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Serótino: El ocaso del perdón

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Sinopsis

Secuestrado años atrás y forzado a convertirse en soldado de una causa ajena, Eduardo ha aprendido a sobrevivir en un conflicto armado que está a punto de terminar. Para evitar la aniquilación del último campamento en el territorio, su escuadra lidera un asalto a una caravana diplomática y pronto descubre, entre los rehenes, a la mujer que le rompió el corazón más de una vez, el amor de su vida. Eduardo debe entonces tomar una decisión: cobrar venganza por el pasado o convertirse en su única vía de escape.

Genero:
Romance
Autor/a:
Anvertropía
Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1 - El último atardecer

Cuando sintió el escozor de las fibras punzando su piel herida, brotó la sangre y humedeció la soga que se apretaba alrededor de su cuello. Eduardo soltó un gruñido más parecido a la rabia que al dolor.

Con el ojo izquierdo, el único con el que podía ver por la hinchazón de su rostro demacrado, apenas distinguía el paisaje borroso más allá del borde de una meseta que se erguía sobre una capa de nubes expectantes. Manteniendo la mirada en un punto específico entre la niebla, en un terreno donde se extendía una franja casi infinita de lodazales traicioneros, esperaba la aparición de una señal.

Al avistar el destello de una luz roja serpenteante disparada hacia el cielo crepuscular, soltó un suspiro de alivio que duró muy poco. Le costaba soportar el dolor causado por la cuerda sangrienta en su garganta, pero otro sentimiento, un impulso visceral, tomó el control en un instante. Una tímida gota de cristal se escurrió entre los pliegues de los párpados hinchados de su otro ojo, trazando un curso sigiloso hasta perderse en la comisura de sus labios despellejados. Tenía la misma sonrisa inútil que se le escapó aquella tarde aburrida, años atrás, cuando vio por primera vez al amor de su vida.


Las zapatillas desgastadas de Eduardo ya no le impedían percibir la rugosidad del suelo asfaltado. No estaban desgastadas por no tener otras; ya poseía otro par de zapatos con poco uso; era más bien una elección de estilo al transitar una etapa de adopción de la cultura rockera de los años noventa. Aunque la timidez no le permitía dejarse crecer el pelo para apegarse más a los estándares de aquella moda rebelde tan cuestionada por los adultos, ya se apreciaba un intento de moldear su cabello para llevar una cresta que no llamaba demasiado la atención.

Iniciado apenas en aquel mundo musical desordenado, la librería de su dispositivo mp3 contenía temas considerados muy comerciales para los más expertos en el rubro. Eduardo consideraba que el mejor guitarrista del mundo era el que llevaba zapatillas iguales a las suyas, pantalones muy pegados de cuero y una mata de pelo rulo que le tapaba los ojos, partida a la mitad por un sombrero de copa con abalorios metálicos y un cigarrillo encendido debajo, opinión que defendía a muerte con sus amigos de la secundaria; un grupito de marginados que también creían saber más de un tema de lo que realmente sabían. Justo ese era el tipo de música que escuchaba a sus dieciséis años, mientras subía caminando por una calle ciega e inclinada con destino a la casa de su padre.

El callejón El Lirio era una ruta que se desviaba desde una avenida principal donde se encontraba un edificio de una empresa de telecomunicaciones reconocida. Aquel edificio servía siempre como una referencia para indicar la dirección hacia un lugar que parecía aislarse, aunque no del todo, de una ciudad bulliciosa e impertinente.

Más allá del edificio de telecomunicaciones, un montón de kioscos y casetas construidas de manera improvisada, a ambos lados del tramo principal, albergaban tiendas de repuestos y servicios de mecánica para cualquier tipo de transporte terrestre. Era el resultado de una demanda de mercado, consecuencia de la existencia de portones gigantes que servían de entrada a estacionamientos extensos para camiones y autobuses que atravesaban la ciudad a diario. También existía un par de galpones donde operaban fábricas de materiales de construcción y almacenes que pertenecían al gobierno, por lo que no se sabía realmente qué guardaban allí y nadie se atrevía a preguntar. No tanto por no querer saber qué secretos resguardaban, sino por mantener la vista gorda de las autoridades en cuanto a la legitimidad de la procedencia de las refacciones que se comerciaban en aquel espontáneo mercado callejero.

