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La Maldición de la fea

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Sinopsis

Griselda es la décima hija de una familia pobre, la única a la que nadie quiso casar. Es fea, torpe y tiene más hambre que dignidad. Leonerto es el segundo hijo del rey, el príncipe que todos olvidan. Una flecha perdida, una boda arruinada y una maldición inventada los unen en un pacto imposible: él le conseguirá un esposo. Lo que ninguno de los dos sabe es que la peor maldición no es la que ella le lanzó, sino la de verse el uno al otro en un reino donde nadie los mira.

Genero:
Romance
Autor/a:
Kosemy
Estado:
hace 11 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1: La boda, la flecha y el olvido

Narradora: Griselda.

El vestido me rasca. No es nuevo, ni blanco, ni mío. Lo usó Jacinta cuando se casó con el primo cojo. Lo lavaron tres veces, pero aún huele a cebolla. Mi madre me ajusta el pañuelo sobre la cabeza. Me lo tapa todo.

-Para que no se asuste el novio -dice.

Yo sonrío. Hoy es mi boda. Mi historia de amor. O eso quiero creer.

Desde pequeña fui la fea. No la pobre, no la torpe: la fea. Si al menos hubiera sido rica, lo fea no importaba. Si hubiera sido bella, lo pobre se perdonaba. Pero yo era ambas cosas. Y además, ojo alegre. Me gustaban los hombres. Todos. El panadero, el herrero, el hijo del cura. Mi madre decía:

-Para enamorar a un hombre hay que enamorar primero su estómago.

Pero yo ni para eso servía. La primera vez que cociné, intoxiqué a toda la familia. Mi talento es comer, no cocinar. No limpio bien, no coso, no bailo.

-Eres una completa inútil -decía mi padre.

Tuve nueve hermanas. Todas de belleza común. Pero al compararlas conmigo, parecían diosas. Se casaron con primos, vecinos, amigos. Yo quedé. Griselda la cerda. Griselda la lenta. A los 21 años, ya era una solterona.

-Veintiún años tiene la criatura -decían las vecinas.

Hasta que llegó él. Un señor feo, viejo, pero con una cabra. Mi padre no lo dudó. Me intercambió. El hombre nunca me había visto. Y para cuando lo hiciera, ya sería demasiado tarde.

Me puse el pañuelo. Me tapé la cara entera. Que no se diga que no colaboré.

---

Narrador: Leonerto.

Hoy volvemos a la capital. Mi hermano Victoriano y yo. Él, el heredero. Yo, el olvidado. Mi padre ni asistió a mi nacimiento. Estaba en una cacería, adorando a Victoriano. Mi madre, cuando me parió, preguntó por el clima. No por mí. Siempre fui la sombra del príncipe Victoriano. El glorioso. El invencible. El que merece el trono. Yo, el segundo hijo. El que nadie recuerda.

-Espero que haya muchas viejas tetonas esperándonos -dice Victoriano, riendo.

-Querrás decir esperándote -respondo.

-La bienvenida es para ambos, hermanito -me dice con su sonrisa amable.

Le doy la razón. Para que se calle. Pero sé que nadie me espera. Miro por los laterales del carro, con la mano en la mejilla. Victoriano me adora. Pero siempre me opaca. No lo hace a propósito. Es alto, guapo, con dinero, cuerpo de guerrero, fama, victorias. Un trono asegurado. Yo soy flacucho, lindo, con dinero. Pero siempre el segundo.

El carro se detiene. Trompetas suenan. Nobles, sirvientes, cortesanos nos esperan. El palacio está decorado con estandartes dorados, tapices rojos, flores blancas en jarrones de plata. Todos hacen reverencias profundas.

Victoriano baja primero. Armadura brillante, capa azul, sonrisa de héroe. Yo bajo detrás. Capa oscura, rostro serio, postura firme.

