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La Isla de los Olvidados

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Sinopsis

Un grupo de ex soldados liderados por el mercenario James Miller se embarca en una expedición organizada por el empresario Tomás Farley. Lo que comienza como una misión para explorar una misteriosa isla en el Pacífico pronto se transforma en una lucha por la supervivencia.

Genero:
Adventure
Autor/a:
Curtis Logan
Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Manuel Velásquez (Curtis Logan)

Para Juan y Enrique, a quienes considero mis maestros, y a quienes nunca tuve la dicha de conocer en persona.

Cuando el avión aterrizó en San Francisco, el sol brillaba espléndido en el cielo. James Miller cogió su cartera de mano, su único equipaje, y desembarcó junto con los demás pasajeros, dirigiéndose a la salida.

Había mantenido una conferencia telefónica con Míster Tomás Farley la noche anterior, y habían convenido en que este último enviaría un auto a buscarle al aeropuerto. Ahora James buscaba identificar al hombre que lo estaba esperando.

Cerca de la puerta, junto a varias personas que esperaban a otros viajeros, se encontraba un hombre bastante fornido, vestido de negro, con un cartel en sus manos que de vez en cuando subía hacia su pecho. El cartel tenía escrito varias letras en mayúsculas: JAMES MILLER. Miller dejó atrás todas sus dudas y se acercó al hombre, cuyo aspecto recordaba al de un boxeador de peso pesado.

Al ver avanzar la figura alta y atlética de James, el hombre guardó el cartel en sus ropas.

—¿El señor Miller? —preguntó cuando James estuvo cerca de él, con voz ronca y profunda.

—En efecto —respondió Miller, estrechando la mano del hombre.

—El Señor Farley me envió a buscarle a usted. Mi nombre es Colby —dijo el hombre, con una sonrisa apenas perceptible.

—¿Dónde veré al señor Farley? —inquirió Miller, ajustando la correa de su cartera.

—En la fábrica, por supuesto —respondió Colby, haciendo un gesto para que lo siguiera.

—Entonces, pongámonos en marcha, Colby —dijo Miller, con un gesto de asentimiento.

—¿Y su equipaje, señor? —preguntó Colby, echando un vistazo alrededor.

—Viajo con lo puesto, amigo. Vamos de una vez —respondió Miller con un tono decidido, esbozando una ligera sonrisa.

James siguió al hombre hasta la calle, donde este, resueltamente, se dirigió a un Lincoln Continental, pintado enteramente de negro. Colby, que también era el chofer, le abrió la puerta trasera a James con una inclinación cortés y luego se introdujo en el asiento del conductor.

Miller se recostó en el mullido asiento, estirando sus extremidades con un suspiro de alivio. Un grueso vidrio corredizo separaba al chofer del pasajero, proporcionando un espacio privado. Suavemente, el automóvil se puso en marcha, deslizándose silenciosamente por las calles.

Pensativo, James extrajo un papel de color amarillo, cuidadosamente doblado, de uno de los bolsillos de su traje. Sus ojos se oscurecieron mientras estudiaba el contenido, inmerso en sus pensamientos. En letras de máquina, se leía:

FARLEY AIRCRAFT RESEARCH CORPORATION

Estimado Sr. James Miller:

Aunque no le conozco personalmente, tenemos amigos en común que me han dado las mejores recomendaciones sobre su persona para un trabajo en la línea de sus actividades.

Por dicha razón, permítame invitarle a mis oficinas en San Francisco para tratar de manera más directa el asunto.

En espera de su respuesta.

Atentamente,

Tomás H. Farley

P.D.: Los gastos que pueda incurrir correrán a mi cuenta.

El resto de la misiva contenía un número telefónico privado. Aunque había hablado por teléfono con el Sr. Farley, James Miller no sacó nada en claro, pues el hombre de negocios insistió en verlo en persona. Intrigado, Miller se había apresurado a pedirle a Beverly Clark, su secretaria, que le proporcionara un dossier sobre la Farley Aircraft Research Corporation. Un par de horas después, tenía sobre su escritorio dos hojas mecanografiadas y varios recortes de periódicos anexados.

