ÚNICO
¿Alguna vez te has sentido como si tu vida girara todos los días conforme a una rutina que siempre se repite?
¿Como si vivieras por vivir y existieras por existir?
¿Simplemente así? Sin ninguna sola motivación para que cambiase todo.
Así se sentía Park Jimin, a cada maldito segundo. Y aunque lo negase frente a los demás, su vida se había vuelto un carrusel cada vez más deteriorado que no paraba de dar vueltas. Y no sabía cómo salir de allí.
Jimin no tenía mucho que había salido de una mala relación amorosa, tan mala que en el camino de tratar de seguir aferrado ahí, perdió a su grupo de amigos. Su mundo se tornó gris, donde sólo importaba ella. Hasta que su ex pareja decidió engañarlo con un compañero de trabajo y acabó todo.
Dormir, despertar, trabajar, comer, descansar.
Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.
Los fines de semana solía salir a hacer su despensa y tentativamente cuando se sentía mejor, paseaba un poco por los parques cercanos a su domicilio; un libro y un café en mano y las horas pasaban volando a las faldas de un árbol y su sombra. El domingo limpiaba su humilde hogar y al día siguiente la misma rutina comenzaba de cero. Jimin estaba harto, si era sincero consigo mismo, estaba enfadado de estar desperdiciando sus veintes encerrado en un bucle de su casa al trabajo y del trabajo a su casa.
—¿Has pensado en implementar un hobby nuevo? —Su psicóloga le había sonreído con simpatía, era tal vez su cuarta sesión con ella, pero apenas podía expresar su pesar y sus crisis existenciales—. Tal vez correr, hacer ejercicio, dibujar, tomar fotografías. Visitar lugares nuevos. Incluso seguir con la música, comentaste una vez que tu pasatiempo en preparatoria había sido hacer y producir canciones, ¿cierto?
Cuando estaba en secundaria, en realidad, había pasado más de una década de eso, pero Jimin no refutó al respecto, entendía a qué se refería la señorita Ahn, su psicóloga más joven que él; volver a retomar viejos hábitos, viejos pasatiempos, viejas actitudes y sentimientos. Era difícil, volver a intentar cosas de su pasado ya no le provocaba cierta emoción, pero intentar cosas nuevas era un poco… más complicado, tenía el tiempo, pero no las ganas, así que volvía a punto de inicio cada que lograba dar el primer paso para comenzar la carrera.
Estaba estancado, vergonzosamente unido al piso mientras todo el mundo seguía adelante.
—Tal vez deberías de adoptar una mascota, ¿Un gato? Incluso un hámster, hijo, me preocupa que estés todo el tiempo solo ahí en casa —su madre pronunció, con un ligero toque de angustia en su voz, medio amortiguada por el teléfono —. Hoy en día puedes encontrar y rescatar a un animalito que lo necesite al salir a la calle, ¡mira yo que ya adopté a tres!
Su madre volvió a suspirar con pesar y Jimin la entendía, no era fácil para ella tener que hablar con su hijo que solo le sacaba las palabras a regañadientes, pero tampoco podía darse el lujo de venir desde Busan hasta Seúl para regañarlo como debería. No era fácil para ella ayudar solamente a través de un teléfono en una llamada semanal, pero tampoco lo presionaba, sabía respetar sus límites aunque estuviera al borde de la preocupación.
—Está bien, mamá, me conseguiré un gato pequeño, la idea la he tenido en mente desde la última sesión con mi terapeuta—Jimin respondió, medio perdido en sus pensamientos, el ramen instantáneo enfriándose poco a poco en el pequeño comedor.
Su madre respiró aliviada.
—Eso es genial, Jiminie, los gatos son excelentes compañeros, te ayudarán con los ratones y los insectos, son buenos cazadores, ya sabes. Mi solcito me ayuda aquí todo el tiempo.
Jimin sonrió, la gata que había criado su madre desde pequeña era la mayor compañera, tal vez se acercaba ya a los diez años, pero seguía siendo experta en su labor.
—Me imagino, madre, si tengo suerte conseguiré a un amigo igual de productivo.
(...)
