Zombies? Salte a un universo de zombies?
Salté de un universo a otro para terminar rodeado de muertos.
Ahora, frente a una horda inmensa de zombis, mi vida pasa ante mis ojos. O quizá debería decir que los recuerdos de dos vidas se están mezclando en mi cabeza.
Qué ironía.
Si alguien me hubiera dicho que moriría en un mundo desconocido, en el cuerpo de un extraño y a manos de criaturas que ni siquiera deberían existir, me habría reído en su cara.
Aunque, siendo sincero, ya no me quedan ganas de reír.
Todo comenzó con una cena.
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Aquella noche estaba terminando de comer unas costillas a la parrilla junto a Cosmo, mi perro.
Había sido un día especial. Después de años de sacrificios, por fin había terminado de pagar las deudas que mi esposa, Liu Ruiyan, dejó tras su muerte.
No era una fortuna. Tampoco una vida extraordinaria.
Pero, a mis sesenta años, había aprendido que la tranquilidad valía más que cualquier lujo.
Cosmo estaba sentado a mi lado, esperando con la paciencia de siempre a que le diera un último pedazo de carne.
-Está bien, glotón. Pero es el último.
Movió la cola como si acabara de cerrar el mejor trato de su vida.
Sonreí.
Después de perder a Ruiyan, había pasado mucho tiempo convencido de que no necesitaba a nadie. Con los años comprendí que no era del todo cierto. Todavía tenía a Cosmo.
Y, por el momento, eso me bastaba.
Me levanté para recoger los platos.
Entonces el suelo pareció inclinarse.
Un mareo repentino me atravesó la cabeza. Intenté apoyarme en la mesa, pero mis piernas dejaron de responder.
Lo último que recuerdo fue el sonido de un plato rompiéndose contra el suelo.
Después, oscuridad.
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Desperté con un pitido insistente perforándome los oídos.
-¡Vamos, vamos! ¡Tiene que vestirse y dirigirse al punto de traslado! ¡La evacuación es obligatoria!
Una mujer vestida de enfermera entró en la habitación con una energía que parecía completamente fuera de lugar. Dejó un conjunto de ropa sobre la cama y salió sin darme tiempo a formular una sola pregunta.
Me quedé mirando la puerta.
¿Hospital?
¿Por qué estaba en un hospital?
Intenté incorporarme. Sentía la cabeza pesada, como si hubiera dormido durante días, pero mi cuerpo respondió con una facilidad desconcertante.
Entonces miré mis manos.
Eran demasiado jóvenes.
Me palpé los brazos, el rostro y el pecho. Me levanté de la cama y llegué hasta un espejo situado junto a la puerta.
El hombre que me devolvió la mirada no era yo.
Tenía unos veinte años. El rostro era distinto, la piel estaba intacta y mi cuerpo parecía haber olvidado las décadas de cansancio que yo había acumulado.
Di un paso atrás.
-¿Qué demonios...?
Mi voz tampoco era la misma.
Durante varios segundos solo pude observar aquel rostro desconocido.
A mis sesenta años, después de trabajar durante toda una vida, había aprendido a aceptar que el tiempo no perdona a nadie. Sin embargo, allí estaba, contemplando el cuerpo que habría deseado tener treinta o cuarenta años atrás.
Una segunda oportunidad.
O una pesadilla particularmente cruel.
Pensé en Cosmo.
¿Dónde estaba?
¿Quién lo alimentaría si yo no volvía a casa?
La preocupación me golpeó con más fuerza que el descubrimiento de mi nuevo cuerpo. No sabía qué había ocurrido conmigo, pero sí sabía que había dejado a alguien atrás.
Y no podía hacer nada por él.
Me vestí con la ropa que había dejado la enfermera: pantalones oscuros, una camiseta y una chaqueta sencilla. Todavía escuchaba gritos al otro lado de la puerta.
Al salir, una mujer chocó contra mí.
-¡Aparta! ¡Muévete!
No reconocí ninguna de las palabras que gritó.
Cayó al suelo, se levantó de inmediato y continuó corriendo sin siquiera mirarme.
Me quedé inmóvil.
El pasillo era un caos. Médicos empujando camillas, pacientes llorando, personas corriendo en todas direcciones. Varios soldados intentaban organizar a la multitud mientras gritaban órdenes en aquel idioma desconocido.
No entendía nada.
Ni siquiera sabía en qué país estaba.
Un soldado me agarró por el cuello de la chaqueta y me empujó hacia el grupo.
-¡Sigue avanzando!
Su expresión no admitía discusión.
Me dejé arrastrar por la multitud.
Quizá todavía estaba bajo los efectos de la anestesia. Quizá me había vuelto loco. Lo cierto era que, mientras los demás parecían luchar desesperadamente por sus vidas, yo apenas conseguía sentir algo más que desconcierto.
Nos estaban evacuando por helicóptero. Al menos eso deduje al ver a los soldados señalar las escaleras que conducían a la azotea.
Comencé a subir.
Un escalón. Otro. Otro más.
La multitud avanzaba con dificultad y cada empujón amenazaba con hacerme caer. El aire olía a sudor, desinfectante y algo más que preferí no identificar.
Entonces escuché los disparos.
Al principio fueron lejanos.
Unos golpes secos que apenas destacaban entre los gritos.
Después sonaron más cerca.
Un piso más arriba, alguien gritó. Una mujer cayó contra la barandilla. Varias personas intentaron retroceder, pero la multitud que venía detrás las empujó hacia delante.
Sentí cómo la adrenalina comenzaba a abrirse paso entre mi confusión.
Aquello no era un simulacro.
Fuera lo que fuese, estaba sucediendo de verdad.
