Capítulo 1
Las estrellas brillaban y el universo danzaba en su eterno movimiento. Alguien observaba, en silencio, las maravillas de la creación: El Hombre. —Bienvenidos, queridos lectores. Esperaba su llegada desde la última vez que nos vimos —dijo con voz serena—. Para mí solo han pasado unos minutos… pero imagino que, para ustedes, fue una eternidad.
Mientras hablaba, una lluvia de meteoritos impactaba contra planetas distantes, desatando un espectáculo de caos y fuego. —Lo que para sus ojos parece destrucción sin sentido… para mí es arte. Es el principio y el final de la vida —murmuró, contemplando el paisaje cósmico.
Entonces, a lo lejos, un cometa se aproximó con velocidad vertiginosa. Sin previo aviso, comenzó a descomponerse, convirtiéndose en polvo estelar. La expresión del Hombre se endureció. Su mirada fría se posó en la oscuridad, donde una figura colosal emergía. Con forma entre ballena y serpiente alada, la criatura avanzaba lentamente.
—Es un devorador de planetas —dijo El Hombre, sin apartar la vista—. Seres que consumen todo lo que encuentran, sin descanso.
Se dirigió al otro extremo de la terraza, justo cuando la criatura pasaba cerca. El roce de su cuerpo casi tocó la nave, mientras un gigantesco ojo se detuvo a observar al Hombre. Y en los lentes oscuros de este, el reflejo de aquella mirada cósmica parecía contener siglos de hambre… y un extraño respeto.
La criatura se retiró, deslizándose en la oscuridad de la noche como una mancha de tinta que se desvanece en un lienzo negro. —Disculpen la distracción —dijo El Hombre con tono tranquilo—. Estos devoradores son escasos... apenas existen dos por galaxia.
Con un gesto lento, se giró hacia el interior de la nave. —No perdamos más tiempo. Apenas vamos a mitad de este viaje —añadió.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante. Miró por última vez el vasto cosmos que lo rodeaba. En la distancia, se escuchaba el canto profundo y melancólico de las ballenas del espacio. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.








