La Mayor Cacería De Esdeth por Elbuscado1 en Inkitt
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La Mayor Cacería de Esdeth

Sinopsis

Esdeth se encuentra por primera vez a una criatura que desea a su lado, tanto que no le importará hacer una cacería exagerada por conseguirlo.

Genero:
Drama
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1

El campo de batalla era un tapiz de plata y carmesí. La llanura, que apenas unas horas antes había sido un próspero valle habitado por rebeldes y bestias salvajes, ahora no era más que un páramo congelado. Cientos de estatuas de hielo se alzaban bajo un cielo gris; hombres, mujeres y monstruos atrapados eternamente en sus últimos instantes de terror y agonía.

En el centro de este macabro jardín de cristal, sentada sobre un trono de hielo puro que ella misma había forjado, se encontraba la General Esdeath.

Sus botas blancas de tacón tamborileaban con impaciencia contra el suelo congelado. Sus ojos azules, gélidos e insondables, escrutaban la matanza sin una pizca de remordimiento, pero tampoco con satisfacción. Suspiró, y el vaho de su aliento se mezcló con la brisa invernal que su propia presencia generaba. Estaba aburrida.

—Débiles —murmuró para sí misma, apoyando la mejilla en su puño enguantado—. Todos ellos. Creen que con un poco de determinación pueden alterar el orden natural. La supervivencia del más fuerte es la única ley verdadera, y aquí no hay nadie fuerte. Nadie que haga latir mi corazón.

Había pasado mucho tiempo desde que había sentido aquella chispa. Esa necesidad ferviente de cazar no solo para matar, sino para *poseer*.

De repente, la tierra tembló.

No fue un temblor ordinario. No fue el paso de una Bestia Peligrosa colosal ni el impacto de un arma imperial. Fue una vibración profunda, como si el tejido mismo de la realidad estuviera siendo desgarrado por la fuerza bruta. El cielo gris sobre el valle pareció agrietarse, dibujando fracturas negras de las que emanaba una luz rojiza y opresiva.

Esdeath se puso de pie, sus sentidos de depredadora al máximo. Una sonrisa depredadora, afilada como un témpano, se dibujó en sus labios.

Con un estruendo ensordecedor que hizo añicos docenas de sus esculturas de hielo, una figura cayó del cielo, aterrizando en el centro del valle. El impacto levantó una nube de nieve, hielo triturado y polvo estelar.

Cuando la cortina de escombros se disipó, Esdeath entrecerró los ojos. En el epicentro de un cráter humeante se erguía un hombre.

Era alto, de hombros anchos y musculatura perfectamente definida, apenas cubierta por ropas desgarradas y restos de lo que parecían ser pesadas cadenas y grilletes antiguos, rotos por la pura fuerza física. Su cabello, revuelto y rebelde, ondeaba con el viento helado. Pero lo que hizo que el aliento de Esdeath se cortara por una fracción de segundo fue su actitud.

El intruso se sacudió el polvo de los hombros, miró a su alrededor y, al ver la desolación y la muerte que lo rodeaban, no mostró ni miedo ni desesperación. En cambio, esbozó una sonrisa amplia, confiada y descaradamente carismática.

—Vaya —dijo el hombre, con una voz profunda que resonó en el aire helado—. Se supone que escapar del Tártaro me llevaría a un lugar un poco más cálido. Parece que tomé el camino equivocado en el Yggdrasil.

Esdeath no perdió el tiempo con presentaciones diplomáticas. Si este hombre había caído del cielo y destrozado su obra de arte, debía ser probado. Levantó una mano y, sin pronunciar palabra, conjuró una docena de lanzas de hielo del tamaño de troncos de árboles. Con un chasquido de sus dedos, los proyectiles salieron disparados hacia el forastero a velocidades supersónicas.

El hombre ni siquiera se inmutó.

Cuando las lanzas estuvieron a un metro de perforarlo, él simplemente levantó un brazo. No desenvainó un arma; no conjuró un escudo mágico. Solo lanzó un puñetazo al aire.

**¡BOOM!**

La onda de choque generada por la pura fuerza física de su golpe destrozó las lanzas de hielo en millones de partículas inofensivas, creando una lluvia de nieve brillante que cayó sobre él.

