Capítulo 1
Capítulo 1 — La Dama de los Pétalos
La lluvia caía con fuerza sobre el bosque.
Las gotas golpeaban las hojas y resbalaban por los troncos, mientras el viento hacía crujir las ramas bajo la oscuridad de la noche.
Entre los árboles, dos figuras se movían rápidamente.
Una de ellas era una joven.
Saltaba de un lado a otro con una agilidad impresionante, esquivando cada ataque de su oponente. Sus movimientos eran precisos y elegantes, casi como si estuviera bailando entre los árboles.
La lluvia había empapado su largo cabello negro, haciendo que las puntas moradas destacaran bajo la tenue luz de la luna.
Su oponente intentó atacarla nuevamente.
Ella esquivó.
Un movimiento.
Otro.
Y finalmente, la pelea terminó.
La joven permaneció inmóvil durante unos segundos, observando a su víctima.
No parecía alterada.
Ni siquiera respiraba con dificultad.
Se acercó lentamente y se agachó junto a ella.
Con una tranquilidad casi inquietante, acomodó cuidadosamente sus ropas y limpió parte de la suciedad que había quedado sobre ellas.
Después sacó una rosa y la colocó entre sus manos.
—Así está mejor... —murmuró.
A su alrededor había pequeños pétalos de cerezo.
Eran la última pista del veneno que había utilizado.
La joven observó la escena una última vez.
Después se levantó.
Su mirada se dirigió hacia el bosque.
Había escuchado algo.
A lo lejos, entre la lluvia, comenzaron a escucharse sirenas.
La policía.
La joven no pareció sorprendida.
Simplemente dio media vuelta y desapareció entre los árboles.
Unos minutos después, varios vehículos policiales llegaron al bosque.
Las luces de las patrullas iluminaron los árboles mientras varios agentes bajaban rápidamente.
—¡Por aquí! —gritó uno de ellos—. ¡Encontramos algo!
Lance Kuroda bajó de uno de los vehículos y cerró la puerta.
Su mirada recorrió el bosque.
No necesitaba que nadie le explicara que aquella escena era diferente.
Había algo extraño en el silencio.
Haru Takeda llegó detrás de él, colocándose la chaqueta mientras miraba hacia los árboles.
—Otra noche tranquila —bromeó.
Lance lo miró de reojo.
—No empieces.
—Solo intento mantener el ánimo.
—Entonces intenta hacerlo en silencio.
Haru soltó una pequeña risa.
Los dos caminaron hasta donde se encontraba la víctima.
Lance se detuvo.
Observó primero el lugar.
Después a la víctima.
Y finalmente la rosa.
—Otra vez... —murmuró.
Haru dejó de sonreír.
—¿La misma persona?
Lance no respondió inmediatamente.
Se agachó sin tocar nada y examinó cuidadosamente los alrededores.
Había pétalos esparcidos sobre el suelo.
Pequeños.
Delicados.
Casi parecían haber sido colocados allí intencionalmente.
—No es exactamente la misma flor —dijo Lance.
Haru frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué tenemos?
Lance señaló los pétalos.
—Una flor diferente. Un patrón diferente.
Luego miró la rosa que descansaba entre las manos de la víctima.
—Pero la misma firma.
Haru observó la escena durante unos segundos.
—Petal Lady.
Lance levantó la mirada.
Ese era el nombre que los medios habían comenzado a utilizar.
Petal Lady.
La mujer de los pétalos.
Una asesina que había aparecido en diferentes casos y que siempre dejaba algún rastro relacionado con flores.
Pero hasta ese momento nadie había conseguido descubrir quién era.
Ni su rostro.
Ni su nombre.
Ni dónde vivía.
Nada.
—¿Crees que está cerca? —preguntó Haru.
Lance observó los árboles.
La lluvia había comenzado a intensificarse.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
Lance señaló el suelo.
Había algunas marcas recientes, pero la lluvia comenzaba a borrarlas.
—Porque no habría tenido tiempo de ir muy lejos.
Haru miró hacia el bosque.
—Entonces tenemos que movernos.
—No.
Haru lo miró confundido.
—¿No?
Lance permaneció observando los pétalos.
—Si esto es realmente Petal Lady, quería que encontráramos la escena.
—¿Crees que dejó las pistas a propósito?
—No lo creo.
Lance levantó lentamente la mirada.
—Estoy seguro.
Mientras la policía comenzaba a investigar el bosque, una figura caminaba tranquilamente bajo la lluvia.
Su rostro permanecía oculto.
El sonido de las sirenas se hacía cada vez más lejano.
La joven se detuvo durante unos segundos.
Miró hacia atrás.
Después continuó caminando.
En su mano llevaba una pequeña flor de cerezo.
La observó con una ligera sonrisa.
—Demasiado fáciles...
Y desapareció entre la oscuridad.
Aquella noche, la policía había encontrado una nueva víctima.
Pero también había encontrado algo mucho más importante.
Una nueva pista.
Y Lance Kuroda estaba decidido a descubrir quién era realmente Petal Lady.
La lluvia seguía cayendo sobre el bosque.
Lance permanecía frente a la escena mientras los agentes registraban los alrededores.
—Kuroda —llamó una voz.
Lance levantó la mirada.
Miyako Arai se acercaba con su maletín, protegida de la lluvia por un paraguas negro.
—¿Qué tenemos?
—Una nueva víctima —respondió Lance—. Y otro patrón floral.
Miyako se agachó junto al cuerpo sin tocarlo.
Observó la rosa.
Después los pétalos esparcidos alrededor.
Su expresión cambió ligeramente.
—No es el mismo veneno de los casos anteriores.
Haru arqueó una ceja.
—¿Otra vez diferente?
—Sí.
Miyako tomó una pequeña muestra de los pétalos.
—Pero hay algo que sí se repite.
Lance la miró.
—¿Qué?
Miyako levantó uno de los pétalos dentro de una pequeña bolsa de evidencia.
—Quienquiera que haga esto conoce muy bien las flores.
Lance volvió a mirar la rosa.
—Entonces tendremos que descubrir quién.e
A varios kilómetros del bosque, lejos de las luces policiales, una pequeña casa permanecía completamente a oscuras.
Solo una lámpara iluminaba una mesa cubierta de frascos, flores y hojas.
Una joven estaba sentada frente a ella.
Su largo cabello negro caía sobre sus hombros y las puntas moradas resaltaban bajo la luz.
Sus ojos lilas estaban concentrados en una pequeña flor.
Kaede Hanamori giró lentamente el frasco entre sus dedos.
—Interesante...
Dejó el frasco sobre la mesa.
A su lado había una taza de té caliente.
Kaede tomó un sorbo y cerró los ojos.
Por primera vez en toda la noche, parecía completamente tranquila.
Entonces escuchó un golpe en la ventana.
Toc. Toc.
Kaede abrió los ojos.
—¿Quién será a estas horas?
Se levantó lentamente y caminó hacia la ventana.
Cuando la abrió, encontró a alguien sentado sobre el tejado.
Un joven de cabello negro y ojos rojizos la observaba con una sonrisa.
—¿Otra vez trabajando hasta tarde?
Kaede suspiró.
—Renji...
—Sabía que estarías despierta.
Renji saltó al interior de la habitación.
Sus ojos recorrieron la mesa.
Frascos.
Flores.
Pétalos.
Kaede volvió a sentarse.
—¿Qué quieres?
Renji sonrió.
—Nada. Solo vine a comprobar que sigues viva.
Kaede tomó nuevamente su taza.
—Qué considerado.
—Lo sé.
Renji se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces Renji miró hacia la ventana.
A lo lejos todavía podían verse algunas luces.
—La policía llegó rápido esta vez.
Kaede dejó la taza sobre la mesa.
Sus ojos lilas se dirigieron hacia él.
—Lo sé.
—¿Te preocupa?
Kaede sonrió ligeramente.
—No.
Renji soltó una pequeña risa.
—Eso esperaba.
Kaede volvió a mirar sus flores.
—Además...
Tomó una de ellas entre sus dedos.
—Todavía no han descubierto nada.
Y en algún lugar de la ciudad, Lance Kuroda seguía mirando los pétalos de aquella escena.
Sin saber que la mujer que estaba buscando se encontraba mucho más cerca de lo que imaginaba.
Renji observó a Kaede durante unos segundos.
—¿Sabes? —dijo finalmente—. Algún día esos policías van a descubrir cómo haces tus venenos.
Kaede levantó una ceja.
—¿Y qué?
—Que entonces tendrás un pequeño problema.
—No sería la primera vez que tengo un problema.
Renji soltó una carcajada.
—Definitivamente eres imposible.
Kaede tomó nuevamente su taza de té.
—Y tú demasiado ruidoso.
—Eso también me lo has dicho unas cien veces.
—Ciento una.
Renji sonrió.
Sin embargo, su expresión cambió cuando vio algo sobre la mesa.
Un pequeño pétalo de cerezo.
Lo tomó entre los dedos.
—¿Este es de esta noche?
Kaede guardó silencio durante un instante.
—Sí.
Renji la miró.
—¿Por qué elegiste esa flor?
Kaede apoyó la espalda contra la silla.
—Porque era la adecuada.
—¿Y la rosa?
—Para que no olvidaran que las flores también pueden ser bonitas.
Renji la observó con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—Algún día voy a entender cómo funciona tu cabeza.
Kaede sonrió.
—Buena suerte.
Mientras tanto, en la comisaría...
Lance estaba sentado frente a una enorme pared cubierta de fotografías.
Había fotografías de las diferentes escenas, mapas, informes y pequeñas muestras de flores.
Haru entró en la habitación con dos cafés.
—Uno para ti.
Lance tomó el suyo sin apartar la mirada de la pared.
—Gracias.
Haru se apoyó contra el escritorio.
—Miyako terminó el análisis preliminar.
Lance finalmente lo miró.
—¿Y?
—El veneno utilizado esta vez no coincide con ninguno de los anteriores.
Lance frunció el ceño.
—Lo suponía.
Haru dejó unos documentos sobre la mesa.
