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Voices and Visuals (entre acordes y tinta)

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Sinopsis

Sandyer es un cantante apasionado y honesto hasta la vulnerabilidad, marcado por una gran sensibilidad y un profundo temor al rechazo. Por otro lado, Jay es un hombre imponente, ejecutivo corporativo y con una presencia arrolladora, pero profundamente cansado de la superficialidad y el vacío que lo rodean. Sus mundos colisionan gracias a los ingeniosos planes de Braulio, el mejor amigo de Sandyer, quien actúa como el catalizador perfecto para unirlos. Lo que comienza como una tensa y forzada presentación en una fiesta de cumpleaños se transforma rápidamente en un refugio mutuo e inevitable. A medida que comparten confidencias a medianoche, miradas intensas y momentos de profunda complicidad, ambos descubren que necesitan al otro para sanar sus propias inseguridades: Sandyer aprende a valorar su propia fuerza y el magnetismo que proyecta, mientras que Jay encuentra en la inquebrantable sinceridad de Sandyer la pieza que le faltaba para romper sus propias corazas. Voices and Visuals (Entre acordes y tinta) es una historia cargada de tensión emocional, romance contemporáneo y química desbordante, donde el amor no solo irrumpe sin avisar, sino que se convierte en la única melodía capaz de ordenar sus mundos.

Genero:
Romance,Erotica
Autor/a:
DimasJr
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Al compás de la distancia (1/3)

Primer encuentro

Preludio: Sandyer se enfrenta a un inesperado plan orquestado por su mejor amigo Braulio; una velada que marcará el compás inicial de una atracción inevitable y el nacimiento de un crescendo de sentimientos encontrados al conocer a Jay.

El nombre de Braulio iluminó la pantalla de mi teléfono y un suspiro pesado se me escapó del pecho. Era inútil. Por más que hubiera pasado la última hora ensayando excusas perfectas en mi cabeza —un dolor de garganta repentino, el cansancio acumulado de la semana, un bloqueo creativo—, conocía a mi mejor amigo. Si no respondía, Braulio aparecería en la puerta de mi casa con su “escuadrón de rescate” y me sacaría de ahí en pijama. Su fiesta de cumpleaños era ineludible, y su obsesión por presentarme a ese compañero de trabajo, también.

Resignado, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono al oído, atacando antes de que él pudiera empezar.

—Antes de que empieces con tu monólogo de por qué mi presencia es vital para la supervivencia de esta fiesta, ahórratelo. No hace falta. Sé perfectamente que si me quedo aquí vendrás a secuestrarme, así que tranquilízate. Voy en camino.

Al otro lado de la línea, escuché su risa triunfal, mezclada con el barullo de fondo de los primeros invitados.

—Qué bien me conoces, por eso eres mi mejor amigo —respondió con esa voz cantarilla que usaba cuando se salía con la suya.

—En realidad, sigo sin entender cuál es la urgencia de conocer a ese chico —dije, mientras buscaba las llaves del auto en la encimera, intentando sonar indiferente, aunque la idea de una cita a ciegas forzada me revolvía el estómago.

—Bueno, es que no es “un chico” cualquiera. Se llama Jay. Es guapísimo, se acaba de postular para un ascenso en la empresa y, el dato más importante, está completamente soltero. Lo invité a mi fiesta con el único y exclusivo propósito de presentártelo.

—¿Y justamente tiene que conocerme a mí? —rebatí, subiendo el tono para competir con el ruido de su lado—. Estoy seguro de que si es tan guapo y exitoso como dices, le van a sobrar interesados en la fiesta. No necesita que le encajones a tu amigo el tímido.

—Sandyer, escúchame bien, te voy a explicar el plan —su tono cambió al de un general trazando una estrategia militar—. Vendrás, te tomarás un par de tragos conmigo, vas a cantar para poner a todos a bailar y levantar el ambiente como solo tú sabes hacerlo, conocerás a Jay, se enamorarán y vivirán felices para siempre. Y te lo advierto: no vas a arruinar mis planes.

—Si no tengo otra opción... llegaré en unos minutos.

—Por eso te quiero tanto, querido amigo. Nunca cambies. Te veo aquí, ¡besos!

