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The Forgotten Tongues: Rekael

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Sinopsis

Rekael Wera, Gauren Etre Netha'n, Drava Kö, Morga Taal. Asha D'Gharmerun, Dyï Vael Dhaun. Vaur Dûr Etre, Khaen Sora Gar. Vael Ghar Netha, Nae Nûr Asha. Taal Irûn Dyï, Khar Netha Ash. Morga Kö, Vren Taal Nae Ghar. Thren Nûr Vaal D'Rûn, Thren Vaal Rûn Kö. Kraen Dûr D'Khar, Irûn Nae Vael D'Ghar. Dûr Netha Kö Etre Nûr, Thal Vren Dyï Vraen. Shae D'Irûn Khar, Shae D'Vraen Nûr Aen. Vael Sora Etre Khaen, Sora Vaal Vael D'Naeth. °Nae Ghar Vael, °Vael Netha Dûr. Ghar Nae Asha, Netha Ghar, Nae Etre Ghar D'Vael. Vael Morga Etre Nûr, Khar Dûr Dyï Vaal. Nâm Vael Netha Vren, Sora Etre Vaur Nae Ghar. Dyï Ghar Nâm Vaal, Vael Ghar Nûr D'Naeth. Khar Vael Dûr, Dûr Netha Vaal. Ghar Dûr Thren, Nae Thren D'Vaal. Dyï Nûr Khar Vaal, Nae Khar D'Khar Vaal. °Morga Sora Nûr, Rekael Vael Naeth. Nae Ghar, Nae Taal, Nae Rûn, Nae Nâm D'Ghar Vaal. Netha Nâm Antuuqh, Vael Dhaun Nâm Netha. Irûn D'Khar Vaal, Irûn Nae Vaal. Dyï Nâm Vael Netha, Nâm Ancient Nae Nûr. Dûr D'Vael Vren Sora, Nae Khar Vaal D'Rûn. Etre Vren Vaal Nûr, Etre Vren Vaal Irûn. Dyï Nûr Vael: |Ghar Etre| Nae Nâm Ghar, Nae Nâm Rûn. Vael Nâm D'Rekael, Sora Vael Werkel.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
JUAN DAVID
Estado:
hace 15 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Canto uno

Rekael Wera, Gauren Etre Netha’n, Drava Kö, Morga taal. Asha D’Gharmerun, DyÏ vael Dhaun.

El aire del fondo de la taberna apestaba a sebo quemado, sudor viejo y cerveza agria. Sobre los tablones manchados de grasa reposaba una fuente de madera con media falda de dhorreno asado, tostada en los bordes y goteando jugo caliente sobre una hogaza de pan duro. Junto a la comida, dos jarras de cerveza esperaban llenas.

El hombre ocupaba casi todo el banco. Era un mastodonte de hombros caídos y espalda ancha como el tronco de un pino añoso, enfundado en un jubón de cuero endurecido y ennegrecido por el roce, con placas de hierro remachadas en los antebrazos y sobre el pecho. Tenía una melena espesa y renegrida que caía en mechones grasientos tras la nuca, cejas gruesas y un bigote largo que le cubría las comisuras de la boca, húmedo aún por la espuma de la cerveza. Masticaba con calma, arrancando pedazos de carne con las muelas y dejando los huesos limpios en el borde del cuenco.

El estrépito llegó desde la mesa vecina. Cuatro jornaleros bebidos discutían por una tirada de dados; dos de ellos tropezaron a empujones y uno cayó de espaldas contra la esquina de la mesa del hombre grande.

La madera crujió. La jarra de cerveza a medio terminar rodó por la mesa y se vació en un charco espumoso sobre el regazo del gigante. El cuenco se volcó de costado, y la falda de dhorreno terminó rodando por el suelo de tierra pisada, rebozada en polvo y restos de ceniza.

El tipo que había caído al suelo soltó una carcajada torpe, limpiándose la baba con la manga.

El coloso no parpadeó. Dejó caer el cuchillo corto sobre la madera.

Se levantó sin prisa. La estatura del hombre obligó al resto de la mesa a alzar el cuello; sus más de dos metros de masa corporal bloquearon la poca luz de las antorchas del rincón. El borracho en el suelo apenas empezaba a entender el tamaño del bulto frente a él cuando el guantelete de cuero remachado del gigante bajó como un mazo.

El puñetazo sonó seco, entre ceja y ceja.

El chasquido del cartílago quebrándose fue instantáneo. La cabeza del borracho rebotó contra el piso de tierra y el hombre quedó rígido, con los ojos en blanco.