Después de tres semanas de esa llamada con su madre, Jimin había tomado finalmente la decisión de adoptar un gato. Su casa era relativamente grande para él y una mascota, así que no había mucho problema, de igual modo había contactado con su rentero para pedir permiso y este aceptó a cambio de que no descuidara las instalaciones. Todo estaba listo, solo faltaba el minino.
De camino a casa después del trabajo había tenido la suerte de encontrar un pequeño gatito maullando desconsolado a una cuadra de donde residía, la caja desde donde el gato lloraba estaba mojada tras la llovizna de esa tarde, parecía ser el último de la camada que abandonaron y por una vez en mucho tiempo el corazón de Jimin latió de pura tristeza al ver al animalito temblar del frío, le importó poco su saco de vestir caro y con él cubrió al animal, esperando a que este sintiera el calor de su cuerpo y dejara de llorar.
El departamento donde vivía era en la primera planta, así que no tendría mucho problema con las alturas para el pequeñín.
—¡Disculpa! Buenas noches, ¿podrías ayudarme aquí, por favor?
Jimin volteó hacia la voz, desde la oscuridad emergió un joven de cabello azabache y alto, un poco más que él, de su brazo izquierdo colgaban un par de bolsas grandes de aspecto pesado y en su rostro los anteojos de montura delgada casi se caían de su nariz, estaba empapado de pies a cabeza, luciendo avergonzado y enfermo.
—Tengo toda la tarde tratando de abrir esta cosa y no he podido contactar a mi casero para que me traiga unas llaves de repuesto…—el chico farfulló hacia la chapa de la puerta vecina, había llovido a cántaros así que la entrada hacia los departamentos estaba con pequeños charcos aquí y allá.
Jimin vaciló un poco entonces, jamás había visto al chico, no que lo recuerde realmente, pero tampoco era un tipo que se negaba a ayudar cuando alguien más lo necesitaba, si estaba en sus manos, lo hacía.
—No entiendo, ¿qué es lo que necesitas? ¿Acabas de mudarte? —señaló entonces al resto de cosas que esparcidas alrededor de lo que se suponía sería su entrada principal, había un par de cajas y más bolsas, incluso un espejo de cuerpo completo recargado en la pared.
—No, vivía en el 5D, en el tercer piso, hubo una fuga de agua y resultó en una invasión de termitas, así que el rentero me ofreció este departamento de repuesto en lo que resolvía el asunto —el chico se sonrojó curiosamente, lucía de aspecto juvenil con el cabello mojado y los lentes torcidos, y más con su sonrisa nerviosa —. Jeon Jungkook, por cierto, te daría la mano pero ya ves…
Jimin se rió ligeramente, viendo lo obvio.
—Park Jimin. Te ayudaré a abrir esa puerta en un momento, solo déjame poner a este amiguito en un lugar cálido —dijo y como si lo hubiese llamado, el gato en su abrigo comenzó a aullar efusivamente, haciendo que la mirada de Jungkook se posara en él, sus ojos se volvieron enormes de la emoción.
—¡Qué lindo! Tienes un gatito, yo también tenía uno, hasta que se escapó de casa y ya no regresó —Jungkook sonrió triste.
—Lo siento, yo lo acabo de rescatar —sin más preámbulos Jimin entró a su departamento dejando al gatito en el sillón de la sala, yendo directo hacia el mueble de cocina, hasta el último cajón, para buscar un par de herramientas y ayudar a su aparentemente nuevo vecino.
Al regresar con Jungkook, este seguía aferrado con el par de bolsas en una mano y las llaves en la otra.
—Mi puerta suele atorarse todo el tiempo cuando el agua de la lluvia llega hasta la entrada, así que entiendo porque tienes toda la tarde aquí —con un ligero movimiento de su desarmador siguió golpeando la chapa, esperando que con eso el mecanismo hiciera lo suyo—. Inténtalo otra vez.
Jungkook se acercó a él e hizo lo que le pidió, pero la puerta no cedió.
—Parece ser que los problemas no se quedarán en el tercer piso —murmuró resignado.
Jimin hizo un par de movimientos más con la puerta, esperando más ayudar que empeorar el desastre que ya estaba. Hasta que con suavidad la llave cedió y la puerta se abrió. Ambos chocaron los puños festejando la gran hazaña.
—Finalmente, me has salvado Jimin. —Jungkook le sonrió felizmente, con un suspiro de agradecimiento.
