Prólogo — Sin respuesta
El Axioma llevaba treinta y siete minutos sin responder.
Iven Raal había empezado a contar después de comprobar por quinta vez que no se trataba de un retraso. Treinta y siete minutos sin registros, sin estado, sin indicaciones. Sin aquella presencia silenciosa que había acompañado a todos los habitantes de Nareth desde antes de que aprendieran siquiera a reconocerla.
Nada.
Permanecía sentado contra una pared negra que no parecía construida con piedra. Había apoyado la espalda con cuidado para evitar la zona donde algo le había abierto la chaqueta y dejado cuatro cortes paralelos bajo las costillas. Ya no sangraban demasiado.
Decidió considerar aquello una mejora.
El escudo descansaba sobre sus rodillas. Una grieta recorría el borde superior hasta casi alcanzar el centro. Iven pasó el pulgar por ella y frunció ligeramente el ceño.
“Demasiado profunda.”
Otro impacto fuerte y probablemente perdería esa sección.
Giró el escudo para revisar las correas. La inferior seguía entera, pero la superior había comenzado a desgarrarse cerca de uno de los anclajes. Sacó hilo reforzado de una bolsa del cinturón y preparó una aguja.
Los dedos le temblaban.
No era miedo. O, al menos, no únicamente miedo.
Había gastado demasiada Resonancia. Tenía los brazos pesados, el hombro izquierdo protestaba cada vez que intentaba levantarlo por encima del pecho y un pulso desagradable seguía latiendo detrás de sus ojos.
Consiguió pasar el hilo por la aguja al tercer intento.
«Perfecto.»
Su voz murió enseguida en el corredor.
Ninguna respuesta.
Mejor.
Lo último que le había respondido había intentado atravesarle el abdomen.
Iven terminó la reparación despacio. Tiró varias veces de la correa, comprobó los puntos y volvió a colocar el escudo sobre el brazo. Aguantaría.
Probablemente.
En el taller, esa palabra habría sido suficiente para desmontar la reparación y empezar de nuevo. Allí podía cambiar el cuero, buscar otra hebilla y hacer las cosas correctamente.
Allí también había herramientas, luz y una cama a menos de veinte pasos.
Iven observó el pasillo frente a él.
No tenía ninguna de las tres cosas.
Las paredes se extendían formando líneas demasiado perfectas, atravesadas por filamentos pálidos que aparecían y desaparecían bajo una superficie oscura. No había antorchas ni cristales luminosos, aunque tampoco parecían necesarios. La propia estructura emitía suficiente claridad para distinguir el camino.
Y suficiente para ver las manchas de sangre que había dejado al llegar.
Iven apartó la mirada.
“Primera regla de las expediciones: no desperdiciar recursos.”
La sangre también contaba.
Apoyó una mano contra la pared y se levantó.
El suelo se inclinó.
Iven permaneció inmóvil, respirando lentamente mientras esperaba que el mundo decidiera volver a su sitio. Cuando dejó de sentir el movimiento bajo las botas, recogió la mochila.
Pesaba mucho menos que antes.
Había perdido comida, cuerda, una herramienta de corte y casi toda el agua. Sacudió el último recipiente para calcular cuánto quedaba.
Quizá cuatro tragos.
Lo inclinó ligeramente.
Tres.
Guardó la botella.
Delante había dos caminos. Uno terminaba en una puerta cerrada. El otro descendía hacia una zona donde, varios minutos antes, había escuchado algo arrastrándose sobre metal.
Iven examinó primero la puerta.
No tenía asa, bisagras ni ningún mecanismo visible. Ya había intentado abrirla, buscar una unión entre las placas e incluso hacer circular Resonancia por la superficie.
La puerta había respondido a cada método con la misma profesionalidad.
Ninguna.
Miró el corredor descendente.
Algo golpeó una pared en la distancia.
Una vez.
Después otra.
Lento. Pesado.
Iven ajustó las correas de la mochila.
«Bien.»
No era una elección especialmente difícil.
La puerta no intentaba matarlo.
Todavía.
Comenzó a caminar.
Cada paso enviaba una punzada desde el costado hasta la espalda, pero mantuvo un ritmo estable. No demasiado rápido para desperdiciar fuerzas. No demasiado lento para permitir que el cuerpo comenzara a enfriarse.
