Capítulo 37 -Plan, recuperar a la reina (activo).
ELEANOR
Juro que voy a perder la cabeza. Si ese es el plan de quien sea que me tiene aquí encerrada, lo está logrando.
¿Qué clase de secuestro es este?
Me dan agua embotellada, me permiten tener un baño propio donde puedo asearme todos los días y siempre dejan ropa limpia para mí.
Y ni hablar de la comida.
Parece que pagué la estadía en algún tipo de hotel donde no se te permite salir, pero tienes todas las atenciones de uno.
Cada vez que pregunto cuál es el objetivo de tenerme aquí, ellos simplemente se ríen en mi cara o me preguntan si quiero divertirme un rato con ellos. Lo cual me hace desistir de seguir haciendo preguntas.
Lo que ellos no saben es que cada vez que esa puerta se abre, memorizo todo lo que escucho y lo que veo del otro lado.
También me he aprendido los nombres de cada uno de los que se encargan de vigilarme. Nunca tienen un horario específico. Es más como jugar a piedra, papel o tijera para decidir quién se hace cargo de mí ese día.
A veces los escucho a lo lejos cuando parece que están discutiendo, pero lo que en realidad hacen es jugar algún tipo de videojuego mientras yo pierdo la cabeza esperando el día en que alguno de ellos no se contenga, o el momento en que decidan drogarme porque les va más la violación en grupo.
Son tantos los escenarios que han cruzado por mi cabeza que cada día que pasa se vuelve más eterno y mi paranoia sigue aumentando.
Tal vez eso de devorarme es algún término literal porque son caníbales.
Suelto un grito de frustración mientras me agarro el cabello y las primeras lágrimas comienzan a salir por primera vez desde que estoy aquí.
He tratado de mantener la calma, pero esto es desesperante. Mis esperanzas se están agotando.
Solo quiero volver a casa. Quiero ver a Sam y asegurarme de que está bien. Que sus pesadillas no la están atormentando nuevamente.
Y quisiera… quisiera ver a esa niña malcriada una vez más.
Porque prefiero que sea ella quien me haga perder la cabeza y no este maldito lugar.
Prefiero sentir que muero cada vez que la veo con alguien más a sentir que moriré en cualquier momento por culpa de unos malditos enfermos.
Muchas veces le dije a Sam que no se ocultara tras su dolor, que se diera la oportunidad de querer a alguien. Y yo estoy haciendo lo contrario, porque me niego a sufrir la pérdida de alguien que me importe.
Tal vez soy muy cobarde, pero estoy protegiéndome de daños colaterales.
—¡Oigan, imbéciles! —golpeo la puerta—. ¡Déjenme salir!
Como respuesta obtengo risas, lo que me hace enfurecer aún más y comienzo a golpear la puerta con más fuerza.
Necesito salir de aquí.
No hay tortura más grande que quedarte a solas con tus propios pensamientos. Si ellos no me matan antes, lo hará mi mente si sigo un día más aquí.
—¡Sáquenme de aquí!
—¡Grita todo lo que quieras! —responde uno de ellos—. ¡Nadie vendrá por ti!
Grito, por lo importante que me siento ahora mismo.
No puedo pensar en un plan de escape. No tengo la inteligencia ni la fuerza de Sam para salir de aquí con vida.
—¡Sam vendrá por mí! —grito más para mí misma.
La puerta se abre de golpe y me lanza al suelo.
La sonrisa siniestra de ese hombre, Dante, me hace retroceder rápidamente por el suelo.
—¿Sam? —pregunta, soltando una risa—. Si ella hubiera hecho el mínimo esfuerzo por liberarte, ya estarías afuera.
—No la conoces —me limpio el rostro.
—Es una cobarde que prefiere dejarte aquí encerrada antes que enfrentarse a tu padre.
—¿Mi padre qué tiene que ver en todo esto? —pregunto, con el corazón a punto de salir disparado.
—Él es quien te tiene aquí —se acerca lo suficiente para colocar su pesada bota sobre mi pierna—. Así que sé una buena chica y cierra la boca de una puta vez.