—No es nada, Jungkook. Si seremos vecinos es mejor ayudar en lo que se ofrezca —. Le contestó a cambio, dejando escapar una sonrisa sin mucho esfuerzo —. ¿Te gustaría que te ayude a llevar eso? La llovizna está volviendo y no tardará en llover de lleno otra vez.
Jungkook asintió, temblando un poco y abriendo la segunda puerta para dejarles pasar al departamento.
Por primera vez en mucho tiempo, Jimin dejó de sentir su cabeza llena de pensamientos. Estaba vacía.
(...)
Desde entonces algo cambió en su rutina drásticamente y no tenía mucho que ver con Jia, su gata y su nueva mascota. Tenía que ver aparte con su apuesto vecino de enfrente.
Jeon Jungkook.
Apesar de que ambos tenían los dos mismos años viviendo en el mismo complejo de departamentos, no recordaban haberse topado alguna vez, trabajaban relativamente cerca y solían encontrarse en la tienda de conveniencia a la otra cuadra de allí desde su primera interacción y eran tan curioso, desde ese primer encuentro sus destinos se había entrelazado comicamente.
Jimin no era del todo creyente o fanático del destino y sus coincidencias, pero llegaba a un punto tan extraño y que no había una explicación coherente.
Y Jimin tampoco había vuelto a cruzar palabra con Jungkook otra vez, Jimin evitó cualquier contacto.
A veces no se entendía ni un poco.
Estaba un poco demasiado refugiado en su zona de confort y su rutina que agregar a Jungkook a la mezcla se le hacía extremo. Iba a un paso a la vez, aunque estaba más cerca del punto de partida que de la meta a Jimin no le importaba, desde lo de Aring le costaba confiar y comenzar a conocer nuevas personas, estaba reacio a ello. No quería que todo se repitiera y si pudiera evitar el sufrimiento, lo haría.
Lástima que Jungkook no tenía los mismos planes y eso arruinó su idea de autoprotección.
—Hey, Jimin, creo que esta pequeñín es tuya.
Ah, y su gata tampoco.
—Oh, Jia. ¿Qué pasó aquí? —Jimin miró acusadoramente a su gata, quien ronroneaba feliz en los brazos de su vecino.
—Parece ser que se escapó por la puerta esta mañana, fue una suerte que la encontrara al mismo tiempo que salía a la tienda —Jungkook le sonrió, dejando caricias leves en la cabeza tigreada de Jia. Jimin notó entonces la ropa de su vecino, un suéter de lana y un par de pantalones de pijama, era viernes y tal vez Jungkook había decidido no trabajar ese día.
Jimin forzó una sonrisa, asintiendo.
—Se me hizo tarde para tomar el autobús hoy, así que corrí sin fijarme que Jia estuviese en su cama.
—Suele pasar, me pasó, de hecho. ¿Cuántos meses tiene esta niña, Jia?
A Jimin se le salió una sonrisa real. —Según su veterinario, tres meses.
—Y está enorme, qué linda.
Jungkook entonces se la entregó, dándole una última caricia bajo su barbilla.
—¿Qué harás este fin de semana?
(...)
Con Jia y Jungkook, los meses desde aquel otoño pasaron volando, su gata crecía y se malcriaba cada vez más y Jimin tentativamente iba conociendo más a Jungkook, dándole el beneficio de la duda después de un par de citas con su psicóloga. Ahn le recomendaba hacerlo, conocer a alguien nuevo, alguien con quién hablar después de su madre o sus hermanos, con quién compartir su manía y los videos de gatitos graciosos.
Así que Jimin lo intentó.
Dejó de encerrarse en su caparazón y comenzó a escuchar y salir con su vecino. Jungkook era más joven que él por dos años, tenía veintiséis, acababa de cumplirlos en septiembre, su familia también vivía en Busan, compartían gustos musicales, y apesar que lo detenían opiniones distintas en muchas cosas, congeniaban bien y su convivencia siempre era sana.
Oh, y Jungkook era abiertamente gay.
A Jimin no le escandalizó ni mucho menos, antes de Aring había estado tonteando con varios hombres a lo largo de los años, su madre lo aceptaba con sus preferencias así que no era nada nuevo saberlo. No le molestaba.
