La venganza contra la injusticia.
Estaban rodeados.
El príncipe Edel y sus amigos en el centro, y alrededor, el anillo de los soldados del Rey cerrándose. El jefe de la tropa dio un paso al frente. Su voz buscó imponerse.
—¡Ríndanse! ¡El príncipe debe entregarse a la justicia del Rey! —gritó.
Sus palabras resonaron en el aire y se quedaron allí, suspendidas. Edel y los suyos no se movieron. Firmes. No cederían. La tensión podía cortarse, el destino de todos pendía de un hilo.
El jefe ordenó:
—Traigan grilletes. Encadénenlo. —
Un soldado avanzó con cautela, los grilletes tintineando en sus manos. Edel lo miró. Entonces fingió entregarse. Bajó la cabeza, alzó un poco las muñecas y, de reojo, miró a sus amigos con una sonrisa irónica.
Bastó eso. El soldado y el jefe se convencieron. Vieron una rendición donde solo había una trampa.
En ese instante de distracción, Edel se movió.
Con una rapidez sorprendente, tomó los grilletes que le ofrecían y no los recibió: golpeó. El metal se estrelló contra el rostro del soldado, que cayó sin alcanzar a gritar.
Y sin pausa, los lanzó.
Los grilletes giraron en el aire y dieron de lleno en la cabeza del jefe, que se desplomó con un golpe seco contra el piso. Se llevó las manos a la frente, adolorido, y desde el suelo escupió la orden:
—¡Atrápenlos! —
Los soldados acataron de inmediato. Se lanzaron sobre ellos con espadas y lanzas.
Pero los hermanos herreros estaban preparados.
Actuaron con contundencia. Con una facilidad que rozaba lo casual, desarmaron a algunos, los derribaron a puñetazos, dejándolos noqueados. No había esfuerzo en sus golpes, solo peso y oficio.
Mientras tanto, Edel se defendía con la espada. Uno por uno. Movimientos precisos, controlados. No buscaba matarlos. Giraba la hoja y golpeaba con el plano, usando la fuerza del impacto para dejarlos inconscientes sin causarles heridas mortales. Con cada golpe, un soldado se desplomaba, aturdido, sin capacidad para defenderse.
Se movía con una velocidad y agilidad sorprendente, esquivando y bloqueando sin el menor esfuerzo, como si ya supiera dónde iba a caer cada ataque.
En medio de la refriega, un soldado vio su oportunidad y trató de atravesar a Salbei con su lanza. Salbei lo vio venir. Detuvo el ataque con sus fuertes brazos desnudos, aferró al soldado y lo levantó. Lo arrojó al otro lado como si fuera un muñeco de trapo.
La lanza quedó en sus manos.
Y con una habilidad sorprendente, la usó para defenderse. No atacaba: desviaba, bloqueaba, barría. Se deshacía de los soldados con una facilidad que parecía casi casual.
Mientras tanto a Eisen un soldado intentó sorprenderlo por un costado, alzando la espada para cortarlo de arriba abajo, pero Eisen ni siquiera retrocedió, detuvo el ataque con una sola mano sujetando la hoja desnuda con una fuerza sobrehumana que hizo chirriar el acero, y con la mano libre le propinó un golpe contundente directo en la cabeza que resonó con un estruendo metálico al impactar contra el casco de acero del soldado, un golpe tan brutal que aplastó el casco deformándolo por completo hasta hacerlo parecer una lata aplastada contra su cráneo, y el soldado se desplomó al suelo perdiendo la conciencia al instante mientras el herrero se mantenía firme sin mostrar el menor signo de fatiga o esfuerzo, con la mano que había detenido la espada intacta, sin una sola herida, como si no hubiera sufrido daño alguno.
La escena era caótica y violenta pero dentro de ese caos el príncipe y los hermanos herreros se movían con una sincronización perfecta, como si hubieran luchado juntos durante años, porque la destreza con la espada del príncipe y la fuerza y la técnica de combate de los herreros los hacía invencibles y unidos eran una fuerza formidable que nadie podía detener.