La Farley Aircraft Research Corporation era una empresa familiar, fundada por el padre del actual propietario, que, en sus inicios, tras la Primera Guerra Mundial, comercializaba aviones y piezas de repuesto en Estados Unidos y Europa. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la compañía se convirtió en una de las pocas que ensamblaban motores para las escuadrillas americanas en el frente del Pacífico.

En los diez años que habían transcurrido desde el fin del conflicto, aquel consorcio había expandido sus actividades, especializándose en la construcción de aviones y motores experimentales que habían cosechado un cierto éxito, dándole algo de notoriedad en el sector. Pero James Miller no comprendía el motivo por el cual el director de esta compañía querría contratar sus servicios. No era aviador ni mecánico, sus negocios eran otros. Había servido como infante en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y luego como guerrillero en las selvas de Filipinas. Tras la guerra, se había licenciado, pero la vida civil no era para él. Se convirtió en mercenario, enseñando a ejércitos nativos en África, Indonesia y Sudamérica el arte de la guerra moderna, o realizando operaciones especiales para gobiernos y caudillos. Con el tiempo y el dinero ganado, había reclutado a varios de sus antiguos compañeros y fundado una especie de compañía, que, bajo la fachada de empresa de seguridad, seguía inmersa en esas actividades. Volvió a leer la misiva, sumido en sus pensamientos. La frase —… un trabajo en la línea de sus actividades…— resaltó ante su vista, pero aquello podía referirse a mil cosas distintas.

La fábrica, como la llamó Colby, se encontraba bastante lejos de la ciudad. El automóvil recorrió un largo trecho por la carretera y luego por un cuidado camino de tierra, todo en medio de un paisaje árido y reseco. Al llegar, Miller silbó por lo bajo; los talleres eran de considerable tamaño, adyacentes a varios hangares mucho más grandes. Más allá de ellos se extendía un extenso campo de aterrizaje y lo que parecía un conjunto de edificios de oficinas y residenciales, bajos y austeros. Todo el lugar estaba rodeado por una alta valla de metal, rematada con alambre de púas; varios carteles advertían que estaba electrificada. A James le recordó a una base aérea del ejército. Colby enfiló el auto hacia la puerta, donde un hombre de uniforme gris, armado con una pistola, hacía guardia.

—Visita especial para el Señor Farley —dijo mientras detenía el Lincoln. El guardia se dirigió hacia una caseta lateral, donde entabló conversación con alguien adentro; luego volvió junto al auto. Poco después, salió otro guardia y le entregó una tarjeta de plástico rotulada con varios números, unida a una cinta para colgar del cuello de James.

—No la pierda y manténgala siempre visible mientras se encuentre en las instalaciones —le dijo con voz metálica, antes de dirigirse al chofer—. Llévele directo al despacho del Señor Farley.

Colby levantó el pulgar y aceleró el vehículo, haciéndolo correr entre los edificios hasta llegar a uno de tres plantas. El chofer acompañó a Miller hasta un pasillo, donde le esperaba un hombre alto y delgado, bastante mayor, a juzgar por las arrugas de su rostro y el cabello encanecido.

—Mi nombre es Milton Fletcher —dijo, extendiéndole la mano con una sonrisa cordial. James la estrechó con firmeza.

—Soy James Miller…

—Lo sé —respondió Fletcher, asintiendo levemente mientras abría una puerta e invitándole a pasar con un gesto amplio de su mano—. El Señor Farley no tardará en llegar.

El despacho donde desembocó Miller era amplio y elegante. En las estanterías y sobre los muebles se veían maquetas de aviones, muchos conocidos y otros desconocidos. Una de estas maquetas despertó la curiosidad de James por su peculiar diseño; a primera vista, parecía una mezcla de aeroplano con un autogiro.

—La mayoría de esas maquetas no salieron de la mesa de diseño —dijo una voz que lo sobresaltó. James se volvió rápidamente, encontrándose de pie, en medio del despacho, con un hombre de contextura atlética, quizás de su misma edad o un poco mayor. Su cabello rubio rizado y su frente amplia le daban a su mirada cierto aire de persona instruida.

—Tomás Farley —se presentó, tendiéndole la mano con una sonrisa amistosa—. Disculpe por haberle hecho esperar; la reunión se prolongó más de lo que esperaba.

