Prólogo
—Vuelo con destino España, por favor, embarque por la puerta 47.
Saye miró la tarjeta de embarque que sostenía en la mano. El papel estaba arrugado por los bordes. Tenía los dedos rígidos y le temblaban tanto que las letras bailaban ligeramente bajo la luces blancas del aeropuerto.
La fila del control de seguridad avanzo. Una familia con tres carritos se movió a empujones hacia las cintas, dejando un espacio de metro y medio frente a ella.
Pero Saye no avanzó.
Se quedó quieta, clavada en el suelo, con la mochila cargando de un hombro.
Él estaba justo ahí.
De pie, justo en el límite donde las cintas marcaban el final de la zona de acompañantes. Llevaba los vaqueros de siempre, desgastados en las rodillas, y una camiseta negra de algodón que se le tensaba en la espalda. Tenía las manos metidas en los bolsillos delantero.
No la miraba a la cara. Tenía la vista fija en un punto por encima de su hombro, con la mandíbula tan apretada que el músculo se le marcaba.
El recuerdo le vino sin querer. Él peso de él sobre ella. Su cuerpo aplastándola contra la madera astillada, la urgencia bruta, sus manos grandes agarrándola para que no se moviera. Recordó sus propias uñas clavándose en esa espalda, rasgando la piel de arriba abajo.
No hubo disculpas después.
No hubo promesas de ningún tipo.
Solo la realidad de que el tiempo se había terminado.
—Señorita, avance, por favor.
El guardia levantó la mano desde el otro lado del arco de metal, y Saye parpadeó. La luz del aeropuerto volvió a ser cegadora. Ban Wang Nam, la lluvia, la tierra, el barro y la humedad se quedaron de golpe a cuarenta kilómetros de distancia.
Tenía su vida en España. Una plaza fija. Un sueldo para el resto de su vida, un piso con calefacción y un sitio donde nadie le decía lo que tenía que hacer.
Era el plan.
Era lo que quería.
Él, con su actitud de mierda, sus órdenes constantes y su hostilidad, no encajaban en ningún sitio.
Avanzó un paso.
Él bajó la mirada por fin y se clavó directamente en sus ojos.
No había tristeza. Había un tensión tan real que Saye sintió que le faltaba el aire. Se miraron en silencio, separados por la línea roja del suelo.
Noventa días resumidos en un metro de distancia.
Saye levanto la barbilla y mantuvo su mirada, firme, negándose a ser la primera en apartarla. Entonces, él sacó la mano derecha del bolsillo. Ignoró la línea del suelo y avanzó a paso rápido hacia ella, invadiendo su espacio. Antes de que pudiera procesarlo, el levantó la mano y le agarró la nuca, tirando de ella hacia arriba.
Él inclinó la cabeza y sus respiraciones chocaron. Estaba tan cerca de que cualquier roce, cualquier movimiento en falso, acabaría con sus bocas unidas. Si la besaba ahí Saye sabía que no cruzaría ese control. Si él se lo pedía, ella no volvería a España.
Él lo sabía.
La miró a los ojos, apretó el agarré en su nuca y se acercó a ella tanto que sus labios quedaron a milímetros, rozándose.
—Yàa glàp maa.
La frase le salió rota, ronca.
“No vuelvas”
La soltó de golpe, como si ese contacto lo estuviera destrozando por dentro. Dio un paso atrás rápido, regresando detrás d la línea roja y volvió a meter las manos en los bolsillo, volviendo a ser esa muro de ladrillos que siempre había sido.
Ella tragó saliva.
Se giró hacia la cinta de seguridad y agarró una de las bandejas, dejando dentro su mochila, su móvil y el abrigo. Caminó hacia el arco, entregando la tarjeta de embarque.
Cuando pitó en verde, avanzó.
Recogió sus cosas, se colgó la mochila y empezó a caminar hacia la terminal.
No miró atrás.