Los otros tres se quedaron helados un segundo, pero el alcohol les nubló el instinto. Uno levantó un banco de madera para usarlo de escudo; el grandullón dio un paso al frente, agarró el madero en el aire con una sola mano; tiró con tanta fuerza que el tipo salió -

despedido hacia adelante. Sin soltar el banco, el gigante le encajó un rodillazo en el esternón que le vació los pulmones con un quejido sordo. El tercero intentó sacar una daga de hierro, pero una manaza áspera le atenazó la garganta, levantándolo en vilo unos palmos del suelo antes de estrellarlo de espaldas contra la pared de madera. Las jarras de la repisa cayeron hechas añicos.

El cuarto borracho dio dos pasos atrás, tropezando con los bancos rotos y con las manos en alto, temblando como una hoja.

El portón de roble de la taberna se abrió de golpe, azotando contra la pared.

Con las manos apoyadas en los pomos de sus espadas, entraron cuatro soldados cuyas capas ribeteadas e insignias imperiales brillaban sobre la cota de malla. Aunque los cascos cubrían por completo sus rostros, el andar apresurado y los pechos jadeantes evidenciaban que habían cruzado media ciudad de forma rauda. El sargento al mando barrió la escena: dos hombres inconscientes sangrando en la tierra, otro tosiendo sangre contra la pared, astillas por todas partes y el coloso de espaldas, sacudiéndose restos de cartílago y sangre de los nudillos del guante.

El oficial soltó el aire de golpe, bajó la mano del arma y levantó la voz por encima de los lamentos:

—¡WERKEL!

El gigante no se sobresaltó. Volteó la cabeza con pesadez, mirándolos de reojo con unos ojos pardos fríos y apagados.

—¿Qué necesitan?

—El rey Gharmerun te manda a llamar a la gran casa—dijo el sargento, cuadrándose apenas medio paso atrás por pura precaución—. De inmediato.

Werkel ladeó la cabeza. Su bigote espeso ocultaba cualquier amago de gesto.

—¿Hay paga?

—La hay. Abundante.

El mercenario se frotó la barba con el dorso de la mano.

—Bien.

Se agachó junto al rincón, donde reposaba su mandoble. Lo alzó del suelo con una sola mano por la empuñadura forrada en cuero, dejando a la vista el acero refinado y el canal profundo que recorría la hoja ancha. Pasó de largo junto al mostrador, estiró el brazo libre y descolgó del espetón de la cocina una pierna entera de dhorreno que humeaba sobre las brasas.

Hincó los dientes en la carne caliente, arrancó una tira de grasa y salió a la calle empedrada masticando, flanqueado por los guardias que procuraban no interponerse en su zancada.

La luz de media tarde caía sobre los adoquines del distrito bajo cuando salieron a la calzada principal. El sargento apuraba el paso al frente, pero Werkel marcaba el ritmo sin esfuerzo. Una marcha pesada, desgarbada y constante, arrancando bocados de la pierna de dhorreno con chasquidos sordos y sosteniendo el mandoble desnudo contra el hombro, balanceando la hoja acanalada como si fuera una vara de leña verde.

Al enfilar la avenida que desembocaba en el mercado central, el bullicio de los puestos se quebró en oleadas.

Los tenderos de verduras y legumbres retrocedían medio cuerpo tras sus tablones al ver la silueta del gigante recortada contra los toldos de lino. Un carretero que tiraba de un mulo cargado con sacos de grano, frenó al animal de un tirón seco para pegarse contra la pared de madera, cediéndole la calzada completa sin cruzarle la mirada. Nadie chistaba; nadie pedía explicaciones por la sangre ajena que aún goteaba de los remaches de sus guanteletes. Los buhoneros y los cambistas de calderilla sabían de sobra qué significaba el paso de Werkel escoltado por la capa carmesí de los guardias del palacio: el rey había soltado la correa.

Un perro famélico se acercó husmeando el rastro de grasa caliente. Werkel, sin detener la zancada, le arrojó al hocico un trozo de carne con una mueca corta bajo el bigote; el perro huyó con el trozo entre las muelas hacia un callejón.

Cruzaron la plaza de armas, donde los veteranos de la infantería descansaban sobre los brocales de los pozos. Hombres curtidos en escaramuzas fronterizas enderezaron la postura al verlo pasar, asintiendo con un cabeceo rígido que no era saludo militar, sino el reconocimiento instintivo que un soldado le rinde a una máquina de matar que nunca ha sido doblada. Werkel ni siquiera devolvió el gesto; masticaba con fruición, escupiendo un trozo de tendón duro contra las losas pulidas de la fuente.