-Con nosotros, el glorioso heredero: Victoriano Maximiliano de Valdaria, príncipe de los creyentes, hijo de la corona y legado de la grandeza, gloria encarnada, refugio de los desamparados y luz en las tinieblas...

(Aplausos, vítores, trompetas)

-...y está acompañado por su hermano menor... cuyo nombre no recuerdo.

(Silencio. Tos. Risa de criada)

Bajo la mirada. Soy príncipe. Debería recibir respeto. Pero mi padre nunca me defendió. Nadie me ve. Todos se acercan a Victoriano. Él saluda, muestra músculos. Una chica se desmaya. Mis padres lo reciben. Yo camino hacia mi habitación. Nadie me mira. Mantengo la postura firme. No mostraré debilidad.

Al cerrar la puerta, una lágrima cae. Me siento junto a ella. Lloro. Siempre fui Leonerto el olvidado. Leoburla. Leo el lento. ¿Cuándo seré visto? Me falta el aire. La habitación es una prisión. Solo la cacería me libera.

Me visto para cazar. Capa de cuero, botas firmes, ballesta en mano. Monté mi caballo y partí al bosque.

---

Narradora: Griselda.

La boda es en el campo. Pobre. Deprimente. Flores marchitas, sillas cojas, música desafinada. Camino hacia el altar con una sonrisa. Mi padre me lleva del brazo. Mi madre habla con mi hermana:

-Ese hombre tiene muchas enfermedades. Por eso buscó esposa. Aunque sea fea. Todas lo rechazaron. Griselda fue la última opción. Si supiera lo fea que es, preferiría morir solo.

Ambas sonríen. Ya no seré su problema. Yo sonrío. Por fin tendré mi historia de amor.

El prometido me espera. Sus ojos nerviosos miran a todos menos a mí. Mi familia se acerca a hablar con él. Mi tía le dice:

-No se preocupe, ella parece peor de lo que es.

Luego ríe:

-Es broma, claro.

Mi primo añade:

-Tiene mal genio, pero seguro usted sabrá controlarla.

Y remata con una carcajada:

-Es broma, claro.

Todos repiten lo mismo: críticas disfrazadas de chistes. El prometido sonríe incómodo. Yo escucho. Mi estómago se revuelve. No sé si de hambre o de rabia.

Mientras tanto, mis sobrinos juegan en el lodo. Ríen, se lanzan barro. Uno grita:

-¡Soltemos a los cerdos!

Y lo hacen. Los animales corren entre las sillas, tiran manteles, vuelcan copas. La música se detiene. El sacerdote se cubre con el libro. Mi madre grita:

-¡Los vestidos! ¡Cuiden los vestidos!

Yo río. Por primera vez, me siento feliz. El caos me pertenece.

---

Narrador: Leonerto.

Cabalgo. Pienso en todas las humillaciones. Más rápido va el caballo. Veo un ciervo. Bajo. Apunto con la ballesta. Pero alguien grita:

-¡QUE VIVAN LOS NOVIOS!

El ciervo huye. Corro tras él. Disparo. Fallo. Disparo otra vez. Lo hiero. Lo persigo.

---

Narradora: Griselda.

Mi primo grita:

-¡QUE VIVAN LOS NOVIOS!

Está ebrio. Aún no nos casamos. Miro al sacerdote:

-Continúe, por favor.

-¿Aceptáis a este hombre como esposo, para cuidarlo en salud y enfermedad, en pobreza y en cabra?

-Acepto...

Una flecha atraviesa el corazón del prometido. Sangre me salpica. Muere al instante. El caos se congela. Los cerdos se detienen. Los niños dejan de reír. El sacerdote suelta el libro. Yo miro alrededor. Un joven está sobre un caballo. Ballesta en mano. Mirada arrogante. Es flacucho, de rostro fino, ojos oscuros, capa de cazador. Me mira. Lo miro.

El silencio es absoluto. Solo se escucha mi respiración. Y la suya.

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