Los soldados lo sintieron en la piel, se dieron cuenta de que no tenían ninguna posibilidad de vencer y comenzaron a retroceder con pasos inseguros, pero el príncipe Edel y los hermanos herreros no se detuvieron hasta asegurar la victoria por completo, porque los soldados del Rey parecían no tener ninguna oportunidad y pronto comprendieron que era mejor retirarse antes de sufrir más daño.
—¡Retiradaaa!! ¡Retiradaaa!! — gritaron los soldados con la voz quebrada mientras se apresuraban a llevarse consigo al jefe de la tropa que estaba en mal estado con la cabeza sangrando y el cuerpo dolorido, arrastrando también a los otros soldados que no podían levantarse del piso y que gemían de dolor tratando de recuperarse de los golpes que habían recibido.
Mientras tanto el príncipe Edel y los herreros sonrieron ante su victoria, satisfechos de haber logrado repeler el ataque de los soldados del Rey, el príncipe guardó la espada con un movimiento limpio y los herreros se relajaron dejando salir una expresión de alivio y orgullo por haber defendido su posición, y la escena se calmó poco a poco hasta que el silencio que siguió se volvió el testimonio absoluto de la victoria del príncipe Edel y los hermanos herreros que habían demostrado su fuerza y su habilidad en el combate y habían salido victoriosos sin sufrir daños graves, con la sonrisa en sus rostros como reflejo de su confianza y camaradería, como si nada en ese momento pudiera detenerlos.
—¡Bueno! ¿Qué dicen si para celebrar nos tomamos una cerveza o un buen ron? ¿Qué dicen, chicos? —soltó Eisen tirado en el piso, con las piernas estiradas y una sonrisa de oreja a oreja, como si acabara de terminar de cargar sacos y no de aplastar cascos a puñetazos.
Su alegría se cortó en seco. Edel no sonreía. Se había puesto de pie y su sombra cayó sobre ellos.
—¡No! ¡No hay tiempo! ¡Debemos irnos de aquí! ¡Tenemos que escondernos! —su voz no era un grito de miedo, era una orden honorable que no admitía discusión. — Cuando mi padre se entere de esto no le agradará. Enviará más tropas, fuertemente armadas, y esta vez es posible que no ganemos. Recojan lo que más puedan, lo que sea útil e importante para ustedes, y vámonos. —
Los herreros se miraron. Eisen dejó de sonreír. Salbei asintió lento, porque entendía el peso de cada palabra. Aunque la victoria aún les calentaba la sangre, sabían que no podían quedarse.
Se levantaron con resignación, mirando por última vez su hogar, su herrería, el fuego que ya no ardería para ellos. Empezaron a recoger lo esencial, lo que no se reemplaza. Y mientras sus manos guardaban herramientas y recuerdos, sus mentes estaban en otra parte, en el chico que estaba en manos del despiadado Rey.
Edel lo dijo por todos, con esa valentía arrogante que lo hacía pararse siempre un paso por delante de los demás:
—¡No podemos dejar que Schonn sufra! ¡Vamos a rescatarlo y a enfrentar lo que venga después! —
Los demás asintieron. No hacía falta más. Estaban listos para seguirlo.
Fue Salbei quien rompió el silencio, después de acariciarse la barba con ese gesto suyo de pensar antes de hablar.
—Mi señor... tengo una idea. —dijo con prudencia.— Conozco a alguien que puede facilitarnos información sobre los planes que tiene el Rey en contra de Schonn. Solo él tiene el ingenio para investigar y facilitar su rescate. —
Edel se detuvo en seco y lo miró, con interés genuino y esa curiosidad altiva de quien exige respuestas.
—¿Y quién es ese hombre? —
Salbei sonrió apenas, sabio y medido.
—Un viejo amigo nuestro. Muy astuto e inteligente. Él puede ayudarnos a descubrir qué trama el Rey y encontrar la forma de sacar al chico de allí. —
Edel no lo dudó. Cuando creía en algo, se lanzaba sin reservas.