Esdeath abrió los ojos de par en par. La sonrisa en su rostro se ensanchó hasta mostrar los dientes.

—Interesante —ronroneó la General—. Muy interesante.

El hombre sacudió la mano y finalmente levantó la vista hacia ella. Sus ojos se encontraron con los de Esdeath.

—Esa es una forma bastante ruda de dar la bienvenida, ¿no crees? —dijo él, dando un paso fuera del cráter. Las cadenas rotas en sus muñecas tintinearon—. Mi nombre es Siegfried. Y tú, por la forma en que controlas este frío y te sientas en ese trono, debes ser la dueña de este lugar.

*Siegfried*. El nombre resonó en la mente de Esdeath. Lo analizó rápidamente, repasando mentalmente esa estricta lista de requisitos que siempre guardaba en su corazón.

*¿Tiene un gran potencial?* Acaba de pulverizar mi hielo con la presión del aire de sus puños.

*¿Es más joven, o lo aparenta?* Su rostro es el de un joven en la flor de su vida, irradiando una vitalidad abrumadora.

*¿Creció fuera de la capital?* Habla de lugares extraños, del Tártaro. Es un guerrero curtido, no un noble mimado.

*¿Tiene una sonrisa sincera?* Esa sonrisa audaz no ha abandonado su rostro ni un segundo.

Un rubor repentino e intenso subió a las mejillas de la General de Hielo. Puso una mano sobre su pecho, sintiendo cómo su corazón galopaba a una velocidad que creía haber olvidado.

—Siegfried... —susurró ella, saboreando el nombre—. Yo soy Esdeath. Y a partir de este momento, **eres mío**.

Siegfried parpadeó, sorprendido por la abrupta declaración. Luego, soltó una carcajada genuina que resonó en todo el valle.

—¿Tuyo? —respondió, apoyando las manos en sus caderas—. Lo siento, princesa de hielo. Acabo de romper unas cadenas bastante molestas y no tengo intención de ponerme otras nuevas. Además, me temo que mi corazón ya tiene algunas... complicaciones.

La sonrisa de Esdeath se torció. La mención de "complicaciones" y el rechazo directo no hicieron más que encender su obsesión. A ella no le gustaban las presas fáciles. Le gustaba cazar. Le gustaba domar.

—No te estoy preguntando, Siegfried. Te lo estoy informando.

En un parpadeo, Esdeath desapareció de su trono. Reapareció justo frente a Siegfried, desenvainando su estoque con una velocidad que habría sido invisible para cualquier humano normal. Apuntó directamente a su corazón, no para matarlo, sino para desarmarlo e incapacitarlo.

Pero Siegfried no era un humano normal. Era el Cazador de Dragones. El héroe que infundía respeto incluso a los dioses.

Con un movimiento fluido, esquivó la estocada inclinando el torso, y antes de que Esdeath pudiera retraer el brazo, él la sujetó por la muñeca. El agarre era firme, inquebrantable, como el acero templado.

—Eres rápida —admitió Siegfried, mirándola a los ojos con admiración—. Y tu instinto asesino es fenomenal. Pero vas a necesitar mucho más que eso si quieres domarme.

Esdeath no retrocedió. Al contrario, se inclinó más hacia él, sus rostros a centímetros de distancia. El contraste entre el calor abrumador del aura del héroe y el frío cortante que emanaba de la General era palpable, creando una bruma entre ambos.

—Eso espero —susurró ella, con un tono peligrosamente seductor—. No me sirves si te rompes tan fácilmente.

Aprovechando su cercanía, Esdeath pateó las piernas de Siegfried mientras conjuraba estacas de hielo desde el suelo para inmovilizarlo. Siegfried soltó su muñeca y saltó hacia atrás con una agilidad felina, esquivando el hielo que emergía como colmillos de la tierra.

La batalla que siguió fue, a todas luces, un cataclismo disfrazado de cortejo.

Para Esdeath, esto era una primera cita. Sus ataques no buscaban aniquilar, buscaban probar, presionar y someter. Creó espadas gigantes de hielo que caían del cielo como meteoritos. Siegfried, riendo a carcajadas por la emoción del combate, utilizaba sus antebrazos envueltos en su aura para desviar los colosales bloques, rompiéndolos con patadas que generaban cráteres en la tierra.

