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nekai guardian del mundo

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Sinopsis

Nekai, Guardián del Mundo Anthony llevaba una vida completamente normal: estudios, trabajo y algunos amigos. Nada parecía indicar que su vida estuviera a punto de cambiar. Hasta que encontró un extraño anillo. Al principio parecía no tener nada especial. Pero después de una serie de sucesos inexplicables, Anthony descubrirá que aquel objeto esconde un secreto mucho más grande de lo que podría imaginar. Un visitante de otro mundo aparecerá ante él con una advertencia imposible de ignorar: Los mundos están en peligro. Y, por alguna razón que Anthony todavía desconoce, él es el único que puede ayudarlos. Esta es solo el comienzo de una aventura que cambiará su vida para siempre.

Genero:
Action
Autor/a:
Benjjk
Estado:
hace un día
Capítulos:
14
Rating
5.0 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
16+

un dia normal

CAPÍTULO 1

El despertador sonó a las 6:30 de la mañana.

Anthony Carter abrió los ojos lentamente y se quedó mirando el techo durante unos segundos. No tenía ganas de levantarse. La habitación estaba fría y, por la pequeña ventana que daba hacia la calle, apenas comenzaba a entrar la luz del amanecer.

—Cinco minutos más... —murmuró.

Apagó la alarma y volvió a cerrar los ojos.

Cinco minutos después, el teléfono volvió a sonar.

Anthony abrió los ojos de golpe.

—¡Ya, ya! ¡Entendí!

Tomó el teléfono desde la mesa de noche y apagó la alarma. Se sentó en la cama y se pasó ambas manos por el cabello.

Otro día.

Otro día de clases.

Otro día completamente normal.

O al menos eso creía.

Anthony tenía diecinueve años y vivía solo en un pequeño departamento arrendado no muy lejos del instituto. No era un lugar enorme ni especialmente bonito, pero era suficiente para él. Una habitación, un baño, una pequeña cocina y una sala donde tenía un sofá viejo, una televisión y una mesa que utilizaba prácticamente para todo.

Había aprendido a arreglárselas solo.

Desde hacía años, su vida había sido así.

No tenía padres que lo esperaran en casa. Tampoco tenía hermanos ni algún familiar cercano que apareciera de repente para preguntarle cómo estaba.

Sus únicos familiares conocidos eran algunos primos lejanos de los que apenas sabía algo.

Anthony había aprendido a no pensar demasiado en eso.

Después de todo, tenía amigos.

Y para él, eso era suficiente.

Se levantó finalmente de la cama y caminó hasta el baño.

Veinte minutos después salió vestido, con una mochila sobre un hombro y una tostada en la boca.

Miró el reloj.

7:12.

—Perfecto... otra vez tarde.

Tomó las llaves del departamento y salió.

La mañana estaba fría.

Anthony caminó por la calle mientras terminaba de comer su desayuno. La ciudad ya comenzaba a despertar. Autos, buses, personas caminando hacia sus trabajos y estudiantes apurados llenaban poco a poco las calles.

Anthony caminaba tranquilo.

Le gustaba observar a las personas.

Quizás porque desde pequeño había aprendido a fijarse en pequeños detalles.

Una mujer caminaba cargando varias bolsas.

Un hombre intentaba controlar a su hijo pequeño mientras hablaba por teléfono.

Un anciano estaba parado en una esquina mirando hacia ambos lados de la calle.

Anthony siguió caminando hasta que vio algo.

El anciano intentaba cruzar, pero los autos pasaban demasiado rápido.

Anthony miró el semáforo.

Todavía faltaban varios segundos.

Sin pensarlo demasiado, se acercó.

—¿Quiere que lo ayude a cruzar?

El hombre lo miró sorprendido.

—¿Ah?

Anthony sonrió.

—Cuando cambie la luz, cruzamos juntos.

El hombre sonrió.

—Muchas gracias, joven.

—No hay problema.

Cuando el semáforo cambió, Anthony lo acompañó hasta la otra vereda.

—Que tenga un buen día.

—Igualmente, muchacho.

Anthony levantó una mano a modo de despedida y continuó su camino.

No sabía por qué lo hacía.

Simplemente le salía natural.

Siempre había sido así.

Si podía ayudar a alguien, lo hacía.

Aunque eso significara llegar tarde a clases.

Y precisamente eso fue lo que ocurrió.

Cuando Anthony llegó al instituto, miró la hora.

7:48.

—Estoy muerto.

Entró rápidamente al edificio.

Subió las escaleras de dos en dos y recorrió el pasillo hasta llegar a su sala.

Antes de entrar, escuchó una voz conocida.

—¡Miren quién decidió aparecer!

Anthony se detuvo.

Frente a la puerta estaban sus tres amigos.

—Buenos días para ti también, Lucas.

Lucas sonrió.

—Son las 7:50, hermano. ¿Tú sabes que las clases empiezan a las 7:45?

—Sí.

—¿Y?

Anthony levantó los hombros.

—Tuve que ayudar a alguien.

Uno de los otros chicos negó con la cabeza.

—Siempre haces lo mismo.

—¿Qué cosa?

—Llegar tarde por ayudar a alguien.

Anthony sonrió.

—Entonces significa que estoy haciendo algo bien.

Los tres se rieron.

Entraron juntos a la sala.

