LA NOCHE QUE LO VI
La lluvia había comenzado antes de que anocheciera.
Para cuando dieron las once de la noche, las calles estaban casi vacías. El agua caía con tanta fuerza que apenas podían distinguirse las luces de los edificios a través de la cortina de lluvia.
Ella caminaba sola.
Llevaba el paraguas en una mano y el teléfono en la otra, intentando ignorar el frío que comenzaba a recorrerle el cuerpo.
—Genial… —murmuró al mirar la pantalla—. Sin batería.
Guardó el teléfono en el bolsillo.
Había pensado tomar un taxi, pero no había ninguno cerca. Su casa estaba a unas cuantas calles.
Así que siguió caminando.
Sus zapatos golpeaban los charcos mientras el sonido de la lluvia llenaba la calle.
Entonces tuvo una sensación extraña.
Como si alguien la estuviera mirando.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
Nada.
Solo la calle mojada, algunos autos estacionados y las luces amarillentas de los postes.
—¿Hay alguien ahí?
No recibió respuesta.
Continuó caminando.
Unos segundos después volvió a escuchar algo.
Pasos.
Lentos.
Detrás de ella.
Se detuvo nuevamente.
Los pasos también.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Ella apretó el paraguas y decidió seguir caminando.
Los pasos volvieron.
Esta vez más cerca.
Ella aceleró.
Los pasos también.
Comenzó a correr.
Doblando la esquina, resbaló ligeramente y estuvo a punto de caer.
—¡Ah!
Se sostuvo de una pared.
Respiró profundamente.
Entonces escuchó una voz.
—No corras.
Ella se quedó completamente quieta.
La voz había sonado detrás de ella.
Muy cerca.
Se giró lentamente.
Un hombre estaba parado bajo la lluvia.
No llevaba paraguas.
Su ropa era completamente negra y el agua parecía resbalar sobre él sin mojarlo realmente.
Era alto.
Demasiado pálido.
Y sus ojos…
Sus ojos parecían estar mirándola como si la conocieran desde hacía mucho tiempo.
Ella retrocedió.
—¿Quién eres?
Él no respondió.
Solo la observó.
—Te pregunté quién eres.
Por primera vez, algo cambió en su expresión.
Parecía… confundido.
Como si no entendiera por qué ella podía verlo.
—Tú puedes verme.
Ella frunció el ceño.
—Claro que puedo verte.
Él dio un paso hacia ella.
Ella retrocedió inmediatamente.
—No te acerques.
Él se detuvo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Después él miró hacia el cielo.
La lluvia seguía cayendo con fuerza.
—No deberías estar aquí.
Ella tragó saliva.
—¿Aquí dónde?
Él volvió a mirarla.
—En este lugar.
Ella no entendía nada.
—¿Me estás siguiendo?
Él guardó silencio.
—¿Quieres hacerme daño?
Por primera vez, él pareció sentir algo parecido a tristeza.
—No.
—Entonces, ¿qué quieres?
Él la observó durante varios segundos.
Después respondió en voz baja:
—Todavía no lo sé.
Ella sintió un escalofrío.
No sabía quién era aquel hombre.
No sabía por qué estaba allí.
Pero había algo en sus ojos que le provocaba un miedo diferente.
No era el miedo de estar frente a un desconocido.
Era como si, de alguna manera, su presencia perteneciera a otro lugar.
Un trueno hizo vibrar el cielo.
Ella dio un pequeño salto.
Cuando volvió a mirarlo…
Él ya no estaba.
—¿Qué…?
Miró a su alrededor.
Nada.
Solo lluvia.
Y entonces vio algo en el suelo.
Una pequeña flor negra.
La recogió lentamente.
Estaba completamente seca.
A pesar de que todo a su alrededor estaba empapado por la lluvia.
Ella la sostuvo entre sus dedos.
No sabía por qué, pero una extraña sensación recorrió su pecho.
Como si aquella noche acabara de conocer a alguien que cambiaría su vida para siempre.
Lo que ella todavía no sabía era que aquella noche…
la Muerte había ido por su alma.
Y por primera vez en toda su existencia…
había decidido no llevársela.







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