La línea se cortó. Me quedé mirando el teléfono unos segundos, dejando escapar una sonrisa. Era un manipulador experto, pero me resultaba imposible enfadarme con él; sus intenciones siempre nacían del cariño. Por supuesto que no iba a decepcionarlo. Iba a ponerme mi mejor máscara de seguridad, a sonreír y a saludar al misterioso Jay.

Sin embargo, detrás de esa fachada, el estómago se me contraía. Me aterraba la idea de que Jay se desilusionara al verme. Conocía el defecto de Braulio: cuando hablaba de mí, me convertía en una criatura mitológica. Tenía esa fascinación casi infantil de presumir que su mejor amigo era artista, un cantante dotado de un magnetismo que yo, al mirarme al espejo cada mañana, simplemente no encontraba.“Sandyer, ¿cuándo te vas a ver a ti mismo como lo que eres en realidad?”, me repetía siempre que le pedía que bajara las expectativas de los demás. Ojalá fuera tan fácil como él lo hacía ver.

Cuando llegué a su calle, la suerte estuvo de mi lado y encontré estacionamiento rápido. Aún así, elegí a propósito un lugar lo más cercano posible a la salida. Un plan de escape inconsciente por si la vergüenza o mi torpeza social me obligaban a huir a mitad de la noche frente al chico guapo. Una exageración, sí, pero en mi cabeza siempre era mejor prevenir que lamentar.

Caminé hacia la entrada, sintiendo el aire fresco de la noche, y toqué el timbre. En el segundo de silencio antes de que abrieran, me pregunté si Jay ya estaría adentro, observando a todos, o si me tocaría estirar los nervios esperándolo llegar. La puerta se abrió de golpe. Braulio me miró de arriba abajo, arqueando una ceja con los brazos cruzados.

—¿Podrías, por favor, dejar de preocuparte? Se te nota la ansiedad hasta en la forma de respirar.

—¿Tan obvio soy? —pregunté, encogiéndome de hombros mientras entraba al recibidor, donde el olor a alcohol y la música ya envolvían el ambiente.

—Ni te lo imaginas. Pareces un ciervo asustado frente a los faros de un coche. Vamos, lo que tú necesitas es unshotde tequila y una cerveza para bajar las revoluciones.

—Ay, por Dios... ¿y así es como pretendes que mantenga la compostura? —reí, dejándome guiar hacia la barra.

El remedio de Braulio funcionó. Después del tequila y la primera cerveza, el calor en el pecho amortiguó los cables sueltos de mis nervios. Al mirar alrededor y constatar que el famoso Jay todavía no aparecía, me relajé de verdad. Me dediqué a saludar a conocidos y a disfrutar del cumpleaños de mi amigo. Sabía que la tregua no sería eterna, pero por un momento olvidé la presión.

Entonces, el destino decidió que la paz había durado suficiente.

Vi a Braulio sacar el teléfono del bolsillo y, en una sincronía perfecta y cruel, ocurrieron tres cosas al mismo tiempo: el timbre de la casa resonó por encima de la música, los músculos de mi espalda se tensaron como cuerdas de guitarra y Braulio, con una sonrisa traviesa y casi siniestra, señaló con la barbilla hacia la entrada, justo a mi espalda.

Giré lentamente. Mi corazón, que hasta hace un segundo latía al ritmo relajado de la música, dio un vuelco violento.

El chico que caminaba hacia nosotros era un espectáculo. Tenía un porte atlético que llenaba el espacio sin esfuerzo y unos ojos oscuros, tan profundos que daban la impresión de mirar más allá de la superficie. Llevaba unos audífonos grandes sobre las orejas que, al vernos, se deslizó hacia el cuello con un movimiento fluido; un gesto ridículamente sexy que me dejó sin aire. Su piel, de un tono moreno claro, estaba decorada con un diseño de tatuajes imponente: líneas negras y perfectamente simétricas que subían por la fuerza de sus brazos, trepaban con elegancia por los laterales de su cuello y se perdían bajo las mangas de una playera verde musgo. Todo en él, desde la línea impecable de su barba hasta la sencillez de su ropa, destilaba un encanto tan crudo y natural que me quedé congelado.

Me descubrí devorándolo con la mirada, estancado en sus ojos, hasta que me di cuenta de que él lo había notado. Su rostro se volvió serio, casi rígido. ¿Le había disgustado mi descaro?