Pero Park Jimin no era un chico tonto y sabía de forma muy consciente que le gustaba a Jungkook, el menor a veces no solía ser muy discreto. Lo malo de todo esto era que Jimin no sabía si tenía que sentirse incómodo o dejarlo pasar, su proceso todavía estaba avanzando de a poco y aunque su psicóloga solía decirle que no tenía nada de malo en seguir su vida e intentarlo de nuevo con alguien, le daba cierto miedo. No quería regarla otra vez, a Jimin le caía bien Jungkook, era un hombre amable, hermoso y empático, muy inteligente, con ligeros toques de inocencia a veces, pero siempre feliz de estar ahí para ayudarlo.
Jimin no quería aprovecharse, Jungkook le había contando una vez que no tenía realmente una gran experiencia en relaciones aunque fuera un chico tan seguro de sí mismo y de su sexualidad, el menor le había confesado que la mayor parte de su vida trató de encajar en la sociedad y con su familia, aparentando ser alguien que no era hasta que se cansó, dejó Busan y se mudó a la capital como un borrón y cuenta nueva, dispuesto a experimentar de lleno todo lo que fuera necesario. Y aquí estaban, conociéndose de a poco como las hojas de un árbol a través de las estaciones.
Jimin lo admiraba, en verdad lo hacía.
—He estado pensando… —dijo el mayor, ambos habían quedado en pasear alrededor del río Han, aprovechando el clima agradable del sábado.
—¿Sí, hyung? —le contestó Jungkook, mientras tomaba un pequeño sorbo a su café helado.
—Quiero tatuarme.
Jungkook le miró sorprendido.
—Guau, eso es genial.
Jimin se rió avergonzado, su menor tenía su brazo derecho completo lleno de tatuajes, mayormente tapado con las camisas de manga larga que siempre ocultaban sus brazos. Jimin no lo entendía a veces.
—¿Duele mucho? —preguntó a cambio, mientras observaba el horizonte, el color del cielo se tornaba en diferentes tonalidades de rosa antes de ocultarse el sol.
—Por supuesto que duele, no mucho en ciertas zonas, pero te dolerá un poco, Jiminie.
—¿Oh? ¿Jiminie?
Jungkook comenzó a sonrojarse tal cual un tomate.
—¡Lo siento, hyung! Tal vez me confíe un poco…
—No, está bien —Jimin le interrumpió, sonriendo, su apodo era ese, su madre le había llamado así siempre, y estaba bien. Un paso a la vez.— Puedes llamarme así, Kook-ah.
Los ojos de cachorro de Jungkook parecían iluminarse más si era posible, su menor poseía unos ojos bonitos y grandes, tan expresivos.
—Muy bien, Jiminie hyung. Ya vamos avanzando.
(...)
Y sí que las cosas fueron avanzando de una manera descomunal, Jimin se vio resignado a aceptarlo.
Jungkook. Jungkook. Jungkook.
Todo. El. Bendito. Tiempo.
A veces era en lo que su mente se trasladaba en los momentos libres de su jornada laboral. Hablaban a través de chat todos los días, con fotos y pequeñas notas de lo que estaban haciendo y eso se volvió lo más emocionante de sus días.
Aunque debía de aceptar que estaba asustado, su mente se mantenía tranquila, ya no sobrepensaba, pero lo que una vez fueron pensamientos enredados que no dejaban de girar los engranajes en su cabeza, ahora lo era un chico de ojos gigantes, cabello azabache y una sonrisa parecida a un conejo.
Jimin estaba en problemas. Unos muy serios.
—Está bien sentirse atraído por Jungkook, Jimin. No veo por qué te niegas a aceptar que realmente hay algo ahí —la señorita Ahn había dicho, medio estudiándolo desde su sillón frente a él.
—No estoy teniendo una crisis de sexualidad ni nada de eso.
—¿Entonces? —Anh inquirió, tal vez tratando de que dijera en sus propias palabras lo obvio.
Jimin suspiró, luciendo derrotado.
—Está bien, sí, me gusta. Es un buen hombre, ama a mi gata y siempre está ahí para mí cuando necesito un hombro en el cual apoyarme, pero no lo sé…
—No quieres que las cosas se arruinen.