Al fondo de la plaza se alzaba el terraplén de piedra blanca que sostenía la Gran Casa Real.

La escalinata monumental contaba con más de ochenta peldaños de caliza clara, anchos y gastados por siglos de procesiones y embajadas. A ambos lados, los alabarderos de la guardia de palacio mantenían sus puestos firmes como estatuas de bronce, cubiertos con jubones púrpuras y sobrevestas bermellón.

Werkel comenzó a subir sin desacelerar. Sus botas de cuero embarrado manchaban los peldaños inmaculados a cada paso, haciendo un contraste grosero con la pulcritud ceremonial del recinto. Para cuando alcanzó el último rellano frente a los enormes portones de bronce repujado, sólo le quedaba el hueso pelado del dhorreno en la mano.

Miró al centinela de guardia en la entrada, quien tragó saliva disimuladamente bajo el yelmo, y le tendió el hueso limpio sin decir palabra. El soldado, casi por reflejo, extendió el brazo y lo recibió como si le entregaran un cetro profanado.

Werkel se limpió la grasa de los labios con el antebrazo acorazado, apoyó la punta de su mandoble contra la losa del umbral y esperó a que las puertas de Gharmerun se abrieran de par en par.

Los pesados portones de bronce repujado se abrieron hacia adentro con un eco sordo que reverberó por toda la nave principal.

El gran salón del trono de la Casa Real era una muestra asfixiante de orden y pulcritud: columnas de piedra blanca estriada sostenían una bóveda pintada en azul añil, y a los costados se alineaban cortesanos con túnicas de lino teñido, escribas de la corona y capitanes de la guardia con corazas relucientes. Al fondo, sobre una tarima de tres peldaños tapizada en paño púrpura, descansaba el trono de Gharmerun.

El rey vestía sus mejores galas ceremoniales: sedas en tonos carmesí y morado ribeteadas en hilo de oro fino, sortijas de piedras oscuras en los dedos y una barba recortada al milímetro que enmarcaba una expresión paciente, casi paternal.

El silencio de la corte se quebró en cuanto Werkel cruzó el umbral.

El gigante avanzó por la alfombra central sin cambiar el paso pesado de cuartel. Sus botas dejaban huellas de barro seco y polvo de la calle sobre la tela fina, y el olor a cuero rancio y sudor viejo precedía a su sombra. Llevaba el mandoble apoyado con descuido sobre el hombro derecho, sosteniéndolo de la empuñadura forrada con una sola mano; el canal de la hoja reflejaba la luz de las lámparas de aceite, todavía opaco por salpicaduras que no se había molestado en limpiar. Con la otra mano, se rascó el bigote espeso y soltó un bufido mientras buscaba aire.

Varios de los nobles dieron un paso involuntario hacia atrás, frunciendo la nariz con discreción, pero ninguno se atrevió a soltar una queja en voz alta. Todos conocían a la bestia de la casa.

Werkel llegó al pie de la tarima. No dobló la rodilla, ni bajó la cabeza, ni soltó el arma. Se detuvo a escasos metros del monarca, clavó sus ojos pardos en él y apoyó la punta de acero de la espada contra el suelo de mármol con un clac seco que hizo estremecer a un escriba cercano.

—Gharmerun —dijo con voz cavernosa, usando el tono llano de quien le habla a un tabernero de confianza—. Me dijeron que mandaste a llamar y que hay oro. ¿Qué hay que romper?

El rey no se inmutó por la falta de protocolo. Al contrario, una leve sonrisa de satisfacción asomó bajo su barba cuidada mientras observaba la envergadura de su protegido: un muro de carne de dos metros que garantizaba la paz de sus fronteras.

—Mi buen Werkel —respondió Gharmerun con voz suave y educada, acomodándose en el respaldo del trono—. Siempre tan directo. Descansa ese hierro un momento; esta vez no se trata de quebrar huesos en la plaza, sino de asegurar algo que le pertenece por derecho a esta corona antes de que los elfos pongan sus largas manos sobre ello.

—¿Cuándo parto? —preguntó Werkel, con sequedad.

—Tranquilo, Werkel. Esta misión es importante —explicó Gharmerun con total calma, inclinándose hacia adelante—. Tendrás que ir más allá de las montañas del norte, a una isla olvidada, árida e inhóspita. Tendrás tres días para prepararte mientras mis eruditos terminan el mapa para que te guíes por Qharen. Come, descansa y mantén el acero enfundado. Cuando los trazos estén secos, sales.

