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Aestheria: The Kingdom of the North

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Sinopsis

Aestheria: The Kingdom of the North. Este es el primer libro de las historias de Aestheria. En el vasto mundo de Aestheria, donde la magia y el acero han dado forma a reinos, imperios y leyendas, cada persona sigue su propio camino en busca de poder, propósito o simplemente un lugar al cual pertenecer. Seth Draco es un joven espadachín que avanza sin mostrar todo lo que es capaz de hacer. Siguiendo el legado de su familia, comenzará un camino que lo llevará a descubrir verdades que durante mucho tiempo permanecieron ocultas, mientras poco a poco construye su propia historia dentro de un mundo mucho más grande de lo que alguna vez imaginó.

Estado:
hace un día
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1

La nieve caía sobre Drakmor de manera lenta y constante.

No era todavía una tormenta, ni una de aquellas nevadas capaces de sepultar caminos enteros durante horas, pero el frío ya comenzaba a instalarse con firmeza entre las calles de la capital. El cielo, completamente cubierto por nubes grises, parecía haberse cerrado sobre la ciudad, apagando cualquier rastro de luz cálida y dejando sobre los tejados, las murallas y los caminos una tonalidad fría y pálida.

El invierno estaba llegando.

Y Drakmor lo sabía.

Aun así, la ciudad permanecía activa.

Hombres cargaban grandes cantidades de madera sobre los hombros o las acomodaban en carros preparados para distribuirlas entre los hogares. El sonido de los troncos chocando unos contra otros se mezclaba con las voces de los trabajadores y con el crujir de la nieve bajo las botas.

Más adelante, un enorme minotauro avanzaba entre las calles cargando sobre su espalda varias presas de gran tamaño obtenidas durante una jornada de caza. Su cuerpo robusto apenas parecía resentirse por el peso mientras caminaba con tranquilidad sobre el terreno helado.

Cerca de algunas viviendas, varios niños jugaban en la nieve.

Corrían, se empujaban entre risas y levantaban pequeñas cantidades de nieve con las manos antes de lanzárselas unos a otros. Sus madres los observaban desde cerca, abrigadas con gruesas prendas, asegurándose de que ninguno se alejara demasiado mientras continuaban conversando entre ellas.

Drakmor no se detenía por el frío.

Nunca lo hacía.

La ciudad estaba acostumbrada a prepararse para aquello.

Y, dominando el paisaje desde el fondo de aquella extensión nevada, se encontraba una enorme construcción levantada al pie de una montaña.

Negra.

Imponente.

Antigua.

El Castillo Negro.

Sus muros oscuros contrastaban de manera casi violenta con la nieve que comenzaba a acumularse alrededor. Parte de su estructura parecía fundirse con la propia montaña, como si la fortaleza no hubiera sido construida junto a ella, sino arrancada directamente de la roca.

Allí había vivido la familia gobernante de Nordgard durante generaciones.

Los primeros gobernantes habían establecido allí su hogar, y desde entonces la Casa Draco nunca había abandonado aquella fortaleza.

En una de las ventanas del castillo, una figura observaba la ciudad en silencio.

Seth Draco permanecía inmóvil frente al cristal.

Vestía completamente de negro. Sus prendas eran gruesas y resistentes al frío, adaptadas a las temperaturas del norte, acompañadas por unas botas oscuras preparadas para caminar sobre nieve y hielo.

Su cabello negro caía de manera natural sobre su cabeza, mientras sus ojos rojos permanecían fijos sobre Drakmor.

Cada vez que respiraba, el aire que abandonaba sus labios se convertía inmediatamente en una pequeña nube blanca.

Los copos de nieve que el viento conseguía llevar hasta las cercanías de la ventana abierta comenzaban a deshacerse antes siquiera de tocarlo.

Seth apenas parecía notarlo.

Su atención estaba en la ciudad.

En sus calles.

En las personas que continuaban trabajando bajo la nieve.

Había recorrido aquellas mismas calles incontables veces.

Había pasado entre aquellas viviendas, observado a los comerciantes preparar sus puestos, visto a los cazadores regresar con sus presas y caminado sobre aquellas piedras tanto durante los inviernos más duros como durante las breves primaveras del norte.