—Pero encontró algo interesante.
Lance abrió el informe.
—¿Qué?
—Las flores utilizadas en los diferentes casos no parecen escogidas al azar.
Lance comenzó a leer.
—Cerezo... glicinia... jacaranda...
—Exacto.
Haru señaló las fotografías.
—Todas tienen propiedades diferentes. Pero hay algo más.
Lance levantó la mirada.
—¿Qué?
Haru sonrió.
—Todas fueron utilizadas de una manera diferente.
Lance volvió a observar el tablero.
Aquello era lo que más le intrigaba.
Petal Lady no repetía sus métodos.
Cada crimen parecía estar cuidadosamente diseñado.
—No quiere que encontremos un patrón —dijo Lance.
—Pero dejó uno.
—Sí.
Lance se acercó al tablero.
Tomó una fotografía de la última escena y la colocó junto a las anteriores.
—Quiere que lo encontremos.
Haru dejó de sonreír.
—¿Crees que está jugando con nosotros?
Lance observó la fotografía durante unos segundos.
—No.
—¿Entonces?
—Creo que quiere que sepamos que sigue ahí.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Entonces Haru miró el reloj.
—Son casi las tres de la mañana.
Lance no respondió.
—Lance.
Nada.
—Lance.
—¿Qué?
—Vete a dormir.
—En un momento.
Haru suspiró.
—Siempre dices eso.
Salió de la habitación y cerró la puerta.
Lance permaneció solo.
Volvió a mirar la fotografía.
La rosa.
Los pétalos.
La lluvia.
Y una pregunta que llevaba semanas persiguiéndolo:
¿Quién era Petal Lady?
A la mañana siguiente, el cielo estaba cubierto de nubes.
Kaede caminaba tranquilamente por una calle poco transitada.
Llevaba su ropa habitual: pantalones de campana, un top negro y sus largos pendientes de glicinia.
Su cabello oscuro se movía suavemente con el viento.
Entró en una pequeña tienda de té.
—Buenos días, Kaede —saludó la mujer detrás del mostrador.
—Buenos días.
Kaede sonrió.
Por unos segundos no había policías.
No había investigaciones.
No había Petal Lady.
Solo era Kaede.
La joven recibió su té y salió nuevamente.
Sin embargo, al cruzar la calle, vio algo que hizo que se detuviera.
Un cartel.
SE BUSCA INFORMACIÓN SOBRE PETAL LADY.
Kaede lo observó en silencio.
Sus ojos recorrieron la fotografía borrosa que habían conseguido de una de las escenas.
—Qué exagerados...
Una voz detrás de ella la hizo girarse.
—¿También te interesa el caso?
Kaede se encontró con un hombre de ojos celestes.
Cabello negro.
Mirada seria.
Era Lance.
Por primera vez, Kaede Hanamori y Lance Kuroda estaban frente a frente.
Y ninguno de los dos sabía todavía quién tenía delante.—¿También te interesa el caso? —repitió Lance.
Kaede apartó la mirada del cartel y observó al desconocido.
Tenía el cabello negro ligeramente despeinado y unos ojos celestes que parecían analizar cada pequeño detalle de su entorno. Vestía ropa oscura y llevaba una identificación policial sujeta al cinturón.
Un policía. Qué fastidio.
Kaede volvió a mirar el cartel.
—No particularmente. Es difícil ignorarlo cuando está pegado en cada esquina.
Lance siguió la dirección de su mirada.
—Eso significa que está funcionando.
—¿Funcionando? —preguntó ella.
—La gente habla del caso. Quizá alguien reconozca algo que nos ayude a encontrarla.
Kaede inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y si no quieren encontrarla?
Lance volvió el rostro hacia ella.
—¿Por qué alguien no querría encontrar a una asesina?
Kaede se encogió de hombros.
—Tal vez porque tiene cosas más importantes que hacer.
Lance la observó durante un instante. No parecía una respuesta especialmente extraña, pero había algo en la tranquilidad de aquella joven que le llamó la atención.
—¿No te preocupa que haya alguien así caminando por la ciudad?
—Hay muchas cosas por las que preocuparse, oficial. No podemos vivir pensando en todas ellas.
Kaede dio un pequeño sorbo a su té.
—Además, si es tan inteligente como dicen, probablemente no la encontrarán pronto.
Lance arqueó una ceja.
—¿Crees que es inteligente?
—No he dicho eso.
—Acabas de decir que es difícil encontrarla.
—He dicho que probablemente no la encontrarán pronto. No es lo mismo.
Por primera vez, Lance tuvo que admitir que aquella desconocida tenía un argumento razonable.
Aunque no terminaba de gustarle su manera de responder.
—Lance Kuroda —se presentó, mostrando brevemente su identificación—. Estoy a cargo de parte de la investigación.
Kaede miró la identificación y después a él.
—Kaede Hanamori.
No vaciló al decirlo.
Tampoco necesitaba hacerlo. Aquel era su nombre.
Su verdadero nombre.
—Encantada, oficial Kuroda.
—Igualmente, señorita Hanamori.
Kaede hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Ahora, si me disculpa, mi té se está enfriando.
Pasó junto a él y continuó caminando.
Lance se quedó observándola unos segundos.
No había conseguido ninguna información importante, pero tampoco podía negar que aquella conversación había sido curiosa.
Sacó su libreta y anotó algo relacionado con una llamada que debía realizar.
Después guardó el bolígrafo.
Una conversación bastante extraña para empezar la mañana, pensó.
Y siguió su camino.
Sin saber que acababa de hablar con la mujer que llevaba semanas intentando encontrar.
Unos minutos después
—¡Lance!
El policía giró la cabeza al escuchar su nombre.
Haru corría hacia él con dos bebidas en las manos.
—Te he estado buscando por todas partes.
—Estaba hablando con una persona.
Haru miró a su alrededor.
—¿Con quién?
—Una joven que estaba leyendo el cartel de Petal Lady.
—¿Y conseguiste algo?
—No.
—Entonces, ¿por qué parece que estás pensando en ella?
Lance frunció el ceño.
—No estoy pensando en ella.
—Claro. Y yo soy el rey de los demonios.
Lance le quitó una de las bebidas de la mano.
—¿No tienes trabajo?
—Sí, pero también tengo ojos. Y acabo de ver que estabas hablando con alguien durante bastante tiempo.
—Fueron unos minutos.
—Ajá.
Haru sonrió de una manera que Lance conocía demasiado bien.
—¿Cómo se llamaba?
—Kaede Hanamori.
—¿Y es sospechosa?
—No tengo motivos para pensar eso.
—Entonces, ¿por qué me lo cuentas?
Lance se quedó callado.
Haru soltó una carcajada.
—¡No me digas que por fin has descubierto que sabes mantener una conversación normal!
—Takeda.
—¿Sí?
—Cállate.
—¡Ahí está mi compañero de siempre!
Lance comenzó a caminar, ignorando las risas de Haru.
Pero, antes de doblar la esquina, volvió la mirada hacia el lugar donde había conocido a Kaede.
Ella ya no estaba allí.
En otro lugar de la ciudad
Kaede entró en una pequeña calle y se detuvo frente a una máquina expendedora.
Dejó su taza vacía en una papelera y sacó su teléfono.
Tenía un mensaje nuevo.
Renji: ¿Dónde estás?
Kaede: En la calle.
Renji: Qué respuesta tan detallada. Gracias por la información.
Kaede: De nada.
Renji: ¿Vas a venir a casa o piensas desaparecer durante otras seis horas?
Kaede sonrió ligeramente.
Kaede: Estoy ocupada.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Renji: ¿Haciendo qué?
Kaede miró hacia el otro extremo de la calle.
Por un momento recordó los ojos celestes del policía.
Su identificación.
Su manera de observarla mientras hablaban.
Kaede: Nada importante.
Guardó el teléfono y continuó caminando.
Sin embargo, aquella última respuesta no era del todo cierta.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien le había hecho una pregunta que había despertado su curiosidad.
Lance Kuroda.
Kaede repitió su nombre mentalmente.
Después soltó un suspiro.
—Espero no volver a encontrármelo.
Una voz familiar respondió desde detrás de ella:
—¿A quién?
Kaede se volvió.
Renji estaba apoyado contra una pared, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.
—¿Desde cuándo me sigues?
—Desde que me ignoraste los mensajes.
—Te respondí.
—Con dos palabras.
—Fueron suficientes.
Renji negó con la cabeza y comenzó a caminar a su lado.
—Bueno, ¿quién es el tipo?
Kaede lo miró de reojo.
—¿Qué tipo?
—El que te tiene pensando tanto.
—No estoy pensando en nadie.
—Por supuesto. Y yo soy humano.
Kaede le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Eres insoportable.
—Y tú me adoras.
—No exageres.
Renji soltó una carcajada.
Pero cuando Kaede le explicó que había conocido a un policía llamado Lance Kuroda, su sonrisa se desvaneció un poco.
—Espera. ¿Kuroda? ¿El policía que investiga a Petal Lady?
Kaede guardó silencio.
Renji la miró.
—Kaede...
—¿Qué?
—Dime que no le has dado ninguna pista.
Ella siguió caminando tranquilamente.
—Solo le dije mi nombre.
Renji se detuvo.
—¿¡QUÉ!?
Kaede se volvió hacia él, inexpresiva.
—¿Qué tiene de malo mi nombre?
—¡Que estás hablando con el hombre que intenta atraparte!
—Y él estaba hablando con una ciudadana.
Renji se llevó una mano al rostro.
—Algún día vas a provocarme una crisis.
—Procura que no sea una muy ruidosa. Me duele la cabeza.
Renji la miró con incredulidad.
Después comenzó a reírse.
—Eres un caso perdido, Hanamori.
Kaede siguió caminando sin responder.
Pero, en el fondo, también encontraba divertida aquella situación.
Porque Lance Kuroda podía investigar todas las escenas que quisiera.
Podía analizar cada pétalo.
Podía estudiar cada flor.
Incluso podía aprender a reconocer cada uno de sus patrones.