Werkel asintió con un gesto seco de la cabeza. Levantó el mandoble del mármol con una sola mano, acomodándolo de nuevo sobre el hombro, y dio media vuelta sin hacer reverencia alguna.

Cruzó los pasillos de piedra de la gran casa hasta llegar a su recámara, en los pabellones bajos que olía a cuero viejo y humedad. Apoyó el arma sobre el banco de madera y, con un trapo engrasado con sebo, frotó el canal de la hoja con pasadas lentas y metódicas hasta quitarle el polvo y las manchas viejas. Satisfecho con el brillo opaco del metal, dejó el acero apoyado contra la pared junto al jergón.

Se descalzó las botas pesadas y se dejó caer de golpe sobre el camastro de tablas gruesas, que gimió bajo su peso como si fuera a partirse. Se acomodó de lado, pesado y macizo cual toro en pasto seco, y a los pocos minutos sus ronquidos ásperos ya llenaban la estancia, profundamente dormido como un tronco.

Mientras Werkel dormía en los barracones bajos, en el salón del trono un consejero rompió el protocolo para cuestionar la decisión de Gharmerun. Con voz cargada de desdén, le preguntó al monarca por qué enviaba a un bruto como Werkel a semejante encomienda, a un hombre que no poseía ni el más mínimo atisbo de modales, compostura o delicadeza para una tarea de la corona.

Gharmerun, sin perder la calma ante la incredulidad del cortesano, lo miró con parsimonia desde el respaldo del trono. Le respondió que Werkel era el único capaz de resistir y cumplir una travesía semejante con vida. Además, gracias a su mente simple y directa, jamás caería en la tentación de traicionarlo ni de quedarse con el objeto; para él solo existía el oro pactado y el mandato cumplido.

El consejero, no conforme con la respuesta, replicó frunciendo el ceño y preguntó cómo el rey era capaz de aguantar tanta insolencia y falta de reverencia en su propia corte. Gharmerun soltó un suspiro sereno y le contestó que, para él, Werkel era prácticamente un hijo. Recordó el día en que lo encontró vagando cerca de los establos reales, siendo poco más que un muchacho desgarbado; al ver su envergadura y su fuerza descomunal, decidió alimentarlo, cuidarlo y mimarlo bajo su techo. Lo había criado para ser su perro guardián, el escudo de carne que le ahorraba malos tratos, disputas palaciegas y problemas con los insubordinados.

Tranquilo con el tono del rey, pero no satisfecho con la respuesta, el cortesano inclinó la cabeza a regañadientes y se retiró a sus aposentos con paso discreto.

La medianoche se extendió en silencio por los corredores de piedra del palacio. A solas junto a las brasas de la chimenea, Gharmerun consideró enviar a Werkel a la mañana siguiente a la ciudad baja, con el encargo de buscar en el mercado unos rollos de tela gruesa que los tejedores necesitaban para confeccionar los nuevos estandartes que colgarían por el reino.

Tras meditarlo un momento, pensó que mandar a su guardia más letal a un recado tan cotidiano y menor podía resultar absurdo, pero al final decidió que la tarea serviría para mantenerlo ocupado y fuera de problemas antes de la partida. Con la resolución tomada, el monarca se recostó en su lecho y el sueño lo venció poco después.

La luz grisácea del amanecer comenzó a filtrarse entre las murallas de la capital.

El tronco de más de dos metros dormía de forma tan profunda que ni el gallo más ruidoso de las almenas habría sido capaz de arrancarlo de su letargo. Por eso, cada mañana, un escuálido muchacho del servicio tenía la ingrata tarea de entrar a hurtadillas a la recamara y vaciarle un balde de agua helada sobre la cabeza.

Werkel despertó de golpe, empapado y resoplando como un oso al salir del río. Miró al muchacho con una mezcla de desdén dormido y un mínimo atisbo de cortesía resignada, sin alzarle la mano. Se calzó las piezas de cuero y hierro de su armadura, se echó el mandoble al hombro y ya se disponía a bajar a las tabernas por su primer trago del día cuando un heraldo le transmitió la orden: el rey lo llamaba a desayunar a la mesa real. Con un bufido cargado de pereza, Werkel acató el mandato y enfiló pesadamente los pasillos hacia el gran comedor.