—No se preocupe.

—Tome asiento, señor Miller ——dijo Farley mientras le señalaba un sillón, y él se dejó caer en uno frente a la mesa —. Estoy seguro de que tenemos mucho de qué hablar.

James se acomodó en uno de los sillones, mientras Fletcher permanecía de pie a su lado. Tomás Farley tomó una carpeta del escritorio, la abrió y repasó varias hojas mecanografiadas y recortes de periódico, sus ojos recorrieron cada detalle con atención.

—Hace varios años que planeo un asunto, digamos, especial, señor Miller —dijo, mientras le tendía la carpeta con un gesto decidido—. Por eso, he destinado un par de detectives para que busquen a los hombres con el perfil exacto que deseo para tal empresa.

Miller ojeó al vuelo las hojas de papel y los recortes de periódico. Era un resumen preciso de su vida y sus actividades.

—Todavía no me ha dicho cuál es esa empresa para la que necesita un hombre como yo, señor Farley —dijo lentamente, entrecerrando los ojos con desconfianza.

—Va usted directo al grano, señor Miller; yo también haré lo mismo —respondió Farley, manteniendo la mirada fija en él—. Necesito hombres con experiencia en conflictos, capaces de moverse y sobrevivir en la jungla o en terrenos igual de hostiles.

—Por lo que veo, tiene un personal de seguridad a su disposición que podría valer para eso. —observó Miller, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—No lo pondría en duda, mientras se trate de custodiar edificios o proteger mi persona aquí, en América —replicó Farley, levantando una mano como si quisiera enfatizar su punto—. Pero estaría muerto, y ellos también, si los meto en la jungla. Son eficientes, los mejores que he logrado obtener, pero no poseen esa experiencia.

—Explíquese mejor. ¿De qué parte del mundo habla usted? ¿África? ¿Suramérica?

Farley juntó sus manos y estuvo un momento pensativo antes de responder.

— Voy a ser claro. Antes de exponerle la naturaleza de la expedición, debo informarle cuánto ganará con esto.

— Si usted desea…

Farley tomó una estilográfica de plata y escribió una cifra en un pequeño bloc. Luego, arrancó la hoja y se la tendió a Miller.

— Es una cantidad considerable —exclamó James, arqueando una ceja después de haberla leído.

— Divídala entre cuatro, o como sea que haga sus cuentas. Ese es el número de hombres que puede llevar consigo.

— Sigue siendo una cantidad considerable.

— Yo pagaré las armas que necesiten, y, por descontado, el alojamiento y la comida también saldrán de mi cuenta.

— Me parece bien. Pero aún no me ha dicho en qué consiste el negocio. No puedo comprometer a mis hombres y a mí mismo a ciegas, señor Farley.

— Le entiendo. Sin embargo, este asunto debe mantenerse en secreto. Una vez le revele a usted los detalles de esta empresa, no podrá salir de las instalaciones hasta transcurrido cierto tiempo o hasta que se verifique el éxito o fracaso de la misma. Acepte o decline mi oferta.

James se quedó en silencio durante unos momentos, sopesando la oferta.

— Acepto. ¿Por qué no?

Farley sonrió, satisfecho, y presionó un botón en su escritorio. Al instante, una encantadora chica entró al despacho, llevando en manos una hoja de papel que extendió hacia James.

— Por favor, léala y firme si está de acuerdo. Es solo una declaración de lo que acabamos de discutir. De hecho, si se fija, se le ofrecerá una compensación económica por el tiempo que pasará aquí, en caso de que decida declinar.

— ¿Todavía puedo echarme atrás?

— Hasta que no me dé su confirmación, sí. Pero si firma, ya no podrá salir de la fábrica hasta que todo termine.

James tomó la hoja y la pluma, sintiendo un leve cosquilleo de incertidumbre, y firmó con decisión.

— ¿Ahora qué, señor Farley? —preguntó al terminar, observando cómo la chica se retiraba con paso elegante.

— Voy a serle franco. Usted no ha sido el primero que he entrevistado para este asunto. Ya dos caballeros han renunciado a continuar con esto.

— ¿Se puede saber el nombre de esos caballeros?