El pánico me sacó del trance. Aparté la vista hacia Braulio, sintiendo que las mejillas me ardían. Cerré los ojos con fuerza y me mordí el labio inferior, maldiciéndome internamente. “Felicidades, Sandyer, lo primero que haces es incomodarlo”, pensé.

—Hey, Braulio, hola. Lo prometido es deuda, aquí estoy —una voz grave, clara y arrastrada me obligó a abrir los ojos. Jay ya estaba frente a nosotros—. Lamento haber llegado un poco tarde, espero no haberme perdido de mucho.

Mientras él hablaba con Braulio, mi mente, esa enemiga implacable que tengo por cerebro, empezó a construir su muro de autoprotección. Vamos a ser realistas: un chico como Jay, con esa seguridad y ese físico, jamás se fijaría en alguien como yo. No había posibilidad alguna. Y extrañamente, aceptar ese pensamiento me trajo paz. Si no había oportunidad de gustarle, no tenía sentido esforzarme, ni fingir, ni ponerme nervioso para agradarle. Lo mejor era darle su espacio, dejar que disfrutara de la fiesta con gente de su estilo y no estorbar.

Pero mi mejor amigo jugaba en otra liga. Y contra los planes de Braulio no había escudo que valiera.

—¡Gracias por venir, Bro! Sabía que no me fallarías —Braulio le dio una palmada en el hombro, con los ojos brillando de pura satisfacción—. Y tranquilo, llegas en el momento exacto. De hecho, mi mejor amigo, Sandyer, está a punto de tomar el micrófono para ponernos a todos a bailar.

Braulio se infló como un pavo real, mirándome con un orgullo que me hizo rodar los ojos.

—Sandyer, este es Jay, mi compañero del trabajo. Jay, este es Sandyer, mi hermano de la vida.

Forcé una sonrisa, intentando que pareciera lo más natural y cordial posible. Extendí la mano, decidida a pasar el trámite con dignidad.

—Mucho gusto, Jay. Gracias por venir a celebrar al pesado de nuestro amigo.

Cuando su mano envolvió la mía, sentí un sobresalto. Su piel tenía una temperatura injustamente cálida y su agarre fue firme, seguro, manteniéndome el contacto visual.

—Encantado de conocerte, Sandyer —dijo, y su voz grave pareció vibrar cerca de mí—. Al fin se me hace. Braulio me ha hablado muchísimo sobre ti.

La timidez me golpeó de frente ante la imponente cercanía de su cuerpo. Sentí una punzada de vergüenza por las expectativas que Braulio le habría sembrado.

—Bueno... te aconsejo que no te creas todo lo que has escuchado, no creo que sea cien por ciento real —respondí, apartando la mano con suavidad mientras daba un paso atrás—. Y ahora, si me disculpan, tengo una fiesta que animar antes de que esto empiece a parecer un velorio.

Me di la vuelta rápido, pero no lo suficiente como para no captar el cambio en su rostro. No supe descifrarlo del todo, pero por un instante, la rigidez de Jay se transformó en un atisbo de decepción, como si mi prisa por marcharme lo hubiera tomado por sorpresa o si hubiera frustrado su intento por la plática.

Por el rabillo del ojo, alcancé a ver a Braulio. Tenía una sonrisa de absoluta satisfacción dibujada en los labios, la mirada fija en nosotros como el ajedrecista que ve su pieza moverse exactamente a donde planeó.

Dejé atrás la tensión, respirando hondo mientras caminaba hacia el equipo de sonido. El compromiso con el chico guapo estaba cumplido. Ahora me tocaba refugiarme en mi territorio, el único lugar donde no dudaba de mí mismo: la música.

El calor de los reflectores improvisados y el murmullo de la gente me recibieron como un refugio conocido, rodeado de rostros familiares; la mayoría de ellos eran amigos y estabamos aquí para celebrar a Braulio.

Me paré detrás del equipo, tomé el micrófono y, al sentir el frío del metal en mis dedos, la timidez que me había encogido frente a Jay se evaporó. Encendí el interruptor y arranqué con una breve presentación, dejando que mi voz de escenario tomara el control.

—Hola a todos, bienvenidos. Para los que todavía no me conocen, soy Sandyer, el mejor amigo de Braulio. Y si están aquí esta noche para pasárselo bien, allí donde estén, agarren su trago o su cerveza, ¡y digamos todos juntos: feliz cumpleaños, Braulio!