En la mesa, entre fuentes de carne y pan caliente, los cortesanos y Gharmerun discutían sobre política y maniobras fronterizas con los elfos, señalando con preocupación las actitudes extrañas y evasivas que aquellos habían mostrado en las últimas negociaciones comerciales.

Werkel, ajeno por completo a las intrigas, devoró cuanto plato le pusieron enfrente. Con el estómago lleno y el cerebro embotado por un debate que para él no era más que palabrerío hueco de nobles, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido sobre el banco. Al instante, un ronquido cavernoso, semejante al mugido sordo de un toro enfurecido, retumbó bajo las bóvedas del salón, desconcertando y congelando la conversación de toda la corte.

Gharmerun, conteniendo una carcajada ante el espanto de sus ministros, le hizo una seña al muchacho del servicio para que lo despertara de nuevo y así poder encargarle a la mole la pequeña tarea que le tenía reservada para el día.

Werkel volvió a despertar de golpe, sobresaltado. Dejó caer un puño pesado sobre el tablón de roble, haciendo saltar casi un palmo los platos, copas y cubiertos de la mesa real con un estruendo seco. Tras soltar un bufido cavernoso, clavó la mirada aún vidriosa en Gharmerun y preguntó:

—¿Qué sucede?

Gharmerun, con total calma y disimulando apenas una risotada entre dientes, le respondió:

—Oh, Werkel. Necesito que vayas a buscar unas telas gruesas muy importantes para mí; se usarán para engalanar la capital con nuevos estandartes. Tienes que bajar al mercado, donde Aurka, la dueña del telar. Ella es de mi entera confianza, y tú también gozas de mi más profunda estima. Werkel, ¿podrías traerme esas telas?

El gigante torció el gesto, visiblemente fastidiado por el recado doméstico, pero aplacó el mal genio con rapidez y preguntó con su tosquedad habitual:

—¿Hay paga?

Gharmerun sonrió y le prometió que a su regreso le tendría aguardando abundante cerveza y una buena ración de dhorreno caliente.

Satisfecho con el trato, Werkel se puso en pie haciendo crujir el banco de madera, cargó su enorme mandoble al hombro con un solo brazo y se encaminó a paso pesado hacia la salida de la gran casa.

Al cruzar el umbral y plantarse cerca de los peldaños exteriores, la luz plena del día le dio de lleno en la cara. Werkel arqueó la espalda y estiró las extremidades con descaro, igual que un perro tras una siesta larga, haciendo crujir cada coyuntura de su cuerpo como tronco de roble al filo del hacha. Tras un bostezo ruidoso, comenzó a descender los anchos escalones de piedra en dirección a la plaza principal.

En el corazón de la explanada, entre carretas y puestos bullangueros, Werkel vio a una tropa de chiquillos jugando. Curioso, arrastró los pasos hasta quedar cerca, pues no le venía mal distraerse un poco antes de cumplir con el mandado de las telas. El pasatiempo era el saco embolla: el reto consistía en arrojar con tino un pequeño costal de grano hasta encajarlo de lleno en la boca de un barril abierto. El juego captó toda su atención cuando escuchó que, para los mayores que participaban en los duelos, el premio consistía en una jarra de cerveza bien servida.

Pese a que los presentes retrocedieron un par de pasos con disimulo al ver acercarse a semejante mole de hierro y cuero, Werkel alzó la voz pidiendo un contrincante para jugarse el trago.

Un tabernero del corro dio un paso al frente, tragando saliva con valor y bastante cautela. Empezó la tanda. Werkel, habituado a descargar tajos pesados y no a calcular medidas milimétricas, demostró una puntería atroz: reventó un saco contra las duelas exteriores y mandó otro directo a rodar por los adoquines. Perdió sin atisbo de duda. Viendo el porte del perdedor y queriendo ahorrarse un disgusto, el encargado del juego se apresuró a tenderle la jarra espumosa de todas formas. Para sorpresa de todos, Werkel frunció el ceño y apartó la mano con un ademán seco: las reglas eran claras, había perdido el reto y no pensaba aceptar una recompensa que no se había ganado con su propio esfuerzo.

Enfilándose de nuevo hacia el mercado, un alboroto entre la multitud le cortó el paso: un sujeto corría a toda prisa esquivando tenderetes y, unos metros más atrás, una joven gritaba con la garganta rota que le acababan de arrebatar su bolsa de oro. Sin cambiar el rictus ni aminorar la marcha, Werkel soltó un manotazo rápido y seco con el revés del brazo. El impacto levantó al ladrón en vilo por el aire, haciéndolo volar hasta estrellarse contra el tronco de un árbol cercano, donde quedó tendido en el barro, gimiendo y aturdido. Con calma, el gigante se agachó y recogió la bolsa de cuero del suelo.