—¡Vete a la mierda, imbécil! —escupo hacia él.
Un golpe en el rostro me lanza hacia un lado. Mis ojos se llenan de lágrimas por el ardor en mi mejilla. Él presiona su pie aún más fuerte antes de apartarse de una vez.
—Grita una vez más y te abriré de piernas.
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Me levanto asustada cuando escucho un golpe del otro lado de la puerta, pero, seguido de eso, escucho las risas de esos imbéciles, que deben estar bebiendo otra vez, como si estuvieran siempre en una puta fiesta mientras yo me pudro en esta habitación.
Me levanto y voy al baño para revisar el golpe en mi rostro. Ahora está más inflamado y con un maldito arcoíris espantoso. Además, mi ojo se puso completamente rojo.
Debí haber aprendido a pelear, no solo a utilizar armas como si eso me mantuviera segura.
Al regresar a la habitación, escucho una risa femenina proveniente del pasillo y la voz amortiguada de uno de esos imbéciles.
Al parecer, ahora meterán a sus putas cuando se les dé la gana.
Cuando estoy por acostarme, escucho cómo forcejean con la puerta. Instintivamente me pongo de pie, buscando a mi alrededor algo con lo que defenderme, pero no hay nada que pueda utilizar.
El imbécil que me golpeó aparece con una sonrisa, relamiéndose los labios.
—A ver qué puedes hacer —dice, quitándose la camisa.
Detrás de él, una figura femenina, más pequeña que él, ingresa. Retrocedo al ver que comienza a quitarse el cinturón, pero mi corazón se detiene cuando ella cierra la puerta, coloca el seguro y luego se sitúa junto al imbécil.
—Me dijeron que por aquí tendríamos más diversión —sonríe, arrastrando sus perfectas uñas por el pecho y el abdomen de ese imbécil.
—Me dijeron que no podía tocarte —habla, arrastrando las palabras—. Pero no dijeron que ella no podía hacerlo.
Ella sonríe mientras se quita el vestido y el imbécil se acomoda en una silla.
—No dijiste que estaba golpeada —dice, acercándose a mí al ver el golpe en mi rostro—. Dijiste que estaba perfecta para esto.
—Sanará en un par de días, no es nada.
—¿Nada? —pregunta ella, cambiando su tono de voz—. ¿Dónde más te tocó?
Su mirada cambia inmediatamente por una más fría. Sus ojos, que normalmente son de color ámbar, ahora se ven oscuros; una oscuridad infinita de la que nadie podría salir si cae en ella.
—Te hice una pregunta —dice, sosteniendo mi rostro con su mano.
—¿Cómo…? —balbuceo, sin poder creer que sea ella—. ¿Eres real?
—¿Qué tan real quieres que sea? —susurra con una sonrisa.
Estúpida sonrisa.
Se inclina lo suficiente para rozar sus labios con los míos. Pero no me besa; solo los roza sin dejar de sonreír.
Siento que mi respiración se acelera, que mis piernas están a punto de fallar y que mi corazón quiere lanzarse directo hacia el suyo.
—¿Esto te excita? —dice volteando a ver al hombre que se ha sacado su miembro para masturbarse mientras nos ve.
—Sigue —le exige mientras se acaricia lentamente.
—Déjame dejarte algo muy claro —Cecilia camina hacia él.
Algo dentro de mí se enciende cuando la veo en ropa interior, sentándose sobre las piernas de ese imbécil desnudo.
Nunca me había sentido tan furiosa. Nunca había tenido tantas ganas de cortarle el cuello a alguien como en este preciso momento.
—Esa mujer —me señala—. Nunca, durante los pocos segundos que te quedan de vida, vas a pensar en ella de esa manera. Y nadie vuelve a ponerle una mano encima.
Todo sucede demasiado rápido.
Un segundo está sonriendo, y al siguiente tiene una daga en su mano y un grito ensordecedor emana desde la garganta del imbécil ese cuando Cecilia le corta su miembro.