Pero todavía no sabía que la mujer a la que buscaba tenía el cabello negro, los ojos lilas y una taza de té entre las manos.
Y Kaede pensaba mantenerlo así.
Al menos por ahora
Capítulo 2: La flor que aun no florece.
Los ojos entre la lluvia
La noche había caído sobre la ciudad.
Kaede estaba sentada junto a la ventana de su habitación, con una taza de té de jacaranda entre las manos. La lluvia golpeaba suavemente el cristal mientras Renji descansaba en el sofá, ocupando prácticamente todo el espacio.
—Te estás quedando dormida —comentó él.
—Estoy descansando.
—Llevas diez minutos mirando la misma gota de agua.
—Es una gota muy interesante.
Renji soltó una carcajada.
—A veces me pregunto cómo has conseguido sobrevivir tanto tiempo con esa personalidad.
Kaede iba a responder cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Una notificación.
La joven dejó la taza y leyó el mensaje. Su expresión cambió ligeramente: no de sorpresa, sino de concentración.
Renji lo notó de inmediato.
—¿Trabajo?
Kaede guardó el teléfono.
—Tengo que salir.
—¿Ahora?
—No, Renji. La próxima semana. Naturalmente, ahora.
Él puso los ojos en blanco.
—Qué graciosa.
Kaede se levantó, tomó su abrigo oscuro y recogió sus pendientes de glicinia, que había dejado sobre la mesa.
—No me esperes despierto.
—Vivo despierto porque tú haces cosas raras a horas raras.
—Entonces no me esperes despierto haciendo cosas raras.
—¡Kaede!
Pero ella ya había cerrado la puerta.
Renji se quedó mirando la entrada durante unos segundos.
Después suspiró.
—Algún día voy a seguirla.
El encargo
A las afueras de la ciudad, un antiguo invernadero se alzaba entre los árboles.
Sus cristales estaban rotos y las enredaderas cubrían parte de las paredes. La lluvia había convertido el camino de tierra en un lodazal.
Kaede llegó sin hacer ruido.
Bajo su abrigo llevaba su ropa habitual: un top negro, pantalones de campana y sus accesorios. Su cabello oscuro estaba recogido parcialmente, aunque las puntas moradas caían sobre sus hombros.
Se detuvo frente a la entrada.
Había alguien dentro.
—Llegas tarde —dijo una voz masculina.
Kaede entró.
Un hombre alto esperaba al otro lado del invernadero. Su apariencia era humana, pero sus ojos tenían un brillo dorado antinatural. Varias marcas oscuras recorrían su cuello.
Un demonio.
Y no uno cualquiera.
—Pensé que enviarían a alguien más interesante —continuó él—. ¿Tú eres la famosa Dama de los Pétalos?
Kaede cerró el paraguas.
—Y yo pensé que tendrías mejores modales.
El hombre sonrió.
—¿Sabes quién soy?
—Sí.
—Entonces sabes por qué estás aquí.
—Por eso mismo he venido.
El silencio se extendió entre ambos.
El demonio dio un paso hacia ella.
—He oído hablar de tus venenos. Dicen que puedes crear uno para casi cualquier criatura.
Kaede inclinó ligeramente la cabeza.
—La gente habla demasiado.
—Quería comprobarlo personalmente.
—Qué lástima.
El hombre se lanzó hacia ella.
Kaede apenas tuvo tiempo de apartarse.
El golpe impactó contra una columna y el cristal que aún quedaba en el techo se hizo añicos. La joven rodó sobre el suelo, se incorporó de inmediato y esquivó el siguiente ataque.
Aquello no iba a ser sencillo.
El demonio era rápido.
Demasiado rápido.
Kaede intentó alcanzar su costado, pero él bloqueó el movimiento y la obligó a retroceder.
—¿Eso es todo? —se burló él.
Kaede no respondió.
Lo observó.
Su postura. Su respiración. La forma en que apoyaba los pies antes de atacar.
Buscaba una abertura.
El demonio volvió a abalanzarse sobre ella.
Esta vez Kaede consiguió esquivarlo y lo golpeó con precisión. Él retrocedió varios pasos, pero apenas pareció afectado.
Su sonrisa desapareció.
—Ahora entiendo por qué te tienen miedo.
Sus ojos se iluminaron.
La transformación fue inmediata.
Las marcas de su cuello se extendieron por sus brazos y sus uñas se convirtieron en garras. Una fuerza oscura pareció envolver su cuerpo.
Kaede frunció el ceño.
—Vaya. Así que todavía no habías terminado.
El demonio golpeó el suelo.
Una onda de fuerza recorrió el invernadero y lanzó a Kaede contra una mesa de trabajo. Los frascos cayeron y se hicieron pedazos.
Ella se levantó lentamente.
Le dolía el costado.
Y aquello comenzaba a irritarla.
—Qué hombre tan desagradable...
El demonio rio.
—¿Eso es lo único que tienes que decir?
Kaede se limpió una gota de sangre de la comisura del labio y lo miró directamente.
—No. También iba a decir que estás arruinando un lugar que podría haber sido bastante bonito.
Él rugió y volvió a atacar.
Kaede esquivó el primer golpe, pero no consiguió evitar el segundo. Salió despedida contra una de las paredes y cayó de rodillas.
Durante unos segundos, el único sonido fue el de la lluvia.
El demonio comenzó a acercarse.
—Se acabó.
Kaede bajó la cabeza.
Su cabello ocultaba parte de su rostro.
—Tienes razón —murmuró—. Ya me cansé.
El hombre se detuvo.
Algo en la voz de Kaede había cambiado.
Ella levantó lentamente la mirada.
Sus ojos lilas comenzaron a brillar con una intensidad sobrenatural.
—Quería resolver esto sin tener que hacerlo.
Una marca apareció en su frente: un delicado diseño floral cuyos trazos recordaban a las ramas de una glicinia.
La luz violeta se extendió por sus líneas.
Su cabello se agitó a pesar de que no había viento. Los mechones morados se volvieron más intensos y unos colmillos afilados asomaron entre sus labios.
Sus uñas se alargaron.
Y una presencia demoníaca llenó el invernadero.
El hombre retrocedió.
—¿Qué demonios eres?
Kaede se puso de pie.
Por primera vez aquella noche, su expresión tranquila desapareció.
—Alguien a quien acabas de hacer perder el tiempo.
Y la batalla volvió a comenzar.
Esta vez, Kaede no se limitó a esquivar.
Se movió con una velocidad que el demonio apenas podía seguir. Saltó sobre una mesa volcada, utilizó una columna para cambiar de dirección y evitó sus garras por una distancia mínima.
Él golpeó una y otra vez.
Ella respondió con movimientos precisos, buscando debilitarlo en lugar de enfrentarse directamente a su fuerza.
El demonio consiguió atraparla por un brazo.
—¡Te tengo!
Kaede lo miró.
—¿Estás seguro?
Una sombra pasó entre ambos.
Kaede giró sobre sí misma, se liberó del agarre y aterrizó varios metros atrás.
La marca de su frente brillaba cada vez más.
Su respiración comenzaba a volverse pesada.
No podía prolongar aquello indefinidamente.
El demonio también parecía comprenderlo.
Se abalanzó sobre ella con toda su fuerza.
Kaede esperó hasta el último instante.
Entonces se apartó.
El ataque de su adversario lo hizo perder el equilibrio y quedar expuesto durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
Kaede aprovechó la abertura y ejecutó un movimiento rápido y preciso.
El demonio cayó.
La lluvia siguió golpeando el techo destrozado.
Kaede permaneció inmóvil, respirando profundamente mientras la luz de su marca se apagaba poco a poco.
Finalmente, volvió a su forma humana.
—Odio tener que hacer eso —murmuró.
Se acomodó el cabello y observó el invernadero.
Había quedado destrozado.
Kaede suspiró.
—Definitivamente, odio a las personas ruidosas.
Una patrulla en la carretera
A varios cientos de metros del invernadero, dos vehículos policiales avanzaban por un camino cercano.
Lance viajaba en el asiento del copiloto mientras revisaba unos documentos.
Haru conducía.
—Podríamos haber terminado el turno hace veinte minutos —se quejó Haru—. Pero no, el señor Kuroda decidió que necesitábamos revisar otra vez los alrededores.
—Había un aviso sobre movimientos extraños cerca del bosque.
—Y probablemente sean dos personas buscando un lugar donde besarse bajo la lluvia.
Lance levantó la vista.
—¿Siempre tienes que hablar?
—Sí. Es un talento natural.
Lance volvió a los documentos.
Entonces un resplandor violeta apareció entre los árboles.
Fue apenas un instante.
Pero lo vio.
—Detén el vehículo.
Haru lo miró.
—¿Qué?
—Detén el vehículo.
La seriedad de su voz hizo que Haru obedeciera.
El automóvil se detuvo junto al camino.
Lance abrió la puerta y salió bajo la lluvia.
—¿Qué has visto? —preguntó Haru, bajando tras él.
Lance no respondió inmediatamente.
Miraba hacia el bosque.
Entre los troncos había una figura.
No alcanzaba a distinguir su rostro ni su ropa con claridad. Solo percibía una silueta que se movía entre los árboles.
Y entonces volvió a verlo.
Un par de ojos lilas.
Brillaban en la oscuridad como dos pequeñas luces violetas.
Lance se quedó inmóvil.
Aquellos ojos no parecían reflejar la luz de los vehículos.
Parecían producirla.
—¿Viste eso? —preguntó.
Haru siguió su mirada.
La figura se ocultó detrás de un árbol.
—Vi algo moverse.
Lance comenzó a caminar hacia el bosque.
—Lance, espera.
—Quédate aquí.
—Ni hablar. No pienso dejar que te pierdas en el bosque a estas horas.
Los dos se adentraron entre los árboles.
La lluvia dificultaba la visibilidad. Las ramas les golpeaban los hombros y el barro se adhería a sus zapatos.
Lance avanzaba sin apartar la mirada del lugar donde había visto la figura.
—¿Crees que sea Petal Lady? —preguntó Haru en voz baja.
—No lo sé.