Un portón blanco automático, que ya había dejado de funcionar por lo difícil que era cobrar a la gente un impuesto para su mantenimiento, separaba el tramo de los galpones y estacionamientos de una zona residencial también impuesta con dudosa legalidad por sus primeros pobladores. Aquella zona que parecía estar más aislada del bullicio citadino, se explayaba por el costado de una colina considerada casi una montaña, en cuya cima reposaban desde hace mucho unos suburbios de clase alta, tan alta que desde allí solo se podía ver una reja de metal, colocada tal vez con intención, a lo largo del borde de una caída fulgurante de vegetación que solo era interrumpida por un cúmulo de casitas en construcción muy pegadas entre ellas y que parecían incrustarse en la pared de tierra y roca.

La vida de Eduardo Lizardo podía contarse a partir de las tantas veces que había ascendido y descendido aquella cuesta a pie. Seguro que habría pasado por allí, al menos una vez, con todos los tipos de humor que existían y sus combinaciones, durante todos los años de su vida, desde que balbuceaba cosas por ser un bebé, hasta que balbuceaba cosas bajo los efectos del alcohol, siendo ya un adulto independiente. A pesar de no haber nacido allí, ese lugar fue testigo de todas sus alegrías y desgracias hasta el momento en que se despidió y no pudo regresar.

El día que cambió su vida para siempre parecía un día corriente. Entrada la tarde de un viernes, había mucho movimiento en el variopinto callejón El Lirio. Los conductores de autobús, los mecánicos, los tenderos, los trabajadores de las fábricas y de la empresa de telecomunicaciones, las familias de estos y amigos de otras partes de la ciudad, ya se reunían en torno a uno de los centros comunitarios más importantes de la zona, la licorería. Aunque Eduardo ya tenía alguna experiencia en el consumo de alcohol a pesar de su corta edad, sabía que su padre le ofrecería una cerveza fría al llegar a su destino. Se limitó a seguir su camino, respondiendo a un par de saludos vociferados de personas que le conocían por ser el primogénito de un señor del mismo nombre que vivía más arriba.

Después de atravesar el portón blanco inservible, empezó a sonar su canción favorita; se apretó los audífonos y subió el volumen. Faltaba poco para llegar cuando volteó a su izquierda recordando que en una de las primeras casas vivía la señora Julia Vásquez, una mujer de carácter vivaz, amiga de su familia desde hacía años, que también conocía a Eduardo y lo trataba como a un sobrino.

A través de la primera ventana, observó la figura de alguien. Eduardo frenó un poco el ritmo de su caminata, por si se trataba de la señora Julia, para dirigir un saludo fugaz. Aunque por un instante pensó que así era, esta vez se trataba de alguien más. Alguien con cierto parecido a la dueña de la casa, pero más joven y delgada. Los pasos de Eduardo se frenaron aún más, dejándose llevar por la curiosidad. Aunque no bajó el volumen de la música, esta pasó a un segundo plano en su cerebro. Toda su concentración se enfocó en el sentido de la vista, intentando develar la identidad detrás de aquella grácil silueta que se paseaba detrás del cristal. Una cascada de café concentrado reflejaba la luz con un movimiento sutil provocado por un cepillo de plástico sostenido por una mano del mismo color cafeinado, pero agregando un poco de leche. De entre las ondulaciones de aquella alargada cabellera, la otra mano apartó un mechón revelando una imagen que apagó la música en los oídos de Eduardo de golpe. Debajo de unas cejas delgadas, una curva almendrada remataba en sus pestañas, dando paso a unos ojos grandes de un castaño profundo que brillaban con la curiosidad de alguien de su misma edad. Tenía las mejillas suavemente redondeadas y una dulce nariz chata, de base ancha y punta respingada, por encima de la comisura de unos labios carnosos de un tono rosado natural, esbozando una mueca serena. En ese instante, a Eduardo se le olvidó cómo era caminar.