—Maldición —retrocedo en busca del baño cuando siento una arcada.
No sé qué sucede en la habitación mientras yo expulso todo lo que tenía en el estómago, pero el grito es reemplazado por un mero murmullo y un golpe contra el suelo.
Me quedo un momento tratando de tomar fuerzas para ponerme de pie y poder salir otra vez, pero soy interrumpida por una italiana enfurecida que ingresa al baño y se desnuda para meterse en la ducha y limpiarse la sangre que cayó sobre su cuerpo.
No puedo quitarle los ojos de encima porque aún no sé si es real o si tanto tiempo aquí encerrada me está volviendo loca.
Cecilia sale del baño envolviéndose en una toalla que encuentra sobre el fregadero.
—No creo que ahora sea momento para que me veas así.
—¿Cómo? —pregunto, poniéndome de pie.
—Como si me desearas —ladea la cabeza.
—No te deseo.
—Ya lo sé —sonríe—. Hay que irnos cuanto antes.
—Hay tres hombres más ahí afuera.
—Están sedados —dice, entrando en la habitación—. ¿Tienes algo que me quede?
Recorro su cuerpo. Aún envuelto en una toalla, no se puede ocultar que tiene unas caderas fenomenales y un trasero que jamás entraría en mis jeans.
Tomo unos pantalones deportivos que me dejaron durante la primera semana que llegué aquí y algunas cosas más que dejaron, que no eran de mi talla, solo para fastidiarme.
Ella comienza a vestirse sin mostrar vergüenza alguna por tener mis ojos sobre ella.
Aún no me atrevo a voltear hacia la esquina donde está el imbécil, gimiendo de dolor porque Cecilia le cubrió la boca. Aunque siento un olor espantoso a vómito que seguramente tuvo que tragarse.
—¿Tenías que hacer esto así? —pregunto.
—¿Así como? ¿Cortándole el pene? —pregunta mientras se coloca una blusa que le queda ajustada.
—Me importa poco su pene —frunzo el ceño—. Me refiero a que lo sedujiste, a que te desnudaste y lo tocaste.
—Ah, si —responde sin más.
—¿No te da asco tener que tocarlo?
—No.
—¿Cómo lograste entrar?
—Llevó dos semanas estudiando sus movimientos —habla mientras se hace una coleta—. Luego cogimos en el baño del bar que suele frecuentar a unas calles de aquí y le dije que no quería acabar la fiesta ahí.
Tomo una gran bocanada de aire conteniendo el impulso de gritarle, de empujarla o de volver a cortarle el maldito pene al imbécil ese.
Aprieta mis manos en puños y cierro mis ojos. Pero todo lo que veo es rojo, ese maldito imbécil y ella…
—¿Cómo pudiste? —preguntó apretando mis dientes.
—¿Salvarte? —pregunta.
—¡Yo no te pedí que me salvaras! —la empujo—. ¡Nunca te pedí que te acostaras con ese imbécil! ¡Eres una estúpida!
—No nos acostamos —sonríe—. Fue contra el lavabo.
—¡Idiota! —la empujo otra vez— ¿cómo permites que te pongan una mano encima?
—Por salvarte.
—¡Cierra la maldita boca, Cecilia!
—Solo estoy res…
Le cubro la boca mi mano, pero la aparto cuando siento su lengua lamiéndome.
—¿Por qué te molestas tanto?
—Porque no debiste hacerlo.
—Pero me acuesto con muchas personas.
Escucharla decir eso es todo lo que necesito para perder la poca cordura que me queda.
La empujo hasta que su espalda golpea contra la pared y mi mano, temblorosa presiona ligeramente su cuello, porque ni siquiera me atrevo a ejercer presión.
—Te dije que te calles, Cecilia —suelto un suspiro tembloroso—. Nunca te pedí que hicieras esto. Yo nunca te obligaría a hacer algo así.
—Eso ya lo sé —sonríe, colocando sus manos en mis caderas—, pero adoro ver cómo pierdes el control cuando crees que alguien más me tocó.
