Aᴜᴅɪᴄɪᴏ́ɴ
ᴀɴᴛᴇꜱ Qᴜᴇ ɴᴀᴅᴀ ᴅᴇᴊᴏ ᴇɴ ᴄʟᴀʀᴏ Qᴜᴇ ɴɪɴɢᴜɴᴏ ᴅᴇ ʟᴏꜱ ᴘᴇʀꜱᴏɴᴀᴊᴇꜱ ᴅᴇ ɪɴᴜʏᴀꜱʜᴀ ꜱᴏɴ ᴅᴇ ᴍɪ ᴘʀᴏᴘɪᴇᴅᴀᴅ, ᴛᴏᴅᴏꜱ ʏ ᴄᴀᴅᴀ ᴜɴᴏ ᴅᴇ ᴇꜱᴛᴏꜱ ʟᴇ ᴘᴇʀᴛᴇɴᴇᴄᴇɴ ᴛᴏᴛᴀʟ ʏ ᴜɴɪᴄᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴀ ʟᴀ ɢʀᴀɴ ᴍᴀɴɢᴀᴋᴀ ʀᴜᴍɪᴋᴏ ᴛᴀᴋᴀʜᴀꜱʜɪ.
Qᴜᴇᴅᴀ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ, ᴄᴏᴘɪᴀʀ, ᴀᴅᴀᴘᴛᴀʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴀʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ.
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ.
Esa noche, el cielo estaba teñido de un morado sucio, como si la ciudad estuviera conteniendo la respiración. Kagome Higurashi lo vio desde la ventanilla del taxi mientras se acercaban al distrito de arte y entretenimiento. Apretó los dedos sobre su bolso de mano y miró su reflejo en el vidrio.
Parecía tranquila. En control. Pero por dentro, el corazón le latía como si alguien lo estuviera sacudiendo desde afuera.
— Última oportunidad para echarte atrás — dijo Bankotsu desde el asiento junto a ella. Su voz sonaba casual, pero su pierna se movía sin parar. Era obvio que estaba nervioso.
Ella no respondió. Observó las luces del edificio que se alzaba frente a ellos: Shikon Pictures, un estudio independiente famoso por crear obras oscuras, atrevidas, casi siempre envueltas en escándalo. También era la cuna de los actores más buscados... y más destruidos.
Kagome conocía bien su reputación. Y aún así, había esperado esta audición como quien espera la tormenta que va a cambiarlo todo.
— No me vas a convencer, Bankotsu — murmuró finalmente, empujando la puerta del auto —. Si tú tuvieras una oportunidad como esta, ya estarías adentro.
— Yo no me metería con alguien como Sesshomaru Taisho — replicó él, bajando tras ella —. Ese tipo no dirige, depreda.
Kagome sonrió, apenas.
— Entonces es perfecto para mí.
Bankotsu resopló. Estaba acostumbrado a sus respuestas filosas, a su ambición que mordía. Pero algo en esta noche le revolvía las entrañas. Tal vez era el edificio, con sus luces rojas como ojos encendidos. O la forma en que Kagome caminaba hacia él, como si se acercara al borde de un abismo encantado.
— Llámame cuando salgas — le dijo, tomándola del brazo —. Promételo.
Ella se giró, lo miró por un instante. Sabía que Bankotsu la amaba, a su modo salvaje y poco refinado. Pero también sabía que él nunca entendería lo que significaba para ella ser vista. No admirada, no deseada. Vista.
— Te llamo si consigo el papel — respondió.
Y entró sin mirar atrás.
El vestíbulo de Shikon Pictures era todo mármol, vidrio y silencio. En las paredes colgaban pósters de películas premiadas, títulos de culto, imágenes provocadoras, rostros que alguna vez fueron anónimos y ahora eran iconos. Kagome avanzó sin titubear, como si ya perteneciera allí.
Una recepcionista con pelo blanco y rostro inexpresivo la guió a una sala de espera. Allí estaban las demás.
Eran doce. Algunas se retocaban el maquillaje. Otras ensayaban frases frente a sus celulares. Todas llevaban algo que brillaba: labios, ojos, ropa. Kagome no. Ella iba vestida de negro, con un solo detalle en violeta: una cinta alrededor del cuello.
Fue suficiente para destacar.
