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La heredera de su propio nombre

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Sinopsis

Libro II de la Saga Blackthorne. Isabella Carter dejó de existir el día en que decidió marcharse. Ya no pertenece a un apellido, a un imperio ni a un matrimonio que estuvo a punto de destruirla. Sebastián recuperó su mundo, aunque en el camino, dejó atrás a la única mujer que nunca quiso perder. Ahora sus vidas han cambiado. Ellos también. Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se dicen adiós.

Estado:
hace 12 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Una casa demasiado grande

Blackthorne Manor estaba casi completamente a oscuras cuando Sebastián regresó.

Alfred lo esperaba en el vestíbulo, como cada noche, a pesar de que hacía meses que le había pedido que no lo hiciera.

—La cena está preparada, señor.

Sebastián continuó hacia la escalera.

—No tengo hambre.

—¿Desea que le lleve algo al despacho?

—No será necesario. Gracias, Alfred.

Subió sin detenerse.

Llevaba todo el día pensando en aquel momento.

Había llegado al Edificio Blackthorne antes de las siete de la mañana. Después se sucedieron catorce horas de reuniones, informes y decisiones que no podían esperar. Desde que recuperó la presidencia, sus jornadas parecían haberse extendido hasta ocupar cada minuto del día.

Él tampoco hacía nada por impedirlo.

Sin embargo, mientras escuchaba previsiones, revisaba contratos y resolvía problemas capaces de afectar a miles de personas, una parte de su mente había permanecido allí.

En el cajón de su escritorio.

Entró en el despacho y cerró la puerta.

Solo entonces se aflojó el nudo de la corbata.

El silencio de la mansión lo envolvió por completo. A aquellas horas ya no se escuchaban pasos en los corredores ni puertas cerrándose en la distancia. La casa que durante generaciones había representado el poder de los Blackthorne parecía demasiado grande cuando el silencio se apoderaba de ella.

Sebastián se sentó frente al escritorio y abrió el primer cajón.

La pequeña caja negra descansaba exactamente donde la había dejado la noche anterior.

Y la anterior a aquella.

La tomó entre las manos.

Levantó la tapa despacio.

El broche brilló bajo la luz de la lámpara. Sebastián lo sostuvo entre los dedos y recorrió con el pulgar el contorno de la pieza.

Esa joya había pertenecido durante generaciones a las mujeres de la familia Carter. Victoria se lo había entregado a su hija e Isabella solo lo había llevado una vez.

El día de su boda.

Hacía meses que repetía la misma secuencia. Primero se limitaba a observarlo. Luego, instintivamente, se lo acercaba a la boca y dejaba que descansara sobre sus labios. Nunca llegaba a besarlo; le bastaba con sentir el contacto del metal frío.

Durante unos minutos, aquel gesto conseguía silenciar todo lo demás. No era paz. Hacía demasiado tiempo que no recordaba cómo se sentía algo parecido.

Pero era lo más cerca que podía estar de ella.

Durante las primeras semanas, Sebastián creyó que Isabella no había dejado nada suyo. Ni ropa olvidada en un armario. Ni uno de los libros que acostumbraba a abandonar abiertos por cualquier rincón de la casa.

Las cajas de la mudanza habían salido de Blackthorne Manor semanas después del divorcio. Sebastián no había supervisado nada. Cuando entró en el vestidor vacío, Adela y Marie ya habían empaquetado todo cuanto pertenecía a Isabella.

Días después encontró el broche.

Dudaba que Adela y Marie lo hubieran pasado por alto. Probablemente no se atrevieron a enviar una joya de aquel valor entre cajas de ropa y objetos personales. Quizá pensaron que sería más seguro conservarla en Blackthorne Manor hasta que pudiera ser entregada personalmente.

Lo que Sebastián no conseguía comprender era que Isabella nunca hubiera preguntado por el broche.

Tal vez ni siquiera había reparado en su ausencia.

O quizá sí.

Quizá había descubierto que el broche no estaba entre sus pertenencias y había preferido renunciar a él antes que ponerse en contacto con Blackthorne Manor.

El teléfono vibró sobre el escritorio.

La calma desapareció.

Una llamada a aquellas horas solo podía significar una cosa.

Harris, el hombre que dirigía la seguridad de Blackthorne Holdings, le había informado esa misma tarde de que su equipo estaba terminando de revisar los últimos registros disponibles.

Sebastián le había dado una única instrucción: debía llamarlo en cuanto concluyeran la revisión, fuera la hora que fuera.

Quizá por fin tuviera buenas noticias.

Sebastián apartó lentamente el broche de sus labios y bajó la mirada hacia la pantalla.

El nombre confirmó sus sospechas.

Respondió de inmediato.

—¿La han encontrado?

Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.

—No, señor.

Sebastián cerró la mano alrededor del broche.

—Explíquese.