Drakmor era su hogar.

Muchos de sus recuerdos estaban ligados a aquella ciudad.

Recuerdos simples, algunos tan pequeños que probablemente no significarían nada para otra persona, pero que para él formaban parte de aquello que reconocía como suyo.

Seth continuó observando unos segundos más.

—¿No te emociona ser ya mayor de edad?

Una voz masculina rompió finalmente el silencio detrás de él.

Seth giró el rostro con tranquilidad.

Ulrik Draco se acercaba hacia él.

Su hermano mayor tenía el cabello negro cortado muy corto y unos ojos igualmente negros, rasgos que recordaban bastante a los de su padre. Su cuerpo era fuerte y ancho, propio de un hombre que llevaba años recorriendo el Camino del Filo con un hacha entre las manos.

Una barba negra algo descuidada cubría su rostro, dándole una apariencia mucho menos rígida que supone que tendría un Draco.

Y, como casi siempre ocurría cuando estaba entre familiares, Ulrik llevaba una sonrisa en el rostro.

En aquel momento era todavía más evidente.

Miraba a Seth con una mezcla de alegría y orgullo que no hacía ningún esfuerzo por esconder.

Seth terminó de girarse hacia él.

—Pues supongo que no sé qué sentir.

Una media sonrisa apareció sobre sus labios.

No estaba completamente seguro de qué emoción debía dominar aquel día.

Pero ver a Ulrik tan feliz por él hacía que algo dentro de Seth se relajara.

Siempre había sido así.

Podía permanecer serio durante horas, guardar pensamientos que nadie más conocía y cargar con secretos que había aprendido a esconder desde pequeño.

Pero la felicidad de su familia seguía siendo capaz de ponerlo de buen humor con una facilidad que pocas cosas conseguían.

Ulrik se acercó un poco más.

—Padre te está llamando. Dice que ya es la hora.

Seth sostuvo su mirada.

La sonrisa de Ulrik seguía allí.

Había orgullo en ella.

Orgullo sincero.

Seth se separó finalmente de la ventana y se giró para comenzar a caminar.

No llegó demasiado lejos.

Ulrik estiró ambas manos y las colocó firmemente sobre los hombros de su hermano menor, obligándolo a detenerse.

Seth lo miró.

Por unos segundos, Ulrik no dijo nada.

Su expresión seguía siendo alegre, pero ahora había algo más profundo detrás de ella.

—Estoy orgulloso del hombre en el que te has convertido, Seth.

Las palabras fueron simples.

No necesitaban más.

Ulrik las pronunció con una felicidad tan evidente que Seth permaneció en silencio durante un breve instante.

Aquello significaba más para él de lo que iba a demostrar.

Especialmente ese día.

Había cumplido dieciocho años.

La mayoría de edad para un Draco no significaba únicamente convertirse legalmente en adulto.

Significaba cumplir una de las tradiciones más antiguas de su familia.

Desde generaciones incontables, cada miembro de la Casa Draco que alcanzaba la mayoría de edad debía viajar hacia las Montañas Dragón.

Aquellas mismas montañas donde, según las historias más antiguas, los dragones habían habitado en tiempos remotos.

Allí permanecían todavía los descendientes de aquellos herreros que habían jurado servir al antiguo pacto entre el Dragón Primordial y el primer Draco.

Cuando un Draco alcanzaba la edad correspondiente, los herreros lo recibían.

Lo observaban.

Estudiaban su forma de combatir, su maná, su carácter y el camino que había elegido recorrer.

Y entonces le entregaban o forjaban aquello que consideraban digno de él.

No era simplemente recibir un arma.

Era una tradición ligada directamente a la sangre de su familia.

Incluso, hace años su propio hermano Ulrik había recibido Leviathan, su Hacha de Combate.

Ahora había llegado el turno de Seth.

Y por primera vez en su vida, aquella tradición dejaba de ser algo que había visto ocurrirles a sus hermanos.

Ahora era suya.

Seth miró a Ulrik y finalmente dejó aparecer una sonrisa más clara.

—Gracias, Ulrik.