—Eres una… —me muerdo la lengua para no decir algo de lo que me arrepienta.
—Adelante, dilo —presiona sus manos—. Vuelve a decirme que me odias por arruinar tu vida.
No digo nada, porque siento un nudo en la garganta que me obliga a tragar con fuerza.
—Dime otra vez que ojalá nunca me hubieras conocido. Pero esta vez, ten las pelotas para decirme por qué.
No puedo dejar de mirarla a los ojos. Porque le he dicho tantas cosas desde que la conozco, he tratado de herirla muchas veces para que se aleje de mí, pero apenas me mira y se me nubla la razón.
—¡Dilo, Eleanor!
—¡Porque ya perdí a mi madre y me niego a perder a alguien más! —se me nubla la vista—. Y tú llevas una vida en la que siempre estás en peligro. ¿Y si ese imbécil hubiera estado armado? ¿Y si los dos que están afuera te hubieran hecho algo?
—No es…
—No me digas que te crees invencible, porque no lo eres, Santoro. Y yo me niego a estar sufriendo por ti cada vez que se te ocurra hacer esta clase de cosas.
Las dos nos quedamos en silencio durante un largo momento, observándonos la una a la otra. Y nunca en mi vida la había visto tan perturbada como ahora.
Sé que, por mucho que ella diga que se alejará de esa vida, no es verdad. Está destinada a vivir en este mundo, al igual que yo me metí en toda esta mierda por una venganza de la cual me arrepentí demasiado tarde.
Y fui tan idiota que no me di cuenta de que tuve al enemigo principal viviendo bajo el mismo techo. El mismo hombre que me cuidó y me protegió de niña es el mismo que me ha hecho pasar un infierno.
—Deberíamos irnos —me alejo despacio.
—Está bien —asiente con la cabeza—. Ponte algo que cubra tus piernas. Te espero afuera.
Cecilia sale, dejándome en un silencio tan incómodo, porque ella nunca se calla. Ella siempre tiene algo que decir, siempre me lleva la contraria y me hace caer una y otra vez.
Pero ahora… simplemente se fue.
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CECILIA
Doy el reporte que Sam me pidió, aunque sé que, si estaba con Daila, escucharon todo. Pero me niego a sentirme avergonzada por lo que pasó ahí dentro.
Tardamos más de lo esperado en encontrar a Eleanor, porque Daila y Amy tuvieron que mejorar el buscador de reconocimiento facial de Hémera para que también pudiera identificar voces desde cualquier dispositivo electrónico que tuviera un micrófono instalado.
Y apenas el programa reconoció la voz de Eleanor, quise venir enseguida, armada hasta los dientes, pero sé que eso les echaría el plan a perder a las demás.
Tuve que ser paciente y estudiar día tras día el lugar antes de encontrar una forma segura y sencilla de sacar a Eleanor de aquí sin armar un alboroto que alertara a todo el maldito cuartel de Interpol.
Porque el padre de Eleanor fue muy astuto al traerla a Nueva Zelanda, comprando una casa muy cerca de uno de los escuadrones de Interpol.
Sabe perfectamente que Interpol está cazando a Sam y que, si la encontraban, si ella venía directo a la trampa, Eleanor jamás se enteraría de que fue él quien la secuestró y haría pasar lo de Sam como un «incidente» en combate.
Si hay algo que aprendí de Viviana Di Fazzio, mi madre, es a prever una y otra situación en la que todo puede salir mal. Siempre me demostraba que seguir un plan al pie de la letra era una muerte segura.
Así que aquí estoy, con el mejor plan de mi vida, rescatando a la mujer que me gusta y ella ni siquiera lo agradece.
—¿Estás bien? —escucho la voz de Amy por el intercomunicador.
—¿Sam y Daila están en su posición? —ignoro su pregunta, porque ahora mismo no quiero hablar de nada referente a Eleanor.
—Sí, Morgan está haciendo lo suyo —responde con diversión—. Es muy linda.
