Capítulo 1
DESPUES DEL ULTIMO ACORDE
Hay historias que comienzan con una mirada.
Otras, con una conversación.
Y algunas empiezan simplemente con una canción.
Yo llevaba muchos años dedicado a la música. Desde muy joven había cantado en diferentes escenarios, fiestas y eventos. La música siempre había sido una parte importante de mi vida, así que estaba acostumbrado a las miradas, a los aplausos y a las personas que se acercaban después de una presentación.
Pero aquella noche sería diferente.
La invitación había sido para tocar en una celebración por el Día de la Mujer. El lugar estaba lleno exclusivamente de mujeres: jóvenes, adultas y hasta algunas señoras de la tercera edad. Había un ambiente alegre, de fiesta, y desde que comenzamos a tocar se notaba que el público estaba disfrutando.
Cantaban nuestras canciones, aplaudían, bailaban y nos animaban desde sus mesas.
Sin embargo, entre todas aquellas personas había alguien que había conseguido llamar mi atención.
Una mujer de aproximadamente cuarenta años.
Al principio pensé que simplemente estaba disfrutando de la fiesta. Había tomado algunas copas y parecía un poco mareada, pero había algo en su manera de mirarme que era diferente.
No apartaba los ojos de mí.
Yo intentaba concentrarme en cantar, pero cada vez que levantaba la mirada ahí estaba ella.
Vestía una blusa roja.
Era una mujer muy atractiva, de piel muy blanca y unos impresionantes ojos verdes. Por la posición en la que estaba sentada no podía apreciar demasiado su figura, pero había algo en ella que inevitablemente despertaba mi curiosidad.
Yo tenía alrededor de veinticinco años.
Ella podía tener casi el doble.
Y, aunque nunca me había considerado especialmente atractivo, aquella noche comencé a preguntarme qué era exactamente lo que estaba viendo en mí.
En medio de una canción, una joven se acercó al escenario.
—Esta rosa es para ti —me dijo—. Te la manda la señora de la blusa roja.
Miré hacia ella.
Sonrió.
Le agradecí a la joven y continué cantando.
Pero entonces pensé en devolverle el gesto.
Mientras interpretaba una canción romántica, tomé otra flor y, entre la música y las miradas del público, se la entregué.
Ella pareció sorprenderse.
Y yo, aunque intentaba mantener la seguridad que siempre tenía sobre un escenario, sentí que me había puesto más nervioso de lo normal.
Continuamos tocando.
Ella seguía cantando emocionada.
Hasta que, en determinado momento, me lanzó un beso.
Aquello sí consiguió desconcentrarme.
Me sonrojé.
Y eso era algo que no me ocurría fácilmente.
La noche avanzó entre canciones, aplausos y miradas que cada vez eran menos discretas.
Finalmente terminamos nuestra presentación.
Los organizadores nos invitaron a compartir una cena con las asistentes y, mientras algunos músicos conversaban, varias mujeres se acercaron para tomarse fotografías con nosotros.
Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con una sonrisa.
La mujer de la blusa roja apareció entre la gente y terminó sentándose justamente a mi lado.
—Hola, niño —me dijo sonriendo—. Me llamo Erika. ¿Tú cómo te llamas?
Le dije mi nombre.
—Felicitaciones. Cantas muy bonito.
—Muchas gracias.
—Y gracias también por la flor.
Me sonrojé nuevamente.
—Usted me la mandó primero, así que creo que estamos a mano.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Durante aquella conversación descubrí que Erika era divorciada y tenía tres hijos. Me contó que viajaba bastante y que sus hijos vivían con su padre.
Pero hubo algo que realmente me sorprendió.
Era militar.
Y no cualquier militar.
Era una oficial del Ejército, con un rango importante y una trayectoria que se notaba en la seguridad con la que hablaba.
Yo siempre había sentido admiración por la vida militar. Incluso alguna vez había pensado en seguir ese camino.
—Qué increíble —le dije—. La verdad, admiro mucho a las personas que tienen esa profesión.
Ella sonrió.
Había algo en su personalidad que comenzaba a fascinarme.
Era segura.
Directa.
Y tenía una manera de hablar que hacía que uno quisiera seguir escuchándola.
Ella había tomado algunas copas durante la noche. Yo, en cambio, no podía beber porque tenía problemas con la garganta y, además, había llegado en mi motocicleta.
—Toma una conmigo —insistió.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Tengo que manejar.
—¿Tienes moto?
Sus ojos se iluminaron.
—Jamás me he subido a una.
Aquello me pareció divertido.
—Entonces algún día habrá que solucionar eso.
—¿Me llevarías?
—Claro.
La conversación siguió unos minutos más.
Hasta que llegó el momento de despedirnos.
Yo le ofrecí llevarla a casa.