Ulrik sonrió todavía más y retiró las manos de sus hombros.

Se apartó, dejándole libre el camino.

Seth avanzó.

Sus pasos resonaron suavemente sobre el suelo del Castillo Negro mientras comenzaba a dirigirse hacia la Sala del Trono.

Su padre lo esperaba allí.

Seth avanzó con tranquilidad por los corredores del Castillo Negro.

Sus pasos resonaban de manera suave contra el suelo de piedra mientras Ulrik caminaba detrás de él, bastante menos silencioso que su hermano menor.

A diferencia de la frialdad que podía transmitir el exterior de la fortaleza, sus corredores estaban preparados para resistir las temperaturas de Drakmor. El frío seguía presente, inevitable en una construcción levantada al pie de una montaña en pleno norte, pero era soportable.

Cada vez que Seth se cruzaba con alguno de los trabajadores del castillo, inclinaba ligeramente la cabeza a modo de saludo.

—Buenos días.

Algunos respondían inmediatamente con una reverencia respetuosa. Otros, acostumbrados a verlo recorrer aquellos mismos pasillos desde pequeño, acompañaban el gesto con una pequeña sonrisa.

Con los guardias ocurría lo mismo.

Seth nunca pasaba junto a ellos comportándose como si no existieran.

Un saludo.

Una mirada.

Un ligero movimiento de cabeza.

Nada exagerado.

Ulrik caminaba algunos pasos detrás y, de vez en cuando, rompía el silencio con alguna pregunta. Seth respondía sin molestia, incluso sonriendo ligeramente ante algunos comentarios de su hermano.

No tardaron demasiado en llegar a su destino.

Frente a ellos aparecieron las grandes puertas de la Sala del Trono.

Dos guardias permanecían inmóviles a cada lado.

En cuanto reconocieron a los hermanos Draco, ambos adoptaron una postura más firme y realizaron un saludo respetuoso.

—Príncipes.

Seth respondió con un pequeño movimiento de cabeza.

Los guardias tomaron las puertas y comenzaron a abrirlas.

El peso de las mismas provocó un profundo sonido que se extendió por el corredor.

Seth entró.

Y en cuanto lo hizo pudo darse cuenta de que prácticamente todos aquellos que debían estar presentes ya habían llegado.

La Sala del Trono estaba ocupada.

La familia Draco se encontraba reunida.

También estaban allí los líderes de los cuatro grandes clanes de Nordgard, acompañados por miembros de sus respectivas familias.

Las conversaciones todavía llenaban la sala cuando Seth cruzó las puertas.

Su mirada pasó primero por los rostros más conocidos.

No muy lejos se encontraba Arnold Vanhausen.

Hijo menor de Ragnar Vanhausen.

Amigo de Seth desde la infancia.

Y, al mismo tiempo, uno de sus rivales más constantes.

Arnold había alcanzado el Tercer Filo y se especializaba en el uso simultáneo de dos espadas, una disciplina con la que había entrenado durante años.

En cuanto vio entrar a Seth, una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro.

No dijo nada.

Simplemente levantó una mano y le mostró el pulgar.

Seth respondió con una pequeña sonrisa.

Era exactamente el tipo de felicitación que esperaba de Arnold.

Un poco más allá estaba Gloria Eiswasser, y cerca de ella se encontraba su hija.

Victoria Eiswasser.

Con apenas diecinueve años, Victoria ya era considerada una maga formidable. Permanecía junto a su madre cuando Seth pasó su mirada por ella.

Sus ojos se encontraron durante apenas un instante.

Victoria desvió inmediatamente la mirada.

Seth parpadeó ligeramente.

Aquello llevaba ocurriendo desde hacía algunos años.

Nunca había entendido por qué.

Gloria se inclinó entonces hacia su hija y le susurró algo al oído.

Victoria abrió ligeramente los ojos.

Un tenue tono rojizo apareció sobre sus mejillas mientras dirigía hacia su madre una mirada que parecía pedirle que dejara de hablar.

Gloria simplemente sonrió.

Seth observó la escena unos segundos.

Seguía sin entender.

Decidió continuar.

Cerca de Arsen Frost se encontraba uno de los miembros de su propia familia extendida.

