Chapter 1
## CAPÍTULO 1
### Corran
En Valdessa, la primera regla para una humana es no correr.
Correr te convierte en presa. Y en una ciudad donde siete de cada diez personas tienen colmillos, garras o un olfato capaz de identificar tu champú a veinte metros, ser presa es el peor error que puedes cometer.
Esa noche rompí la regla a las once y cuarenta y dos.
No fue de golpe. Primero oí los pasos: tres pares, detrás de mí, desde que salí del edificio de Umbra. Luego llegó la risa. Después, alguien olfateó el aire con fuerza y a propósito, para que yo lo oyera.
—Papel viejo —dijo una voz—. Y miedo. Me encanta esa mezcla.
Apreté la correa del bolso y aceleré.
Había sido un día largo. La señora Garmendia, hiena, jefa del Archivo Central y dueña de una sonrisa de anuncio de dentífrico, me había dejado ocho cajas de expedientes sobre la mesa a las seis menos cinco con una nota: *«Para mañana. Gracias, cielo»*. Nadie más del departamento se quedó. Nunca se quedaba nadie. Para eso estaba la humana.
Antes de eso, a las tres de la tarde, me había llegado un correo de Recursos Humanos:
*«Su ficha de empleada está incompleta. Campo obligatorio: CONTACTO DE EMERGENCIA. Plazo: viernes.»*
Estuve veinte minutos mirando la casilla vacía.
Veinte minutos. Era ridículo. Solo era una casilla.
Los pasos se acercaron.
—Eh, humana. ¿Por qué tanta prisa?
*No contestes. No mires. No corras.*
Corrí.
El callejón de los Sauces era mi atajo de siempre: estrecho, mal iluminado y con un gato tuerto que dormía encima del contenedor azul. Lo conocía de memoria. Sabía que al fondo había un paso entre dos edificios que daba directamente a la avenida.
Lo que no sabía era que, en algún momento de la última semana, alguien había instalado una verja metálica nueva al final.
Cerrada con candado.
Me detuve con las manos contra los barrotes fríos y escuché cómo los pasos dejaban de correr detrás de mí. Ya no les hacía falta.
—Vaya —dijo el primero—. Qué mala suerte.
Me di la vuelta despacio.
Eran tres. El que había hablado era un lobo de pelo gris cortado al rape, con una cicatriz que le partía la ceja derecha en dos. Detrás de él había un chacal flaco que no dejaba de sonreír y un tipo enorme con cuello de toro, que probablemente lo era.
—No llevo dinero —dije. Me salió una voz pequeña y odié cómo sonaba—. Solo tengo veinte en la cartera. Pueden quedárselos.
—¿Oyes eso, Dimas? —El chacal se rio—. Puede que nos los quedemos.
El lobo, Dimas, se acercó un paso. Yo retrocedí otro y la verja se me clavó en la espalda.
—No queremos tu dinero, cielo.
Era la segunda vez en el día que alguien me llamaba así. Ninguna de las dos había sido con cariño.
Me arrancó el bolso del hombro con un tirón seco. Se abrió al chocar contra el suelo y todo salió rodando: la cartera, el móvil, un pintalabios que nunca me atrevía a usar y el libro de bolsillo que estaba leyendo en la hora de la comida.
El chacal lo recogió. Leyó la portada en voz alta, con voz de falsete:
—*Bésame, duque.* —Soltó una carcajada—. ¿En serio?
Sentí que se me encendía la cara, incluso allí, incluso con miedo. Era absurdo que lo que más me doliera en ese momento fuera eso.
Dimas me agarró la muñeca. Tenía la mano caliente y áspera, y apretó lo justo para que entendiera que podía apretar mucho más.
—Hueles a soledad, ¿sabes? —murmuró, inclinándose hacia mí—. Las humanas solas tienen un olor muy concreto. Nadie viene a buscarlas.
Con la mano libre busqué las llaves en el bolsillo del abrigo. Las encontré y las apreté entre los dedos, con la punta hacia fuera, como había visto en un vídeo de defensa personal que había guardado y nunca había terminado de ver.
No me sentía valiente. Ni siquiera sabía si sería capaz de usarlas.
Entonces dejé de oír a los gatos.
Al principio no lo noté, y ese fue el problema. Los cuatro gatos callejeros que vivían sobre los contenedores, los mismos que maullaban toda la noche, se callaron a la vez. El tuerto saltó al suelo y desapareció bajo una reja como si el asfalto quemara.
Dimas dejó de sonreír.
Vi cómo se le erizaba la nuca, y no en sentido figurado: una franja de pelo gris le subió por debajo del cuello de la chaqueta. Sus orejas, que hasta ese momento parecían humanas, se afilaron un milímetro.
—¿Qué pasa? —preguntó el chacal.
Entonces lo oí.
Eran pasos, pero no como los suyos. Sonaban lentos y tranquilos, sin ninguna prisa, como si alguien estuviera paseando un domingo por su propio jardín.