El silencio era peor cuando se detenía.
Intentó consultar su estado otra vez.
Nada.
Normalmente bastaba una intención para que el Axioma respondiera. Condición física, Resonancia disponible, técnicas reconocidas, alteraciones importantes. Información sencilla que había aprendido a considerar tan natural como abrir los ojos.
Ahora solo encontraba vacío.
Había probado distintas órdenes, intentado acceder a registros básicos y llamado mentalmente a cada función que conocía.
Treinta y siete minutos.
Nada.
Un pensamiento había empezado a acompañarlo alrededor del minuto doce. Iven lo ignoró.
Al veinte seguía allí.
Al treinta, continuar fingiendo que no existía había empezado a parecer una pérdida de tiempo.
“¿Qué ocurriría si necesito una técnica?”
Iven se detuvo al llegar a una intersección.
Tres corredores.
El sonido procedía del central.
Ahora podía oír algo más.
Al principio pensó que era respiración, pero el ritmo era demasiado constante. Sonaba como aire entrando y saliendo de una cavidad enorme.
Iven retrocedió un paso y levantó el escudo.
Adoptó la postura que había repetido cientos de veces. Pie izquierdo adelantado. Rodillas flexionadas. Peso distribuido entre ambas piernas. El hombro quedó protegido detrás del escudo sin apoyarse completamente contra él.
Intentó invocar la técnica.
Guardia Compacta.
Esperó la familiar respuesta del Axioma.
Nada.
Su estómago se contrajo.
Por primera vez desde que había quedado atrapado, el miedo atravesó todas las tareas pequeñas con las que había mantenido ocupada la cabeza.
No era miedo a la criatura.
No exactamente.
Era una pregunta mucho más sencilla.
“¿Qué parte de lo que sé hacer es realmente mía?”
El ruido cesó.
Iven contuvo la respiración.
Una sombra atravesó el corredor central.
Alta.
Demasiado alta.
El escudo parecía considerablemente más pequeño que unos segundos antes.
Iven tragó saliva, pero mantuvo la posición.
Ningún nombre apareció frente a él. Ninguna indicación confirmó que estuviera ejecutando correctamente la técnica. Ningún registro le aseguró que sus pies estaban donde debían.
La criatura avanzó.
Una extremidad larga tocó el suelo.
Después otra.
Por un instante, Iven pensó en bajar el escudo.
No lo hizo.
Había practicado esa postura antes de aprender a activarla mediante el Axioma. Había repetido durante horas dónde colocar los pies, cómo distribuir el peso y cómo dejar que el brazo acompañara un impacto en lugar de intentar detener toda la fuerza de golpe.
El Axioma podía llamarla Guardia Compacta.
Eso no había colocado sus pies por él.
La criatura salió de la oscuridad.
Iven apenas tuvo tiempo de distinguir una masa de placas negras, demasiadas articulaciones y un brazo que terminaba en algo parecido a una hoja.
Atacó.
Iven giró el escudo.
El impacto recorrió el brazo, atravesó el hombro y le sacudió los dientes. La fuerza lo obligó a retroceder dos pasos antes de recuperar el equilibrio.
La correa reparada aguantó.
Él también.
La criatura atacó de nuevo.
Esta vez Iven cambió el ángulo. La hoja resbaló sobre el borde del escudo y golpeó la pared con una lluvia de chispas.
Iven avanzó antes de que pudiera recuperar el brazo. Golpeó con el borde del escudo bajo una de sus articulaciones.
Algo crujió.
La criatura retrocedió.
Iven hizo lo mismo, recuperó distancia y respiró.
El dolor seguía allí. También el cansancio.
Pero la técnica había funcionado.
No apareció ninguna notificación, ninguna voz ni ningún registro que confirmara lo ocurrido. Solo estaban sus pies exactamente donde debían estar, el escudo frente a él y la criatura preparándose para atacar otra vez.
Una sonrisa breve intentó aparecer en el rostro de Iven.
No llegó muy lejos.
Le dolía demasiado la cara.
Treinta y ocho minutos sin respuesta.
Quizá había estado haciendo la pregunta equivocada.
El Axioma no respondió.
El escudo sí.
Iven ajustó los pies y esperó a que aquello volviera a intentarlo.
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