Y resultó que vivía bastante cerca de la mía.
Subimos a la moto y emprendimos el camino.
Ella no estaba completamente ebria, pero sí llevaba encima el efecto de las copas y parecía bastante alegre.
Cuando llegamos, se bajó y, antes de que pudiera despedirme, me dijo:
—Espera. No te vayas todavía.
La miré sorprendido.
—¿Por qué?
—No puedes dejar sola a una mujer a estas horas de la noche.
Me reí.
—Erika, usted es militar. Estoy seguro de que podría defenderse mejor que yo.
Ella soltó una carcajada.
Después abrió la puerta.
—Entra.
Y entré.
Su departamento me sorprendió.
Había fotografías suyas por todas partes: uniformada, en diferentes momentos de su carrera militar. Mientras las observaba, no podía evitar sentir admiración.
—¡Qué increíble! —le dije—. Debe ser buenísimo tener una vida así.
Ella volvió a ofrecerme una copa.
Volví a negarme.
Entonces me miró durante unos segundos.
—Espera aquí. Voy a cambiarme.
Mientras ella desaparecía hacia otra habitación, yo continué observando las fotografías.
Unos minutos después regresó.
Ya no llevaba el vestido de la fiesta.
Había cambiado a una ropa mucho más cómoda y ajustada que resaltaba su figura atlética.
Me quedé mirándola.
Ella lo notó inmediatamente.
—¿Te gusta mi ropa?
Sonreí.
—Tu ropa no...
Hice una pausa.
—Más bien lo que contiene tu ropa.
Ella soltó una carcajada.
—Eres muy lanzado, ¿sabías?
—Un poquito.
—Recuerda que soy una autoridad. Podría hacerte meter preso.
Los dos nos reímos.
La tensión que había comenzado durante aquella fiesta parecía habernos seguido hasta su casa.
Entonces recordé su profesión.
—Oye, una pregunta. ¿En el Ejército les enseñan defensa personal?
—Claro.
—¿Y sabes hacer llaves?
Me miró con una expresión divertida.
—¿Quieres que te enseñe?
—Bueno... pero despacio.
No fue precisamente despacio.
En cuestión de segundos me encontré atrapado en una llave que demostraba perfectamente que aquella mujer sabía lo que hacía.
—¿Ves? —me dijo.
—Creo que ya entendí el mensaje.
Ella sonrió.
Entonces el juego cambió.
Hubo una provocación.
Una mirada.
Un instante de silencio.
Y de repente estábamos mucho más cerca.
Nos besamos.
Fue inesperado.
Intenso.
Y completamente diferente a todo lo que había imaginado cuando aquella noche comenzó sobre un escenario.
Ella me miró y sonrió.
—Te has portado mal.
—¿Yo?
—Sí.
Tomó mi mano.
Y me llevó hacia su habitación.
Lo que ocurrió después pertenece a esa clase de recuerdos que uno puede guardar durante años sin necesidad de explicarlos demasiado.
Aquella noche descubrimos una química que ninguno de los dos había previsto.
La diferencia de edad, que al principio parecía enorme, terminó siendo solamente un número.
Erika era una mujer segura de sí misma, atlética y con una personalidad fuerte. Yo era mucho más joven, pero quizá precisamente esa diferencia hacía que todo resultara todavía más emocionante.
La noche se nos hizo corta.
Cuando comenzó a amanecer, finalmente llegó el momento de marcharme.
Nos despedimos con la promesa de volver a encontrarnos.
Y cumplimos esa promesa.
Volví a verla un par de veces más.
Cada encuentro tenía algo especial.
Ella seguía sorprendiéndome con su carácter, su seguridad y esa mezcla tan particular entre la mujer fuerte que había conocido aquella noche y la mujer que, lejos de su uniforme, podía convertirse en alguien completamente diferente.
Pero, como sucede con algunas historias, la vida terminó poniendo distancia.
Erika viajó a otra ciudad.
Después dejamos de comunicarnos.
Y poco a poco aquel romance desapareció de nuestras vidas.
Nunca volvimos a encontrarnos.
Han pasado los años y, de vez en cuando, cuando escucho una canción romántica o recuerdo alguna de aquellas presentaciones, inevitablemente aparece en mi memoria aquella noche.
Una fiesta.
Una mujer de blusa roja.
Una rosa.
Una motocicleta.
Una oficial del Ejército con unos increíbles ojos verdes.
Y una noche que comenzó con una canción y terminó convirtiéndose en una de esas aventuras que uno sabe que probablemente nunca volverá a vivir de la misma manera.
Fue un romance breve.
Quizá demasiado breve.
Pero algunas historias no necesitan durar años para convertirse en recuerdos inolvidables.
A veces basta una noche.
Una mirada.
Y el último acorde.