Kikyo la vio llegar. Sonrió con educación, pero su mirada estaba afilada. Era más alta, voluptuosa, de esas chicas que llenaban la pantalla sin decir una palabra. Kagome sabía que era la favorita de las redes, la apuesta segura para el papel protagónico.
Pero también sabía algo más: Kikyo no estaba desesperada. Ella sí.
Se sentó sin saludar a nadie. Cerró los ojos. Repasó el texto en su cabeza. No se trataba del guion. Se trataba de ella. De convertir ese momento en algo inolvidable. De hacer que Sesshomaru Taisho la viera, no como una más, sino como la única opción posible.
— Número veintisiete — llamó una voz.
Abrió los ojos. Era su turno.
El estudio de casting era una sala negra, vacía, iluminada por un solo foco cenital. Había una cámara en el centro, un monitor y una silla. Detrás del lente, un hombre de cabello blanco revisaba notas en silencio.
Sesshomaru Taisho.
Tenía algo en su presencia que era difícil de explicar. No era carisma. Era gravedad. Como si todo lo que lo rodeaba girara en su órbita sin poder evitarlo. Era más joven de lo que esperaba, pero sus ojos eran antiguos. Había visto cosas. Y filmado otras peores.
— Kagome Higurashi — dijo, sin levantar la vista —. Hermanita de Miroku, ¿No?
Ella alzó la barbilla.
— Tengo nombre propio.
Sesshomaru levantó la vista por fin. Sus ojos se encontraron por primera vez.
Y algo hizo clic.
Él no sonrió. Pero escribió algo en su libreta.
— Luces.
El foco se intensificó.
— Cámara.
La lente enfocó directo a su rostro.
— Acción.
Y Kagome habló.
No con su voz normal. No con el texto aprendido. Habló con otra voz, una que tenía filo y dulzura, fuego y hielo. Se transformó. Ya no era Kagome Higurashi. Era el personaje. Era todas las mujeres que habían amado y destruido. Era la historia.
Cuando terminó, Sesshomaru no aplaudió. No dijo nada.
Sólo apagó la cámara.
— ¡Gracias! — dijo secamente —. Puedes irte.
Ella asintió, tragándose el impulso de pedir una opinión, una pista, algo. No lo necesitaba. Sabía que lo había logrado. Porque durante esos minutos, él había dejado de escribir. Había dejado de respirar.
La había estado viendo.
Kagome salió del edificio con el pulso contenido y la espalda recta. No podía parecer afectada. No todavía. Las luces de la ciudad seguían zumbando como insectos gigantescos, y el aire parecía más espeso que cuando había llegado.
Del otro lado de la calle, dentro de una limusina negra con vidrios oscuros, alguien más la estaba mirando.
Naraku Takahashi apagó su cigarro lentamente. Llevaba semanas investigando el casting. Años coleccionando actrices como si fueran obras de arte. Y ahora, había encontrado su nueva obsesión.
Sabía de ella gracias a su hermano Miroku.
Kagome no era como las demás.
Era diferente.
Era peligrosa.
Y eso era algo que le fascinaba a Naraku Takahashi.
De alguna o otra manera ella sería suya.
Mientras tanto Bankotsu seguía esperándola. Apoyado contra su auto, con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que marcaba cada línea de su rostro. Furia, preocupación, amor, celos. Todo mezclado en esa postura rígida que parecía gritar: No entres ahí otra vez.
— ¿Y? — preguntó sin moverse.
— No lo sé — dijo ella.
— ¿No lo sabes?
— No dijo nada. Solo "gracias" y me echó.
— ¿Y eso te parece buena señal?
— No... pero tampoco es mala. — Se acercó a él —. Bankotsu, supe que me estaba mirando. No solo viéndome, mirándome de verdad. Esa cámara... fue como estar desnuda frente a él. Como si supiera lo que soy por dentro.
Bankotsu bajó la mirada, tragando su enojo. Sabía que no podía competir con eso. Él la conocía desde la universidad, la amaba desde entonces, pero nunca podría darle esa sensación de peligro y vértigo que parecía consumirla.
—¿Y ahora qué?
— Ahora esperamos — respondió ella —. Mañana dicen quién se queda con el papel. Si lo tengo, entonces... — Se detuvo. No quiso decirlo. No quiso hablar de lo que vendría después.
