CAPÍTULO 1 EL DE UN RELOJ PARADO
El olor a madera vieja y aceite mineral siempre había sido para Min-jae el único refugio silencioso en medio del estruendo de Seúl. Su taller de restauración, escondido en un estrecho callejón cerca de Anguk-dong, parecía un rincón inmune a la prisa del siglo XXI. Rodeado de gramófonos descompuestos, cajas de música sin cuerda y marcos dorados gastados, Min-jae pasaba las horas devolviendo la vida a objetos que otros habían dado por perdidos.
Sin embargo, detrás de su impecable paciencia profesional, Min-jae vivía con la vaga y constante sensación de estar viviendo una vida que no le pertenecía. Era un cansancio antiguo, un peso invisible en el pecho que ninguna rutina lograba calmar. Como si estuviera esperando algo —o a alguien— que había llegado con cien años de retraso.
Esa tarde de otoño, la luz dorada del atardecer se filtraba entre los ventanales de la tienda cuando la campana de la puerta sonó con un repique suave.
—Sigues aquí metido, Min-jae —dijo una voz cálida.
Min-jae levantó la vista y sonrió, sintiendo que la opresión de su pecho disminuía instantáneamente. Soo-jin entró al taller, sacudiéndose el viento helado y sosteniendo dos vasos de café humeantes. Con su abrigo largo y la bufanda tejida a mano, traía consigo una vitalidad luminosa que siempre contrastaba con la penumbra del local.
—Alguien tiene que arreglar los recuerdos de la ciudad —respondió él, dejando la lupa de relojero sobre el banco de trabajo.
—Los recuerdos pueden esperar, pero tu almuerzo no. Ni siquiera has comido —dijo Soo-jin, dejando uno de los vasos frente a él y apoyándose contra la mesa.
Llevaban casi un año conociéndose. Se habían cruzado por primera vez en una exposición de mapas antiguos en el museo donde ella trabajaba como curadora. Desde aquel instante, Min-jae había sentido un impacto sordo, un sobrecogimiento idéntico al de reconocer un rostro familiar entre una multitud lejana. Pero a pesar de la innegable química y del afecto que crecía entre ellos, Min-jae no se había atrevido a dar el paso definitivo. Un temor irracional, una voz interna le advertía constantemente que amarla congregraría una tragedia que su alma no podría soportar otra vez.
—Llegó esto esta mañana —dijo Min-jae, señalando una pequeña caja de terciopelo gastado sobre la mesa de trabajo.
Soo-jin se acercó con curiosidad. Al abrir la caja, encontró un reloj de bolsillo de latón. Estaba opaco por el paso del tiempo, con finos grabados florales casi borrados en la tapa y la esfera de porcelana agrietada en una de las esquinas. Las manecillas doradas permanecían inmóviles en las cuatro y diez.
—Es hermoso —susurró Soo-jin, extendiendo los dedos para tocarlo—. Se nota que tiene una historia larga. ¿De qué época es?
—Por la manufactura y los sellos de la cubierta, calcula la década de 1920 —explicó Min-jae—. Pero la maquinaria interna está completamente trabada. No tiene cuerda, ni movimiento. Es como si el mecanismo hubiera decidido detenerse en un instante preciso.
En el momento en que Soo-jin tocó la superficie de latón, Min-jae colocó su mano sobre la de ella para ajustarla. Al rozarse sus pieles junto al metal helado, un estremecimiento brusco recorrió los hombros de ambos. No fue una descarga eléctrica, sino una ráfaga de aire helado e invisible que pareció hacer eco en las paredes del taller.
Soo-jin retiró la mano rápidamente, respirando con agitación.
—¿Sentiste eso? —preguntó ella, mirando el reloj con una mezcla de fascinación y desconcierto.
—Un mareo... —murmuró Min-jae, sujetándose del borde de la mesa. Por un milisegundo, cuando cerró los ojos, no vio el taller. Vio la sombra de una calle adoquinada, oyó el crujido de maderas quemadas y el eco lejano de un disparo.
