La Trama Roja
Hay lugares donde la tierra respira distinto, lugares donde no tenés que confundir el frío andino de éste suspiro. La indecible sensación sobre los hombros y el frío que se trepa por la espalda. Los animales lo saben primero. Se nota en los caballos que se retoban sin motivo y en los perros que ladran hasta sangrar pero, lo más inquietante es la vacada. Miran fijo y sin pestañear, hasta que sus patas se vencen.
Porque el mal no siempre viene desde los cerros, a veces ya te ve desde los corrales, y si no estás protegido, el gemido te puede reventar la cabeza.
El auto avanzaba por kilómetros bajo la mano de Brandon, apuesto y con esa sonrisa que destaca picardía.
—Te digo que si es el séptimo hijo varón, es fijo —dijo, sin dejar de mirar el camino—. Eso no falla.
En el asiento del acompañante, Elías no sonrió.
Era menudo, los hombros ligeramente encorvados como si esperara un golpe. Sus ojos, en cambio, estaban demasiado abiertos. No por sorpresa, sino que por costumbre.
Sostenía un libro que recordaba a Des destinées de l'âme, y parches con lo que parece pelo seco, muchos obreros rurales tienen el cabello así. El lomo estaba reforzado; hilo rojo y negro como quien hace un “trabajo” en el campo.
—No es tan simple —respondió, cuando las páginas crujían entre sus dedos—. El séptimo hijo es un “recipiente”, un jarrón vacío. La maldición llega después.
—¿Ah, no? —Brandon alzó una ceja.
Elías apoyó el dedo sobre una línea escrita, cambiando de tema. — “El Payé funciona como una conducta compulsiva (...) una búsqueda de alivio, inicialmente motivada por el placer..”
El interior del auto era una bóveda de colillas y botellas, se hizo evidente cuando la ceniza se esparció cuando el vehículo tragó un pozo en la ruta seguido la puteada de Bran, que sugirió la profesión de la madre del gobernador.
—Che, ¿y esos amuletos? —preguntó Brandon—. ¿Cómo se “cargan”?
—Dice que en el ciclo compulsivo del alivio como el alcohol, el tabaco, —añadió, pícaro tras una pausa— el sexo y las sustancias.
—¡Esas me interesan! —rió Brandon—. Para mí esos indios buscaban razones para meterse lo que vieran, dale.
Elías cerró el libro con suavidad y rebuscó bajo el asiento una caja; repleta de artilugios que parecían trabajos para hacer macanas, entre ellos algunos collares de huesos, pequeños cráneos, montoncitos de pelo atado con hilos y por encima, una tijera de hueso y cuero negro, decorada con hilo y plumas rojas. El menudo no volvió a hablar en un rato. La banquina se robó su atención al igual que el filo de las tijeras que raspaba con la yema de sus dedos. Cada tanto, alguna vaca emergía del negro absoluto y desaparecía entre la espesura, tal como algunos recuerdos.
Desde que era chico, Elías aprendió dos cosas: hablar poco y mirar mucho.
Hablar poco porque en el pueblo los rumores se multiplican. “Hijo del Zupay” le decían; y escucharlo todavía le recordaba al olor del galpón donde el abuelo guardaba animales, el galpón donde su madre le sonreía desde la cuerda que la privó de volver a tocar el suelo.
“Por cómo la encontraron seguro se cogía a los animales”, se decía entre los mayores que conocían la fama de los Zugasti con el mal. Brandon fue el único que se quedó, no necesitaba hacer demasiadas preguntas. Dicen que vos ves fantasmas, vamos a encontrarlos nosotros primero.
Lo que empezó como distracción se convirtió en una actividad recurrente cuando las cosas malas empezaron a llamar a Elías, él las percibe desde entonces. Y aunque era juego, hace unas semanas se puso serio. Las historias de sabios guaraníes en el litoral, los llevaron al asombro por el mito argentino y al Luisón, mitad hombre y mitad bestia.
—Che —dijo Brandon de pronto—. Ahí.
Sobre la ruta, una figura se recortó entre la luminaria, ya venían parpadeando kilómetros atrás, Elías con la sujeción de sus propias uñas parecía inquietar al piloto que le palmeó el hombro.
—Es él — Elias se hizo sangrar la mano con las tijeras
—¿Seguro? —preguntó Brandon, bajando la velocidad.
—Tiene un amuleto. —Elías asintió despacio.
La figura se detuvo en medio del asfalto cuando las luces altas lo bañaron, había viento pero su ropa estaba inmóvil, como si no estuviera ahí.
El hombre era una astilla de pálido y delgado. Tenía venas negras que trepaban alrededor del amuleto que parecía hueso podrido.
—Nos vio en la estación —susurró Elías—. Desde ahí.
Brandon apretó el volante cuando ya estaba apretando a fondo. —¿Y?
—¡Metele Brandon, acelerá!
Antes de hundirse en el freno, ya estaba en movimiento tan frenético que disimuló el golpe similar a un hachazo, seco, que indicó cómo el malévolo se perdía bajo el auto.