Bankotsu lo dijo por ella:
— Entonces Sesshomaru Taisho te va a tener en sus manos.
Ella no lo negó.
Mientras subían al coche, ellos no vieron el auto negro que los miraba a distancia. Ni a los dos hombres trajeados dentro, tomando fotos en silencio. Naraku Takahashi no había regresado a su hotel. Seguía allí, oculto entre los reflejos del vidrio polarizado, observando.
Sabía moverse como una sombra.
Sabía elegir a sus piezas.
Y Kagome Higurashi acababa de entrar a su tablero.
Esa noche, Kagome regresó al departamento que compartía con su hermano Miroku, en el distrito alto. Él no estaba. Como siempre, tenía una cena política o una reunión de negocios. Era un hombre de rutinas estrictas y silencios largos, mucho más padre que hermano desde que murieron sus padres.
Cuando Kagome entró al vestíbulo de mármol, la ama de llaves la saludó con una reverencia casi automática. Subió las escaleras descalza, dejando atrás los tacones y la imagen de la chica segura que había sido en la audición.
En su habitación, se quitó la ropa, la cinta violeta del cuello, el maquillaje.
Y entonces, por primera vez, respiró.
Se miró al espejo.
— Lo logré — dijo en voz baja, solo para sí —. Lo miré a los ojos. Lo hice temblar.
Se acostó en la cama con el celular en la mano, esperando un mensaje, un llamado, una señal de que su vida acababa de cambiar.
No llegó.
Pero alguien más, desde la oscuridad, ya había empezado a mover las fichas.
A cuatro cuadras del departamento Higurashi, en un bar privado al que solo se entraba con huella digital, Sesshomaru Taisho bebía whisky sin hielo. Su asistente, Koga, revisaba los archivos del casting en una tableta.
— ¿Entonces? — preguntó Koga —. ¿Quién se queda con el papel?
Sesshomaru no respondió de inmediato. Apoyó el vaso sobre la mesa, se pasó una mano por el cabello, y dijo:
— La número veintisiete.
— ¿La chica Higurashi?
— La misma.
— Sabes que eso va a traer problemas, ¿No? Su hermano está metido en política. Y hay rumores de que Naraku Takahashi la tiene entre ceja y ceja.
Sesshomaru sonrió por primera vez en toda la noche.
— A mí me gustan los problemas, Koga. Sobre todo los bonitos.
•
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Al día siguiente.
El sol de la mañana apenas se filtraba por las cortinas gruesas cuando Kagome despertó con el corazón latiendo fuera de ritmo. Había dormido mal, inquieta, atrapada en sueños rotos de cámaras, luces y una voz grave que repetía su nombre como una advertencia.
Se incorporó, tomó el celular y actualizó sus notificaciones.
Nada.
Se levantó. Bajó a la cocina, donde el aroma del café recién hecho llenaba el aire como una promesa. En la mesa, alguien ya estaba leyendo el periódico con la espalda recta y un té humeante a un lado.
Miroku Higurashi.
Su hermano mayor era la imagen perfecta del heredero de la familia Higurashi: impecable, controlado, con ojos que juzgaban sin moverse. Vestía traje incluso en domingo. No saludaba con palabras, solo con una inclinación leve del rostro.
— Buenos días — murmuró Kagome, sirviéndose una taza de café.
— Llegaste tarde anoche.
— Estaba en una audición.
Miroku no levantó la vista.
— ¿La de Shikon Pictures?
— Sí.
— Escuché que Sesshomaru Taisho dirige esa producción.
Kagome lo miró. Él seguía hojeando el periódico. Como si no hubiera pasado nada. Pero ella sabía leer a su hermano. Su quietud era su manera de decir: No apruebo esto. Pero no lo voy a impedir... todavía.
— Fue una buena audición — dijo, con más firmeza de la necesaria.
— Lo importante no es que haya sido buena. Lo importante es lo que estás dispuesta a perder si te escogen.
Ella dejó la taza con fuerza sobre la mesa.
— Lo único que tengo para perder es seguir siendo invisible.
Miroku alzó la vista. Por un instante, en sus ojos hubo algo. ¿Tristeza? ¿Miedo? Kagome no lo supo. Porque un segundo después, volvió a su silencio marmóreo.
