LA FIRMA TÉCNICA
El aire dentro de los ductos de servicio de Neo-Veridia olía a humedad añeja; era un espacio de metal caliente que parecía un horno.
A veinte metros bajo el asfalto de la metrópolis, el rugido del tráfico apenas me llegaba como un murmullo distante.Ajusté la linterna táctica de mi casco y le di un par de golpes suaves al mamparo de hierro.
Llevaba más de cuatro años trabajando para Hidrandina, resolviendo las averías que ningún otro técnico quería aceptar en los niveles inferiores de la ciudad.
Aunque mi trabajo era reparar redes eléctricas de alta tensión, mi verdadera obsesión siempre habían sido las armas de fuego. Para mí, un circuito y el disparador de un fusil compartían la misma lógica: precisión, energía contenida y una respuesta inmediata al menor contacto.
-Sector cuatro sin señal de retorno -dije por el radio de mi chaleco, pero solo recibí interferencia.
Rastreé el grueso manojo de cables que alimentaba la red del distrito central hasta llegar a una intersección que no figuraba en mis planos. La pared de ladrillo antiguo había sido derribada y reemplazada por una estructura de concreto armado de aspecto militar. Detrás de una reja sellada con candado, no había un transformador estándar.Había una máquina.
Me acerqué, fascinado. El núcleo central era un condensador cilíndrico cubierto de runas talladas sobre un metal oscuro que absorbía la luz de mi linterna. Varias conexiones piratas canalizaban megavatios de la red pública directamente hacia la base del artefacto.
-¿Qué demonios es esto...? -susurré, quitándome los guantes.La máquina emitía un zumbido grave que hacía vibrar el suelo y la empuñadura de la navaja en mi cinto.
Acerqué el multímetro digital para medir el flujo de energía, pero en cuanto las puntas tocaron la aleación oscura, la pantalla parpadeó y se fundió. Un arco eléctrico azul profundo saltó directamente hacia mis manos.
Intenté retroceder, pero la corriente no me electrocutó; me succionó. El aire alrededor del aparato comenzó a arrugarse como cristal bajo presión extrema.
Un tirón gravitacional implacable me arrastró, el suelo bajo mis botas desapareció y el túnel se disolvió en una ráfaga de luz violeta.El golpe contra el suelo no fue violento, sino denso.Caí sobre un pavimento de piedra negra pulida.
El olor a humedad fue reemplazado de golpe por un hedor penetrante de combustible sintético, especias desconocidas y ozono. Intenté llevarme las manos al pecho para respirar, pero me invadió un terror helado: mis movimientos eran absurdamente lentos.
Levanté el brazo derecho para cubrirme el rostro, pero mi mano tardó casi tres segundos enteros en subir desde mi cintura. Podía sentir el impulso en mi cerebro a velocidad normal, pero fue tanta la impresión al levantar la vista que mi cuerpo parecía moverse sumergido en brea caliente.
Miré mi reloj de pulsera: el segundero avanzaba con perfecta normalidad, segundo por segundo. El tiempo real no se había detenido.
Me erguí con un esfuerzo enorme. Al levantar la vista, me quedé sin aliento.No estaba en Neo-Veridia. Me encontraba en medio de una inmensa plaza rodeada de rascacielos oscuros y neones púrpura. En el cielo sin estrellas, gigantescas naves de carga descendían con una lentitud majestuosa. A pocos metros, sujetos con armaduras tácticas y trajes elegantes negociaban sobre cajas selladas. Un disparo de plasma cruzó la calle al fondo.
Había llegado a un mundo diferente del que conocía. Y en ese instante, sin saberlo, mi propia energía acababa de sellar el acceso a La Red Negra y me había convertido en la llave para llegar a ese lugar desde la Tierra.





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