—Pero lo estás pensando.
Lance no contestó.
Entonces escucharon un ruido.
Un crujido.
Ambos se detuvieron.
A unos metros, una silueta cruzó entre dos árboles.
Esta vez Lance consiguió distinguir algo más.
Cabello oscuro.
Un destello morado.
Y aquellos ojos.
Los mismos ojos lilas.
—¡Policía! —gritó Lance—. ¡Detente!
La figura no obedeció.
Salió corriendo.
—¡Maldición! —exclamó Haru.
Lance comenzó a perseguirla.
La desconocida se movía con una agilidad extraordinaria. Esquivaba las ramas, saltaba sobre las raíces y parecía conocer perfectamente el terreno.
Lance intentó acortar la distancia.
—¡Alto!
Por un instante, la figura giró la cabeza.
Sus miradas se encontraron a través de la lluvia.
Lance alcanzó a ver aquellos ojos lilas una vez más.
Y algo en su expresión le hizo comprender que aquella persona lo había visto perfectamente.
No era una criatura desorientada.
No estaba huyendo por accidente.
Lo había visto y había decidido escapar.
La figura saltó sobre un tronco caído y desapareció entre la espesura.
Lance llegó hasta el lugar unos segundos después.
Miró a su alrededor.
Nada.
Solo árboles, lluvia y oscuridad.
Haru apareció detrás de él, respirando con dificultad.
—Dime que has conseguido verle la cara.
Lance guardó silencio.
—Lance...
—No.
—¿No qué?
—No he conseguido verle la cara.
Haru se pasó una mano por el cabello mojado.
—Entonces, ¿qué sabemos?
Lance observó el punto donde la figura había desaparecido.
—Que estaba allí.
—Eso ya lo sé.
—Y que no quería que la siguiéramos.
Haru miró hacia los árboles.
—¿Crees que era un demonio?
Lance recordó el resplandor de aquellos ojos.
—No lo sé.
Se agachó al ver algo junto a una raíz.
Un pétalo.
Pequeño.
Morado.
Lo recogió cuidadosamente y lo guardó en una bolsa de evidencia.
Haru lo observó.
—¿Un pétalo?
Lance no respondió.
Porque acababa de recordar los informes que llevaba semanas estudiando.
Las flores.
Los venenos.
Las escenas.
Petal Lady.
Levantó la mirada hacia la oscuridad.
—Tenemos que volver a la comisaría.
—¿Y qué les vas a decir?
Lance cerró la mano alrededor de la bolsa.
—Que quizá acabamos de encontrar una nueva pista.
Al otro lado del bosque
Kaede no se detuvo hasta alcanzar un pequeño refugio abandonado.
Entró, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Su respiración era irregular.
La transformación había consumido más energía de la que esperaba, y la persecución no había ayudado.
Se llevó una mano a la frente.
La marca floral había desaparecido.
Sus ojos recuperaron su tono lila habitual.
Durante unos segundos, permaneció en silencio.
Después recordó al hombre que la había perseguido.
Cabello negro.
Ojos celestes.
Voz firme.
¡Policía! ¡Detente!
Kaede soltó un suspiro.
—Genial.
Sacó el teléfono y escribió un mensaje.
Kaede: Renji.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Renji: ¿Qué rompiste?
Kaede frunció el ceño.
Kaede: ¿Por qué asumes que rompí algo?
Renji: Porque te conozco.
Ella guardó el teléfono durante unos segundos.
Después volvió a escribir.
Kaede: Un policía me vio.
Esta vez, Renji tardó un poco más en responder.
Renji: ¿Te reconoció?
Kaede miró hacia la ventana del refugio.
A lo lejos, las luces de los vehículos policiales se filtraban entre los árboles.
Kaede: No lo sé.
Renji: Kaede, dime que no te transformaste.
Ella cerró los ojos.
Kaede: ...
Renji: ¡KAEDE!
La joven dejó escapar una pequeña risa cansada.
Por primera vez aquella noche, algo parecido a la preocupación apareció en su rostro.
El policía había visto sus ojos.
Y quizá también había visto algo más.
Kaede guardó el teléfono y se acercó a la ventana.
La lluvia continuaba cayendo.
—Espero que no seas demasiado curioso, Lance Kuroda...
Pero ella todavía no sabía una cosa.
En aquel mismo instante, Lance estaba guardando el pétalo violeta en una bolsa de evidencia.
Y acababa de tomar una decisión.
La lluvia había comenzado a disminuir cuando Lance y Haru regresaron a la comisaría.
Ambos estaban empapados. Lance llevaba la pequeña bolsa de evidencia en una mano, mientras que Haru caminaba a su lado, todavía molesto por haber perdido de vista a aquella misteriosa figura entre los árboles.
—Te lo digo, Lance, esa mujer no corría como una persona normal —murmuró Haru, sacudiéndose el agua del cabello—. Saltaba entre las raíces como si conociera cada centímetro de ese bosque.
—No sabemos si era una mujer.
—¿Viste esos ojos? Eran lilas. ¡Lilas, Lance! No azules, no violetas por la luz de una linterna. Lilas.
Lance no respondió inmediatamente. Seguía recordando aquella mirada que había aparecido entre los árboles. Por un instante, había tenido la sensación de que la figura no estaba huyendo de él por miedo.
Era como si hubiera decidido marcharse simplemente porque ya no quería permanecer allí.
—Necesito revisar el informe del caso anterior —dijo finalmente—. Si esa persona es la responsable de los asesinatos, quiero saber qué estaba haciendo en ese bosque.
Los dos atravesaron la entrada lateral de la comisaría.
Y entonces Haru se detuvo.
—Lance…
—¿Qué?
Haru no contestó. Miraba hacia el jardín que se extendía junto a uno de los muros del edificio.
Lance siguió la dirección de sus ojos.
Y se quedó inmóvil.
Un rincón iluminado
A un costado del jardín, bajo la sombra de un árbol cuyas ramas se inclinaban por la lluvia, había un pequeño espacio rodeado de velas.
No eran dos ni tres.
Había decenas de ellas.
Algunas descansaban sobre el suelo húmedo; otras estaban colocadas cuidadosamente alrededor de unas piedras. Sus llamas iluminaban un rincón que, a esa hora de la noche, normalmente habría permanecido completamente oscuro.
La lluvia no parecía haberlas apagado.
Y el aire tenía un olor extraño.
Incienso.
Un aroma intenso, dulce y ligeramente amargo que se extendía desde el jardín hasta la entrada lateral de la comisaría.
—¿Desde cuándo tenemos un altar en el jardín? —preguntó Haru en voz baja.
Lance no respondió.
Ya había comenzado a caminar hacia las velas.
—No toques nada —ordenó, sacando sus guantes—. Y avisa a seguridad. Quiero saber quién entró aquí y a qué hora.
Haru sacó su teléfono.
—Entendido.
Lance avanzó despacio, observando cada detalle. Las velas no estaban distribuidas al azar. Formaban una especie de semicírculo que iluminaba el centro del pequeño espacio.
Entonces vio algo más.
Una silueta tendida en el suelo.
El detective se acercó un poco más.
Y su expresión cambió por completo.
—No puede ser…
El cuerpo de un hombre descansaba en el centro del rincón, cuidadosamente colocado entre las velas. Era el mismo individuo al que Kaede había enfrentado aquella noche en el invernadero abandonado.
El mismo demonio de ojos dorados.
El mismo hombre cuya fuerza había obligado a Kaede a revelar su verdadera forma.
Pero ahora estaba allí, en el jardín de una comisaría.
Alguien había trasladado el cuerpo hasta el lugar donde trabajaban los investigadores encargados de encontrar al responsable.
Haru terminó la llamada y se acercó, aunque mantuvo la distancia indicada por Lance.
—¿Ese no es el hombre del informe que acabamos de recibir?
—Sí.
—¿Cómo demonios llegó hasta aquí?
Lance examinó el lugar sin tocar nada. No había señales evidentes de una entrada forzada ni de una pelea reciente en el jardín.
Entonces su mirada descendió hacia las manos del fallecido.
Había tres rosas.
Una rosa blanca.
Una rosa roja.
Y una rosa de un tono violeta tan oscuro que parecía negra bajo la luz de las velas.
Las tres estaban colocadas entre sus manos, con los tallos alineados cuidadosamente.
Alrededor de ellas descansaban pequeños pétalos de glicinia.
Lance sintió que algo se tensaba en su pecho.
No era la primera vez que encontraba flores junto a una víctima. Ya conocía aquel patrón, aquella firma que aparecía una y otra vez en los casos relacionados con la misteriosa asesina.
Pero esto era diferente.
Las otras escenas habían aparecido en lugares apartados, lejos de las miradas de los curiosos.
Esta vez, la persona responsable había dejado su mensaje prácticamente en la puerta de la policía.
—Está burlándose de nosotros —dijo Haru, mirando las rosas.
Lance mantuvo los ojos sobre el cuerpo.
—O quiere que encontremos algo.
—¿Algo como qué?
El detective señaló el suelo, cerca de las velas.
Entre dos pequeñas piedras había un sobre de color crema. Estaba cerrado y tenía una pequeña flor violeta dibujada en una de sus esquinas.
No llevaba nombre.
No llevaba dirección.
Solamente una palabra escrita en el centro, con una caligrafía elegante:
«Para ustedes».
Haru soltó una risa nerviosa, sin una pizca de diversión.
—Claro. Porque dejar un cadáver en nuestra comisaría no era suficiente. También tenía que escribirnos una carta.
Lance se puso otro par de guantes y recogió el sobre con cuidado, procurando no alterar nada de lo que había a su alrededor.
—Que nadie se acerque hasta que llegue el equipo forense.
—Ya vienen en camino.
Lance abrió el sobre.
Dentro había una pequeña hoja doblada en dos.
La desdobló bajo la luz de una linterna.
Y leyó.
A quienes persiguen las flores:
No todas las flores nacen para adornar un jardín.
Algunas crecen en silencio, bajo la lluvia. Otras florecen donde nadie se atreve a mirar.