—¡Muy bien! ¡Llévenos donde está ese hombre! ¡No tenemos nada que perder! —
—¡Espera, hermano! —Eisen los detuvo alzando una mano enorme, con esa calma fanfarrona que siempre aparecía en el peor momento. — ¡No olvidemos llevar a nuestros viejos compañeros! —
Edel arqueó una ceja, curioso, casi ofendido de que aún hubiera algo más importante que su orden.
—¿Y qué es eso? —
Salbei y Eisen intercambiaron una mirada. La de dos hombres fuertes que saben que su verdadero oficio no se deja atrás.
—Son nuestras armas personales, su majestad. — respondió Salbei.
—Mi hermano y yo tenemos una gran afinidad con nuestras armas. ¡Este es mi mandoble! —dijo Eisen levantando la pesada espada de doble filo que medía dos metros, apoyándola sobre su hombro derecho como si no pesara nada.
—Y esta es la alabarda de mi hermano! —agregó, señalando la larga lanza con una hoja curva y ancha en la punta.
Las armas estaban guardadas en un rincón de la herrería, cubiertas de polvo. Los herreros las habían utilizado en el pasado, pero desde entonces las habían dejado de lado. Sin embargo, ahora parecían tener un nuevo propósito.
—¡Son nuestras armas favoritas! ¡Las hemos tenido durante mucho tiempo! ¡Y ahora es hora de que despierten de su largo sueño y le demuestren al mundo quiénes son los amos en batalla! —dijo Salbei.
Luego se volvió hacia el príncipe con una sonrisa.
—Ten, su majestad. — dijo Salbei. — Esta espada te será más útil que la que tienes en tu mano. Es de excelente calidad, forjada con el mejor acero y templada con la precisión de nuestros antepasados. Nuestra familia la ha tenido guardada por generaciones, y ahora es tuya. Te la obsequiamos, ya que sabemos que es de tu gusto. —
El príncipe la miró con interés y la aceptó con gusto. La desenvainó despacio y vio que aún conservaba el filo intacto y un buen brillo recorriendo la hoja. Era una espada de dos manos, como a él le gustaban, como la que tenía anteriormente. Hizo unos breves movimientos con ella para evaluar su peso y su balance. Todo estaba perfecto. Se sentía bien en sus manos.
— ¡Es excelente! ¡Gracias, amigos! —dijo Edel emocionado, con la voz llena de gratitud. — ¡Esta espada es un verdadero tesoro! — dijo Salbei lleno de orgullo.
—Bueno, ¡andando! —cortó Edel, y su voz volvió a llenarse de urgencia. — ¡No hay tiempo que perder! ¡Debemos seguir nuestro camino y asegurarnos de que lleguemos a salvo a nuestro destino! —
Con un movimiento rápido, los herreros limpiaron el polvo y las telarañas de sus armas. Y con una mezcla de tristeza y determinación vieron por última vez su casa, sin saber si volverían a ese hogar donde forjaban espadas y otras armas. Se prepararon para dejar atrás su vida anterior y enfrentar lo que venía a continuación.
Edel, al verlos así, sintió empatía por ellos y trató de animarlos a seguir avanzando.
—¡Vamos! ¡No podemos perder tiempo! ¡Algún día volverán, se los prometo! —
Y así, dejando atrás el humo de su hogar y el eco de la batalla, emprendieron el camino. Tres siluetas contra el ocaso, en busca de aquel hombre que sería su única esperanza para salvar a Schonn.
Mientras tanto, en otra parte, el carruaje donde llevaban apresado a Schonn logró llegar al castillo. Se detuvo frente a la entrada principal, y los guardias bajaron al joven con rudeza. Lo llevaron a rastras por los pasillos hasta la sala del trono, donde el Rey Gericht lo esperaba sentado en su puesto de poder. A su lado estaban sus consejeros, figuras serias y solemnes. Y la princesa Amanda, cuya presencia parecía una mera formalidad para presenciar la condena que el Rey dictaría.
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