— Entonces prepárate para dejar de serlo — dijo —. Porque cuando te vean... no vas a poder esconderte nunca más.
Una hora después, el mensaje llegó.
"Felicidades. Has sido seleccionada para el papel principal. Firma de contrato está noche. No respondas a este número."
El mensaje no tenía nombre, ni firma. Solo una dirección en el distrito sur.
Kagome se quedó mirando la pantalla como si fuera un portal.
Sabía que quien le había enviado ese mensaje no era otro, que el mismo Sesshomaru Taisho.
Ella salió del departamento sin decirle nada a Miroku. Se puso una blusa blanca, jeans oscuros, y se volvió a atar la cinta violeta al cuello. Era su talismán. Su sello de guerra.
Mientras caminaba por la calle, sentía las miradas de las personas. Algunas admirativas. Otras sucias. Incluso algunas, demasiado insistentes.
Pero ninguna como la de él.
En un rincón de la ciudad, en el interior de una oficina lujosamente oscura con un escritorio de caoba y cristales ahumados, Naraku Takahashi revisaba su archivo.
Kagome Higurashi.
Edad: 20. Altura: 1.58 m. Formación teatral. Sin contratos previos. Hermana adoptiva de Miroku Higurashi, político en ascenso. Actualmente en una relación con Bankotsu, modelo profesional.
Naraku Takahashi pasó las fotos con lentitud, una tras otra. Kagome en la universidad. Kagome saliendo del teatro. Kagome en su audición. Kagome mirando directo a la cámara como si supiera que él la estaba viendo.
— Atrapada — murmuró con una sonrisa apenas perceptible —. Ahora solo hay que hacerla bailar.
Marcó un número privado.
— Activen el plan. Si Sesshomaru cree que puede jugar con mis piezas, está por descubrir lo contrario.
Esa noche, cuando Kagome firmó el contrato bajo la luz dorada de una lámpara, no sabía que había cruzado una puerta sin regreso.
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Al día siguiente.
Estudio Shikon Pictures
El estudio era como una ciudad subterránea: corredores interminables, luces que nunca se apagaban, técnicos que se movían como sombras veloces y estrellas que caminaban con un brillo forzado en la mirada. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie sonreía de verdad.
Kagome Higurashi atravesó las puertas con una tarjeta magnética que no sabía si merecer. El pase decía "Actriz Principal", y aún le parecía un disfraz demasiado grande para su cuerpo. Pero no iba a titubear. No ahora.
Vestía de negro. Jeans ajustados, chaqueta de cuero, y la cinta violeta al cuello. La habían obligado a quitarla para la prueba de vestuario, pero ella la volvió a poner apenas terminó. Era su marca. Su escudo.
Koga la recibió con un portapapeles en una mano y un café en la otra.
— Llegas puntual. Eso ya te da puntos — dijo sin sonreír —. Por aquí.
La condujo por un pasillo amplio, donde murales de películas antiguas tapizaban las paredes: Sesshomaru con su gabardina en No hay cielo para los cobardes, Kaede en La espina blanca, Hakudōshi como el adolescente perdido en Invierno de agosto. Kagome sintió que entraba a un santuario, y que estaba rompiendo algo al caminar allí.
Al llegar al set, Koga se giró.
— Te presento al equipo. Te van a mirar raro. No eres una actriz famosa, no vienes de ninguna escuela de renombre, y el papel era para otra. Pero Sesshomaru decidió que fueras tú. — Pausa —. Así que más te vale no defraudarlo.
Kagome no respondió. Lo único que hizo fue alzar el rostro y mirar de frente al hombre que acababa de entrar en la sala.
Sesshomaru Taisho.
Otra vez ese impacto silencioso. No era solo su presencia: era la forma en que caminaba. Como si el suelo le perteneciera. O peor: como si lo odiara un poco.
Él no dijo "hola". Solo se acercó, miró a Kagome como si la estuviera enfocando con una lente invisible, y asintió con apenas un movimiento de cabeza.
— Vamos a grabar una escena, es un ensayo del encuentro en el club — dijo —. Vas a entrar, buscarlo con la mirada y decirle la línea. Solo eso.
— ¿Cuál es la línea?
Él sonrió por primera vez desde que la vio.
— "No sabía que el peligro olía tan bien."