Y algunas solo revelan su verdadera naturaleza cuando alguien comete el error de arrancarlas.
Este hombre creyó que podía destruir lo que no comprendía.
Ahora descansa entre las flores que tanto temía.
No busquen respuestas en las espinas.
Observen las raíces.
—Una flor que todavía no ha terminado de florecer.
El silencio que siguió fue más inquietante que el sonido de la lluvia.
Haru leyó la carta por encima del hombro de Lance.
—¿«Una flor que todavía no ha terminado de florecer»? —repitió—. Eso suena a amenaza.
—No necesariamente.
—¿Cómo que no necesariamente? ¡Nos dejó un cadáver, tres rosas y una carta en el jardín de la comisaría!
Lance volvió a leer la última línea.
Había algo en aquellas palabras que le molestaba.
No parecían escritas por alguien que quisiera presumir de su crimen. Tampoco sonaban como las amenazas habituales de una persona que buscaba provocar miedo.
Eran demasiado precisas.
Demasiado tranquilas.
Como si la autora supiera exactamente quién encontraría el cuerpo y qué preguntas se haría al leer el mensaje.
Lance miró nuevamente los pétalos de glicinia.
—Haru, ¿recuerdas lo que dijo Miyako sobre los venenos?
—Que las sustancias eran distintas, pero que las escenas compartían un patrón floral.
—Exactamente. Quiero que examine este cuerpo y compare cualquier evidencia con los casos anteriores. También quiero un análisis de los pétalos y de las rosas.
—¿Crees que esto tiene relación con la mujer del bosque?
Lance guardó la carta en una bolsa de evidencia.
—Creo que la mujer del bosque y la persona que dejó esto podrían estar relacionadas.
Haru frunció el ceño.
—¿Y si son la misma persona?
Lance levantó la mirada hacia el árbol que se alzaba sobre el rincón iluminado.
Por un instante, recordó los ojos lilas que lo habían observado desde la oscuridad.
—Entonces acabamos de recibir nuestro primer mensaje directo de Petal Lady.
Mientras tanto…
A varios kilómetros de la comisaría, Kaede estaba sentada junto a una ventana abierta.
La lluvia resbalaba por los cristales de su habitación. Sobre la mesa tenía una taza de té de glicinia, un cuaderno cerrado y un pequeño ramo de flores que había recogido días atrás.
Su cabello oscuro caía sobre sus hombros. Las puntas violetas apenas reflejaban la luz de la lámpara.
Ya no quedaba rastro de su transformación demoníaca.
Sus ojos habían recuperado su tono lila habitual.
Sin embargo, una parte de su mente seguía en aquel bosque.
El policía.
Había estado demasiado cerca.
Kaede tomó su teléfono y abrió la conversación con Renji.
Kaede: Hay algo que no te conté.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Renji: Eso nunca anuncia nada bueno. ¿Qué hiciste?
Kaede: El hombre del invernadero.
Renji: ¿Qué pasa con él?
Kaede contempló la lluvia antes de escribir.
Kaede: La policía me vio después de la pelea.
Los tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente, Renji respondió:
Renji: KAEDE. ¿CÓMO QUE TE VIERON?
Ella bebió un sorbo de té.
Kaede: No me reconocieron.
Renji: ¿Estás segura?
Kaede: No.
Renji tardó un poco más en responder esta vez.
Renji: ¿Y ahora qué vas a hacer?
Kaede dejó la taza sobre la mesa.
—Nada —murmuró para sí misma.
Escribió una última respuesta.
Kaede: Esperar.
Bloqueó el teléfono y volvió a mirar por la ventana.
No tenía manera de saber que, en ese mismo momento, un grupo de policías estaba descubriendo el cuerpo del demonio que había derrotado.
Tampoco sabía que las tres rosas y los pétalos de glicinia acabarían convirtiéndose en las pruebas más desconcertantes de la investigación.
Pero había algo que Kaede sí sabía.
El hombre del invernadero no era una víctima elegida al azar.
Y la carta no era una simple advertencia.
Era el comienzo de algo que llevaba mucho tiempo esperando florecer.
De vuelta en la comisaría
Miyako Arai llegó al jardín poco después, acompañada por el equipo forense.
Se agachó junto al cuerpo, examinó las flores y observó las velas sin tocarlas.
—Qué puesta en escena tan peculiar —comentó.
Haru cruzó los brazos.
—¿Puedes decirnos algo que no sepamos?
Miyako le dirigió una mirada seca.
—Sí. Que hablar demasiado no te hace más inteligente.
—Te extrañé también, Miyako.
Ella lo ignoró y volvió a concentrarse en las evidencias.
Al examinar las rosas, su expresión se volvió más seria.
—Lance, estas flores no son iguales a las que encontramos en las otras escenas.
—¿En qué sentido?
—La rosa blanca está intacta. La roja tiene los pétalos ligeramente abiertos y la violeta presenta pequeñas marcas en el tallo. Quien las colocó escogió cada una por una razón.
Lance sacó una fotografía del conjunto.
—¿Crees que representan algo?
—Es posible. Pero no voy a inventar una interpretación antes de analizar las pruebas.
Miyako dirigió su atención hacia los pétalos de glicinia.
—Y esto sí es importante. La flor aparece nuevamente en una escena vinculada a un veneno. Necesitaré comparar las muestras con las de los casos anteriores.
Lance asintió.
—Hazlo.
Cuando el equipo comenzó a trabajar, el detective se apartó unos pasos y observó el rincón desde la entrada del jardín.
Las velas seguían ardiendo.
El incienso continuaba perfumando el aire.
Y la carta descansaba dentro de una bolsa transparente.
«Observen las raíces».
Lance repitió la frase mentalmente.
Tal vez había estado buscando a una asesina cuando debería haber estado investigando algo mucho más grande.
Algo que conectaba a las víctimas, las flores y los venenos.
Algo que había comenzado mucho antes de que Petal Lady apareciera en los informes policiales.
Lance guardó las manos en los bolsillos de su abrigo y miró hacia la oscuridad que rodeaba la comisaría.
—Voy a encontrarte —susurró—. No importa cuántas flores dejes en mi camino.
Y, en algún lugar de la ciudad, Kaede Hanamori sonrió ligeramente al recordar una frase que su mentora le había enseñado muchos años atrás:
Las raíces siempre conocen la verdad, incluso cuando las flores mienten.
La investigación acababa de cambiar.
Y Lance todavía no sabía que la persona a la que buscaba podía estar mucho más cerca de lo que imaginaba.
El jardín de la comisaría había quedado acordonado.
Las velas se consumían lentamente y el aroma del incienso todavía flotaba en el aire cuando Lance terminó de guardar las fotografías del lugar. Haru, a su lado, se frotaba las manos con evidente incomodidad.
—Oye, Lance… ¿no sientes las manos raras?
Lance bajó la mirada.
La piel de sus dedos estaba enrojecida. Al principio había pensado que se debía al frío y a la lluvia, pero la irritación se extendía por sus palmas y muñecas. Sentía un escozor cada vez más intenso.
—Sí. ¿Desde cuándo te pasa?
—Desde hace unos minutos.
Lance observó sus propios dedos. La piel estaba mucho más irritada de lo normal.
Entonces recordó la carta.
Ambos habían manipulado el sobre y la hoja antes de que llegara el equipo forense.
—¡La carta! —exclamó Lance—. ¡Haru, no te toques la cara!
—¿Qué? ¿Por qué?
—¡El papel! ¡La tinta!
Miyako, que estaba terminando de hablar con uno de los técnicos, se volvió hacia ellos.
—¿Qué ocurre?
Lance levantó las manos para mostrárselas.
—Tenemos una reacción en la piel. Empezó después de manipular la carta.
Miyako se acercó, pero se detuvo a cierta distancia para observarlos.
Su expresión cambió.
—No vuelvan a tocar la evidencia. Necesito que un especialista examine esa carta de inmediato.
—¿Crees que está contaminada? —preguntó Haru.
—No lo sé todavía. Pero no voy a arriesgarme a que empeore.
Miyako pidió que los dos recibieran atención médica y que la carta se aislara para su análisis. Sin embargo, apenas terminó de dar las instrucciones, se llevó una mano al estómago.
Lance la miró.
—Miyako, ¿estás bien?
Ella intentó responder, pero una oleada de náuseas la obligó a apoyarse en una mesa.
—El incienso… —murmuró—. Me está dando vueltas la cabeza.
Su respiración se volvió incómoda y tuvo que sentarse. Había permanecido cerca del rincón durante varios minutos, donde el humo del incienso se concentraba bajo las ramas del árbol.
Haru se acercó para ayudarla, sin tocar la carta ni las muestras.
—¡Necesitamos una ambulancia!
—Ya la estoy llamando —respondió Lance, sacando el teléfono.
Por primera vez desde que había comenzado el caso, el detective sintió que la situación se les escapaba por completo de las manos.
La escena no solo había sido preparada para desconcertarlos.
También parecía haber sido diseñada para impedir que investigaran.
Y quien la había preparado conocía muy bien las consecuencias de acercarse demasiado.
Un hospital sin respuestas
Horas después, Lance y Haru estaban en una sala de atención médica. Les habían evaluado la irritación y estaban siguiendo las indicaciones del personal sanitario, pero el escozor seguía siendo molesto.
Miyako se encontraba en otra habitación, bajo supervisión médica por sus náuseas y dificultades respiratorias.
Los médicos habían iniciado la atención necesaria, pero no podían determinar con certeza qué sustancia había provocado las reacciones. La carta y el incienso estaban siendo investigados, y todavía no contaban con un análisis que identificara el compuesto.
Haru caminaba de un lado a otro del pasillo.
—Esto no tiene sentido. ¿Quién pone veneno en una carta destinada a la policía?
—Alguien que sabía que la íbamos a manipular —contestó Lance.
—¡Eso no mejora la situación!
Lance permaneció callado. Tenía las manos vendadas y la mirada fija en el suelo.
Entonces Haru se detuvo de golpe.
—Espera…
—¿Qué pasa?
—Conozco un lugar.