Jack Frost.

Nieto de Arsen y primo de Seth.

Jack tenía veinticuatro años y poseía un talento innato extraordinario para la magia de Hielo. A una edad muy temprana ya había alcanzado el Quinto Círculo, convirtiéndose en uno de los jóvenes magos más prometedores del clan Frost.

Al ver a Seth, Jack levantó la mano y comenzó a agitarla con entusiasmo.

Seth volvió a sonreír ligeramente e inclinó la cabeza hacia él.

Finalmente encontró a Raena Igvar, hija de Magnus Igvar.

La joven compartía buena parte del intelecto característico de su padre, aunque no su sonrisa constante ni sus maneras juguetonamente astutas.

Raena mantenía una expresión seria y una postura recta.

Cuando Seth pasó frente a ella, simplemente realizó un pequeño asentimiento.

Seth respondió de la misma manera.

Entonces su atención pasó hacia su propia familia.

Todos estaban allí.

Daena Draco, la mayor de los hermanos, permanecía con la compostura propia de la heredera al trono de Nordgard. Su cabello negro caía alrededor de un rostro en el que destacaban los ojos azules heredados de Rose. A sus cuarenta años ya era una Maga de Séptimo Círculo especializada en Hielo y una mujer criada desde pequeña con la responsabilidad de gobernar algún día el reino.

Junto a ella estaba su esposo, Bjorn Hansen, practicante del Camino del Cuerpo de Sexto Rango.

Daena observó entrar a Seth con aquella expresión seria que tanto recordaba a Vaelor, aunque al encontrarse sus miradas la rigidez de su rostro disminuyó ligeramente.

Detrás de Seth terminaba de entrar Ulrik Draco, quien pronto se separó de él para reunirse con su esposa.

Ildrid Draco, Maga de Cuarto Círculo de Fuego, esperaba junto a su pequeño hijo.

Y en sus brazos estaba Marcus Draco, de apenas dos años.

Ulrik volvió inmediatamente con ellos, colocándose junto a su esposa mientras dirigía todavía una sonrisa orgullosa hacia Seth.

También estaba Dominic Draco.

Con veinticinco años, cabello negro revuelto y ojos azules, Dominic poseía una apariencia considerablemente menos formal que la mayoría de sus hermanos. Era un practicante del Octavo Rango del Camino del Cuerpo y el Explorador de Nordgard, título que parecía quedarle especialmente bien debido a su casi insaciable curiosidad por aquello que todavía no conocía.

Cerca de él estaba Vanessa Draco.

Veintidós años.

Cabello negro.

Ojos negros.

Una Maga de Cuarto Círculo especializada en Fuego y, probablemente, una de las personas más dulces que podían encontrarse dentro de la familia. Su pasión por los libros de magia era conocida por prácticamente todos en el Castillo Negro.

Y finalmente estaba Elsa Draco.

Con solo doce años, la pequeña destacaba inmediatamente por los característicos ojos rojos de los Draco. Permanecía mucho más cerca de su madre que sus hermanos mayores y observaba toda la ceremonia con una atención difícil de ocultar.

Era todavía una niña.

Una niña fascinada por las antiguas historias del norte y capaz de llenar con su carisma incluso los corredores más severos del Castillo Negro.

Pero por encima de todos ellos estaban los dos gobernantes del Norte.

En la parte más elevada de la sala se encontraban los Tronos del Norte.

No eran asientos delicados ni cubiertos de adornos innecesarios.

Habían sido construidos utilizando la misma piedra negra característica del castillo.

Grandes.

Pesados.

Imponentes.

Los respaldos se levantaban por encima de quienes se sentaran en ellos, y sobre la piedra habían sido talladas las formas de dragones mirando hacia el frente, siguiendo la iconografía ancestral de la Casa Draco.

Detrás de ambos tronos colgaba el estandarte familiar.

Una cabeza de dragón negra sobre un fondo rojo oscuro.

En uno de ellos se encontraba Rose Draco.

La Reina de Nordgard.

A sus setenta y cinco años conservaba la apariencia de una mujer de alrededor de treinta. Su cabello negro enmarcaba un rostro hermoso y unos ojos azules observaban a Seth con una calidez imposible de confundir.