—Listo —murmuró Brandon, tragando saliva—. Fin del misterio.
—Bran, no lo veo, ¿qué se hizo el hijo de puta? —El silencio los comió, pero lo escucharon.
El mugido era bajo, masivo, tanto que les hizo vibrar los dientes. Uno que no proviene del campo, sino que de todos lados.
Perdieron el control de sus manos cuando absortos se ensimismaron en la negrura del campo. Sin saberlo, parpadearon varias veces. Elias sintió cómo la comisura de sus labios se alzó apenas, como un error. Después vino el ruido: corto, áspero. Volvió a hacerlo, más fuerte esta vez. No parecía saber cómo detenerse, fue capaz de escuchar el mugido pero Brandon lo miraba de lado sin poder parar, sus cuencas parecían envolverse en sangre, “pero no te golpeaste” dijo Elias. Pensó en qué podía pasar, “¿estoy muerto?”. Y el mugido bajo, masivo, no sólo se escuchó: se sintió. Le recorrió los dientes como una lima invisible, arrancándole un escalofrío inmediato. Venía de todos lados y de ninguno. Era el sonido del bovino, pero deforme, como si algo estuviera usando una garganta que no le pertenecía.
— “Los animales lo saben primero..” ¡Bran, los amuletos, dale! — Elías forzó a su amigo a arrollar su cuello con el amuleto entre manotazos, aferrado a las tijeras, tanto que lo hicieron sangrar.
El mugido se transformó en una respiración doble, después triple y siguió multiplicándose hasta que perdieron la cuenta.
Brandon, que logró ver recto nuevamente, manoteó en la gaveta el fierro seguido de un chasquido metálico de la corredera, limpio. “Hay que matarlo” Dijo con la voz rota. Elias rescató una profunda sensación. Estamos muertos.
Y los animales volvieron a mirar hacia un punto, justo en donde Elías era visible sobre la calzada y sostuvo con fuerza las tijeras. No era el momento y algo le faltaba. No sabía nombrarlo, pero el cuerpo sí: se lo recordaba en la garganta seca, en los dedos inquietos, en esa sensación de que nada terminaba de encajar pero sin quererlo, apretó entre los labios el filtro.
— El payé hace milagros, pero se cobra en carne: cuanto más poder da, más monstruo vuelve a quien lo usa.
El campo no estaba oscuro.
Estaba lleno.
No de cosas.
De algo, ¿de alguien?
Elías bajó primero. Las zapatillas se hundieron apenas en la tierra blanda y sintió el pulso debajo, como si el suelo tuviera un corazón mal dormido, uno de esos latidos que no terminan de ser de nadie. El mugido no paró. Se repartió. A la izquierda. Atrás. Arriba. Como si hubiera aprendido a doblarse.
—No está solo —dijo, o pensó que dijo.
Brandon bajó después, el revólver firme, los brazos tensos, la mandíbula tensa. Todavía venía con los ojos encendidos de una rabia que no era suya del todo, una cosa torcida que le venía subiendo desde antes, desde la ruta, desde el ruido, desde ese momento en que el mundo empezó a aflojarse en los bordes.
—Que salga —escupió.
Y salió.
No del campo.
De la ruta.
El cuerpo que habían levantado volvió a caer, como si desparramarse le fuera impropio. Las piernas no iban donde tenían que ir, el cuello hacía fuerza por sostener una cabeza que no quería quedarse, y el amuleto de hueso podrido colgaba clavado en la carne oscura, latiendo despacio, como si todavía tuviera algo que decir, aún en esa descarriada sonrisa que lo llevaba al galpón. Tal como todos allí, le sonreían a Elías.
—Miralo —susurró Elías, y ya no quedó duda.
El primero en acercarse no fue el atropellado.
Fue otro.
Salió de entre los animales sin apurarse, la cara tapada con una tela sucia que solo tapaba la mitad superior de la cara, otro amuleto colgado del pecho, otro andar que no parecía andar sino una costumbre vieja para evitar los dolores del campo. Después otro más. Y otro. No corrían pero sabían y ese fue el problema. Sabían demasiado bien cómo moverse cuando el miedo todavía no terminaba de tomar forma y se comía a quienes se cruzaban en este campo.
Brandon gatilló.
El ruido pegó seco, breve. El tipo se dobló apenas, pero no cayó ni sangró. Se acomodó de nuevo, pesado, a Brandon le recordó a los zombies de las películas que veía con su papá.
—¡Dale! —gritó Brandon—. ¡Hacé algo que se acercan!
Y Elías ya estaba haciendo
La tijera le abrió la mano y la sangre salió fácil, caliente, resbalosa, como una trama roja esperando a ser cortada. No dolió pero se sintió como si algo hubiera encontrado por dónde asomarse. El filtro le colgaba de la boca sin prenderse, sin apurarlo, como si el aire ya estuviera hecho para eso.
Inhaló y el cigarro se encendió solo.
Y el aire vino distinto, cuando el humo salió pesado.