Al unísono, un mar de vasos y botellas se elevó en el aire acompañado de un grito alegre: “¡Feliz cumpleaños, Braulio!“.

Sin darles tiempo a enfriarse, solté la primera pista. El metal frío del micrófono en mi palma era un ancla que me impedía flotar y desaparecer. Al cerrar los ojos, el estruendo de la fiesta se desvaneció. No era tímido; es solo que mi voz ocupaba demasiado espacio dentro de mí y necesitaba salir. Con la primera nota del merengue, el pánico de ver a Jay se transformó en una corriente eléctrica que me recorrió la columna. Yo no estaba cantando; era mi voz la que me usaba a mí como instrumento. Me sentía libre. En ese minuto y medio, yo era el dueño de la noche.

Las notas vibrantes de un merengue movido inundaron el salón, y el efecto fue inmediato: la gente empezó a levantarse de las sillas, acercándose a la pista improvisada entre gritos y risas, meneando el cuerpo al ritmo de la música. Me dejé llevar por la corriente, esa adrenalina pura que siempre me rescata de mis propios pensamientos. Del merengue saltamos a la bachata, luego a las cumbias clásicas; alguien se acercó a pedirme salsa y, para cerrar la tanda con la energía a tope, terminamos con el ritmo pesado del reguetón.

Por momentos, la música me hizo olvidar el mundo. Olvidar que, al otro lado del salón, estaba siendo observado por una mirada oscura y penetrante.

Intenté no buscarlo, pero era inevitable. Jay no se levantó a bailar, ni tampoco lo vi saltando de grupo en grupo interactuando con los demás invitados. Se limitaba a platicar con Braulio cuando este se sentaba a tomar un respiro, o con un par de compañeros de trabajo en su misma mesa. Pero cada vez que mis ojos barrían el lugar, ahí estaba él. Conectado a mí. Observándome con una fijeza que me erizaba la piel.

Al principio me tensé, pero luego intenté convencerme de que probablemente nunca había visto a un cantante en vivo animar una fiesta familiar desde tan cerca. Ver que, al menos, no tenía cara de aburrimiento, me alivió un poco el pulso.

Después de más de una hora cantando sin pausa, con la garganta pidiendo tregua, programé una lista de reproducción bailable para que la fiesta no decayera. Solté el micrófono, me sequé el sudor de la frente y caminé hacia la mesa de Braulio, justo a tiempo para escucharlo soltar una carcajada por algo que Jay acababa de decirle. Me deslicé en la silla vacía que quedaba justo frente a Jay, dejando a Braulio en medio de los dos como un escudo táctico.

—Uff... —suspiré, estirando las piernas—. ¿Cómo se la está pasando el cumpleañero?

Braulio me dedicó una sonrisa gigantesca, con los ojos brillándole por el alcohol y la complicidad.

—Mejor de lo que esperaba, de verdad. Justamente le estaba contando a Jay la historia de cómo nos conocimos. Le confesé que, al principio, me caías terriblemente mal. Odiaba cómo llamabas la atención sin el más mínimo esfuerzo; me parecía insoportable.

Solté una carcajada limpia, con el pecho sacudiéndose, porque recordaba perfectamente las miradas de pocos amigos que me lanzaba en ese entonces. Nos habíamos conocido en la boda de un amigo en común. A mí me habían contratado para dar el show completo y, como esa vez sí estaba cobrando por mis servicios profesionales, no llegué solo; me acompañaba mi colega cantante Deyaneira para las canciones femeninas. Al terminar la presentación, el salón entero se volcó a felicitarnos. Yo nunca busqué el protagonismo ni intenté destacar por encima de nadie; simplemente amo lo que hago con el alma, y supongo que esa pasión, por sí sola, brilla de una forma que llama la atención.

Después de coincidir en un par de reuniones más, Braulio finalmente se tragó el orgullo y me confesó que se había sentido intimidado por mi presencia. Yo, muriéndome de risa, le aseguré que jamás había intentado impresionar a nadie. Y así, capa por capa, derribamos los muros y, después de más de diez años, nos convertimos en los mejores amigos del mundo.

La voz grave de Jay, arrastrada y clara, rompió el hilo de mis recuerdos y me trajo de golpe al presente.

