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Entre Pelajes (Luna y Mia)

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Sinopsis

Una loba alta, musculosa y de carácter difícil conoce en el gimnasio a una coneja petisa, gordita y aparentemente tierna. Lo que empieza como simples correcciones de postura se transforma en una amistad inesperada… y en una dinámica de poder que ninguna de las dos vio venir.

Genero:
Erotica
Autor/a:
PumpkinNoir
Estado:
Completa
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Te estoy mirando mal la postura

El gimnasio Fuerza Salvaje olía a hierro, a sudor viejo y a ese limpiador barato que usaban para pasar el trapo por las máquinas a las siete de la mañana. El aire acondicionado andaba a media, así que el calor se acumulaba en las axilas y en la nuca de todos los que ya estaban levantando. La música de fondo era un reggaetón viejo que el encargado, un jabalí antropomorfo de unos cuarenta años llamado Héctor, ponía siempre a todo volumen porque decía que “motivaba”. Nadie se quejaba. Nadie se atrevía.

Luna Vargas entró a las 7:12 exactamente, como todos los martes. La remera negra le quedaba justa en los hombros anchos y se le marcaba el pecho firme cada vez que respiraba. El pelaje gris oscuro todavía estaba un poco erizado por el frío de la calle. Caminó directo al sector de peso libre sin mirar a nadie, la cola larga moviéndose con ese ritmo pesado que tenía cuando estaba de mal humor… o sea, casi siempre. Dejó la mochila en el banco más alejado, se ató el pelo (aunque no tenía mucho) con una vincha y empezó a cargar el trap bar para el peso muerto.

A tres metros, en el rack de sentadillas, una coneja blanca de apenas un metro treinta estaba forcejeando con una barra que le quedaba ridículamente grande. Mía Rinaldi tenía la calza gris manchada de sudor en la entrepierna y la remera blanca subida un poco, dejando ver la panza suave y redonda que se le escapaba por arriba de la cintura. Las orejas largas le caían hacia adelante cada vez que se concentraba. Intentó bajar a sentadilla profunda y la barra se le fue un centímetro hacia adelante. El equilibrio se le complicó. Un segundo después, la voz grave de Luna cortó el aire:

—Te estoy mirando mal la postura.

Mía levantó la vista. Tuvo que levantar mucho la cabeza. La loba estaba parada a su lado, ceño fruncido, brazos cruzados, mirándola desde casi dos metros y medio de altura. Los ojos amarillos de Luna no parpadeaban.

—¿Perdón? —dijo Mía, todavía con la barra sobre los hombros.

—La barra. Se te va para adelante. Vas a terminar en el piso y después yo voy a tener que explicar por qué hay una coneja aplastada en mi sector.

Mía soltó una risita corta, dulce, que hizo que a Luna se le tensara un músculo en la mandíbula.

—Ah. Gracias. ¿Me corregís?

Luna no contestó con palabras. Se acercó, le puso las dos manos enormes en la cintura y le empujó la pelvis un poco hacia atrás. El contraste era absurdo: las manos de la loba casi le daban la vuelta completa al torso de la coneja. Mía sintió el calor de esas palmas a través de la calza y no se movió.

—Espalda recta. Mirada al frente. Rodillas alineadas con las puntas de los pies. Y no te apures, petisa.

—Petisa —repitió Mía, sonriendo con los dientes de coneja bien a la vista—. Qué cariñosa.

Luna gruñó algo inentendible y se alejó dos pasos, como si el contacto la hubiera quemado. Volvió a su trap bar y empezó a cargar discos con una fuerza innecesaria. Cada disco que dejaba caer hacía un ruido metálico que se escuchaba en todo el piso.

A unos metros, el jabalí Héctor se acercó con una toalla al hombro.

—Che, Luna, no asustes a la clientela nueva —dijo con esa voz de quien ya la conocía hace años—. Esa conejita viene hace dos semanas y es la primera vez que alguien le habla.

—No la asusté. Le corregí la postura. Si se lesiona es problema de ustedes.

Héctor se rio y se fue silbando. Luna fingió no mirar, pero de reojo vio cómo Mía volvía a acomodarse bajo la barra. Esta vez bajó más lenta, con la pelvis hacia atrás como le habían indicado. Cuando subió, le dedicó una sonrisa pequeña y un movimiento de orejas que en lenguaje coneja significaba “gracias”.

Luna apretó los dientes y tiró de 140 kilos como si la barra le hubiera faltado el respeto.

Pasaron veinte minutos. El gym se fue llenando. Entró un grupo de tres hurones que siempre ocupaban las mancuernas y hablaban demasiado fuerte. Después apareció una gata negra de unos treinta años, Sofía, que entrenaba hipertrofia y le tenía un respeto casi religioso a Luna. Sofía se acercó al rack de sentadillas, miró a Mía y después a Luna.

—¿Nueva alumna? —preguntó en voz baja.

—No soy su alumna —contestó Luna sin mirarla.

—Bueno, pero la estás mirando cada treinta segundos.

Luna le clavó los ojos amarillos.

—Andá a hacer tus fondos, Sofía.

La gata levantó las manos en señal de paz y se fue, pero no sin antes guiñarle un ojo a Mía. La coneja le devolvió la sonrisa como si ya fueran amigas de toda la vida.