El primer malévolo se quedó quieto de golpe ante una aterradora tos. Se miró las manos como si no fueran suyas pero se las llevó al pecho como si hubiera tragado demasiado y algo bajo la piel buscase la salida. Elías no lo miraba pero con la mano apuntada a los malévolos, chasqueó los dedos.
Seco.
El primer malévolo escupió fuego.
A Brandon se le escapó una risa desencajada de lo que veía.
—¿Viste eso? —dijo, y la voz le salió rota—. ¿Viste eso?
El segundo malévolo cayó de rodillas sin entender por qué. El tercero dio dos pasos y se le olvidó el resto. El cuarto se sujetó el cuello cuando el ardor le iluminó la piel y sus bilis brotaron en un amasijo de porquería ardiente. Brandon disparaba a los costados, al frente, a lo que se movía y a lo que todavía no. Ya no apuntaba. Ya no buscaba. A la par, Brandon comenzó a disparar tanto a malévolos como animales que cuando se comenzaron a quemar, se mantuvieron impasibles.
—¡Más! —gritó—. ¡Más, Elías!
Y Elías siguió.
Chasqueó otra vez.
Y otra.
Cada sonido abría algo.
Cada sonido encontraba una grieta.
Cada chasquido prendía donde creía que venían las miradas, las miradas venían de todos lados.
El mugido se metió en el ritmo.Ya no venía de todos lados. Ahora estaba en los chasquidos. En el vozarrón de Brandon, en el motor del auto.
Chasquido.
Mugido.
Chasquido.
Brandon avanzó un paso más, por fin entendía cómo veía a todos Elías, cómo se sentía hablar poco y mirar tanto. Pero entender el mundo desde la mirada de su amigo lo hizo temblar, como si su cuerpo no respondiera a la realidad de los hechos. Esto es… —Brandon también se llevó al pecho las manos. Sólo ese gesto raro en la cara del carilindo, como si algo dentro del cuerpo hubiera decidido moverse sin consultarle. Bajó la vista, confundido, casi curioso, como si no entendiera por qué el aire se sentía abrasador.
Elías no frenó ni lo escuchó. Solo siguió incluso cuando sus yemas cedieron y brotó sangre a su propia cara.
No hubo un momento claro en que pudiera decirse que terminó de quemar malévolos.
Una vez más y otra.
Hasta que ya nadie pudiera verlo desde la bruma que ahogada por la brasa que ahora es el público de esta negra noche.
El campo no se apagó.
Elías bajó la mano, pero los dedos todavía querían seguir, todavía tenían el reflejo, y les quedaba hambre. El mugido ya no estaba afuera pero solo Elías lo escuchaba.
Arrastró las zapatillas entre la tierra húmeda y cada paso hacía un sonido blando, incorrecto, casi ajeno hasta volverse a su amigo quien parecía descansar al costado del auto.
La ropa abierta, Brandon siempre la usaba así porque estaba orgulloso de dedicar más tiempo al gimnasio que a su propia carrera. Pero Elías se agachó y buscó un lugar cerca de él, no le molestaban esos comportamientos tan altaneros. Apoyó los codos en las rodillas y se quedó, como si estuviera esperando que el otro arranque de nuevo, como si todavía quedará algo por discutir, algo por rematar, algo por seguir charlando como siempre hacían cuando el miedo todavía era una cosa afuera y no una que se estaba acomodando entre las costillas.
El viento pasó bajo.
Movió apenas el pasto.
—¿Viste? —dijo al fin, bajito—. Yo creo que soy el séptimo hijo o algo así.
Silencio. Elías asintió solo entre pequeñas convulsiones que lo despojaron del pleno control de su cuerpo, arrancando la piel seca de sus labios.
—Igual… estuvo bien —agregó—. O sea, lo hicimos bien.
—Te cebaste un poco, eso sí —murmuró—. Siempre te cebás con ese chumbo viejo.
Una risa corta.
Seca que se cortó sola justo antes de ladear la cabeza, como escuchando algo que venía desde muy cerca.
—No, ya sé… —respondió—. Pero vos también viste cómo venían.
Pausa.
Asintió otra vez. Sí. Se quedó mirando un punto que no estaba en el cuerpo. La estación, desde ahí. El viento volvió a pasar. Ya nadie lo miraba. Che. Igual… lo del tiro… ¿no nos habrán escuchado los dueños? Después negó, suave. No, no importa. Se enderezó un poco, pero no se levantó. Después vemos. Total… hay tiempo.
Sonó lógico.
Demasiado.
Elías miró de vuelta a su amigo pero no con culpa ni con tristeza. Pero sí con la convicción de quien, con su compinche, se ríe y bebe, de quienes se van a acompañar toda la vida, esta vez anexo de un vulgar silencio desencajado de quien es Brandon. Cualquiera diría que el callado era el flacucho no el grandote, que van de acá para allá en el auto de uno de los dos. Pero Bran siempre está ahí, ¿no?
— ¿Bran?