—¡Eres fascinante, Siegfried! —gritó Esdeath, elevándose en el aire sobre un pilar de hielo—. ¡Nunca había conocido a nadie que pudiera resistir tanto! ¡Entrégate a mí! ¡Juntos seremos la fuerza suprema de este mundo, nadie podrá oponerse a nosotros!

—¡Es una oferta tentadora! —respondió Siegfried desde el suelo, esquivando una tormenta de granizo afilado como cuchillas—. ¡Pero tengo alergia a las relaciones donde me dicen qué hacer! ¡Soy un espíritu libre!

En medio de la devastación, ambos se daban cuenta de la química innegable. Siegfried admiraba la fuerza bruta de la mujer; no se andaba con juegos políticos ni intrigas divinas, era pura voluntad y poder. Por su parte, Esdeath estaba completamente embriagada. Verlo moverse, ver cómo sus músculos se tensaban al destruir su hielo, cómo su sonrisa no flaqueaba frente al peligro de muerte... era la perfección. Él era el alfa que ella había estado esperando.

Decidida a terminar con el juego y reclamar su premio, Esdeath canalizó una cantidad masiva de energía en su estoque. El aire a su alrededor descendió a temperaturas de cero absoluto.

—Si no vienes por las buenas... te congelaré y te llevaré a mis aposentos. Te descongelaré poco a poco hasta que aprendas a obedecer.

Siegfried se puso en guardia, sintiendo por primera vez un peligro real. La presión en el aire era abrumadora.

Sin embargo, antes de que Esdeath pudiera desatar su ataque final, un quejido agónico rompió la tensión.

Ambos guerreros detuvieron sus movimientos. Siegfried giró la cabeza hacia una pila de escombros de hielo a unos treinta metros de distancia. Debajo de los restos de lo que había sido un escudo rebelde, un hombre joven, gravemente herido y al borde de la hipotermia, intentaba arrastrarse hacia la seguridad. Tosía sangre, aferrándose desesperadamente a la vida. Era el único sobreviviente de la masacre inicial de Esdeath.

La expresión juguetona de Siegfried desapareció al instante. Sus ojos se oscurecieron.

Esdeath, frustrada por la interrupción, suspiró con fastidio.

—Vaya, pensé que había limpiado toda esta basura —murmuró ella, descendiendo de su pilar de hielo y caminando con gracia hacia el moribundo—. Supongo que los insectos siempre encuentran la manera de sobrevivir unos minutos más.

El hombre herido alzó la vista, temblando de terror al ver a la General acercarse.

—P-piedad... —susurró el hombre—. Tengo... familia...

—¿Piedad? —Esdeath se rió, una risa fría y cruel—. Eres débil. Los débiles solo existen para ser el alimento o el entretenimiento de los fuertes. Tu destino era morir hoy, y voy a hacerte el favor de darte una muerte lenta para que entiendas tu lugar.

Levantó su bota, y un bloque de hielo con púas comenzó a formarse sobre la espalda del hombre herido, diseñado para aplastarlo milímetro a milímetro.

Pero la bota nunca bajó.

Una ráfaga de viento caliente barrió el área. Siegfried estaba allí, habiéndose movido a una velocidad imperceptible. Había interpuesto su propio cuerpo entre Esdeath y el hombre herido. Con una mano, sostenía firmemente la bota de Esdeath en el aire, deteniendo el golpe letal.

El ambiente cambió drásticamente. La tensión juguetona y coqueta se evaporó, reemplazada por una hostilidad sofocante.

Esdeath miró a Siegfried, confundida y ligeramente irritada.

—¿Qué haces, Siegfried? Quítate. Es solo basura.

—No —respondió Siegfried, su voz desprovista de cualquier rastro de la alegría anterior. Era dura como el acero—. Él ya no es una amenaza. La batalla terminó. Matarlo ahora, y de esa manera, no es una demostración de fuerza. Es solo crueldad barata.

El rostro de Esdeath se contorsionó en una mezcla de incomprensión y enojo.

—¿Crueldad? Es la ley del mundo. Yo soy fuerte, él es débil. Yo decido si vive o muere. Si lo proteges, estás interfiriendo con el orden natural. ¿Acaso sientes pena por algo tan patético?