Lance levantó la cabeza.
—¿Un hospital?
—No. Una tienda de medicina natural. Está en una calle antigua, cerca del mercado de las flores. Mi abuela compraba allí cuando yo era pequeño. La mujer que la atendía conocía plantas medicinales y sustancias naturales que nadie más parecía reconocer.
Lance frunció el ceño.
—¿Crees que podrá ayudar a Miyako?
—No lo sé. Pero quizá pueda reconocer el origen de la sustancia cuando tengamos los resultados. Y tal vez sepa a quién consultar.
—No vamos a sacar a Miyako del hospital sin autorización médica.
—¡No he dicho eso! Primero hablaré con los médicos. Si consideran seguro trasladarla, podemos pedir que la evalúen en ese lugar cuando esté estable.
Lance asintió.
—De acuerdo. Y que nadie toque nada de la carta hasta que el laboratorio termine el análisis.
Haru sacó el teléfono y buscó una dirección antigua que apenas recordaba.
El nombre del establecimiento apareció en la pantalla:
La Raíz de Luna.
Debajo, una dirección en una calle estrecha del casco antiguo.
Haru sintió un escalofrío.
—Qué nombre tan oportuno…
Lance se puso de pie con cuidado.
—Vamos a averiguar si esa tienda sigue abierta.
La Raíz de Luna
La tienda se encontraba entre una pequeña librería y una floristería cerrada.
Era un establecimiento antiguo, con una puerta de madera oscura y ventanas cubiertas por cortinas verdes. Sobre la entrada colgaba un letrero con una luna plateada rodeada de ramas.
Cuando Haru empujó la puerta, una campanilla anunció su llegada.
El interior olía a hierbas secas, madera y flores.
Había estanterías repletas de frascos vacíos, cajas de té, libros de botánica y ramos de plantas colgados del techo. Una lámpara cálida iluminaba el mostrador.
—¿Hola? —llamó Haru—. ¿Hay alguien?
Desde el fondo se escuchó una voz femenina.
—Si vienen a comprar, esperen. Si vienen a causar problemas, la puerta sigue detrás de ustedes.
Haru parpadeó.
Lance lo miró de reojo.
—Me cae bien.
—Todavía no la conoces.
—Precisamente.
Una mujer mayor apareció entre las estanterías. Tenía el cabello gris recogido en un moño, ojos gris verdosos y un broche de glicinia prendido en su ropa.
Su mirada pasó de Haru a Lance.
Después se detuvo en las vendas de sus manos.
La expresión de la mujer cambió ligeramente.
—¿Dónde tocaron la glicinia?
Lance se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe que fue glicinia?
La mujer no respondió de inmediato. Se acercó al mostrador y observó las vendas sin tocarlas.
—No he dicho que haya sido veneno. He preguntado dónde tocaron la glicinia.
Haru tragó saliva.
—En una carta. La tinta y el papel podrían haber estado contaminados. Y nuestra compañera está hospitalizada después de sentirse mal cerca de un incienso.
Los ojos de la mujer se endurecieron al escuchar aquello.
—¿Una carta con tinta contaminada? ¿Y un incienso encendido en un lugar cerrado o poco ventilado?
—En un rincón del jardín de la comisaría —explicó Lance—. Había velas, un cadáver y tres rosas. Encontramos pétalos de glicinia y una nota.
La mujer permaneció en silencio durante unos segundos.
Luego cerró el libro que llevaba bajo el brazo.
—Descríbanme las flores. No toquen ninguna muestra mientras hablamos. Y, por favor, díganme si los médicos saben que sospechan una exposición a una sustancia tóxica.
Lance y Haru intercambiaron una mirada.
—Ya están informados —respondió Lance—. El hospital está investigando lo ocurrido.
—Bien. No deben suspender la atención médica ni sustituirla por remedios caseros. Si hay una sustancia desconocida involucrada, primero necesitamos identificarla.
Haru respiró aliviado. Al menos aquella mujer parecía tomarse el asunto en serio.
—¿Puede ayudarnos?
La mujer miró nuevamente sus manos.
—Puedo ayudarles a reconocer ciertas plantas y explicarles qué información buscar. Pero no voy a adivinar qué sustancia les afectó sin resultados fiables.
Después dirigió la mirada hacia el broche de glicinia que llevaba prendido.
—Mi nombre es Shizue Hanabira. Llevo más de cuarenta años estudiando plantas medicinales y tóxicas.
Lance reconoció inmediatamente que estaban ante alguien que sabía más de lo que aparentaba.
—Detective Lance Kuroda. Él es Haru Takeda. Estamos investigando a una persona conocida como Petal Lady.
Al oír ese nombre, Shizue dejó de moverse.
Por primera vez, algo parecido al temor cruzó su rostro.
—¿Petal Lady? —repitió.
—¿La conoce? —preguntó Haru.
Shizue no respondió enseguida. Se volvió hacia una estantería y sacó un viejo libro de tapas violetas. Lo colocó sobre el mostrador, pero mantuvo una mano encima de la cubierta.
—Hace muchos años conocí a una joven que tenía una habilidad extraordinaria para reconocer las flores. Podía distinguir variedades que incluso los botánicos experimentados confundían.
Lance se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Era una asesina?
—No he dicho eso.
—Pero sabe algo sobre ella.
Shizue levantó la mirada.
—Sé que las flores pueden utilizarse para curar. También sé que algunas personas las convierten en símbolos de cosas terribles. No confundan el conocimiento de una planta con la culpabilidad de quien la estudia.
Haru miró el libro.
En el lomo había una inscripción casi borrada:
«Las raíces nunca olvidan».
La misma frase que había aparecido en la carta.
Lance lo notó inmediatamente.
—¿Qué significa esa inscripción?
Shizue retiró lentamente la mano de la cubierta.
—Es una frase antigua. La aprendí de mi maestra.
—¿Y quién era su maestra? —preguntó Lance.
La mujer cerró el libro.
—Alguien que me enseñó que el conocimiento puede proteger una vida o destruirla. Depende de las manos que lo utilicen.
Lance sintió que acababan de acercarse a una pista importante.
Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, Haru recibió una llamada del hospital.
Contestó de inmediato.
—¿Sí?… ¿Cómo que ha empeorado?
Su rostro perdió el color.
Lance se acercó.
—¿Qué sucede?
Haru escuchó unos segundos más antes de responder:
—Vamos para allá. No, no la dejen sola.
Colgó y miró a Lance.
—Miyako está teniendo más dificultades para respirar. Los médicos siguen atendiéndola, pero necesitan saber a qué pudo estar expuesta.
Shizue rodeó el mostrador.
—Entonces no perdamos tiempo. Llamen al hospital y faciliten toda la información que tengan sobre el incienso y la carta. Puedo ayudarles a organizar los datos sobre las plantas, pero su compañera necesita continuar bajo atención médica.
Lance asintió y sacó el teléfono.
Por primera vez aquella noche, sentía que tenían a alguien capaz de comprender las pistas botánicas que la asesina dejaba tras de sí.
Sin embargo, mientras Haru hablaba con el hospital, Shizue volvió a mirar el libro violeta.
En una de sus páginas había una anotación escrita a mano, con una letra que reconocería en cualquier parte.
Una letra que no veía desde hacía años.
Y debajo de aquella anotación, un nombre.
Kaede Hanamori.
Shizue cerró el libro antes de que los detectives pudieran verlo.
No dijo nada.
Todavía no.
Porque si la joven que había conocido años atrás era realmente la persona a la que la policía llamaba Petal Lady, entonces la investigación no solo podía descubrir la identidad de una asesina.
También podía desenterrar un secreto que Shizue había prometido proteger.
Y esa promesa, por primera vez, comenzaba a pesarle más que nunca..
La lluvia había vuelto a intensificarse cuando Shizue cerró la tienda.
Haru caminaba deprisa, pendiente del teléfono, mientras Lance acompañaba a la anciana por la acera. Habían acordado dirigirse al hospital para entregar toda la información que pudiera ayudar a Miyako.
Sin embargo, Lance no podía dejar de pensar en algo.
El libro violeta.
La inscripción sobre las raíces.
Y, sobre todo, la reacción de Shizue cuando había mencionado a Petal Lady.
—Señora Hanabira —comenzó—, hace un momento dijo que conoció a una joven con conocimientos extraordinarios sobre las flores. ¿Quién era?
Shizue continuó caminando sin mirarlo.
—Una muchacha que vivió hace mucho tiempo.
—¿Cómo se llamaba?
La anciana tardó unos segundos en contestar.
—Yuzuki Amamiya.
Lance guardó el nombre en su memoria.
—¿Qué relación tenía con usted?
—Yo le enseñé algunas cosas sobre plantas medicinales. Era una niña curiosa, demasiado curiosa para su propio bien.
Haru, que caminaba delante de ellos, se volvió.
—¿Y también sabía preparar venenos?
Shizue le dirigió una mirada severa.
—Sabía reconocer las propiedades de las plantas. No es lo mismo que convertir ese conocimiento en un arma.
—Pero alguien está utilizando flores y sustancias tóxicas para asesinar personas —replicó Haru—. Y parece saber exactamente lo que hace.
—Lo sé.
La respuesta fue tan seca que Haru decidió no insistir de inmediato.
Lance, en cambio, continuó.
—¿Yuzuki tenía alguna relación con Petal Lady?
Shizue apretó ligeramente el asa de su bolso.
—No. Yuzuki murió cuando tenía quince años.
Los dos detectives se detuvieron.
—¿Murió? —preguntó Lance.
—Hace muchos años. Fue una tragedia.
Shizue bajó la mirada. Su rostro permaneció sereno, aunque por dentro sentía que cada palabra la alejaba un poco más de la verdad.
Yuzuki Amamiya no había existido como la persona que acababa de describir.
Era un nombre que Shizue había elegido en ese instante.
Una identidad inventada para esconder a la joven cuyo nombre aparecía en su viejo libro.
Kaede Hanamori.
La muchacha que había llegado a su vida con preguntas, curiosidad y una capacidad extraordinaria para comprender las flores.