Era una Maga de Duodécimo Círculo, capaz de controlar tanto el Hielo como el Viento, una combinación excepcional incluso entre magos de enorme talento.

Pero aquella mañana no miraba a Seth como una de las magas más poderosas del reino.

Lo miraba como su madre.

Y a su lado...

Vaelor Draco.

El Rey en el Norte.

A sus ciento veinte años, Vaelor continuaba pareciendo un hombre en la plenitud de sus capacidades físicas.

Medía un metro noventa y cuatro.

Su cuerpo ancho y musculoso permanecía cubierto por la habitual vestimenta resistente al frío que prefería utilizar incluso dentro del castillo. Su cabello era negro, al igual que la barba abundante y perfectamente cuidada que cubría su mandíbula.

Sus ojos negros parecían absorber toda ligereza de aquello sobre lo que se posaban.

Vaelor no necesitaba una corona ostentosa.

No necesitaba levantar la voz.

No necesitaba recordar a nadie quién era.

Su presencia bastaba.

Cuando Seth terminó de atravesar la sala, las conversaciones comenzaron a apagarse.

El joven llegó ante los tronos.

Y se arrodilló.

Una rodilla tocó el suelo.

Inclinó la cabeza.

El silencio terminó extendiéndose por completo.

Ulrik continuó hasta reunirse con Ildrid y Marcus, dejando ahora a Seth solo frente a sus padres.

Vaelor lo observó durante unos segundos.

—Seth Draco, mi hijo menor, ha llegado el día.

La profunda voz del rey atravesó la sala.

Vaelor se levantó.

Al costado de su trono descansaba una enorme espada dentro de su funda.

El rey extendió la mano y la tomó.

Eclipse.

La espada de Vaelor Draco.

Un enorme mandoble forjado hacía cien años por los herreros de las Montañas Dragón.

Incluso dentro de su funda, el tamaño del arma dejaba claro que no era una espada normal.

Vaelor la desenvainó.

El sonido del metal recorrió la sala.

Una larga hoja gris quedó expuesta.

El mineral con el que había sido fabricada poseía una resistencia comparable al Oricalco, aunque su verdadera naturaleza seguía siendo desconocida para la mayoría. En su creación se había utilizado además un hueso de dragón, un componente que convertía el arma en algo todavía más excepcional.

En el centro se encontraba incrustada una gema morada.

En aquel momento permanecía tranquila.

Pero cuando Eclipse sentía el Aura de su portador, aquella gema era capaz de iluminarse intensamente.

Una espada que por su tamaño debería exigir ambas manos.

Vaelor la sostenía con una sola.

Como si no pesara más que una espada ordinaria.

El Rey en el Norte descendió lentamente los escalones.

Cada uno de sus pasos resonó en la sala silenciosa.

Seth continuaba arrodillado.

Vaelor se detuvo frente a él.

—Hoy dejarás de ser un chico y te volverás un ciudadano hecho y derecho de Nordgard, como todos los presentes.

Entonces muchas voces surgieron prácticamente al mismo tiempo.

—¡El Gran Reino del Norte!

La respuesta llenó la sala.

Algunos sonrieron.

Otros golpearon ligeramente el pecho con una mano.

Seth permaneció con la mirada baja.

Por primera vez aquella mañana, todo aquello terminó de sentirse real.

Había pensado en aquel día.

Había sabido que llegaría.

Había visto a sus hermanos pasar por aquello antes que él.

Pero ahora era diferente.

Ya no estaba esperando alcanzar la mayoría de edad.

La había alcanzado.

A partir de aquel momento, ante las leyes y las tradiciones de su pueblo, ya no sería considerado un niño.

Era un hombre de Nordgard.

Vaelor levantó Eclipse.

Con absoluto control, apoyó la hoja sobre uno de los hombros de Seth.

—Te declaro apto para ir a las Montañas Dragón, con el permiso del Rey en el Norte.

La mirada de Vaelor descendió hacia su hijo.

Seth no pudo verla.

Seguía con la cabeza inclinada.