Siegfried bajó la pierna de Esdeath con un empujón firme, obligándola a dar un paso atrás, y se giró parcialmente para proteger al hombre herido.

—Conozco a muchos tiranos que hablan como tú, Esdeath —dijo el Cazador de Dragones, y por un momento, en sus ojos brilló el recuerdo de dioses arrogantes y prisiones oscuras—. Creen que el poder les da el derecho de aplastar lo que no pueden entender. La verdadera fuerza no consiste en pisotear a los que están en el suelo. Consiste en saber cuándo usar ese poder y cuándo contenerlo.

Esdeath apretó los dientes. El rubor en sus mejillas ya no era de enamoramiento, sino de ira.

—No me sermonees. Eres un guerrero, lo he visto en tus ojos. Sabes disfrutar de la matanza. No te atrevas a actuar como un santo ahora.

—Me encanta pelear —admitió Siegfried, cerrando los puños—. Disfruto enfrentarme a monstruos, a dioses, a guerreras excepcionales como tú. Disfruto poner mi vida en la línea contra alguien que puede matarme. Pero torturar a un herido que suplica por su vida... eso no es pelear. Es cobardía.

La palabra *"cobardía"* golpeó a Esdeath como un latigazo. Nadie en toda su vida se había atrevido a llamarla así.

—Te atreves... —siseó Esdeath, y el aire a su alrededor comenzó a congelarse rápidamente, creando una tormenta de nieve localizada—. Te elijo a ti por encima de todos, te ofrezco estar a mi lado, ¿y tú prefieres defender a un pedazo de carne inútil? Eres mío, Siegfried. Y no permitiré que mi hombre tenga el corazón blando. ¡Voy a arrancarte esa debilidad a golpes!

Esdeath atacó, esta vez con intención asesina genuina. Su estoque se convirtió en un borrón de estocadas letales, apuntando a los puntos vitales de Siegfried. Al mismo tiempo, lanzas de hielo emergían de cada ángulo ciego, intentando empalarlo.

Siegfried ya no sonreía. Su aura estalló, brillante y majestuosa, repeliendo el hielo. Bloqueó el estoque de Esdeath con su brazo endurecido, chispas volando del impacto entre el arma imperial y la piel del semidiós.

—¡No soy tuyo! —rugió Siegfried, lanzando un poderoso barrido con la pierna que obligó a Esdeath a usar un muro de hielo para protegerse, el cual estalló en pedazos por el impacto—. ¡Nadie me posee! ¡Ni los dioses del Valhalla, ni el Helheim, y mucho menos tú!

La batalla se reanudó, pero esta vez era destructiva y desesperada. La ideología de ambos chocaba con cada golpe. Esdeath luchaba por someter, por imponer su visión sádica y absolutista, tratando desesperadamente de forzar a Siegfried a aceptar su mundo de crueldad. Quería romper su heroísmo para quedarse solo con su poder.

Siegfried luchaba por la libertad. La suya y la del inocente detrás de él. Veía en Esdeath la misma tiranía que despreciaba de las deidades superiores. Era hermosa, increíblemente fuerte, y en otras circunstancias, podría haberse sentido atraído por su intensidad. Pero su falta de humanidad era un abismo intransitable.

*«Es una lástima»*, pensó Siegfried mientras bloqueaba un ataque que congeló la mitad del valle. *«Bajo esa fachada de hielo y sadismo, hay una pasión inmensa. Pero está completamente rota.»*

*«¿Por qué no lo entiende?»*, pensaba Esdeath frenéticamente, esquivando un puñetazo de Siegfried que partió una montaña en el horizonte. *«Él es perfecto. Es el único digno. ¿Por qué defiende a la basura? Lo someteré. Lo encadenaré en mi habitación de hielo y le enseñaré cómo funciona el mundo hasta que me ame.»*

El clímax llegó cuando ambos decidieron terminarlo.

Esdeath concentró todo su poder en su técnica definitiva, preparándose para congelar el espacio y el tiempo mismo.

—**¡Mahapadma!** —gritó ella.