A los pocos segundos llegó un guardia de la ronda a paso apresurado, con la mano en la empuñadura y bramando por el desorden. Al toparse de frente con los más de dos metros de Werkel y su mandoble al hombro, las palabras se le congelaron en la garganta; tragó saliva y preguntó en un tono mucho más comedido qué diablos había sucedido. Werkel, con su laconismo habitual, señaló con la barbilla la figura en el lodo y le explicó que aquel sujeto era un ratero, y que él solo pensaba devolverle el oro a la joven.

El guardia, sin atreverse a rechistar ni a pedir más explicaciones a la mole del rey, arrastró al ladrón del cuello de la casaca para llevarlo directo ante los tribunales de la guardia civil.

Werkel se dio la vuelta y se acercó a la muchacha para tenderle la bolsa intacta. La joven, todavía temblando y con la mano en el pecho para recuperar el aire, tomó el cuero entre sus dedos como si no pudiera creerlo.

—Toma —soltó Werkel con voz de pozo hondo.

—¡Gracias! ¡Por todos los reyes pasados, muchas gracias! —exclamó ella, mirando de abajo hacia arriba la mole de hierro y músculo—. Pensé que lo había perdido todo... ¿Cómo puedo pagarte esto?

Werkel frunció el ceño y sacudió la cabeza con desdén.

—No quiero nada —dijo, rascándose los bigotes—. Solo dime dónde encuentro a Aurka y su telar.

—¿La tejedora? —respondió la chica, aliviada de poder ser útil—. Está al fondo de este mismo pasaje, doblando a la izquierda donde huele a lana y tinte. La casa que tiene el toldo azul descolorido.

Werkel no perdió tiempo en despedidas; asintió con un gruñido seco y enfiló pesadamente por el callejón señalado. Al llegar frente al toldo azul, empujó la puerta baja y entró al taller, teniendo que encorvarse para no reventar el marco con la cabeza. Dentro, entre madejas, telares de madera y rollos de paño, una mujer mayor de pelo cano acomodaba piezas sobre una mesa larga.

Al oír el crujido del piso, la mujer alzó la vista, parpadeó un par de veces y una sonrisa incrédula se le dibujó en el rostro arrugado.

—Miren nada más lo que trajo la guardia —dijo la mujer, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Werkel? ¿De verdad eres tú?

—Soy yo —contestó él—. Busco a Aurka. El rey me manda por unas telas gruesas.

—Pues estás hablando con ella, cabeza hueca —soltó Aurka con una carcajada ronca, acercándose sin un ápice de temor—. ¡Por las barbas de los antiguos reyes, mírate nada más! La última vez que te vi eras un mocoso esmirriado y descalzo, escarbando sobras cerca de las caballerizas reales. Pareces una torre de piedra ahora.

Werkel la miró fijamente, procesando sus palabras con lentitud.

—¿Me conoces? —preguntó.

—¡Claro que te conozco! Más de una hogaza de pan caliente y restos de caldo te dejé en la puerta trasera para que no te murieras de hambre en aquellos inviernos duros, antes de que Gharmerun te metiera al palacio. Y a tu rey lo conozco todavía mejor; de chiquillos nos pasábamos las tardes corriendo y jugando por esta misma plaza. Claro que ahora que tiene corona poco lo veo, solo cuando pasa a caballo con la guardia o en las fiestas de su aniversario.

Werkel se quedó mudo unos segundos, removiendo recuerdos borrosos de frío y tripas vacías. Con una inclinación torpe de cabeza, forzó unos modales toscos para mostrar respeto.

—Me acuerdo del pan —dijo en voz baja—. Estaba bueno. Gracias por eso.

—No hay de qué, grandulón. Me alegra ver que no te volviste comida de cuervos —sonrió Aurka, dándole una palmada seca en el brazo blindado antes de volverse a la mesa—. Aquí tienes lo que pidió Gharmerun. Rollos pesados de sayal teñido, justo para estandartes.

Apiló los fardos bien atados sobre los brazos del gigante, quien los sostuvo bajo un solo costado como si fueran paja.

—Llévaselos —añadió la mujer—. Y hazme el favor de darle unos cariñosos saludos de mi parte. Dile que Aurka todavía se acuerda de quién le ganaba en las carreras por la plaza.

—Se lo digo —asintió Werkel.