Al llegar al cuarto piso, vi una puerta de emergencia entreabierta. Sin pensarlo demasiado, me aparté de la multitud y me metí por ella.
El silencio me recibió al otro lado.
No había soldados. No había pacientes corriendo. No había gritos.
Solo un pasillo vacío.
Caminé hasta una ventana.
La luz del sol me obligó a entrecerrar los ojos. Durante unos segundos no pude distinguir nada. Luego, poco a poco, el paisaje apareció ante mí.
Y el mundo cambió para siempre.
El cielo estaba teñido de carmesí. Columnas de humo oscuro se elevaban entre los edificios, algunos de los cuales ardían desde sus plantas inferiores. A lo lejos, vehículos militares atravesaban las calles mientras pequeños grupos de personas huían entre los escombros.
El sol parecía una enorme herida abierta sobre la ciudad.
Tragué saliva.
En ese instante, algo estalló dentro de mi cabeza.
Los recuerdos llegaron como un tsunami.
No eran míos.
Pertenecían al dueño original de aquel cuerpo.
Una erupción volcánica había liberado sustancias capaces de alterar la estructura genética de los organismos vivos. Al principio, los cambios parecieron anomalías aisladas. Después aparecieron los primeros casos de agresividad extrema, pérdida de funciones cognitivas y transformaciones físicas.
Las autoridades intentaron contener la situación.
Fracasaron.
Dos días antes, el joven cuyo cuerpo ocupaba había sufrido un accidente. El golpe lo dejó en coma justo cuando la enfermedad comenzaba a extenderse hacia su ciudad.
Mientras su cuerpo permanecía inconsciente, el mundo se preparaba para convertirse en un infierno.
Y aquel muchacho lo había previsto.
Había estudiado los informes, seguido los casos y reunido todo lo necesario para sobrevivir: un búnker, armas, alimentos y suministros médicos.
Todo estaba preparado.
El único inconveniente era que el refugio se encontraba en otra ciudad.
Solté una pequeña risa incrédula.
-Vaya... hiciste bien tu tarea, muchacho.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
No sabía quién había sido en vida, pero aquel desconocido había dedicado sus últimos días a prepararse para el fin del mundo. Ahora yo tendría la oportunidad de aprovechar lo que había construido.
-Gracias -murmuré.
No sabía si se lo decía al dueño anterior, al destino o a cualquier cosa que pudiera estar escuchándome.
Pero estaba agradecido.
Por primera vez desde que perdí a Ruiyan, tenía un objetivo.
Llegar al búnker.
Sobrevivir.
Y averiguar cómo demonios había terminado en aquel universo.
Los disparos volvieron a sonar.
Me aparté de la ventana.
Los recuerdos del joven todavía estaban desordenados en mi cabeza, pero había aprendido algo importante: las criaturas no eran iguales.
Había distintas variantes de infectados, cada una con características propias. El joven había recopilado información sobre ellas y las había clasificado según su comportamiento, velocidad y fuerza.
También había una hipótesis sobre el origen de las mutaciones: las diferencias biológicas entre las personas podían influir en la variante que desarrollaban tras infectarse.
No sabía cuánto de aquella teoría era cierto.
Pero estaba a punto de comprobarlo.
La puerta de emergencia se abrió violentamente.
Una oleada de personas irrumpió en el pasillo. Algunas lloraban; otras gritaban palabras que seguía sin entender. Un hombre pasó junto a mí con la camisa cubierta de sangre.
Detrás de ellos aparecieron las primeras criaturas.
Zombis comunes.
Caminaban con torpeza, arrastrando los pies y extendiendo los brazos hacia cualquier ser vivo que se cruzara en su camino.
Los de toda la vida.
Lentos, estúpidos y relativamente fáciles de evitar.
Suspiré aliviado.
Por fin, una buena noticia.
Me pegué a la pared y avancé a paso rápido, esquivando a los pocos que habían conseguido entrar en el pasillo. Uno intentó agarrarme del brazo, pero retrocedí y lo dejé tambalearse contra una camilla abandonada.
No iba a enfrentarme a ellos.
No tenía armas, desconocía el terreno y apenas llevaba unos minutos en aquel mundo. Mi prioridad era llegar al búnker, no convertirme en un héroe improvisado.
Entonces escuché un grito detrás de mí.
Un grito distinto.
Me detuve.
El sonido había surgido de las escaleras, seguido por el golpe de algo pesado contra la pared.
Giré lentamente la cabeza.
Una figura apareció en la puerta.
Al principio pensé que era otro infectado común, pero bastó un segundo para comprender mi error.
Su cuerpo se inclinaba hacia delante, como el de un depredador a punto de lanzarse sobre su presa. Los músculos se marcaban bajo la ropa desgarrada y sus movimientos eran demasiado precisos, demasiado rápidos.
Sus ojos encontraron los míos.
Y la criatura sonrió.
Sentí que la sangre se me helaba.
El sanguinario.
Fuerza superior. Velocidad aterradora. Y, según los registros del dueño anterior, un atisbo de inteligencia.
No era una bestia que se limitara a perseguir a los vivos.
Era una criatura capaz de aprender.
Retrocedí un paso.
El sanguinario inclinó la cabeza, como si intentara comprenderme.
Después flexionó las piernas.
Comprendí lo que iba a ocurrir un instante antes de que se abalanzara sobre mí.
Y, por primera vez desde que desperté en aquel cuerpo joven, tuve miedo de verdad.
Porque una cosa era heredar la preparación de un desconocido.
Y otra muy distinta era sobrevivir a un monstruo que podía ser más inteligente que tú.
Continuará...