—Hemos terminado las comprobaciones autorizadas. Cuentas bancarias, registros, propiedades, vuelos, movimientos empresariales... Tampoco figura como propietaria ni arrendataria de ningún inmueble. No existe ninguna actividad reciente a nombre de Isabella Carter.

Sebastián bajó la mirada hacia el broche que aún sostenía entre los dedos.

—¿Y Blackthorne? —preguntó, aun conociendo la respuesta.

—Tampoco.

Esta vez levantó la vista.

—¿Cómo puede ser posible?

—Hace meses que no consta ninguna actividad con ninguno de esos dos apellidos. El último registro que hemos podido confirmar corresponde a la Junta Extraordinaria de Accionistas, cuando usted recuperó la presidencia gracias a la cláusula del cinco por ciento.

—Eso fue hace mucho tiempo. No se la puede haber tragado la tierra.

Harris guardó silencio durante un instante.

—Con las limitaciones que estableció, hemos agotado prácticamente todas las vías.

Sebastián endureció el gesto.

—Sea más concreto.

—Richard y Victoria Carter mantienen su rutina habitual. Es posible que alguno de los dos esté en contacto con ella, pero sin seguir sus desplazamientos ni comprobar sus comunicaciones no podemos saberlo.

—Eso no va a cambiar.

—Entonces tendremos que continuar buscando por otras vías.

Sebastián volvió la mirada hacia el broche.

—Háganlo. Y mantengan la misma discreción.

—Sí, señor.

Nunca permitiría que utilizaran a Richard o a Victoria para llegar hasta Isabella. Bastante daño había causado ya a aquella familia. No pensaba convertir cada visita, cada llamada o cada viaje en una pista que Harris pudiera seguir.

Quería encontrarla.

No hacerla sentir perseguida.

—¿Y la cuenta?

Harris no necesitó preguntar a cuál se refería.

—El dinero del acuerdo de divorcio continúa allí.

—¿Lo ha utilizado?

—No.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Nada?

—Ni un dólar.

Aquello tampoco tenía sentido.

Isabella había intentado rechazar ese dinero cuando firmaron los papeles. Era la compensación de un millón de dólares. Sebastián había insistido en que lo aceptara. Era lo que habían acordado antes de casarse y no estaba dispuesto a incumplir su palabra.

Pero había otra razón.

Quería que ella fuera libre.

Que pudiera marcharse sin necesitar nada de él, de los Carter ni de nadie.

Y eso era exactamente lo que Isabella había hecho.

Solo que ni siquiera había necesitado tocar el dinero para conseguirlo.

—Sigan buscando.

—Sí, señor.

La llamada terminó, pero Sebastián no soltó el teléfono inmediatamente.

¿Dónde estás, Isabella?

Llevaba meses formulándose la misma pregunta y nunca se había permitido pronunciarla en voz alta.

Hubo un tiempo en el que conocía cada detalle de su rutina. Sabía a qué hora se despertaba, que siempre tenía frío y que nunca terminaba una taza de café en el mismo lugar donde había empezado a beberla. Sebastián se había acostumbrado a encontrarlas en los rincones más inesperados de la mansión.

Ahora ni siquiera sabía en qué ciudad vivía.

¿Cómo había podido perderla hasta ese punto?

No necesitaba que nadie respondiera. Cada decisión que había tomado para proteger el imperio lo había alejado un poco más de Isabella, casi sin que se diera cuenta.

Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a mirar el broche. Después se levantó despacio. Con la joya todavía entre los dedos, cruzó el despacho hasta detenerse frente a los ventanales.

Chicago estaba despierta.

Las luces de los rascacielos se extendían hasta donde alcanzaba la vista y el Edificio Blackthorne dominaba el perfil de la ciudad como había hecho durante décadas.

Todo continuaba exactamente igual.

El tráfico recorría las avenidas. En las plantas más altas de algunos edificios todavía había despachos iluminados. La ciudad avanzaba con la misma precisión de siempre, indiferente a todo lo que pudiera ocurrir dentro de cualquiera de aquellas ventanas.

Había pasado casi un año.

Miles de personas dependían de Sebastián cada día. Inversiones, consejos de administración, nuevas adquisiciones. Decisiones capaces de mover cifras que la mayoría de la gente no llegaría a manejar en toda una vida.

Todo eso podía resolverlo.

Y, aun así, la única pregunta para la que no había conseguido encontrar una respuesta era también la única que realmente le importaba.

¿Dónde estaba Isabella?

Regresó al escritorio. Depositó el broche sobre el terciopelo negro y cerró la caja. Después la guardó en el cajón, en el lugar exacto que ocupaba desde que ella se había marchado.

No echó la llave.

Sabía que mañana volvería a abrirlo.

Y al día siguiente.

Y todos los que vinieran después, hasta encontrarla.

O hasta quedarse sin razones para seguir buscándola.

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