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AZUL cuando el alma recuerda

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Sinopsis

Después de un matrimonio que terminó dejándole más heridas que recuerdos, Valeria decide comenzar de cero en Canadá. No busca enamorarse. Mucho menos volver a entregar su corazón. Hasta que conoce a una mujer que parece verla de una manera que nadie ha podido hacerlo antes. Entre ellas nace una atracción imposible de ignorar… justo cuando Valeria comienza a despertar de sueños que no parecen pertenecerle. Una media luna. Una fila de guardianes. Una voz que susurra su nombre. Y una palabra que aparece una y otra vez: Azul. Valeria todavía no sabe que su historia comenzó mucho antes de esta vida. Y que la mujer de la que está empezando a enamorarse podría ser la única capaz de encontrarla cuando todos los demás quieran descubrir qué esconde su alma. Porque algunas almas se encuentran por primera vez. Y otras se reconocen. 🌙💙

Genero:
Lgbtq,Drama
Autor/a:
Estefany
Estado:
hace 18 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La vida que parecía normal

PRÓLOGO

Antes de que los hombres levantaran ciudades.

Antes de que las brujas escribieran sus primeros libros.

Antes incluso de que la magia tuviera un nombre…

existía una estrella.

No era una estrella como las que podían contemplarse desde la Tierra.

Era algo mucho más antiguo.

Una conciencia nacida del vacío, hecha de luz y memoria, que había observado durante siglos cómo nacían y morían los mundos.

Y en la Tierra existía otra criatura que tampoco pertenecía completamente a ella.

La primera bruja de fuego.

No había heredado su magia.

Había sido la primera en poseerla.

Decían que cuando caminaba por un bosque, las hojas se inclinaban ante su presencia. Que podía cerrar una herida con las manos. Que podía destruir una montaña si perdía el control.

Pero también decían algo más:

que jamás había utilizado su poder para gobernar a otros.

Hasta que conoció a la estrella.

De aquella unión nació una niña.

Y desde el instante de su nacimiento, el cielo cambió.

A las 4:55 de la madrugada, mientras el mundo dormía, una luz azul atravesó las nubes.

La niña abrió los ojos.

No lloró.

Miró.

Como si ya conociera aquel lugar.

Su madre la sostuvo contra el pecho.

Entonces sintió algo que nunca había sentido.

Miedo.

No por la niña.

Por aquello que la niña llevaba dentro.

Porque alrededor de la pequeña comenzaron a aparecer sombras.

Una.

Dos.

Diez.

Después fueron demasiadas para contarlas.

No formaban un círculo.

Nunca lo hicieron.

Los guardianes se colocaron uno detrás de otro, siguiendo una enorme curva en el espacio.

Una media luna.

Algunos tenían la forma de lunas llenas.

Otros parecían medias lunas.

Otros estaban incompletos.

Entre ellos aparecieron animales.

Y detrás de todos ellos…

había algo que nadie podía ver completamente.

La primera bruja comprendió entonces que su hija no había nacido solamente con poder.

Había nacido con algo que el mundo todavía no estaba preparado para conocer.

La estrella la observó y pronunció una sola palabra:

—Azul.

Pero la niña no se llamaría así.

Todavía no.

Azul no era su nombre.

Era la energía que dormía dentro de ella.

Una fuerza antigua que algún día despertaría para reclamar su lugar.

Su verdadero nombre pertenecería a otra vida.

Porque aquella primera vida terminaría en sangre.

La niña crecería.

Aprendería a sanar.

Aprendería a destruir.

Aprendería que las personas podían amarla por quien era…

o quererla únicamente por aquello que podía hacer.

Y algún día tendría que elegir.

Entre convertirse en aquello que todos esperaban de ella…

o desaparecer una parte de sí misma para poder volver a nacer.

Eligió desaparecer.

Y ese fue el principio de todo.

Porque cuando una parte de un alma es arrancada para sobrevivir…

no desaparece.

Espera.

Recuerda.

Y algún día…

regresa.

CAPÍTULO UN

La vida que parecía normal

Valeria había aprendido que comenzar de nuevo no significaba olvidar.

Significaba levantarse una mañana, mirar alrededor y decidir que, aunque una parte de ti todavía doliera, ibas a continuar.

Canadá le había enseñado eso.

Había llegado con pocas certezas y demasiadas preguntas.

Una ciudad desconocida.

Un idioma que todavía estaba aprendiendo.

Un trabajo que le exigía más de lo que imaginaba.

Y una vida que, poco a poco, había tenido que construir desde cero.

Pero había algo que nadie sabía.

Valeria no había venido solamente para empezar de nuevo.

Había venido para escapar de la mujer que había sido durante demasiado tiempo.

La mujer que intentaba complacer a todos.

La mujer que confundía amor con sacrificio.

La mujer que permanecía en una relación incluso cuando ya no se sentía feliz porque abandonar significaba aceptar que había apostado su corazón por algo que no funcionó.

Su matrimonio había terminado.

No de una manera limpia.

No de una manera sencilla.

Habían quedado demasiadas preguntas sin respuesta.

Y una pregunta que todavía aparecía algunas noches:

¿En qué momento dejamos de ser nosotras?

Valeria no tenía una respuesta.

Y ya no quería encontrarla.

Había pasado demasiado tiempo intentando comprender a otra persona.

Ahora quería comprenderse a sí misma.

Aquella mañana despertó antes de que sonara la alarma.

Abrió los ojos lentamente.

La habitación estaba oscura.

Buscó el teléfono sobre la mesa de noche.

4:55 a. m.

Otra vez.

Valeria frunció el ceño.

Llevaba meses despertándose a la misma hora.

