TRES GOLPES
CAPÍTULO 1
La lluvia empezó antes de que Adrián terminara de subir la última caja. El edificio San Telmo tenía seis pisos, un
ascensor que gemía al detenerse y un pasillo tan largo que parecía construido para cansar la vista. El departamento 604
era barato por una razón que el arrendador no explicó.
—Las tuberías hacen ruido —dijo el hombre mientras le entregaba las llaves—. Si escucha golpes por la noche, ignore
eso.
Adrián sonrió. Era exactamente el tipo de advertencia que uno hacía para no mencionar moho, ratones o vecinos
insoportables.
A las once, desempacó una cafetera, dos camisas y una fotografía que guardó de inmediato boca abajo. No quería verla.
En la imagen aparecía él, dos años más joven, junto a su hermano Tomás frente a un lago. Tomás sonreía. Adrián también.
Era una fotografía de personas que todavía no sabían lo que iba a ocurrir.
A las 3:17 a. m. despertó con los ojos abiertos.
Toc.
Un golpe seco.
Toc.
Otro.
Toc.
El tercero sonó justo detrás de la cabecera.
Adrián encendió la lámpara. Esperó. Nada. Se levantó, apoyó la mano en la pared y sintió una vibración leve, como si
del otro lado hubiera un ascensor moviéndose dentro del concreto.
Entonces escuchó un susurro.
—Adrián.
Se quedó inmóvil.
El sonido no venía del apartamento vecino. Venía de la pared.
—Adrián Vega.
Retrocedió.
Abrió la puerta del departamento y asomó la cabeza al corredor. Las lámparas amarillas parpadeaban. A su izquierda
estaba el ascensor. A la derecha, las puertas 605, 606 y, al fondo, la ventana de emergencia.
Solo que esa noche no había una ventana.
Había una puerta negra.
Alta, estrecha, con una manija de latón y un número grabado en el centro.
317.
Adrián cerró de golpe.
A la mañana siguiente salió al pasillo.
La ventana estaba donde siempre.
Y en el suelo, frente a su puerta, encontró una llave negra.