Cuando Luna terminó la tercera serie de peso muerto, el sudor le corría por el cuello y se le metía entre el pelaje del pecho. Se secó con la toalla y, sin querer, miró otra vez hacia el rack. Mía estaba haciendo press de hombros con mancuernas de ocho kilos, las orejas moviéndose al ritmo de la respiración. Cada vez que subía los brazos, la remera se le levantaba un poco más y se le veía la panza suave. Luna sintió un calor raro en la base de la cola y lo ignoró con violencia.

Se acercó de nuevo.

—Esas mancuernas te quedan chicas.

Mía bajó los brazos y la miró desde abajo, sin ninguna vergüenza.

—Sé. Pero si agarro más pesadas se me va la técnica. ¿Me ayudás a subir de a poco?

Luna dudó. Odiaba entrenar con gente. Odiaba explicar. Odiaba, sobre todo, que alguien tan chiquito la mirara con esa cara de “confío en vos”.

—Tres series de diez. Yo te paso las de diez kilos. Si temblás, las bajamos.

—Trato hecho, loba grande.

El apodo le picó en la oreja. Luna no dijo nada. Le alcanzó las mancuernas y se quedó parada al costado, vigilando. Cada repetición, Mía respiraba por la nariz, soplaba por la boca y miraba a Luna como pidiendo aprobación. Cuando terminó la primera serie, tenía las mejillas rosadas y un hilito de sudor bajándole por el cuello hasta perderse entre el pelaje blanco del pecho.

—Bien —dijo Luna, casi a regañadientes.

—¿Solo “bien”? —Mía se rio—. Pensé que me ibas a decir que estaba horrible.

—Si estuviera horrible te lo diría.

Mía se pasó la lengua por los labios, disimulada, y agarró las mancuernas otra vez.

A media mañana el gym ya estaba a full. El ruido de las máquinas, las conversaciones cruzadas, el reggaetón de Héctor y el olor a magnesio se mezclaban en una sopa espesa. Luna terminó su rutina de espalda y se sentó en el banco a tomar agua. Desde ahí tenía vista directa al espejo donde Mía se estaba estirando. La coneja se inclinó hacia adelante, las manos en el piso, el culo redondo apuntando hacia arriba, la cola blanca moviéndose de un lado a otro. Luna apartó la mirada tan rápido que casi se le sale el agua por la nariz.

Sofía pasó caminando y le susurró al pasar:

—Te está gustando la petisa.

—Andate a la mierda.

—Tranquila, no se lo digo a nadie. Pero mirá cómo te mira ella también.

Luna no contestó. Porque era verdad. Cada vez que levantaba la vista, Mía ya la estaba mirando. Y no era una mirada de “qué grande que sos”. Era una mirada tranquila, evaluadora, como si estuviera midiendo algo más que músculos.

Cuando Mía terminó de estirar, se acercó al banco donde estaba Luna. Se quedó de pie, casi a la altura del pecho de la loba, y le ofreció una botella de agua fría que había sacado de su mochila.

—Toma. Se te está acabando la tuya.

Luna la miró un segundo demasiado largo antes de aceptar.

—Gracias.

—De nada. ¿Vení siempre a esta hora?

—Martes, jueves y sábado. Temprano. No me gusta la gente.

—A mí tampoco. Pero vos estás acá, así que algo de gente tolero.

Luna casi se atraganta con el agua. Mía se rio bajito, se acomodó una oreja y le hizo un gesto con la cabeza hacia la salida.

—Me tengo que ir. Laburo. Pero… ¿el jueves entrenamos juntos otra vez? Así no me rompo la espalda.

Luna miró la botella en su mano, después la cara redonda de la coneja, después el techo, como buscando una excusa.

—…Sí. El jueves. Misma hora.

—Genial. —Mía se puso de puntitas, le dio un golpecito suave en el antebrazo con la manito chiquita y se fue caminando hacia los vestuarios, la cola balanceándose de un lado a otro.

Luna se quedó sentada un rato más de la cuenta. El jabalí Héctor pasó otra vez y le gritó desde la recepción:

—¡Eh, Vargas! ¿La vas a adoptar o qué?

—Cerrá el orto, Héctor.

Pero no se movió. Se quedó mirando la puerta de los vestuarios hasta que Mía salió vestida de civil: una remera oversized que le llegaba casi a las rodillas y un short que dejaba ver los muslos gorditos. Le hizo un gesto de despedida con la mano y se fue.

Luna se levantó, guardó las cosas y salió cinco minutos después. En la calle el aire fresco le pegó en la cara. Caminó dos cuadras con las manos en los bolsillos, la cola baja, pensando en la forma en que esa coneja de 1,30 le había dicho “loba grande” sin ninguna ironía, como si fuera un cumplido.

Cuando llegó a su depto, se sacó la remera, se miró en el espejo del baño y gruñó para sí misma:

—No. Ni en pedo.

Pero esa noche, cuando se metió en la cama, el último pensamiento que tuvo antes de dormirse fue la sonrisa de Mía y la forma en que sus manitos chiquitas le habían tocado el antebrazo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Luna Vargas no se durmió con cara de culo.

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