—No me digas —suelto un bufido con una sonrisa.
Amy siempre encuentra la manera de hacerme sonreír en los momentos en que peor me siento. Tenerla como mi amiga ha sido de las mejores cosas de mi vida.
Aún siento vergüenza con ella por lo que pasó con mamá, pero he tratado de restarle la misma importancia que ella le da. Aunque sé que no es fácil superar algo así.
Pero ella siempre tiene una sonrisa para regalarme cuando mi corazón se rompe en pedacitos. Amy es el tipo de persona que los recoge y los sostiene entre sus manos hasta que puedo tomarlos yo misma.
—¿Cómo es su esposa? —me pregunta con interés.
Aunque sé que lo hace para distraerme mientras introduzco la USB que me dieron para poder colarse en su red.
—Pues… tiene unos ojos azul cielo hermosísimos —sonrío al imaginar su expresión—. Y una melena rubia que le llega hasta la cintura. Deberías verla cuando se sube a su motocicleta.
—¿Morgan también tiene una?
Suelto una carcajada imposible de callar.
—Pregúntaselo. Tal vez te lleve a dar una vuelta.
Escucho un carraspeo a mi espalda, pero decido ignorarla, aun cuando estoy tentada a girarme para asegurarme de que se puso algo que cubra esos shorts de dormir. Pero no voy a caer esta vez.
—Por cierto, me preguntaba si quisieras tener un viaje de amigas cuando todo esto acabe.
—Por supuesto que sí. ¿A dónde quieres ir?
—No lo sé. Solo sé que quiero descansar y tener una amiga a mi lado.
—Piénsalo y me dices. Yo te llevo al fin del mundo si me lo pides.
Ella se ríe, lo que me hace sonreír también.
—Y no lo dudo, Ceci.
—Te quiero, ¿lo sabes?
—Te creeré cuando vea tu trasero regordete cruzando la puerta del cuartel.
—Mi trasero no es regordete —frunzo el ceño, llevándome una mano atrás para tocarme—. Bueno, tal vez un poco, pero es lindo.
—Ya lo creo —escucho que murmura Eleanor a mi espalda.
Me quedo en silencio al escuchar que Amy tiene que cortar la comunicación por ahora, pero el programa está a punto de instalarse; solo faltan unos minutos.
Minutos que parecen horas mientras resisto el deseo de voltearme y verla.
Sam debe estar creando la distracción para que no tengan presente este lugar. Lo que me preocupa es que las cosas no salgan tan bien como planeamos, pero con la ayuda de las amigas de Daila y Amy, todo tiene que salir perfecto para ellas.
Reviso el dispositivo que Daila me dio con la cuenta regresiva para que los detonadores que están siendo instalados por Morgan y su mano derecha —me niego a decir su nombre luego de que me robara a Cami— estén infiltrándose en algunos de los cuarteles clandestinos que montó el secretario general junto con los más corruptos de la agencia.
Además de todos los edificios que fueron comprándose desde que él llegó al poder. Porque, aunque los tenga bajo el nombre de otras personas —la madre de Sam incluida—, siguen estando vinculados a los fondos desviados de la agencia.
Laia ha estado investigando eso durante un largo tiempo. Y gracias a ella, Daila y Amy pudieron dar con cada empresa que trabaja bajo nombres falsos con el objetivo de lavar el dinero proveniente de BlackVeil.
Todos acabarán enterrados bajo los escombros dentro de pocas horas.
No literalmente, pero saldrán a la luz todos los nombres que están relacionados con BlackVeil.
El único problema que tenemos es que no pudimos darle rostro a quien está detrás de todo esto. Porque unos dicen que es hombre y otros que es mujer, y las descripciones nunca coinciden con las que nos proporcionaron los hombres que Laia atrapó.
Y mientras toda esa mierda se destapa, tendré que llevarme a Eleanor muy lejos para mantenerla a salvo.
Aunque ahora mismo no quiero verla ni hablarle. Y no lo haré, de no ser necesario.






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