PROLOGO.
Kharesh caminaba entre los árboles con todos los sentidos alerta.
El barro cedía bajo sus botas con un sonido húmedo. Cada paso quebraba alguna rama seca, y el viento arrastraba las hojas por el suelo como un murmullo constante. Por encima de todo escuchaba su propia respiración, lenta y profunda.
No estaba solo. Lo supo antes de verlo.
Entre los troncos apareció un tono distinto, demasiado oscuro y demasiado inmóvil. Apenas alcanzó a girar la cabeza cuando un hacha salió disparada desde el matorral. Se agachó y el filo pasó rozándole el cabello antes de hundirse en un árbol detrás de él con un golpe seco. No esperó a escuchar dónde había caído; se impulsó hacia delante aprovechando la misma caída y llevó la mano a la empuñadura de su espada.
Desenvainó.
Dos soldados irrumpieron entre las ramas. El primero levantó la espada sobre su cabeza y la dejó caer con fuerza. Dio un paso atrás y el filo cortó el aire a pocos centímetros de su rostro. Giró sobre el talón para dejar que el golpe siguiera de largo, pero el segundo soldado ya estaba encima de él y lanzó una estocada hacia su costado.
Interpuso el antebrazo. El metal de su protección chocó contra la hoja y el impacto le recorrió el brazo hasta el hombro. Retrocedió medio paso, pero el soldado volvió a atacar antes de darle tiempo a recuperar la postura. Se agachó y rodó por el barro; sintió una bota golpearle la espalda cuando el primero intentó pisarlo. Giró sobre sí mismo y clavó la espada hacia arriba.
La hoja atravesó la armadura del segundo soldado.
El hombre soltó un sonido ahogado.
Empujó con ambas manos hasta que la espada salió por la espalda. La sangre caliente le salpicó la cara y el olor metálico le llenó la nariz. Durante un instante dejó de ver el bosque.
Era la mañana de comercio.
Los Sorens debían llegar en barcos y él los esperaba mirando hacia el mar. La brisa le mojaba la cara y el olor del acero estaba impregnado en ella.
Si lo hubiera sabido...
Un grito lo devolvió al presente.
Arrancó la espada del cuerpo justo cuando el primer soldado volvía a atacarlo. El filo pasó junto a su cuello y le abrió una pequeña franja de piel. Retrocedió mientras el hombre avanzaba detrás de él y lanzó otro golpe. Bloqueó con la espada, pero el soldado empujó con todo su peso y lo obligó a ceder terreno.
Una raíz atrapó su talón.
Por un instante perdió el equilibrio.
La espada enemiga bajó directamente hacia su pecho. Soltó el peso de su cuerpo hacia un lado y la hoja golpeó el suelo. Rodó por el barro y sacó una de sus dagas. El soldado apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de que hundiera la hoja bajo su mandíbula. La retiró de golpe y el hombre cayó de rodillas.
Se levantó.
Dos soldados más aparecieron entre los árboles. Uno llevaba espada y el otro un mazo. El de la espada cargó primero, pero lanzó una de sus dagas directamente hacia su rostro. El soldado levantó el brazo y consiguió desviarla justo antes de estar encima de él.
Un golpe de espada.
El atacante lo bloqueó.
Volvió a atacar y el hombre retrocedió para evitar el filo. Giró sobre sí mismo y descargó el pomo de la espada contra su mandíbula. Se escuchó un crujido y el soldado cayó de lado.
Giró inmediatamente.
El mazo ya venía descendiendo.
Levantó la espada y recibió el golpe de frente. El impacto casi le arrancó el arma de las manos y le hizo vibrar los dedos hasta sentirlos entumecidos. El soldado volvió a levantar el mazo y retrocedió justo a tiempo para esquivar el siguiente golpe; la cabeza del arma pasó a pocos centímetros de su hombro y destrozó una rama gruesa detrás de él.
Aprovechó el momento y lanzó su daga.
La hoja se hundió en el cráneo del soldado.
El hombre se tambaleó, pero no cayó. Con un movimiento desesperado levantó el mazo y consiguió bloquear el siguiente ataque. Frunció el ceño mientras ambos quedaron frente a frente durante un instante.
El soldado sonrió bajo el casco.
Entonces lo vio.
La runa estaba grabada sobre el metal del mazo.
El soldado golpeó.
Cruzó la espada delante de su cuerpo y el mazo chocó contra el acero.
La runa se encendió.
Un estallido de energía explotó entre ambos.
Sintió como si un gigante lo hubiera golpeado de frente. Salió despedido y el suelo desapareció bajo sus pies. Golpeó contra la tierra de espaldas y el aire abandonó sus pulmones.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Solo un pitido agudo.
Intentó respirar.
Dolía. Mucho.
Su mano buscó la espada, pero sus dedos encontraron solamente barro.
Entonces regresó el recuerdo.
Padre bloqueaba la puerta con la mesa. Madre me ayudaba a entrar en el suelo hueco de la casa. Caí sobre los escombros de la antigua casa y me arrastré aun con las costillas rotas.
Debían estar detrás de mí...
Respiró contra el lodo. Su vista seguía borrosa mientras se incorporaba lentamente. Esperó unos segundos y escuchó, pero no oyó nada. Olfateó el aire; sangre, madera quemada y metal.
Ningún enemigo.
Sacudió la cabeza para apartar las imágenes y se puso de pie. Encontró su espada enterrada varios centímetros en el suelo y la arrancó antes de caminar hacia los cuerpos.
Registró las armaduras una por una, buscando comida, monedas, herramientas o cualquier cosa que pudiera servirle. Recogió las armas y las limpió con trozos de tela arrancados de las armaduras enemigas hasta que sus hojas dejaron de estar cubiertas de sangre.
Entonces se detuvo.
El emblema de la bandera.
Lo observó durante unos segundos. Lo reconocía.
Sacó su cuchillo y cortó un fragmento de la tela antes de guardarlo.
Continuó hacia los árboles del lado contrario al que había caído después del golpe del mazo. No había avanzado mucho cuando encontró el cuerpo del soldado que había recibido de lleno la explosión.
Estaba destrozado.
Se quedó mirándolo. Los ojos parecían haber reventado dentro del casco; había sangre seca alrededor de las cuencas y la armadura, incluso aquella fabricada para resistir golpes que habrían partido a un hombre común, estaba deformada y abierta en varios puntos.
Se agachó y registró el cuerpo. Entre los restos encontró los fragmentos del mazo y los juntó hasta localizar la cabeza partida.
La runa seguía allí.
Sacó su cuaderno y la observó durante unos segundos antes de comenzar a dibujarla. Repasó cada línea con cuidado, procurando no olvidar ninguna de sus formas. Cuando terminó, cerró el cuaderno y lo guardó bajo la ropa.
Se quedó sentado unos momentos, recuperando el aliento. Poco a poco el bosque volvió a sonar con el viento moviendo las hojas entre los árboles, los insectos ocultos entre la maleza y su propia respiración.
Kharesh se incorporó, miró una última vez los cuerpos y después continuó caminando.