Acomodó la carga bajo el brazo, apoyó el mandoble sobre el hombro contrario y salió de nuevo al bullicio del mercado. Al alzar la vista hacia el cielo despejado, vio la posición del sol: el mediodía ya caía sobre la capital. El estómago le rugió con la fuerza de una bestia enjaulada: ya iba siendo hora de almorzar, y entre ceja y ceja no tenía otra cosa que la promesa de Gharmerun, ansiando hincarle el diente a una buena fuente de dhorreno caliente y ahogar la sed en jarras de cerveza. Con esa sola idea en mente, apuró el tranco pesado de sus botas y enfiló de regreso hacia los portones de la gran casa.

Entrando por los pesados portones de la gran casa, Werkel alzó un bramido atronador desde el mismo umbral, semejante al rugido de un salvaje Dhoraiwera:

—¡Gharmerun! ¡He terminado tu encomienda! ¡Y Aurka te manda cariñosos saludos!

El vocerío retumbó en las vigas del techo y congeló el aire. Los cortesanos y ministros reunidos en el salón se llevaron las manos a la cabeza, escandalizados y lívidos ante semejante insolencia dirigida al señor del reino.

Gharmerun, lejos de ofenderse y con una media sonrisa que apenas podía disimular, alzó una mano en ademán cansino y le soltó en tono casi risueño:

—Cállate la boca, chiquillo insolente. Deja las telas ahí y pasa a la gran mesa, que ya está servido.

Sentándose a la mesa sin pizca de recato, Werkel devoró de un tirón todo el plato servido frente a él, engullendo cada pedazo de dhorreno con la desesperación sanguinaria de un Dhoraiwera famélico en invierno.

Apenas limpió los restos con los dedos, Gharmerun le dio rienda suelta por lo que restaba de jornada. Con la sed a medio calmar y ganas de vaciar jarras en serio, Werkel mandó a buscar a su viejo camarada de armas, Ghardk, con quien solía reventar líneas enemigas en las campañas del pasado, y lo arrastró hasta una cantina de mala muerte en los callejones más oscuros de la capital.

Acomodados en un rincón mugriento y regando la mesa con aguardiente y cerveza barata, ambos rompieron en carcajadas roncas mientras desenterraban recuerdos de aquellos años de servicio, cuando marchaban hombro con hombro arrasando con cuanto desgraciado se les cruzara en el camino.

Entre trago y trago, Ghardk le recordó a gritos aquella jornada célebre en que barrieron el campamento de los bandidos de Faorrek sin derramar una sola gota de sudor: una carnicería limpia donde Ghardk clavaba flecha tras flecha sin errar un solo tiro, mientras la mole de Werkel hendía tiendas y huesos a mandoblazos ciegos, sin soltar en ningún momento la jarra de cerveza que sostenía en la otra mano.

Ghardk golpeó la jarra de madera contra el tablón pringoso de grasa, derramando un charco de espuma que ninguno de los dos se molestó en limpiar. El arquero, con los ojos ya encendidos por el licor barato, soltó una carcajada seca que hizo girar la cabeza a un par de borrachos de la mesa vecina.

—¡Por la sangre de los viejos reyes, Werkel! —bramó Ghardk, señalándolo con un dedo calloso y tiznado de cuerda de arco—. ¿Te acuerdas del vado de Oruenjun? Esos infames mercenarios del sur nos tenían acorralados tras la empalizada rota. Tres días lloviendo a cántaros, el fango hasta los tobillos y yo con apenas una docena de saetas en el carcaj. Y tú, pedazo de bestia, roncando bajo una carreta volcada como si estuviéramos en una posada de la corte.

Werkel esbozó una sonrisa ancha, mostrando unos dientes toscos mientras apuraba el fondo de su jarra y pedía otra con un simple golpe de nudillos que hizo crujir la madera.

—Tenía sueño —refunfuñó la mole, con su voz de pozo hondo—. Y el barro estaba tibio.

—¡Tenías la panza llena de queso robado, animal! —replicó Ghardk, secándose los labios con el dorso de la mano—. Cuando los exploradores rompieron la línea y prendieron fuego a la madera, saliste de abajo de la carreta con los ojos hinchados de modorra, en calzones y con el mandoble en una sola mano. Ni te pusiste las botas. Uno de esos tipos, un mocoso con cota de malla reluciente y una pica de dos varas, te gritó que te rindieras en nombre de su señor. Tú ni parpadeaste, le quebraste la pica de un revés con el plano del hierro y le encajaste una bofetada con la zurda que le giró el yelmo al revés. El infeliz corría a ciegas hacia el río gritando que lo había golpeado un árbol.