Al fondo del callejón, la única farola que funcionaba zumbó.
Un hombre entró en la luz.
Era alto, mucho más de lo normal. Llevaba un abrigo negro largo, desabrochado, y las manos en los bolsillos. El cabello, también negro, le caía sobre la frente con un desorden que parecía estudiado. Tenía un rostro de esos que una ve en los carteles del metro, mira de reojo y luego finge no haber mirado: pómulos altos, mandíbula limpia y una boca que parecía a punto de reírse de algo que solo él sabía.
Y sus ojos eran púrpura.
No violetas, ni grises con un reflejo raro. Eran púrpura, de un color profundo e imposible que brillaba en la penumbra como brillan los ojos de los gatos cuando les da la luz de un coche.
Durante un segundo, su sombra se proyectó sobre la pared de ladrillo que tenía al lado. No era la sombra de un hombre. Era la silueta de algo agazapado, con los hombros bajos y una cola larga que se movía despacio, de un lado a otro.
Parpadeé y volvió a ser la sombra de un hombre.
—Buenas noches —dijo. Tenía una voz grave y suave, casi amable—. Creo que se han perdido.
—Esto no es asunto tuyo, gato —gruñó Dimas, sin soltarme.
El chacal, en cambio, se había quedado blanco.
—Dimas —susurró—. Dimas, cállate. Es... —Tragó saliva—. Es un Noir.
La palabra cambió el aire del callejón. No sé explicarlo mejor. Fue como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno.
El hombre del cuello de toro retrocedió dos pasos sin que nadie se lo pidiera.
Dimas no se movió, pero noté que su mano temblaba alrededor de mi muñeca.
—Un Noir no baja a los callejones —dijo.
—Esta noche me apetecía. —El desconocido inclinó la cabeza y su mirada bajó hasta la mano de Dimas—. Esa mano, ¿la necesitas?
—¿Qué?
—Te lo pregunto en serio. Algunos trabajos se pueden hacer con una sola.
Dimas me soltó y se lanzó contra él.
Ocurrió tan rápido que casi me lo perdí. El lobo voló hacia él con un gruñido que no era humano, y el desconocido se limitó a sacar una mano del bolsillo y atraparle la muñeca en el aire, sin mirarlo siquiera. Hizo un giro corto y elegante, como quien abre una puerta, y se oyó un crujido parecido al de una rama seca.
Dimas cayó de rodillas.
El desconocido seguía con la otra mano en el bolsillo.
Se inclinó sobre él, despacio, y le habló casi al oído, aunque en ese silencio lo oímos todos.
—Conozco tu olor. Eres de los Lucan, ¿verdad? —Esperó. Dimas no contestó—. Dile a tu alfa que la próxima vez que mande perros a mi territorio, les ponga correa.
Lo soltó y se enderezó. Se ajustó el puño del abrigo como si se hubiera manchado de algo. Después miró a los tres, uno por uno.
—Ahora, corran.
Nadie se movió durante un segundo.
—A ver qué se siente —añadió.
Corrieron.
El del cuello de toro tropezó con el contenedor azul. El chacal soltó mi libro como si le quemara. Dimas se fue el último, sujetándose el brazo, y antes de doblar la esquina me miró. No me miró con rabia, sino con algo peor: me miró como si acabara de entender que había cometido un error mucho más grande del que imaginaba.
Después, el callejón quedó en silencio.
Yo seguía pegada a la verja, con las llaves asomando entre los dedos y el corazón latiéndome en la garganta.
El desconocido se volvió hacia mí.
Dio un paso y yo levanté la mano de las llaves. Fue un gesto ridículo y tembloroso, pero lo hice.
Él se detuvo en seco. No se rio. Alzó un poco las dos manos, con las palmas hacia mí, como quien se acerca a un animal asustado y quiere que sepa que no va a tocarlo.
—Buena idea —dijo, mirando mis llaves—. Mal ángulo, eso sí. Si golpeas así, te rompes el dedo antes de romperle a él la cara.
No supe qué contestar, así que no contesté.
—¿Puedo? —preguntó, señalando mi mano.
Tardé tres segundos en asentir. Él los esperó todos.
Cuando por fin me tocó, lo hizo con mucho cuidado. Me abrió los dedos uno a uno, recolocó la llave más larga entre el índice y el corazón y cerró mi puño alrededor del llavero. Tenía las manos calientes, más que una persona normal, y olía a lluvia que todavía no había caído.
—Así —dijo en voz baja—. Golpe corto. A los ojos o a la garganta. Y luego corres. Esa vez sí.
Tan cerca, vi que sus pupilas se habían estrechado hasta convertirse en dos líneas verticales finísimas. Mientras lo miraba, se abrieron despacio y volvieron a ser redondas, humanas, normales.
Retiró las manos y retrocedió un paso. Me devolvió todo el espacio que me había quitado.
No sé por qué ese paso atrás me afectó más que cualquier otra cosa que había pasado esa noche.