—Exactamente, eso es.
Ahn le miró, anotando algo en su iPad antes de sonreírle, tenía esa peculiaridad de que sus ojos sonreían antes de que sus propios labios lo hicieran. Era una chica amable, por ello Jimin no se había sentido menos al entablar la terapia de su mano.
—No puedes esconderte de nuevo en tu caparazón cuando alguien toca una antenita o te asusta, Jimin. No puedes generalizar a todas las personas porque una te falló, debes de saber sacar y aprender de lo que esa experiencia te dejó y veo que lo has hecho —la mujer sonrió de nuevo, acomodando sus lentes—. Jungkook te ha demostrado que no es igual a Aring.
—Por supuesto que no lo es —defendió de inmediato, frunciendo el ceño incluso en respuesta.
—Ahí está la diferencia, veo que tú también la ves. Pero respóndeme una cosa, Jimin. ¿Tú sigues siendo el mismo?
¿Tú también cambiaste?
Esa fue la pregunta que lo acompañó las semanas siguientes.
El proceso había sido largo y agotador, ya no tanto por las sombras de su pasado o la carga de su antigua relación. Iba más consigo mismo, con el cómo se veía y sentía, cómo podía salir adelante del bache que atravesaba día con día, el dejar de aferrarse a la comodidad y realmente tratar de avanzar.
De sacarse de ese pozo.
Así que ni más ni menos comenzó con lo más fácil y en bandeja de plata que tenía enfrente, había aceptado y cerrado su destino: le gustaba Jeon Jungkook. Estaba interesado en el menor de la misma manera en la que él lo estaba.
El problema era que no sabía cómo hacérselo saber.
Jungkook siempre había sido un entendedor de pocas palabras, tomando notas de los pequeños detalles de Jimin y de lo que lo hacían sentir tenso e incómodo, para no repetirlos, así que lo conocía de una manera que no pensaba que fuera capaz.
No toques físicos a menos que Jimin los iniciara, no acercamientos demasiado intrusivos en su espacio personal e incluso no miradas fijas que lo hacían sentir nervioso.
Así que Jimin fue fiel a algo que lo caracterizaba, seguir sus instintos siquiera antes de pensar sus acciones.
Cuando volvieron a verse para hacer un pequeño paseo al parque cercano junto con Jia, Jimin había abrazado a Jungkook a manera de saludo y el menor no había estado más que sorprendido con su arrebato.
—Mmm, h-hyung. Hola. —Los brazos ejercitados de Jungkook le habían tomado tímidamente de la cintura, sentía la duda a través de la tela.
—Hey, Kook. ¿Cómo estuvo tu mañana? —Jimin fingió demencia, no haciendo ver lo raro de esto.
Jungkook pareció entender la indirecta.
—Bien, desperté un poco tarde después de haber subido los muebles de nuevo al departamento.
Jungkook había dejado de ser su vecino de al lado apenas unos días antes, entre ambos subieron los muebles al tercer piso, una batalla pesada dada la estrecha escalera que tenían que subir.
—Si, mi espalda sigue doliendo un poco —Jimin rió, no mentía del todo.
—Tal vez pueda hacerte un masaje ya que regresemos —Jungkook ofreció, volteando su rostro a cualquier parte con tal de no ver a su mayor. Sus mejillas ardiendo.
Había cierto coqueteo ahí, Jimin pudo notar. Sin embargo terminó diciendo—: Me harías un gran favor, Kook. Eres tan amable—. El sarcasmo en esto último fue evidente, Jungkook rodó los ojos, negando con la cabeza.
—Bueno, solo decía…
Jia en sus hombros medio protestó, rompiendo la atmósfera, su gata quería llamar a un par de pájaros que saltaban de rama en rama a través de los árboles.
Esa fue la señal para que ambos se sentaran en el pasto, con la sombra de las hojas protegiéndolos del sol incipiente del verano.
Jimin se sorprendió a sí mismo sonriendo por la familiaridad de la situación, de forma inconsciente Jungkook le devolvió la sonrisa.
(...)
Últimamente había comenzado a volver a sentir la intensidad de algunas emociones, aquellas que aunque las sentía, parecía ser a una menor escala, como si estuviera atrapado en una gruesa capa de hielo. Su psicóloga lo había llamado distimia una vez que Jimin lo preguntó, cuando quiso saber qué era lo que padecía.