— No veo ningún inconveniente. —Farley respondió, con una leve sonrisa en sus labios. —Se trata de Sir Charles Whitman, quien no quiso comprometer a sus comandos y se encuentra confinado en el ala oeste del complejo. Y John Murdock, quien ni siquiera quiso firmar y se marchó ayer por la tarde. Debo advertirle que para esto no me he guiado por ninguna preferencia; esos caballeros se presentaron aquí mucho antes que usted, a pesar de que a todos se les hizo llegar la invitación casi al mismo tiempo.

James frunció el ceño.

— He oído de Whitman y sus comandos gurkas y escoceses. Pero eso no me aclara nada. Desde que llegué, ha tratado de meterme el miedo en el cuerpo y sigo sin saber nada cierto.

Farley hizo un ademán con la mano y Fletcher se dirigió a un paraban, descubriendo un gran mapamundi montado en un soporte trípode.

— Proyectamos ir aquí —dijo, mientras su huesuda mano señalaba exactamente hacia el centro mismo del Pacífico.

— Discúlpeme, pero esa zona del Pacífico no tiene islas y es barrida por tormentas la mayor parte del año.

— Su afirmación no es, digamos, correcta, según los datos que tenemos —replicó Fletcher, ajustándose las gafas sobre la nariz. —En estas coordenadas hay tierra.

— Le explicaré, señor Miller —dijo Farley, con una mirada penetrante. —El profesor Fletcher es doctor en arqueología y padre de mi esposa, quien también es arqueóloga. Juntos han explorado el globo y han ganado un justo prestigio en base a sus descubrimientos arqueológicos. Ese punto que señala el profesor existe; es un lugar en el mundo que aún no ha sido cartografiado. Es una anomalía geográfica, una isla perdida que desafía las cartografías existentes

— ¿No figura en los mapas? Es extraordinario. Pero, ¿cómo está tan seguro de que hay tierra en ese lugar?

— Desde la más remota antigüedad —explicaba Fletcher, como si estuviera ante un salón de clases—, en las leyendas mayas e hindúes, ha perdurado la historia de un paraíso que se hundió en el océano hace miles de años.

— ¿Se refiere usted a la Atlántida?

— La Atlántida estaba situada en el Atlántico, señor —la mano del profesor se movió de sitio para apuntar a otras coordenadas—. Los puntos más altos de ese continente son las actuales islas Azores. Por el contrario, en el Pacífico, quedó sumergido otro continente mítico… Lemuria. Creemos que esta isla es lo que queda de aquel lugar.

— El profesor recopiló leyendas y relatos de marinos sobre islas misteriosas que aparecían y desaparecían en el vasto océano del Pacífico. Yo mismo obtuve testimonios de pilotos y marinos, tanto militares como mercantes, de este mismo siglo. Mediante un exhaustivo análisis, delimitamos la zona probable donde podría encontrarse esa tierra. Hace poco menos de un año, dos de mis aviones experimentales lograron, con éxito relativo, captar fotografías de la isla.

Fletcher volteó la lámina del mapa; justo debajo había otra con lo que parecían ser fotografías en blanco y negro impresas en ella. Miller se acercó, curioso. Dos de las fotografías solo mostraban un cúmulo de nubes desde una perspectiva aérea. Las siguientes se habían tomado más de cerca, y en ellas se veía un mar encrespado, negro como la tinta, estrellándose contra una especie de arrecife rocoso. Las últimas mostraban una auténtica muralla ciclópea, con farallones de piedra basáltica cortados a pico.

— Como verá, señor Miller —la voz de Farley sonó tensa—, la razón por la que ese lugar ha permanecido ignoto es su accidentada geografía. Desde el aire, queda cubierta por esa cortina de nubes; desde el mar, es completamente inaccesible debido a los arrecifes. Un escalador famoso a quien mostré las fotografías me dijo, sin género de dudas, que nadie podría escalar esos barrancos. La hemos bautizado Isla X.

— ¿Y cómo sugiere que descendamos allí, en paracaídas? Con razón Murdock renunció…

— El señor Murdock no escuchó esta parte del plan. Ya le dije que se fue antes de firmar. Y el señor Whitman escuchó todo y luego me dijo en mi cara que era un completo suicidio.