La muchacha a la que había enseñado durante años.
La muchacha que todavía estaba viva.
Y a la que Shizue no pensaba entregar a la policía.
—¿Cómo murió? —preguntó Lance.
Shizue mantuvo los ojos al frente.
—Prefiero no hablar de eso.
Lance notó la tensión en sus manos, pero no insistió. Todavía no tenía motivos para acusarla de mentir.
—Comprendo.
—No, detective —respondió ella con voz baja—. No creo que comprenda.
Por unos instantes, ninguno habló.
El sonido de la lluvia llenó el silencio.
Un nombre conocido
Mientras se acercaban a la avenida principal, Lance volvió a pensar en el nombre que Shizue había mencionado.
Yuzuki Amamiya.
Una joven que estudiaba flores, conocía plantas tóxicas y había muerto a los quince años.
No parecía una conexión suficiente para resolver el caso. Aun así, algo no encajaba.
—Hay otra cosa que quiero preguntarle —dijo—. Cuando mencionamos el nombre de Kaede Hanamori, usted reaccionó de una manera extraña.
Shizue sintió que el corazón le daba un vuelco.
No se detuvo, pero su expresión cambió apenas un instante.
—¿Kaede?
—Sí. El nombre estaba escrito en su libro. Lo vi antes de que lo cerrara.
La anciana respiró despacio.
Había cometido un error al dejar que Lance viera aquella página.
Ahora necesitaba una explicación que no revelara demasiado.
—Kaede Hanamori es una muchacha que viene a mi tienda de vez en cuando —contestó—. A veces busca información sobre determinadas plantas. Otras veces viene por medicina natural o por libros de botánica.
—¿La conoce bien?
—Lo suficiente para saber que le gusta investigar por su cuenta.
—¿Es botánica?
—No exactamente. Tiene conocimientos, pero no es una profesional de la medicina.
Lance la observó de reojo.
—¿Y sabe algo de venenos?
Shizue se volvió hacia él.
—Muchos de mis clientes preguntan por plantas que pueden resultar peligrosas. Eso no los convierte en criminales.
—No he dicho que lo sea.
—Pero lo está pensando.
Lance no respondió.
Porque, para ser sincero, sí lo había pensado.
Y entonces, de repente, recordó algo.
Una esquina de la ciudad.
Un cartel de búsqueda pegado en una pared.
Una joven de cabello oscuro con las puntas violetas que se había detenido frente a la imagen de Petal Lady.
Él se había acercado y le había preguntado si estaba interesada en el caso.
La muchacha había levantado la mirada.
Kaede Hanamori.
Recordaba su nombre con claridad.
También recordaba sus ojos lilas y la tranquilidad con la que había respondido a sus preguntas.
En aquel momento no le había parecido sospechosa. Simplemente, era una joven que se había detenido a leer un cartel.
Pero ahora el recuerdo adquiría un matiz diferente.
Lance miró a Shizue.
—¿Kaede tiene el cabello negro con las puntas violetas?
Shizue sintió que la pregunta le helaba la sangre.
—Sí. ¿Por qué?
Lance guardó silencio unos segundos.
—Creo que la he visto.
Haru se volvió de inmediato.
—¿A quién?
—A Kaede. Estaba mirando uno de los carteles de Petal Lady. Hablé con ella brevemente.
Shizue fingió sorpresa.
—¿De verdad?
—Sí. Fue un encuentro casual.
—Entonces no entiendo por qué le interesa tanto.
Lance metió las manos en los bolsillos de su abrigo.
—Porque esa noche, en el bosque, vi a una persona con ojos lilas.
Haru abrió los ojos.
—¿Crees que era ella?
—No lo sé. No pude verle el rostro con suficiente claridad.
Shizue mantuvo una expresión neutral, pero por dentro sentía que la situación se volvía más peligrosa a cada segundo.
Kaede tenía los ojos lilas.
La mujer que Lance había visto entre los árboles tenía los ojos lilas.
Y el detective acababa de relacionar ambas cosas.
Sin embargo, los ojos por sí solos no demostraban nada.
—Hay muchas personas con ojos claros, detective —dijo Shizue—. No debería convertir una coincidencia en una acusación.
—Tiene razón.
Lance lo dijo con serenidad.
Pero su mirada indicaba que no había abandonado la idea.
Una mentira cuidadosamente construida
Llegaron a la entrada del hospital.
Haru se adelantó para hablar con el personal médico, mientras Lance permaneció unos instantes junto a Shizue.
—Una última pregunta —dijo.
La anciana lo miró.
—Adelante.
—¿Kaede conocía a Yuzuki Amamiya?
Por primera vez, Shizue estuvo a punto de perder la compostura.
Solo un instante.
Después respondió:
—No. Yuzuki murió mucho antes de que Kaede comenzara a venir a mi tienda.
Era mentira.
Una mentira completa.
Pero Lance no tenía forma de comprobarlo en ese momento.
—Entiendo —murmuró.
Shizue se dispuso a entrar, aunque él volvió a hablar.
—Señora Hanabira, si recuerda algo relacionado con la carta, las flores o las personas que han visitado su tienda, necesito que me lo diga.
—Por supuesto, detective.
La anciana inclinó ligeramente la cabeza.
—Espero que encuentren a la persona responsable antes de que alguien más resulte herido.
Lance la observó alejarse hacia la recepción.
Había algo en ella que no conseguía comprender. No parecía una mujer que temiera a la policía, sino alguien que temía lo que la policía pudiera descubrir.
Y esa diferencia le importaba.
Mucho.
En otro lugar de la ciudad
Kaede estaba sentada en el alféizar de su ventana cuando recibió un mensaje de Renji.
Renji: ¿Has salido hoy?
Kaede: No.
Renji: ¿Has hablado con alguien?
Kaede: No.
Renji: ¿Estás segura?
Kaede frunció el ceño.
Kaede: Renji, si vas a interrogarme, al menos hazlo con preguntas originales.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Renji: Solo intento asegurarme de que no hayas complicado más las cosas.
Kaede dejó el teléfono a un lado.
No tenía intención de contarle todo lo que había ocurrido aquella noche. No todavía.
Se levantó y caminó hacia su estantería, donde guardaba varios libros de botánica. Entre ellos había uno antiguo, de tapas gastadas, que Shizue le había prestado años atrás.
Lo abrió por una página marcada con una cinta violeta.
En el margen, con la letra de su mentora, había una frase:
Una mentira puede proteger una vida, pero nunca consigue borrar la verdad.
Kaede pasó los dedos por la escritura.
—Eso depende de quién la cuente, Shizue —susurró.
No sabía que, en ese mismo instante, la anciana estaba mintiendo para protegerla.
Tampoco sabía que Lance acababa de recordar su rostro.
Y mucho menos imaginaba que el detective había comenzado a preguntarse si aquella joven tranquila que había conocido frente a un cartel podía tener alguna relación con la mujer de ojos lilas del bosque.
Kaede cerró el libro.
Por alguna razón, sintió un escalofrío.
Afuera, la lluvia comenzó a golpear la ventana con más fuerza.
Y en el hospital, Lance Kuroda sacó su libreta y escribió dos nombres:
Yuzuki Amamiya.
Kaede Hanamori.
Debajo de ambos anotó una última pregunta:
¿Por qué Shizue Hanabira parecía tener tanto miedo de que yo conociera la verdad?
Capitulo 3 — La Doctora de los ojos lilas
Las puertas automáticas del hospital se abrieron cuando Lance, Haru y Shizue entraron en recepción.
El ambiente estaba lleno de movimiento. Se escuchaban teléfonos, pasos apresurados y las voces de los trabajadores que atendían a los pacientes de aquella noche lluviosa.
Haru se acercó al mostrador.
—Venimos por la inspectora Miyako Arai. Está siendo atendida por una posible exposición a una sustancia tóxica.
La recepcionista comprobó los datos en su computadora.
—Sí, está en observación. Una doctora vendrá a informarles sobre su estado.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Lance.
—Todavía están evaluándola. Por favor, esperen aquí.
Haru se pasó una mano por el cabello.
—Espero que esté mejor. Si le pasa algo, no sé cómo vamos a continuar con la investigación.
—Va a salir adelante —respondió Lance, aunque también estaba preocupado.
Shizue permanecía detrás de ellos, observando los pasillos.
Había algo en aquel hospital que le resultaba familiar. No era la primera vez que acudía allí, pero esa noche no había imaginado que terminaría acompañando a dos detectives en una investigación relacionada con una carta envenenada.
Entonces se escucharon unos pasos.
—¿Los señores Kuroda y Takeda?
Los tres se volvieron.
Una joven doctora se acercaba con una carpeta médica entre las manos. Llevaba una bata blanca sobre el uniforme, el cabello negro recogido parcialmente y algunos mechones con reflejos violetas que caían junto a su rostro.
Sus ojos eran de un delicado tono lila.
—Soy la doctora Hanamori —se presentó con naturalidad—. Estoy colaborando con el equipo que atiende a la inspectora Arai.
Lance no respondió.
Se quedó mirándola.
Kaede Hanamori.
La misma muchacha del cartel.
La joven con la que había hablado en aquella esquina, antes de que el caso comenzara a complicarse.
La misma que, según Shizue, visitaba su tienda para conseguir información sobre plantas y medicina natural.
Kaede inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Detective Kuroda? ¿Se encuentra bien?
Lance parpadeó y volvió a la realidad.
—Sí. Disculpe, doctora.
—No tiene por qué disculparse. Imagino que ha sido una noche complicada.
Kaede habló con tanta tranquilidad que resultaba difícil imaginar que, unas horas antes, había estado luchando contra un demonio en un invernadero abandonado.
Haru se acercó enseguida.
—Doctora, ¿cómo está nuestra compañera?
Kaede abrió la carpeta.
—La inspectora continúa bajo observación. Ha presentado náuseas y dificultades respiratorias, por lo que el equipo médico está vigilando su evolución y evaluando las posibles causas.
Su voz era profesional. No había vacilación ni nerviosismo.