Después de un año de terapia, las cosas iban sintiéndose mejor. Sintiéndose más.
En un inicio estuvo bien, levemente, pero luego volvió a sorprenderse a sí mismo observando de una forma diferente a Jungkook. Mirándolo diferente. Notando lo largo de su cabello, la cicatriz en su mejilla, el hoyuelo que se le notaba mucho cuando reía en grande y los piercings en sus orejas que parecía haber más cada cierto tiempo.
Y Jimin se sentía nervioso, porque en los momentos donde ambos estaban demasiado juntos inconscientemente, Jimin comenzaba a desear estarlo un poco más. El que la mirada de Jungkook permaneciera fija en él en una habitación abarrotada de gente, siempre viéndolo, siempre conectados de una manera que lo asustaba.
Llegaba un punto en el que no se escandalizó por ello, en el que el entendimiento entre ambos iba más allá de lo que las palabras podrían expresar y en esas primeras brisas llenas de hojas marcadas por el otoño, Jimin dijo algo que cambió por completo el rumbo de las cosas.
—Me gustas.
El mundo dio un salto. Su corazón se detuvo un segundo y luego todo siguió normal, unos niños correteaban cerca de las bancas y la resbaladilla, una mujer paseaba a su perro por el sendero a su izquierda y una pareja disfrutaba un picnic a su derecha varios metros delante.
Pero Jungkook se quedó boquiabierto, con el libro olvidado en su regazo.
—¿Qué? —farfulló, parpadeando repetidas veces, al mayor le pareció tierno.
Acomodando su propio cabello castaño, Jimin le sonrió. —Lo que escuchaste, Koo. Me gustas.
Jungkook se sonrojó, luciendo perdido y confundido.
—Guau. Yo-yo, no sé qué decir —murmuró, dejando salir una risa nerviosa —. No me malinterpretes, hyung, también me gustas, mucho, desde hace tiempo. Pero yo no pensé que lo dirías antes que yo…
—Te estabas tardando un poco, así que tuve que improvisar —Jimin le guiñó un ojo, sonriendo, no podía dejar de sonreír, se sentía feliz.
—Bueno pues yo, yo —Jungkook dejó salir un suspiro, medio confundido todavía —. Por dios, Park Jimin, me dejaste sin palabras.
El castaño le miró sin mucho entusiasmo, casi burlándose. Había pronunciado las palabras y también había pasado un tiempo, pero ya no sentía que se estuviera apresurando, ya no sentía la presión en el fondo de su mente tratando de poner excusas para no ponerle un nombre a sus sentimientos.
Había pasado un tiempo, un año ya, alguien más siguió su vida sin dar marcha atrás, ya era hora de Jimin soltar al fantasma para realmente vivir. Solo. A su manera. De la forma en la que siempre quiso y debió haber sido.
—¿Y entonces? —preguntó mientras se acercaba hasta quedar frente a Jungkook, aventurandose más allá de lo que alguna vez se permitió hacerlo, tocó la mejilla del menor, justo donde quedaba su cicatriz.
Pareció ser que todo rastro de duda desapareció en el rostro de Jungkook, este se abalanzó hasta abrazarlo en el pasto, haciéndole cosquillas.
—Espero no estés jugando conmigo, porque no va a haber marcha atrás, Jiminie.
Jimin rió a carcajadas, dejando que la emoción inundará su cuerpo por completo.
—No me estoy arrepintiendo tan pronto, Jungkook. Te hice esperar demasiado tiempo.
—Lo necesitabas, así que nunca hubo problema en ello. Estaría para ti incluso si sólo fuéramos amigos.
Jimin le miró, agradecido.
Armándose de valor, dejó caer un pequeño beso en los labios contrarios, un ligero rose, antes de alejarse con la misma rapidez.
—Es un alivio entonces que yo no quiera ser solo tu amigo, Kook-ah.
Jungkook le sonrió, con los ojos brillando.
—Si, Jiminie. Es un alivio.
Poco a poco, un día a la vez.
La línea de meta le quedaba más cerca que el punto de partida. Y Jimin no podía estar más contento por ello.
[ ♡. ]




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