Pero quienes conocían al rey desde hacía suficiente tiempo pudieron notar algo diferente.

La dureza permanecía.

La seriedad también.

Sin embargo, en aquellos ojos negros había orgullo.

Un orgullo silencioso.

Profundo.

Vaelor movió Eclipse hasta el otro hombro y finalmente retiró la espada.

—Puedes levantarte como un nuevo Draco.

Seth abrió los ojos lentamente.

Se puso de pie.

Ahora quedó frente a frente con su padre.

Los ojos rojos del hijo se encontraron con los negros del rey.

—Muchas gracias, padre. Juro que no te decepcionaré.

Por un instante, Vaelor permaneció completamente serio.

Entonces soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi divertida.

Extendió una mano y la colocó con firmeza sobre el hombro de Seth.

—Eso espero de ti, hijo mío.

Seth sonrió.

La ceremonia había terminado.

Y con ella desapareció poco a poco la solemnidad absoluta que había dominado la sala.

Las conversaciones regresaron.

Los presentes comenzaron a moverse y, casi inmediatamente, varias personas se acercaron hacia Seth.

Arnold fue uno de los primeros.

Caminó hacia él con una sonrisa amplia y le dio un ligero golpe en el brazo.

—Así que ya eres un hombre.

Seth levantó una ceja.

—Eso parece.

Arnold lo miró de arriba abajo exageradamente.

—Esperaba algún cambio.

Seth soltó una pequeña risa.

—Lamento decepcionarte.

—Todavía tienes tiempo.

Arnold volvió a sonreír y extendió una mano.

Seth la estrechó.

—Felicidades, hermano.

Esta vez no había broma en su voz.

—Gracias, Arnold.

Después llegó Jack Frost.

—¡Por fin!

Jack extendió los brazos antes de acercarse a él.

—Felicidades, primo.

—Gracias.

Jack le dio un par de palmadas amistosas en el hombro.

—Intenta regresar entero.

Seth sonrió.

—Lo intentaré.

Raena Igvar esperó a que Jack se apartara.

Se colocó frente a Seth manteniendo su habitual expresión seria.

—Felicidades por tu mayoría de edad, Seth.

Seth inclinó ligeramente la cabeza.

—Gracias, Raena.

—Que tengas éxito en las montañas.

—Lo tendré.

Raena asintió una sola vez y se apartó.

Entonces llegó Victoria.

O, al menos, intentó hacerlo con la misma tranquilidad que los demás.

Se detuvo frente a Seth.

Durante unos segundos pareció estar preparando mentalmente lo que quería decir.

Seth esperó.

Victoria abrió los labios.

—Felicidades.

—Gracias, Victoria.

Silencio.

Ella desvió la mirada durante un instante.

—Y... ten cuidado.

—Lo tendré.

Victoria volvió a mirarlo.

Seth le dedicó una sonrisa sincera.

—Te agradezco que hayas venido.

El color regresó inmediatamente a las mejillas de Victoria.

—Claro.

Respondió demasiado rápido.

Luego dio un pequeño asentimiento y se apartó.

Seth la siguió con la mirada durante un segundo.

Seguía sin comprender qué le ocurría.

Gloria, que estaba observando desde no demasiada distancia, parecía contener una sonrisa.

Después llegaron los propios líderes de los clanes.

Arsen Frost fue cálido, como acostumbraba a ser con sus nietos.

El anciano Mago de Hielo de Noveno Círculo colocó una mano sobre el hombro de Seth.

—Haz honor a tu nombre, muchacho. Y vuelve sano.

—Lo haré, abuelo Arsen.

Arsen sonrió satisfecho.

Magnus Igvar se acercó con su habitual expresión astuta.

—Felicidades, Seth. Recuerda que llegar arriba es solo la mitad del problema.

Seth lo miró.

—¿Y la otra mitad?

Magnus sonrió un poco más.

—Bajar.

Seth dejó escapar una pequeña risa.

—Lo recordaré.

Gloria Eiswasser fue más directa.

—No subestimes la montaña solo porque otros Draco hayan regresado de ella.

—No lo haré.

Gloria asintió.

—Entonces regresarás.