— Tendrá que terminar de explicarme todo a mí, señor Farley, y tendrá mi respuesta.

— Venga conmigo.

James y el profesor siguieron a Farley fuera del despacho. En el pasillo, Colby, que estaba recostado contra una de las paredes, casi se puso en posición de firmes al ver aparecer a su jefe, y los siguió en silencio hasta afuera del edificio.

— Vamos al área cuatro, Colby —ordenó Farley, mientras subía al automóvil. Fletcher y Miller se acomodaron en los asientos traseros, mientras el chofer ponía la máquina en marcha. El auto rodó suavemente, esta vez pasando entre varias aeronaves, algunas de ellas autogiros o prototipos de aviones más avanzados, hasta llegar a una nueva cerca metálica, flanqueada por letreros de “prohibido el paso”, donde dos guardias armados dieron la voz de alto. El señor Farley se identificó, y los guardias abrieron la cerca, permitiendo que el auto avanzara por una pista de cemento, contigua al campo de aterrizaje, hacia un gran hangar situado a lo lejos. Mientras se acercaban, las grandes puertas del hangar se abrieron, y el Lincoln ingresó a la instalación. Al fondo de aquel hangar se recortaba una extraña aeronave, que se posaba sobre un tren de aterrizaje triple, muy bajo. James la reconoció de inmediato; era idéntica a la maqueta que había llamado su atención en el despacho.

La forma delantera del aparato evocaba la robustez de un Douglas C-47, con su distintiva nariz redondeada que parecía desafiar al viento. Sin embargo, la trasera terminaba en una cola chata y doble, como si dos alas de gaviota se hubieran fusionado en un solo cuerpo, dándole un aire de agilidad inesperada. Las alas, pequeñas en comparación con el voluminoso fuselaje, se extendían con elegancia, y debajo de ellas colgaban dos motores a reacción de diseño moderno, brillando con un acabado metálico que reflejaba la luz del hangar.

En medio de su fuselaje, resaltaba una especie de pirámide, imponente y angular, coronada por un rotor de grandes palas. Solo cuando el automóvil se detuvo junto a la máquina, pudo James darse cuenta del verdadero tamaño de aquel gigante.

— Esta es la causa de mis previsiones, señor Miller —dijo Farley, echando pie a tierra e invitándolo a salir—. Esta aeronave revolucionará el curso de la aviación militar y civil en los próximos años.

— Es bastante impresionante —convino James, admirando la máquina con un asombro creciente.

— ¿Lo dice por su aspecto? Ese tema es secundario —replicó Farley, levantando una ceja—. El F-05 puede despegar verticalmente del suelo y volar tan rápido como un avión comercial. Su verdadera fortaleza radica en su capacidad de carga. Puede llevar cómodamente a 60 personas, o hasta treinta y cinco toneladas de peso.

— ¡Pero eso es imposible! —exclamó James, incrédulo.

— No para esta aeronave. Es la culminación de años de trabajo arduo. No todo es mérito mío; he incorporado a varios técnicos alemanes que trabajaron en proyectos similares durante la guerra.

— ¿Trabaja usted con nazis? —la incredulidad en su voz era palpable.

— Estos hombres no pertenecían al partido nacionalsocialista; son científicos. Ellos han sido fundamentales en la ingeniería mecánica del F-05. Gracias a sus conocimientos y a los míos, hemos desarrollado motores con la potencia suficiente para dejar a los actuales ingenios comerciales seis o siete años atrás en tecnología.

— ¿Ha probado usted ese trasto? —preguntó James, aún escéptico.

— Venga conmigo —respondió Farley, con una sonrisa.

Colby avanzó hasta la proa de la aeronave, donde se veía una compuerta sellada. Introdujo una especie de llave especial en la cerradura y, con un giro firme de la manija empotrada que estaba al lado, la compuerta se deslizó con un leve silbido y cayó, revelando una serie de escalones metálicos que los cuatro hombres subieron con determinación.

