba cerradura: nadie más se atrevía a tocar nada que oliera a Elira. La última, llegada hacía casi dos meses, decía apenas: "Sigo bien. El trabajo avanza. Espero que Valdegris siga en pie." Ni una pregunta sobre Torren, ni sobre Maelis, ni sobre ella misma. Lira la había leído tantas veces que ya no necesitaba sacarla de la caja para recordar, palabra por palabra, lo poco que decía y lo mucho que callaba.

Por las noches, cuando el pueblo dormía y el frío de sus manos se volvía casi insoportable, Lira practicaba control. No técnicas nuevas —de eso ya tenía de sobra— sino algo más difícil: el arte de no escuchar la voz que a veces, muy adentro, le sugería que ceder sería más fácil que resistir. La Doctora se lo había advertido, sin saberlo, con su propio destino: uno no se convierte en monstruo de golpe. Se completa, gota a gota, hasta que un día ya no queda nadie adentro para arrepentirse.

Rhen entrenaba con ella algunas de esas noches, aunque las cicatrices visibles de su rebelión contra la voz de Aldren nunca terminaban de sanar del todo —ni las del cuerpo ni las que nadie podía ver. Serna cuidaba, como siempre, de quienes no podían cuidarse solos; pero incluso ella, con todo su conocimiento de curandera, había empezado a notar algo en Torren y Maelis que ninguna infusión lograba aliviar. Oldren ya no estaba para ayudarla a buscar respuestas en sus viejos libros: se había apagado dos inviernos atrás, tan tranquilo en el sueño que Serna tardó una hora entera en notar que no iba a despertar, con un mapa a medio desenrollar todavía sobre las rodillas. Kael entrenaba con una obstinación que no admitía preguntas, como si algo —o alguien— ya lo estuviera buscando desde la distancia, contando los días.

Nadie lo decía en voz alta todavía, pero todos lo sentían: la calma no era el final de la tormenta. Era el instante, brevísimo y engañoso, en que el aire se queda quieto antes de que la porcelana vuelva a agrietarse.

Y en algún lugar de Thalorin, en un cuarto sin ventanas donde nadie —ni la propia Elira— podía verla trabajar, un libro comprado con un poco de energía y demasiado silencio esperaba su momento.

La sonrisa fija, después de todo, nunca había dejado de sonreír.

Solo había estado esperando a que alguien volviera a mirarla de frente.

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