La máscara del deseo
Lola era una hipopótama gorda, de esas que no pasan desapercibidas aunque se esforzara en ser invisible. El cuerpo le pesaba de una forma que a ella le gustaba en privado y le daba vergüenza en público. Las tetas le colgaban pesadas y calientes, con una capa de vello oscuro y suave en la base que se le erizaba cuando se excitaba. Los pezones eran anchos, carnosos, casi del tamaño de una moneda de dos pesos, y se le marcaban siempre contra la tela de las camisetas baratas que usaba para la oficina. La panza le caía redonda y blanda sobre los muslos gruesos, formando un pliegue húmedo que a veces le olía a jabón y a deseo contenido. El culo era enorme, dos hemisferios de carne firme y temblorosa que se movían con un retraso sensual cada vez que daba un paso. Y entre las piernas, escondida bajo la ropa interior de algodón, tenía una cocha gorda, mullida, siempre un poco hinchada, con un vello rizado y rebelde que se le escapaba por los costados de las bombachas.
Trabajaba de oficinista en un estudio chico del barrio. Ocho horas sentada, contestando mails, ordenando facturas, fingiendo que no sentía cómo se le pegaba la ropa interior a la raja cada vez que se acordaba de los cosplays que tenía guardados en el placard. Cuando llegaba a su departamento de Las Alondras, el aire cambiaba. Ahí Lola dejaba de ser la gorda callada y se convertía en otra cosa: un animal que se tocaba mirándose al espejo, que se metía dedos, que se llenaba el ano con juguetes y se filmaba sin nunca subir nada.
Esa noche, después de una semana particularmente gris, cerró la puerta con llave, bajó las persianas y se quedó desnuda en el medio del cuarto. El cuerpo le brillaba un poco por el calor. Se miró de frente: las tetas pesadas, los pezones ya semi-duros, la panza suave, la cocha entreabierta con el vello oscuro brillando de humedad. Se pasó las manos por las caderas, apretó los cachetes del culo y sintió cómo se le abría un poco el agujero solo de pensarlo.
Sacó el cosplay que había estado armando durante semanas. Era una versión sucia y exagerada de Tormenta: tela negra brillante, almost like latex, con aberturas calculadas. El escote dejaba las tetas casi completamente afuera; solo una tira fina le cubría los pezones, lo justo para que se le notaran las areolas grandes y rosadas. Entre las piernas había un corte vertical que dejaba la cocha completamente al aire, el vello rizado y la raja hinchada a la vista. Atrás, el traje se abría lo suficiente para que el ano quedara accesible con solo correr un poco la tela.
Se lo puso despacio, sintiendo cómo la tela fría abrazaba la grasa caliente de su cuerpo. Ajustó la máscara negra que le cubría toda la cara excepto los ojos, que quedaban convertidos en dos rendijas felinas. Cuando se miró al espejo se le cortó la respiración. Ya no era Lola la oficinista. Era una puta enmascarada, gorda, peluda, con las tetas al aire y la cocha expuesta.
Sacó el celular. Empezó a sacarse fotos. Primero de frente, las manos levantando un poco las tetas para que se le notaran mejor los pezones. Después de costado, mostrando la curva de la panza y el arranque del culo. Después de atrás, separando los cachetes con las dos manos para que se viera el ano rosado y apretado. En una de las últimas se agachó un poco, abrió las piernas y se tocó la cocha con dos dedos, abriéndola para la cámara. El flash iluminó el brillo de la humedad.
No se dio cuenta de que el celular había activado la subida automática a Twitter. La foto más atrevida —ella de rodillas, máscara puesta, tetas colgando, cocha abierta y un dedo rozándole el ano— se publicó en la cuenta del barrio.
Al día siguiente el teléfono no paraba de vibrar. Cientos de likes, comentarios sucios, retuits. “Qué culo de puta”, “me la cojo así nomas”, “quién es esa hipopótama”. Lola se quedó sentada en la cama, todavía en pijama, con el corazón golpeándole el pecho y la cocha ya mojada. La vergüenza le subía por la cara pero el calor entre las piernas era más fuerte.
Abrió el cajón secreto. Sacó el dildo largo y grueso, el que le gustaba porque le estiraba el ano hasta el límite. Lo lubricó con crema hasta que brilló. Se puso de rodillas en la cama, se separó los cachetes con una mano y con la otra empezó a empujarlo. Primero la punta, que le hizo abrir la boca. Después más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el agujero se estiraba, cómo le ardía un poco y después se convertía en un placer oscuro y profundo. Cuando lo tuvo todo adentro se quedó quieta, respirando agitada, el culo lleno, las tetas colgando y rozando las sábanas.
No le alcanzó. Sacó el plug más chico, el de base ancha, y se lo metió en la cocha, empujándolo hasta que solo se vio la base. Ahora tenía los dos agujeros ocupados. Se miró al espejo de nuevo: máscara todavía puesta, dildo enterrado en el culo, plug en la concha, pezones duros como piedras. Empezó a moverse, a mecer las caderas, a sentir cómo los dos juguetes se rozaban por dentro a través de la pared delgada. Gimió bajito, después más fuerte. Se tocó un pezón con una mano y con la otra se apretó la panza, sintiendo la grasa blanda y caliente.
El celular seguía vibrando a un costado de la cama. Cada notificación era como un dedo más que la tocaba. Lola se corrió así, con el culo lleno y la cocha apretando el plug, mirándose al espejo y pensando que ya no había vuelta atrás.
Cuando se sacó los juguetes, el ano le quedó abierto un segundo, rosado y brillante, antes de cerrarse despacio. Se pasó un dedo por ahí y se lo llevó a la boca, saboreando su propio gusto. Sonrió detrás de la máscara.
Esa noche no iba a ser la última.