La mañana pasó relativamente rápido.

Entre clases, conversaciones, bromas y trabajos pendientes, Anthony se olvidó por completo de la hora.

Durante el recreo, los cuatro se sentaron juntos en uno de los pasillos.

—Oye, Anthony —dijo Lucas—. ¿Terminaste la parte del trabajo?

Anthony dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—No.

—¿No?

—No.

—¿Y cuándo pensabas hacerla?

Anthony levantó la cabeza.

—Hoy.

Lucas lo miró unos segundos.

—Eso dijiste ayer.

—Entonces hoy sí será diferente.

—Claro.

Anthony soltó una pequeña risa.

—Confía en mí.

La conversación continuó durante varios minutos.

Nada extraño.

Nada importante.

Nada que hiciera pensar que aquel día terminaría siendo diferente.

Después de las clases, Anthony no regresó directamente a su departamento.

Tenía que ir a trabajar.

Desde hacía un tiempo trabajaba algunas horas por las tardes en un supermercado cercano. No era el trabajo de sus sueños, pero le permitía pagar sus gastos y mantener cierta independencia.

Llegó cerca de las cinco de la tarde.

Se puso el uniforme, guardó sus cosas y comenzó su turno.

Durante las primeras horas todo fue normal.

Clientes entrando y saliendo.

Carros llenos.

Niños corriendo por los pasillos.

Personas preguntando dónde estaban determinados productos.

Anthony atendía, ordenaba y ayudaba cuando podía.

Hasta que ocurrió algo extraño.

Eran aproximadamente las 8:17 de la noche cuando escuchó sonar el teléfono de uno de los empleados que estaba cerca de él.

El hombre contestó.

Anthony no le prestó demasiada atención al principio.

Hasta que escuchó una frase.

—¿Qué quieres decir con que hubo destellos?

Anthony levantó la mirada.

El empleado continuó hablando.

—No, eso no tiene sentido...

Hizo una pausa.

—¿En qué zona?

Anthony siguió ordenando productos, pero ahora estaba escuchando.

—¿Estás seguro?

Otra pausa.

El rostro del hombre cambió.

—No salgas de tu casa.

Anthony dejó de mover las cajas.

El empleado terminó la llamada lentamente.

—¿Todo bien? —preguntó Anthony.

El hombre guardó el teléfono.

—Sí.

Pero claramente no estaba bien.

—¿Qué pasó?

—Nada importante.

Anthony lo observó.

—Parecía importante.

El hombre dudó.

Finalmente respondió:

—Dicen que hubo un pequeño terremoto.

Anthony frunció el ceño.

—¿Aquí?

—No exactamente.

—¿Entonces dónde?

—Al norte.

Anthony asintió lentamente.

—¿Y los destellos?

El hombre lo miró.

—¿Qué?

—Escuché que dijiste algo de unos destellos.

El empleado permaneció en silencio durante un segundo.

—Debe haber sido algún problema con las líneas eléctricas.

Anthony no respondió.

Algo en su expresión le decía que aquella explicación no era cierta.

Pero no insistió.

Continuó trabajando.

Pasaron unos minutos.

La gente seguía comprando.

Las luces seguían encendidas.

La música del supermercado continuaba sonando.

Todo parecía normal.

Hasta que las luces parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Y después volvieron a la normalidad.

Anthony miró hacia arriba.

—¿Qué fue eso?

Uno de los trabajadores se encogió de hombros.

—Probablemente el sistema eléctrico.

Anthony miró nuevamente las luces.

Algo no le cuadraba.

Entonces escuchó un sonido.

Muy leve.

Un zumbido.

Se quedó quieto.

—¿Escucharon eso?

—¿Qué cosa? —preguntó un compañero.

Anthony no respondió.

El sonido había desaparecido.

Miró hacia el fondo del supermercado.

Nada.

Solo estantes.

Personas.

Luces.

Nada fuera de lo normal.

Anthony respiró profundamente.

Quizás estaba cansado.

Quizás estaba imaginando cosas.

Sacudió la cabeza y volvió a trabajar.

A las 10:30 de la noche terminó su turno.

Salió del supermercado y comenzó a caminar hacia su departamento.

La noche estaba mucho más fría que en la mañana.

Anthony metió las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Mientras caminaba, sacó su teléfono.

Tenía varios mensajes de sus amigos.

Los revisó rápidamente.

Uno de ellos decía:

“Mañana no olvides el trabajo.”

Anthony sonrió.

—Sí, sí...

Guardó el teléfono.

Continuó caminando.

Entonces se detuvo.

Algo había iluminado el cielo.

Anthony levantó la mirada.

Por un instante, muy lejos, detrás de los edificios, vio un pequeño destello.

Blanco.

Intenso.

Y completamente silencioso.

Parpadeó.

El destello había desaparecido.

Anthony se quedó mirando el cielo.

—¿Qué...?

Esperó unos segundos.

Nada.

Solo oscuridad.

Finalmente continuó caminando.

No sabía qué había visto.

No sabía qué estaba ocurriendo.

Y mucho menos sabía que aquella pequeña luz sería la primera señal de algo que cambiaría su vida para siempre.

Porque aquella noche...

el mundo todavía parecía normal.

Pero algo había comenzado.

Y Anthony Carter estaba a punto de descubrirlo.

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