Finalmente apareció Ragnar Vanhausen.

El enorme comandante se detuvo frente a Seth.

Su cuerpo cercano a los dos metros y su presencia militar resultaban difíciles de ignorar incluso dentro de aquella sala.

Ragnar permaneció unos segundos observándolo.

A diferencia de los demás, Seth conocía aquella mirada desde que era pequeño.

—Ya sabes lo que te diría.

Seth sonrió ligeramente.

—Que no haga estupideces.

Ragnar mantuvo la expresión seria.

—Exacto.

Arnold, que alcanzó a escucharlo desde cerca, soltó una risa.

Ragnar apenas movió los ojos hacia su hijo.

Arnold dejó de reír inmediatamente.

Seth tuvo que contener otra sonrisa.

Después llegaron sus hermanos.

Daena fue la primera.

Se paró frente a él y lo observó durante unos segundos.

—La montaña no premia la prisa.

Seth escuchó atentamente.

—Observa antes de actuar. No importa cuánto creas saber.

—Lo recordaré.

La expresión de Daena se suavizó.

—Felicidades, Seth.

—Gracias, hermana.

Bjorn también le dedicó un gesto respetuoso antes de que ambos se apartaran.

Ulrik regresó poco después, ahora con Ildrid y el pequeño Marcus.

—Ya te dije lo importante.

Seth lo miró.

—¿Que estás orgulloso?

—Eso también.

Ulrik sonrió.

—Pero cuando aparezca algo que quiera comerte, no intentes averiguar primero qué es.

Seth soltó una pequeña risa.

—¿Ese es tu gran consejo?

—Me ha mantenido vivo.

Ildrid negó suavemente con la cabeza mientras sonreía.

Dominic fue mucho más entusiasta.

—Presta atención a todo.

—Eso pensaba hacer.

—No, a todo.

Dominic se acercó un poco.

—Caminos, grietas, ruinas, marcas, cualquier cosa que parezca extraña.

Seth lo miró divertido.

—Voy a buscar mi arma, Dominic.

—Puedes hacer dos cosas.

Seth negó suavemente con la cabeza.

—Lo tendré en cuenta.

Vanessa se acercó después.

—Ten cuidado con los Draugs.

Su tono dulce contrastaba con la seriedad de la advertencia.

—Lo tendré.

—Y no gastes energía innecesariamente. El camino es largo.

Seth asintió.

—Gracias, Vanessa.

Finalmente apareció Elsa.

La niña se acercó rápidamente a él.

—¿Vas a ver dónde vivían los dragones?

Seth bajó un poco la mirada hacia ella.

—Eso parece.

Los ojos rojos de Elsa brillaron con entusiasmo.

—Entonces tienes que contármelo todo cuando regreses.

Seth sonrió de inmediato.

—Todo.

Elsa pareció quedar satisfecha con aquella respuesta.

Rose esperó a que los demás terminaran.

Cuando finalmente tuvo a Seth delante, su expresión fue completamente distinta a la solemnidad que había mantenido durante la ceremonia.

Era simplemente su madre.

Colocó ambas manos suavemente sobre el rostro de su hijo durante un instante.

—Ten cuidado.

Seth sostuvo sus ojos azules.

—Lo tendré, madre.

Rose sonrió.

—Lo sé.

Vaelor permaneció algo más apartado.

No necesitó repetir nada.

Seth ya sabía perfectamente qué esperaba su padre de él.

La celebración continuó durante horas.

Las conversaciones fueron llenando nuevamente la Sala del Trono mientras familiares, líderes de clan e invitados compartían aquel día con la Casa Draco.

Seth recibió más felicitaciones, escuchó consejos y respondió a preguntas sobre su próximo viaje.

Y lentamente, casi sin que nadie pareciera notarlo, la luz que entraba desde el exterior comenzó a cambiar.

La mañana desapareció.

Luego el mediodía.

Hasta que finalmente la tarde cayó sobre Drakmor.

Fuera del Castillo Negro, la nieve continuaba descendiendo sobre la ciudad.

Y cada vez quedaba menos tiempo antes de que Seth Draco comenzara su ascenso hacia las Montañas Dragón.

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