Soo-jin intentó sonreír para suavizar la tensión, aunque sus ojos reflejaban inquietud.
—A veces piensas demasiado en el pasado, Min-jae. Aceptas la vida a través de cosas viejas porque te da miedo mirar el presente.
—No es miedo —dijo él en voz baja—. Es solo... que siento que siempre llego tarde. A todo. Inclusive a ti.
Soo-jin lo miró detenidamente, con una dulzura profunda que le encogió el corazón.
—No estás tarde. Estás justo a tiempo. Solo tienes que dejar de tener miedo a lo que pueda pasar mañana.
Ella miró su reloj de pulsera y suspiró.
—Tengo que regresar al museo a cerrar la exposición. ¿Nos vemos a la salida para cenar?
—Te acompaño a la estación de autobús —se ofreció él de inmediato, guardando el reloj de latón en el bolsillo interior de su abrigo sin pensarlo demasiado.
Salieron juntos al atardecer de Seúl. Las luces de la avenida comenzaban a encenderse, reflejándose en el asfalto húmedo. El aire frío de otoño olía a hojas secas y combustible. Caminaron en silencio durante dos calles, un silencio cómodo y lleno de palabras no dichas.
Al llegar al cruce peatonal frente a la avenida principal, el semáforo cambió a verde para los peatones. Varios transeúntes comenzaron a cruzar.
—Min-jae —dijo Soo-jin, deteniéndose a mitad del paso de cebra y girándose hacia él con una sonrisa sincera—. Prométeme que hoy no te quedarás hasta medianoche en el taller.
—Lo prometo —dijo él, sonriendo por primera vez en el día.
Fue en ese segundo exacto cuando el mundo se desarticuló.
Un camión de carga fuera de control irrumpió a gran velocidad desde la intersección, saltándose la luz roja. El chirrido ensordecedor de los frenos rasgó el aire de la ciudad.
—¡Soo-jin! —gritó Min-jae.
Todo ocurrió en una fracción de segundo distorsionada. Min-jae se lanzó hacia adelante estirando el brazo para empujarla fuera de la trayectoria. El impacto de la carrocería resonó con un golpe seco. La fuerza del aire y el contacto desgarrador lanzaron a Soo-jin contra el pavimento a varios metros de distancia, mientras Min-jae caía violentamente sobre el asfalto.
El pánico se apoderó de la calle. Gritando, la gente rodeó la escena. Min-jae, con la vista nublada y el cuerpo paralizado por el dolor, se arrastró mecánicamente por el suelo frío, buscando desesperadamente la figura inerte de Soo-jin.
—Soo-jin... por favor... —suplicaba con un hilo de voz, sintiendo la sangre brotar de su sien.
Logró rozar la mano de ella, helada y sin respuesta. En medio de la agonía, la mano de Min-jae apretó instintivamente el objeto que llevaba en el bolsillo interior de su abrigo: el viejo reloj de latón de 1920.
En ese instante, dentro del reloj, un engranaje seco crujió.
Sin que nadie le hubiera dado cuerda, las manecillas inmóviles saltaron bruscamente. Comenzaron a girar en sentido contrario a las agujas del reloj con una velocidad frenética.
El sonido de las sirenas de ambulancia y los gritos de la multitud empezaron a distorsionarse, volviéndose lentos, graves, hasta apagarse por completo. Las luces de los rascacielos de Seúl comenzaron a parpadear y derretirse en halos de luz dorada. El asfalto moderno pareció disolverse bajo el cuerpo de Min-jae, reemplazado por la sensación de tierra húmeda y adoquines fríos.
Un silbato metálico y distante retumbó en sus oídos: el silbato de un tranvía a vapor.
El aire frío llenó sus pulmones con olor a carbón quemado, humo de pino y lluvia lejana. Justo antes de perder el conocimiento, Min-jae escuchó una voz que no pertenecía al Seúl de hoy, una voz envuelta en llanto que susurraba desde las sombras del tiempo:
“Si volvemos a encontrarnos... esta vez no me dejes ir.”
Y la oscuridad lo cubrió todo.