El mundo pareció detenerse. Los colores se invirtieron y el sonido desapareció. El hombre herido quedó petrificado, la nieve dejó de caer a mitad de camino. Esdeath caminó lentamente hacia Siegfried, lista para asestar el golpe noquearlo y llevárselo.

Sin embargo, a un metro de distancia, notó algo aterrador.

El aura de Siegfried no se había apagado. Estaba pulsando. Lentamente, agonizantemente despacio, pero moviéndose a pesar del tiempo congelado, los ojos de Siegfried se fijaron en los de ella. Su voluntad, su inmenso poder mítico forjado en el mito y la tragedia, se resistía a las leyes físicas de la Teigu de Esdeath.

Con un esfuerzo sobrehumano, Siegfried levantó su brazo derecho. No atacó a Esdeath. En cambio, golpeó el espacio frente a él.

**¡CRAAACK!**

El sonido de un cristal rompiéndose resonó en la realidad. Siegfried hizo añicos el tiempo congelado por pura fuerza bruta y voluntad indomable. La onda de retroceso arrojó a Esdeath hacia atrás varios metros, haciéndola toser sangre por el choque de energía.

El tiempo volvió a fluir. La nieve reanudó su caída.

Esdeath cayó de rodillas, jadeando, mirando a Siegfried con una mezcla de shock, furia y una adoración aún más profunda. Él había roto su mejor técnica. Él era verdaderamente inalcanzable, verdaderamente invencible.

Siegfried no la persiguió. Estaba respirando pesadamente, el esfuerzo de romper el *Mahapadma* había cobrado su peaje. Miró a Esdeath, quien lo observaba desde el suelo, y luego miró al hombre herido detrás de él.

Con un movimiento suave, Siegfried cargó al hombre herido sobre su hombro.

—Eres increíblemente fuerte, Esdeath —dijo Siegfried, su voz resonando con una calma sombría en el viento helado—. Quizás la oponente más formidable a la que me he enfrentado en mucho tiempo. Tienes la pasión y el poder para conquistar el mundo.

Esdeath intentó levantarse, extendiendo una mano hacia él.

—Entonces quédate... —exigió, su voz temblando por la intensidad de sus emociones—. Eres el único.

Siegfried negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa, esta vez triste y melancólica.

—No puedo. Tu mundo es un infierno frío para cualquiera que no sea como tú. Yo amo la libertad. Amo las imperfecciones de la vida, incluso a los débiles. Mientras tú busques aplastar, yo buscaré proteger. Es una pena... en otro lugar, en otra vida donde no fueras una esclava de tu propio darwinismo, quizás te habría invitado a tomar un trago.

Siegfried se dio la vuelta, preparándose para saltar lejos del valle y llevar al herido a un lugar seguro.

—¡Siegfried! —gritó Esdeath, su voz cortando el viento, llena de una promesa letal y enfermizamente romántica—. ¡Si te vas ahora, te buscaré! ¡Cazaré hasta el último rastro de ti en este universo y en cualquier otro! ¡Mataré a cualquier mujer que ose mirarte, destruiré cualquier lugar que llames hogar! ¡Te haré entender que solo me perteneces a mí!

Siegfried, de espaldas a ella, soltó una última carcajada.

—¡Inténtalo si quieres, Esdeath! ¡Te estaré esperando! ¡Pero te advierto, vas a necesitar un collar mucho más fuerte si quieres atrapar a este dragón!

Con un salto prodigioso, la figura de Siegfried desapareció en el cielo gris, rompiendo la barrera del sonido y alejándose del páramo congelado.

Esdeath se quedó sola en el valle destruido. El viento aullaba a su alrededor. Lentamente, se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos desenfrenados de su corazón. Su rostro, habitualmente frío e imperturbable, estaba sonrojado y mostraba una sonrisa extasiada, casi maniática.

Lo había encontrado. Al hombre perfecto. Al amor de su vida. Y el hecho de que se le opusiera, de que la rechazara y protegiera a los débiles, no hacía más que encender su deseo de romperlo, de corromperlo, de poseerlo por completo.

La cacería más grande de la vida de Esdeath acababa de comenzar, y el Ragnarok no sería nada comparado con la tormenta de hielo y celos que ella estaba dispuesta a desatar sobre cualquiera que se interpusiera entre ella y su amado cazador de dragones.

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