Moviendo los pies como si un titiritero borracho halara sus extremidades con un hilo, Eduardo avanzó lentamente sin apartar la mirada de lo que consideraba una especie de ángel. Ella ni siquiera se daba cuenta de que era observada; cepillaba su cabello como lo hacía a diario al secárselo después de una ducha. Cuando avanzó lo suficiente como para ver a través de la segunda ventana, Eduardo pidió al cielo con todas sus fuerzas que ella se moviera para seguir admirando su perfil.

Como una señal divina, su petición se cumplió. La muchacha apareció en la otra ventana, pero desapareció en un soplo hacia la puerta. La respiración de Eduardo se descontroló a la par de los latidos de su corazón acelerado, retumbando en sus oídos por encima de un leve solo de guitarra de una música olvidada en tiempo y espacio. Un escalofrío le tensó los brazos mientras la veía atravesando el umbral de la puerta. Ahora podía ver su rostro completo y no parecía capaz de soportar el doble de belleza. Eduardo nunca recordó de qué color era la toalla que la chica colgó con un gancho en la base de la ventana más próxima. Ella nunca se dio cuenta de que él estaba ahí, mirándola con una expresión indescriptible, y caminando con una torpeza tal que agradeció la indiferencia. Detallando cómo se movía cada parte de aquella silueta escuálida, brillante con la luz de un sol que empezaba a ocultarse detrás de la colina, Eduardo caminó muy lento hasta que ella se adentró en la casa y se perdió de vista.

Alzando la vista al cielo con un gran suspiro, como una máquina que ventila presión acumulada, recuperó la cordura. La luz anaranjada, ya casi extinta de aquella tarde, se hundió detrás de la colina. Era la primera vez que Eduardo apreciaba la verdadera belleza de un atardecer con sus matices y su naturaleza efímera. Desde entonces, cada vez que se topaba con un sol cayendo en el firmamento y pintando las nubes de un violeta denso y cenizo, se tomaba un par de segundos para admirar aquel espectáculo tan estimulante para la memoria.

Dieciséis años más tarde, esos mismos tonos naranja y violeta teñían el cielo durante una segunda despedida.

Eduardo había descendido por última vez por El Lirio, aquel callejón que había cambiado tanto como él. Portaba consigo el doble de experiencia de vida, pero también una pena múltiple con el corazón tan arrugado como la ropa que acomodó minuciosamente en sus maletas. El crepúsculo no traía consigo la promesa de una cerveza fría y no había música alguna que pudiera alentar una mente en suspensión.

Un sol rojo sangraba sobre el terminal de pasajeros mientras una historia de amor llegaba a su fin de la manera más anticlimática posible. Ella evitó enfrentar la incomodidad de un adiós en persona; a él no le quedó más remedio que conformarse con la insatisfacción de una despedida por mensajería encriptada.

—No me arrepiento de nada —confirmó Eduardo después de imaginarse una escena final muy distinta, más cercana a su manera de hacer las cosas.

—Yo tampoco —aseguró ella del otro lado, con una frase escrita que no mostraba expresión, tonalidad o intención. Algo tan frío como el olor a humo de escape y el rugido seco de un autobús interurbano listo para partir.

Cuando Eduardo subió el primer escalón de la unidad, aguantando con todas sus fuerzas el ridículo de quedarse y alargar por más tiempo la agonía, se le olvidó de nuevo cómo era caminar, sintiéndose otra vez como un adolescente confundido. Cargando el peso de la incertidumbre de un viaje sin retorno, le costó tragar saliva y continuó.


El tirón seco de la cuerda apretándose contra su garganta lo trajo de golpe al frío que imperaba en la cima de la meseta. La pestilencia a pólvora, sangre y tierra húmeda era lo único que quedaba después de una vida consumida en una guerra ajena a su voluntad, en la que terminó atrapado por pura mala suerte. La luz roja flotante en el horizonte que le había dibujado la sonrisa tonta, se extinguía de la misma manera que el aire en sus pulmones, lenta y cruelmente. Eduardo Lizardo, al fin con sus pensamientos en blanco y una paz absoluta, cerró los ojos y se entregó a su destino.

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