Kagome repitió la frase en su mente como un veneno dulce. Se ubicó en la marca de piso, la cámara se alzó, y alguien gritó:
— ¡Luz, cámara... acción!
Caminó entre luces doradas, humo artificial y música de fondo. El escenario era un club nocturno de los años 80: terciopelo rojo, candelabros falsos, vasos vacíos con labial. Todo brillaba. Todo mentía. Todo era perfecto.
Y entonces la vio.
Una mujer de cabello negro, cuerpo alto y curvado, vestida con un vestido plateado que capturaba cada luz. Kikyo.
La misma que había quedado en segundo lugar en el casting.
La misma que ahora estaba en el set, maquillada, con texto en mano.
— ¿Ella también está en la película? — preguntó Kagome cuando cortaron la escena.
Koga, incómodo, bajó la voz.
— El director decidió que tuviera un rol secundario... por el momento. Es buena. Muy buena. Y tiene historia con Sesshomaru.
Kagome no respondió. Solo miró a Kikyo mientras la pelirroja sonreía y se acercaba a Sesshomaru con familiaridad. Demasiada familiaridad.
— Te vi en la audición — dijo Kikyo después, cuando estuvieron juntas en maquillaje —. Eres intensa. Casi no parpadeas. Eso da miedo.
— Gracias — respondió Kagome.
— ¿Fue suerte o talento?
— ¿Y tú qué crees?
Kikyo inclinó ligeramente la cabeza.
— Claro, ser la hermana de Miroku Higurashi abre muchas puertas, ¿no? — susurró, con voz tan baja que parecía más para sí misma que para Kagome —. Pero esto... esto es diferente. Aquí no te salvará tu apellido.
Kagome mantuvo la calma, aunque por dentro sentía que cada palabra de Kikyo era una daga pulida. Se limitó a mirarla con la misma frialdad que ella le mostraba.
— No vine a que me regalen nada — dijo con voz firme —. Vine a demostrar que puedo ser mucho más que un apellido.
Kikyo se rió suavemente, un sonido que no alcanzó sus ojos.
— Ya veremos cuánto duras en esta jungla, Higurashi.
Mientras las chicas se medían en palabras y gestos, alguien más las observaba desde una sala privada con monitores.
Naraku Takahashi. Con un café en una mano, y una carpeta abierta en la otra. Sonreía.
Había hecho su movimiento: una llamada anónima a Shikon Pictures con sugerencias sobre el "verdadero potencial" de Kikyo. Todo para colocar su propia ficha en el tablero.
Y sin embargo, no podía dejar de mirar a Kagome.
La pantalla mostraba un primer plano de ella repitiendo la línea. "No sabía que el peligro olía tan bien."
— Tienes razón — susurró Naraku Takahashi —. El peligro huele a ti.
Cerró la carpeta.
— Y voy a respirarte hasta el final.
Sus ojos brillaban con una mezcla de fascinación y cálculo mientras repasaba mentalmente cada movimiento, cada pieza del tablero que estaba armando.
— Kikyo tiene talento, sí — musitó, apoyando el café sobre la mesa —. Pero es predecible. Fácil de manipular. Una ficha brillante, pero limitada.
Se volvió hacia la pantalla donde Kagome aparecía de nuevo, su rostro mostraba la mezcla perfecta de vulnerabilidad y fuerza que solo los verdaderos actores poseen.
— Tú — susurró Naraku Takahashi con una sonrisa apenas visible —, en cambio, eres impredecible. Peligrosa.
Se recostó en la silla y tomó un sorbo de café, mientras su mente ya trazaba los siguientes movimientos.
Mientras tanto en set.
El día terminó con un silencio denso dentro de este, Sesshomaru detuvo a Kagome antes de que ella se fuera.
— Ven mañana temprano. Quiero ensayar una escena extra. Solo tú y yo.
Kagome asintió sin dudar.
— ¿Cuál escena?
Él la miró fijo, como si acabara de leerle la mente.
— Una que todavía no está escrita.
Kagome le sonrió un tanto coqueta y se marchó sin decir más.
Sesshomaru se quedó allí, mirando cómo desaparecía entre las sombras del set, pensando en aquella sonrisa que había provocado algo inesperado en su interior.
La habitación parecía más fría de repente, pero sus pensamientos ardían con la promesa de lo desconocido.
Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.
ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©