Se agachó, recogió el móvil, la cartera y el pintalabios, y los metió en mi bolso. Después recogió el libro. Leyó la portada y levantó una ceja.
—*Bésame, duque.*
—Devuélvamelo.
Me sorprendió oír mi propia voz tan firme. A él también, creo, porque sonrió.
Le dio la vuelta al libro y leyó la contraportada en voz alta, con una seriedad teatral:
—*«Él era peligroso. Ella era invisible. Hasta que una noche...»* —Me miró por encima del libro—. Vaya. Qué original.
—Por favor.
Me lo devolvió, pero antes pasó el pulgar por la esquina doblada de una de las páginas.
—Página doscientos doce —dijo—. ¿Te quedaste justo antes del beso o justo después?
—Eso no es asunto suyo.
—Antes —concluyó, satisfecho—. Se te nota.
Quería que me tragara la tierra. Quería que me tragara la verja, el contenedor azul, cualquier cosa.
Apreté el libro contra el pecho.
—¿Quién es usted?
—Alguien que pasaba por aquí.
—Nadie pasa por aquí.
—Tú sí.
—¿Por qué me ha ayudado?
Ladeó la cabeza, considerándolo.
—¿Prefieres la respuesta noble o la verdadera?
—La verdadera.
Por primera vez, la sonrisa se le borró un poco.
—Me molestó que te tocaran.
Lo dijo sin adornos, con calma, y en el callejón, de repente, hacía demasiado calor.
—La noble es la misma —añadió, recuperando la sonrisa—, pero dicha con menos ganas.
—Gracias —murmuré.
—No me des las gracias todavía. Aún no sabes si soy peor que ellos.
—¿Lo es?
—Muchísimo. —Se dio la vuelta hacia la salida del callejón y me miró por encima del hombro—. Pero no contigo.
Señaló con la barbilla hacia la avenida.
—Vete a casa por la calle principal, no por los atajos. Hay luz y hay cámaras. Y, Lía...
Me quedé helada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Yo no se lo había dicho. Estaba segura. Repasé en un segundo cada palabra que había salido de mi boca y no lo había dicho.
Unos faros barrieron la entrada del callejón. Un taxi pasó por la avenida a toda velocidad y la luz blanca me obligó a cerrar los ojos un instante.
Cuando los abrí, ya no estaba.
No había oído pasos, ni una puerta, ni nada.
Solo quedaba la farola zumbando y, en el charco que había justo donde él había estado de pie, una huella sobre el agua sucia.
No era la huella de un zapato.
Era la de una zarpa, enorme y redonda, con cuatro dedos y sin marca de uñas, como las de los felinos, que las esconden.
---
Volví a casa por la avenida, como me había dicho.
Durante todo el camino sentí que alguien me miraba. Lo extraño, lo que todavía no sé explicar, es que no me dio miedo.
Me dio compañía. Y eso me asustó mucho más.
Mi piso tiene treinta y ocho metros cuadrados, una ventana que da a una azotea vecina y una planta de albahaca que lleva tres semanas muriéndose a pesar de mis disculpas diarias. Cuando entré, el piso estaba igual que siempre: oscuro, silencioso y sin nadie que preguntara por qué llegaba tan tarde.
Calenté una sopa de sobre en el microondas y me la comí de pie, junto al fregadero. Me miré la muñeca. Tenía cuatro marcas rojas donde Dimas había apretado.
No lloré. Yo no lloro, o casi nunca. Pero me quedé un buen rato sentada en el suelo de la cocina, con la espalda contra el armario, abrazando el libro.
Pensé en la casilla vacía. Pensé en que, si Dimas hubiera apretado un poco más, si aquel hombre no hubiera aparecido, alguien de Recursos Humanos habría abierto mi ficha el viernes para saber a quién avisar.
Y no habría encontrado a nadie.
Antes de acostarme, me asomé a la ventana para bajar la persiana.
En el borde de la azotea de enfrente, en la oscuridad, había dos puntos de luz púrpura.
Me observaban, quietos.
Contuve el aliento y los puntos parpadearon una vez, despacio, casi como un saludo.
Luego desaparecieron.
---
A la mañana siguiente llegué al Archivo a las ocho y tres minutos. Garmendia todavía no había llegado. Las ocho cajas seguían sobre mi mesa, esperándome como un castigo.
Encendí el ordenador.
Tenía un correo nuevo de Recursos Humanos.
*«Gracias por actualizar su ficha de empleada. Sus datos han sido registrados correctamente.»*
Lo leí dos veces.
Yo no había actualizado nada.
Abrí mi ficha con los dedos fríos.
**CONTACTO DE EMERGENCIA:** K.
**TELÉFONO:** un número que no conocía.
**ÚLTIMA MODIFICACIÓN:** 03:12 h.
Debajo había un campo que yo nunca había mirado, porque nunca había tenido motivos para mirarlo.
**RELACIÓN CON LA EMPLEADA:**
Alguien había escrito una sola palabra:
*Pendiente.*







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