—Braulio me había dicho que eras artista —dijo Jay, inclinándose un poco hacia adelante sobre la mesa. Su mirada oscura se clavó en la mía, perdiendo parte de la seriedad de antes—. Pero supuse que te dedicabas a algún tipo de arte urbano... no sé, pintor, tal vez malabarista. En ningún momento me advirtió que eras cantante. Y mucho menos que cantabas así.

El cumplido indirecto me tomó por sorpresa, enviando una descarga extraña directo a mi estómago. Antes de que pudiera procesar cómo responder sin sonar torpe, Braulio intervino, levantando su cerveza para brindar con nosotros.

—Es que quería que lo vieras con tus propios ojos, Bro —le respondió Braulio a Jay, mirándolo fijamente—. Que sacaras tus propias conclusiones. Quería que decidieras si te gustaba por lo que tú mismo veías, y no por nada de lo que yo pudiera contarte.

El sorbo de cerveza se me desvió directo a la tráquea. El ardor fue inmediato y, de la manera más vergonzosa posible, empecé a toser como si se me fuera la vida. Sentí el rostro encenderse en un rojo brillante. Mis ojos viajaron de la sonrisa autosuficiente de mi amigo al rostro de Jay, esperando ver su reacción ante semejante indirecta.

Braulio, en lugar de compadecerse, comenzó a darme palmadas en la espalda mientras se desternillaba de la risa.

Cuando logré recuperar el aire y limpiarme las lágrimas de los ojos, miré a Jay. Él también se estaba riendo, pero sus ojos oscuros me miraban con un destello de disculpa. Supe de inmediato que no se burlaba de mi torpeza, sino de la audacia sin filtros de Braulio.

La vergüenza me congeló las cuerdas vocales, incapaz de articular una sola palabra digna. Braulio, aprovechando mi silencio, continuó con su campaña:

—Se lo dije, Jay. Sandyer es toda una cajita de sorpresas. Hasta cuando está avergonzado es adorable.

Y, para echarle más sal a mi herida, Jay inclinó la cabeza, sosteniéndome la mirada con una sonrisa de medio lado: —De eso ya no me cabe duda.

Fue el límite. Sin esperar a que agregaran nada más, me impulsé hacia arriba y solté un atropellado: —Voy al baño.

Casi corrí. Cerré la puerta de un golpe, pasé el pestillo y me apoyé de espaldas contra la madera, dejando escapar el aire en un suspiro largo. Justo lo que había intentado evitar durante toda la noche acababa de suceder: hacer el ridículo absoluto frente al chico más guapo de la fiesta. Esperé a que los latidos de mi corazón salieran de la zona de peligro. No iba a dejar que la vergüenza me arruinara la noche. Me recogí el cabello en un moño improvisado para no mojarlo y me salpiqué la cara con agua fría. Me sequé con la toalla, miré fijamente mi reflejo en el espejo y me ordené a mí mismo en un susurro:“Tranquilo. Ya pasó. Todo va a estar bien”.

Al abrir la puerta para salir, el corazón se me volvió a saltar del pecho. Jay estaba apoyado contra la pared del pasillo, esperándome.

—Perdona, no sabía que había alguien haciendo fila —dije, sintiendo que el bochorno amenazaba con regresar.

—Está bien —respondió él, despegándose de la pared—. En realidad pensé que estabas con alguien más ahí dentro.

Fruncí el ceño, confundido. Antes de que pudiera aclararle que estaba solo, él continuó: —Bueno, es que te escuché decir algo como “tranquilo, todo va a estar bien”. Asumí que estabas hablando con alguien por teléfono... o no sé.

Me quedé helado al descubrir que me había escuchado hablar solo. Pero, extrañamente, esta vez la vergüenza no me paralizó. Al contrario, la mirada curiosa de Jay me empujó a ser completamente honesto:

—En realidad... me dio muchísima vergüenza lo que pasó ahí afuera —confesé, bajando los hombros—. Vine aquí a lavarme la cara para intentar recuperar la calma. No fui consciente de que lo dije en voz alta, pero hablarle al espejo me ayuda a enfocarme cuando me da ansiedad.

Jay sonrió. Sus ojos me estudiaron de arriba abajo, lentos, como si estuviera procesando algo tierno o divertido.

—Entiendo —dijo, y su voz bajó un tono—. Por cierto, me gusta cómo se te ve el pelo así, recogido. Deberías dejártelo así más seguido.

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