Siempre a las 4:55.

Al principio lo había considerado una coincidencia.

Después pensó que quizá su cuerpo se había acostumbrado.

Pero había algo que no podía explicar.

Cada vez que despertaba a esa hora tenía el mismo sueño.

Un cielo azul oscuro.

Una enorme luna.

Y una mujer.

Nunca podía ver su rostro.

Solo sus ojos.

Dos ojos que parecían conocerla.

En el sueño, aquella mujer siempre estaba al otro lado de algo que Valeria nunca lograba atravesar.

Una puerta.

Un río.

Un muro.

A veces fuego.

Y siempre decía lo mismo:

—Todavía no.

Valeria se sentó en la cama.

—¿Todavía no qué?

La habitación permaneció en silencio.

Entonces escuchó un pequeño ruido.

Koki.

Su perro estaba sentado junto a la puerta.

Mirándola.

—¿Qué pasa contigo?

Koki no apartó los ojos de la entrada.

Valeria se levantó.

El suelo estaba frío bajo sus pies.

Caminó hasta él y se agachó.

—¿Escuchaste algo?

Koki inclinó la cabeza.

Después miró nuevamente hacia la puerta.

Valeria sonrió.

—Estás imaginando cosas.

Pero mientras acariciaba su cabeza, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Porque ella también había escuchado algo.

Un sonido muy débil.

Como un susurro.

Al otro lado de la puerta.

Se quedó inmóvil.

Koki comenzó a gruñir.

—Shhh…

Valeria se acercó lentamente.

Miró por la mirilla.

El pasillo estaba vacío.

Nada.

Volvió a respirar.

—¿Ves? No hay nadie.

Koki siguió gruñendo.

Valeria abrió la puerta.

El pasillo estaba frío.

Vacío.

Entonces bajó la mirada.

Había algo en el suelo.

Una pequeña pluma azul.

Valeria se quedó observándola.

No sabía por qué, pero sintió que ya la había visto antes.

Se agachó y la tomó.

En cuanto sus dedos tocaron la pluma, un dolor agudo atravesó su cabeza.

Una imagen apareció.

Fuego.

Una mujer.

Una niña.

Y una fila de figuras formando una enorme media luna.

Valeria soltó la pluma.

Cayó al suelo.

Koki ladró.

—¿Qué demonios…?

La imagen desapareció.

Valeria permaneció arrodillada.

Respiró profundamente.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—Estoy cansada.

Eso tenía que ser.

Estrés.

Falta de sueño.

Demasiado trabajo.

Demasiadas cosas en la cabeza.

Se levantó y volvió al apartamento.

No recogió la pluma.

Horas después, Valeria caminaba por las calles de Montréal con un café en la mano.

El frío le golpeaba el rostro.

Había días en los que todavía le parecía extraño estar allí.

Había aprendido a moverse por la ciudad, a trabajar, a estudiar, a resolver sus propios asuntos y a seguir adelante aunque algunas cosas todavía fueran difíciles.

No tenía una vida perfecta.

Pero era su vida.

Y eso significaba mucho.

Había algo liberador en poder llegar a casa y saber que nadie podía decirle cómo debía vivir.

Nadie podía decidir qué debía sentir.

Nadie podía convencerla de que estaba equivocada simplemente porque no le gustaba su respuesta.

Valeria había tardado mucho en comprender que el amor no debía sentirse como una jaula.

Por eso había decidido no volver a enamorarse.

Al menos por ahora.

La idea le duró exactamente hasta las cinco y diecisiete de la tarde.

Porque fue entonces cuando la vio.

La mujer estaba parada frente a una cafetería.

Valeria redujo el paso.

No sabía por qué.

Quizá porque había algo en ella que llamaba la atención sin pedirla.

Era alta.

Elegante.

Su piel era clara y contrastaba con el cabello rubio que el viento movía ligeramente sobre sus hombros.

Sus facciones tenían una belleza distinta a la que Valeria estaba acostumbrada a ver: pómulos marcados, nariz delicada, labios definidos y unos ojos azules claros, profundos, difíciles de interpretar.

Rasgos que parecían venir de un lugar muy lejano.

Ruso, pensó Valeria sin saber por qué.

La mujer sostenía una taza entre las manos.

No parecía estar esperando a nadie.

Simplemente observaba la calle.

Hasta que sus ojos se encontraron con los de Valeria.

Fue solo un segundo.

Pero Valeria sintió algo extraño.

Un golpe en el pecho.

Como si hubiera olvidado respirar.

La mujer tampoco apartó la mirada.

Valeria sintió que algo dentro de ella se movía.

No era miedo.

No exactamente.

Era reconocimiento.

Uno que no tenía sentido.

La desconocida sonrió ligeramente.

Y entonces sucedió algo imposible.

Durante un instante, Valeria vio detrás de ella una media luna azul.

Una fila de sombras.

Una figura animal.

Y unos ojos que parecían observar desde muy lejos.

Parpadeó.

Todo desapareció.

La mujer seguía allí.

Normal.

Humana.

Hermosa.

Valeria tragó saliva.

—No —murmuró para sí misma—. Definitivamente estoy cansada.

Continuó caminando.

No volvió a mirar atrás.

Pero la mujer sí.

La siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente.

Entonces dejó lentamente la taza sobre la mesa.

Su expresión había cambiado.

Ya no sonreía.

Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla.

Ella misma pareció sorprenderse al sentirla.

Se la limpió rápidamente.

Miró hacia el lugar donde Valeria había desaparecido.

Y susurró:

—Por fin.

Porque aquella no era la primera vez que veía a Valeria.

Era la primera vez que Valeria podía verla a ella.

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