Capítulo 1: El hombre de las dos caras
Francia, 1700
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del Château Beaumont.
El castillo se alzaba sobre una colina rodeada de bosques oscuros, a varias leguas de París. Durante generaciones había pertenecido a la familia Beaumont, una antigua casa noble cuyo prestigio había comenzado a deteriorarse mucho antes de que Lucien naciera.
Lucien Beaumont observaba el fuego de la chimenea mientras sostenía una copa de vino.
Tenía treinta y dos años.
Era culto, inteligente y poseía una fortuna suficiente para no trabajar jamás.
Y sin embargo estaba profundamente aburrido.
Los nobles discutían sobre política.
Los comerciantes hablaban de dinero.
Los sacerdotes discutían sobre Dios.
Pero desde hacía años Lucien estaba convencido de que todos ignoraban algo.
Algo enorme.
Algo oculto.
Algo que existía detrás del mundo visible.
Un golpe seco resonó en la puerta.
Lucien levantó la vista.
-Adelante.
El mayordomo ingresó con expresión nerviosa.
-Mi señor...
-¿Qué ocurre?
-Ha llegado un visitante.
Lucien frunció el ceño.
-¿A esta hora?
-Sí.
-¿Quién es?
El anciano tragó saliva.
-No lo sé.
-¿No lo sabe?
-No quiso dar su nombre.
Lucien soltó una leve sonrisa.
-Entonces dígale que vuelva por la mañana.
-Lo intenté.
-¿Y?
-Dijo que usted lo estaba esperando.
El silencio llenó la habitación.
Lucien dejó lentamente la copa sobre la mesa.
-¿Lo conozco?
-No, señor.
-Entonces no lo estaba esperando.
-Eso mismo le respondí.
-¿Y qué dijo?
El mayordomo pareció dudar.
-Dijo que usted lleva diez años buscándolo.
La sonrisa desapareció del rostro de Lucien.
Durante años había viajado por Europa.
Había estudiado manuscritos prohibidos.
Había entrevistado alquimistas.
Había comprado libros que la Iglesia quemaría si supiera de su existencia.
Todo buscando respuestas.
Todo buscando pruebas.
Nadie conocía ese detalle.
Nadie.
-Hazlo pasar.
El mayordomo asintió y abandonó la habitación.
Un minuto después la puerta volvió a abrirse.
Y el visitante entró.
Lucien se puso de pie.
Lo primero que vio fue la máscara.
Blanca.
Dividida verticalmente en dos rostros.
Uno sonreía.
El otro parecía llorar.
El hombre vestía completamente de negro.
No parecía rico.
No parecía pobre.
No parecía joven.
No parecía viejo.
Era como si perteneciera a ninguna época.
Y a todas al mismo tiempo.
-Lucien Beaumont -dijo el desconocido.
Su voz era tranquila.
Profunda.
Difícil de identificar.
-¿Quién es usted?
-Alguien que puede responder algunas de sus preguntas.
-Eso no responde la mía.
-No.
Lucien sintió una extraña incomodidad.
Aquel hombre hablaba como si la conversación ya estuviera decidida.
Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir.
-¿Su nombre?
-Janus.
-¿Janus?
-Es el nombre que utilizo.
-¿Utiliza?
-Sí.
-Entonces no es el verdadero.
-No.
Lucien entrecerró los ojos.
-¿Por qué debería escucharle?
Janus observó el fuego.
-Porque hace tres meses estuvo en Praga buscando un manuscrito atribuido a John Dee.
Lucien se quedó inmóvil.
-Porque hace siete años encontró una tumba romana cerca de Marsella.
Silencio.
-Porque cuando tenía doce años vio algo en el bosque detrás de este castillo y jamás se lo contó a nadie.
La sangre desapareció del rostro de Lucien.
-¿Quién demonios es usted?
Janus lo observó.
Detrás de la máscara era imposible leer expresión alguna.
-La pregunta importante no es quién soy yo.
-¿Ah no?
-Es qué fue lo que vio aquella noche.
Lucien sintió un escalofrío.
El recuerdo seguía allí.
Doce años.
Invierno.
Oscuridad.
Y una criatura observándolo entre los árboles.
Ojos amarillos.
Demasiado grandes.
Demasiado inteligentes.
Durante años se había convencido de que era una pesadilla.
-No vi nada.
-Miente.
-Era un niño.
-Era un hombre lobo.
El silencio cayó como una piedra.
Lucien soltó una carcajada incrédula.
-¿Es una broma?
-No.
-Los hombres lobo no existen.
-Existen.
-¿Y qué sigue? ¿Vampiros?
-También.
Lucien volvió a reír.
Pero la risa sonó menos segura.
-¿Brujas?
-Sí.
-¿Demonios?
-Sí.
-¿Espíritus?
-Sí.
Janus respondió cada pregunta con la misma calma.
Sin vacilar.
Sin exagerar.
Como si estuviera enumerando hechos cotidianos.
Lucien dejó de sonreír.
Porque por primera vez una idea comenzó a abrirse paso en su mente.
¿Y si aquel hombre realmente decía la verdad?
-Supongamos que le creo.
-Bien.
-¿Por qué me cuenta esto?
Janus caminó lentamente por la habitación.
-Porque el mundo está cambiando.
-¿Qué significa eso?
-Significa que durante siglos las criaturas permanecieron ocultas.
-¿Y ahora?
-Algo las está obligando a moverse.
Lucien observó la lluvia tras los ventanales.
-¿Qué clase de algo?
Janus permaneció en silencio durante varios segundos.
-Todavía no lo sé.
Aquella respuesta sorprendió a Lucien.
Esperaba seguridad absoluta.
No duda.
-¿No lo sabe?
-No.
-Entonces no tiene todas las respuestas.
-Nunca dije que las tuviera.
Por primera vez Lucien sintió algo distinto.
No miedo.
Curiosidad.
-¿Qué quiere de mí?
Janus se acercó.
-Quiero que me ayude.
-¿A hacer qué?
-A encontrar a otros.
-¿Qué otros?
-Personas que entiendan que la guerra que se aproxima no distingue entre humanos y monstruos.
Lucien permaneció en silencio.
-¿Cuántos son?
-Por ahora...
Janus observó las llamas.
-Dos.
-¿Dos?
-Usted y yo.
La lluvia siguió golpeando las ventanas.
En algún lugar lejano un trueno sacudió el cielo.
Y aunque Lucien todavía no podía comprenderlo, aquella conversación cambiaría el destino del mundo durante los siguientes trescientos años.
Porque esa noche no había conocido a un hombre.
Había conocido el comienzo de una leyenda.