Werkel soltó un rugido que pretendía ser una risa, haciendo vibrar las tablas del piso. Se rasco los bigotes, recordando la escena.

—Gritaba mucho —dijo Werkel con total naturalidad—. No dejaba dormir.

—¡Y me ahorraste tres flechas! —celebró el arquero, echando el cuerpo hacia atrás—. Luego vino la escaramuza en el desfiladero de las Mairevhas. Esa sí que fue una carnicería fina. Los exploradores nos contaron diez o doce jinetes en la retaguardia; cuando llegamos arriba eran más de treinta, bien pertrechados y con ganas de ensartar cabezas. Me subí al peñasco más alto y empecé a soltar cuerda. Uno en el cuello, otro en el ojo del caballo, tres más clavados en el pecho antes de que entendieran de dónde venía el silbido. Pero se me vinieron cuatro encima por el flanco ciego, subiendo por la roca suelta con las hachas en alto... y de la nada apareciste tú.

Ghardk bajó la voz un instante, como si todavía viera la sombra del gigante recortada contra el cielo plomizo de aquella tarde de sangre.

—No usaste ni la punta del acero, animal. Agarraste a uno del pescuezo, lo levantaste como si fuera un saco de papas y se lo tiraste encima a los otros tres colina abajo. Rodaron los cuatro peñascos abajo hasta romperse las costillas contra las piedras del fondo. Cuando los capitanes de Gharmerun llegaron a revisar el paso, tú ya estabas sentado sobre el cadáver de un oficial, desatándole la bota porque la tuya se había rajado con una laja.

Werkel miró al suelo de la taberna, recordando el calzado.

—Eran buenas botas —dijo con pesadumbre sincera—. Cuero grueso. Lástima que el tipo tuviera las patas chicas; me apretaban los dedos y tuve que tirarlas al fuego.

—Siempre pensando en lo importante —ironizó Ghardk sacudiendo la cabeza con una mueca divertida—. Jamás vi a un tipo cruzar tres batallas seguidas sin mirar un solo estandarte, sin saber el nombre del capitán enemigo y sin importarle un bledo quién ganaba el feudo. Mientras Gharmerun te ponga el caldero de carne al frente y no te falte un filo pesado en la mano, a ti el mundo te puede arder en la cara.

Werkel no contestó. Se limitó a recibir la jarra nueva que el tabernero dejó temblando sobre la mesa, la levantó hacia su viejo compañero con un gesto hosco pero leal, y bebió de un solo trago largo, dejando que la espuma amarga le empapara los bigotes mientras la noche en la capital se volvía más espesa y oscura.

La noche terminó de cerrarse cuando vaciaron la última jarra pringosa. Salieron de la taberna tambaleándose bajo la llovizna fría de la capital, apoyándose el uno en el otro para no dar con los huesos en el fango de los callejones. Werkel, con la cabeza espesa de alcohol y el mandoble dando tumbos contra su espalda, soltaba bufidos roncos que Ghardk respondía con carcajadas desdentadas, espantando a los perros callejeros a su paso. Llegaron a los pies de la gran casa entre empujones y juramentos de trinchera; allí se despidieron con un golpe seco de antebrazos, tosco y sin despedidas solemnes, como siempre zanjaban sus asuntos los viejos soldados. Werkel cruzó el rastrillo arrastrando las botas pesadas, esquivó de milagro las antorchas de la guardia de guardia y se desplomó de bruces sobre su jergón, sin molestarse en desatar las correas de la armadura.

Los dos días siguientes transcurrieron con la pesada monotonía de una guardia sin enemigos. Werkel se limitó a lo de siempre: devorar guisos en la cocina baja esquivando las miradas altaneras de los sirvientes finos, tirar piedras al foso del castillo para matar las horas muertas y pasar tardes enteras aceitando el mandoble en su camastro hasta que el hierro relucía como espejo opaco. En la capital nada cambiaba; los mismos nobles susurraban en las esquinas sobre tributos y maniobras élficas, y el gigante simplemente bostezaba esperando la comida siguiente.

Al amanecer del tercer día, la modorra se cortó en seco. No fue el escuálido chiquillo con el balde de agua helada, sino el capitán de la guardia en persona quien aporreó la puerta de tablas de su celda: los eruditos reales habían trazado la última línea de tinta en la piel de cordero y Gharmerun aguardaba en la sala privada con el mapa listo y el zurrón de viaje.

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