La compuerta daba directamente a la cabina de mando, un espacio que disponía de tres asientos de cuero, destinados al piloto, copiloto y operador de la aeronave. James examinó las diferentes palancas, botones e indicadores que había frente a los asientos; todo se veía extremadamente complicado, como un laberinto de tecnología avanzada. Tomás Farley se acomodó en el puesto del piloto y accionó una serie de botones, tomando el mando frente a él con una confianza palpable.

Un zumbido resonó en el interior mientras el gigante de los cielos comenzaba a moverse hacia adelante, propulsado por los motores de las alas, que James pudo observar a través de una de las ventanillas.

— ¡Eh! —exclamó Miller, con la voz llena de sorpresa—. ¿Qué diablos hace?

— Voy a mostrarle cómo vuela este pájaro, señor Miller. No se preocupe, solo daremos una pequeña vuelta —respondió Farley, con una sonrisa.

— ¿Ha volado esta cosa antes?

— Siempre vuelo las máquinas que diseño y construyo, señor Miller —replicó Farley, con un tono de orgullo en su voz.

El F-05 avanzó lentamente por el suelo de cemento y salió del hangar.

— Podemos despegar como un avión, pero gasta demasiado combustible —dijo Farley, con una mirada concentrada. Detuvo la aeronave y presionó varios botones mientras revisaba los indicadores; una luz verde se encendió, y con una sonrisa de satisfacción, accionó una palanca. El rotor superior comenzó a funcionar, emitiendo un ruido bastante atronador que reverberó en la cabina. De manera un tanto brusca, el F-05 se levantó verticalmente del suelo, ascendiendo hasta alcanzar una altura considerable.

— No voy a salirme del área de la fábrica. Verá lo suave que vuela —anunció Farley.

Hizo evolucionar el aparato en torno a la fábrica varias veces, girando con gracia y ganando o perdiendo altura según lo deseaba. Al cabo de unos minutos, aterrizó en el mismo lugar donde había despegado, dirigiendo la máquina de nuevo hacia el hangar.

— ¿Qué le pareció, señor Miller?

— Que su aparato vuela muy bien —respondió Miller, aún impresionado.

— Con el F-05 lograremos batir las cimas inexpugnables de la Isla X —declaró Farley.

— Parece lógico. Sin embargo, no entiendo por qué el británico se negó a participar.

— Parece que el señor Whitman obtuvo cierta información sobre el área del Pacífico a la que nos dirigimos.

— ¿Cierta información?

— Sí —intervino Fletcher—. La isla X está justo en el vértice de donde pasan casi todas las tormentas del Pacífico. El mal tiempo es constante, casi todos los días del año. Ninguna ruta marítima o aérea cruza por esa área.

— Además, tenía conocimiento, por algún medio, de que dos de mis aviones se perdieron allí, junto con el barco que envié a buscarlos.

— ¡Vaya! —Miller se rasco la barbilla, pensativo—. Imagino que cargaremos este avión con armas, municiones y comida para la expedición, ¿me equivoco?

— No, señor Miller, está en lo cierto —repuso Farley—. Añada a eso los implementos necesarios para las excavaciones arqueológicas, un par de jeeps anfibios y dos pequeños helicópteros de mi invención.

— ¿Cómo se comporta el F-05 con todo ese peso? Eso es lo que me gustaría saber.

Colby abrió los ojos, mientras a Fletcher le brillaron los ojos de emoción y Tomás Farley sonrió con satisfacción.

— Pase por ese pasillo; al final está la zona de carga del aparato —dijo, señalando la puerta trasera.

Miller abrió la puerta y recorrió el pasillo, que tenía adosadas dos hileras de asientos para una docena de personas. Al final de este, encontró otra puerta, cerrada, que también abrió. Se encontró con una zona de carga bastante amplia, donde, para su sorpresa, había dos vehículos anfibios, parecidos al Ford GPA. También distinguió dos helicópteros biplazas, con las palas desmontadas. Los cuatro vehículos estaban asegurados con correas y arneses al suelo. Más allá, se distinguían una serie de cajas de madera con rótulos de “Frágil” en los costados.

James no necesitó ver más; desandando lentamente el camino, tomó una firme decisión.

— Señor Farley —dijo cuando estuvo de nuevo en la cabina—, voy con usted.

Tomás Farley sonrió y le tendió su mano derecha.

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