—¿Sospechan que fue el incienso? —preguntó Lance.
—Es una posibilidad que están investigando, pero todavía no puedo confirmar qué sustancia estuvo involucrada. Necesitamos los resultados correspondientes antes de establecer una causa.
Lance la observó atentamente.
Era una respuesta sensata.
Y, sin embargo, algo le resultaba inquietante.
No porque hubiera dicho algo incorrecto, sino porque aquella coincidencia parecía demasiado extraña.
La joven que había visto frente al cartel de Petal Lady ahora estaba allí, trabajando en el mismo hospital donde atendían a su compañera, precisamente después de que él encontrara un cuerpo rodeado de glicinias.
—¿Trabaja aquí todas las noches? —preguntó.
Kaede levantó la mirada de la carpeta.
—No. Mis turnos varían. ¿Por qué lo pregunta?
—Simple curiosidad.
Ella le dedicó una sonrisa educada.
—Entiendo.
Y volvió a revisar sus documentos.
Lance no apartó la mirada.
Shizue la reconoce
Hasta ese momento, Shizue había permanecido en silencio.
Pero cuando escuchó la voz de la doctora y observó los mechones violetas que enmarcaban su rostro, sintió que el corazón se le encogía.
La reconocería en cualquier parte.
Aquella forma de inclinar la cabeza.
La serenidad con la que observaba a los demás.
Los ojos lilas que tantas veces había visto mientras le enseñaba a distinguir una flor de otra.
—Kaede… —susurró sin darse cuenta.
La doctora levantó los ojos.
Por una fracción de segundo, su expresión cambió.
No fue más que un pequeño movimiento de sus pupilas, un instante de sorpresa que desapareció casi inmediatamente.
—¿Nos conocemos, señora? —preguntó Kaede.
Shizue comprendió el mensaje.
No me descubras.
La anciana apretó los labios y bajó la mirada.
—Disculpe. Me recuerda a una persona.
Kaede asintió como si aquello no tuviera importancia.
—Sucede a menudo. Espero que sea un buen recuerdo.
—Lo es —respondió Shizue en voz baja—. Aunque esa persona era mucho más problemática de lo que aparentaba.
Por primera vez, Kaede tuvo que contener una sonrisa.
—Entonces debió de conocerla bastante bien.
—Demasiado bien.
Haru miró a ambas, intrigado.
—¿Se conocen?
Shizue se apresuró a negar con la cabeza.
—No, detective. Solo me recordó a alguien de mi pasado.
Kaede cerró la carpeta.
—Si me disculpan, debo revisar el estado de la inspectora. En cuanto tenga información nueva, se la comunicaré.
La doctora se alejó por el pasillo.
Y Lance la siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de una puerta.
Haru se cruzó de brazos.
—Bueno, parece que al menos alguien aquí sabe lo que hace.
Lance no respondió.
—¿Lance?
—Es ella.
—¿Quién?
—La chica del cartel.
Haru miró hacia el pasillo.
—¿Kaede Hanamori?
—Sí.
—¿Y qué tiene eso de sospechoso? Trabaja en un hospital. Es una doctora. Quizá simplemente la recuerdas porque hablaste con ella.
—Quizá.
Lance sacó su libreta.
Pero no escribió nada todavía.
Había algo que quería comprobar primero.
Se volvió hacia Shizue.
—Señora Hanabira, ¿usted sabía que Kaede trabajaba aquí?
La anciana sintió que aquella pregunta se acercaba demasiado a la verdad.
—No. No sabía que trabajaba en este hospital.
Lance la estudió durante unos segundos.
—Qué coincidencia, ¿no cree?
—La ciudad es más pequeña de lo que parece, detective.
—Eso dicen.
Sin embargo, Lance no parecía convencido.
Detrás de la puerta
Kaede entró en una pequeña sala donde podía consultar la información clínica de Miyako junto con el personal responsable de su atención.
Cerró la puerta y dejó la carpeta sobre una mesa.
Su expresión cambió.
La sonrisa educada desapareció.
Shizue estaba allí.
Lance también.
Y ahora ambos sabían que trabajaba en el hospital.
—Esto es un desastre —murmuró.
Sacó el teléfono del bolsillo y abrió la conversación con Renji.
Kaede: No vas a creer lo que acaba de pasar.
Renji: ¿Qué hiciste ahora?
Kaede: Estoy trabajando.
Renji: Eso no suena terrible.
Kaede: Lance Kuroda acaba de entrar por la puerta.
La respuesta llegó de inmediato.
Renji: ¿EL POLICÍA DEL BOSQUE?
Kaede: Sí.
Renji: Kaede, por favor, dime que no te reconoció.
Ella miró su reflejo en el cristal de la puerta.
Kaede: Me reconoció de nuestro encuentro frente al cartel.
Renji: Eso no es lo que te pregunté.
Kaede suspiró.
Kaede: No sabe quién soy.
Renji: Todavía.
La palabra quedó suspendida en la pantalla.
Kaede bloqueó el teléfono y respiró profundamente.
Su trabajo en el hospital era una cobertura perfecta. Le permitía conocer a personas de distintos lugares, escuchar conversaciones y mantener una vida aparentemente normal.
Pero también implicaba una regla importante:
Nunca debía permitir que sus dos mundos se encontraran.
Y aquella noche, por primera vez, estaban a unos pocos metros de distancia.
La sospecha de Lance
En el pasillo, Lance seguía pensando en la doctora.
—Haru, necesito que compruebes algo por mí.
—Dime.
—Quiero saber desde cuándo trabaja Kaede Hanamori en este hospital. También quiero verificar sus credenciales profesionales por los canales correspondientes.
Haru arqueó las cejas.
—¿Vas a investigar a una doctora porque la viste frente a un cartel?
—Voy a comprobar una coincidencia. No he dicho que sea culpable de nada.
—Más te vale tener una razón convincente. No podemos tratar a cada persona que tenga ojos lilas como sospechosa.
—Lo sé.
Lance guardó su libreta.
Lo que no le dijo a Haru fue que había recordado otra cosa.
Cuando Kaede lo había visto aquella noche en el bosque, la figura no había parecido sorprendida por su presencia.
Había girado la cabeza hacia él durante un instante.
Como si hubiera sabido exactamente quién era.
Y después había escapado con una agilidad que no parecía humana.
Lance miró hacia la puerta por la que la doctora había desaparecido.
—No voy a acusarla sin pruebas —murmuró—. Pero quiero saber quién eres realmente, Kaede Hanamori.
Al otro lado de la puerta, la joven doctora se quedó inmóvil al escuchar su nombre.
No podía haber oído toda la conversación.
Pero sí había reconocido aquella voz.
La voz del hombre que la había perseguido entre los árboles.
Kaede cerró los ojos por un instante.
Lance Kuroda acababa de convertirse en algo más que un detective que seguía sus huellas.
Ahora era un hombre que podía observarla de cerca.
Y eso era mucho más peligroso.
Porque las flores podían engañar a la policía.
Los pétalos podían ocultar pistas.
Incluso una carta podía convertirse en una trampa.
Pero mantener una mentira frente a alguien que comenzaba a sospechar de ti…
Eso era mucho más difícil.
A solas bajo la lluvia
El reloj de la pared marcaba las once y cuarenta de la noche.
Kaede llevaba varios minutos revisando documentos en la sala médica, aunque su atención estaba muy lejos de ellos.
Podía escuchar las voces de los trabajadores en el pasillo. El teléfono de recepción sonaba de vez en cuando y, a lo lejos, se oían los pasos apresurados del personal sanitario.
Todo parecía normal.
Excepto por el detective que seguía en el hospital.
Lance Kuroda.
Kaede dejó la carpeta sobre la mesa y se frotó el puente de la nariz.
—Qué noche tan insoportable…
No podía quedarse encerrada allí intentando fingir que nada ocurría. Necesitaba despejarse, ordenar sus pensamientos y, sobre todo, recuperar la tranquilidad suficiente para no cometer un error.
Se levantó, se acomodó la bata y salió de la sala.
Caminó por el pasillo hasta llegar a una puerta lateral que conducía a un pequeño patio exterior. Era un lugar tranquilo, con algunas plantas ornamentales, bancos de madera y una cubierta que protegía parte del camino de la lluvia.
Kaede empujó la puerta.
El aire fresco le acarició el rostro.
Respiró profundamente y cerró los ojos.
Por fin, silencio.
Bueno, casi.
La lluvia caía sobre el techo de cristal, produciendo un sonido suave y constante. Las luces del hospital iluminaban las gotas que resbalaban por las hojas de las plantas.
Kaede se apoyó en la barandilla.
—Mucho mejor —murmuró.
Durante unos segundos, se permitió dejar de ser la doctora Hanamori, la joven que acudía a una tienda de medicina natural y la misteriosa figura a la que la policía llamaba Petal Lady.
Solo quería estar allí.
Sin preguntas.
Sin sospechas.
Sin detectives.
—Parece que alguien también necesitaba escapar del ruido.
Kaede abrió los ojos de golpe.
Una voz masculina había hablado detrás de ella.
Y la reconoció inmediatamente.
Se volvió despacio.
Lance Kuroda acababa de salir por la misma puerta.
Llevaba el abrigo oscuro sobre el uniforme y tenía las manos vendadas. Se detuvo al verla, aparentemente tan sorprendido como ella.
Durante un instante, ninguno habló.
Kaede fue la primera en reaccionar.
—Detective Kuroda.
Lance inclinó ligeramente la cabeza.
—Doctora Hanamori.
Ella volvió la mirada hacia la lluvia.
—¿También viene a tomar aire?
—Podría decirse que sí.
—Entonces tenemos algo en común.
—Parece que sí.
Lance se acercó a la barandilla, dejando una distancia prudente entre ambos.
Kaede mantuvo la expresión tranquila, aunque por dentro estaba maldiciendo aquella coincidencia.
De todos los lugares del hospital… tenía que salir justo ahora.
Lance observó sus manos vendadas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.
Él bajó la mirada.
—Una reacción en la piel. Parece que la carta que encontramos estaba contaminada.
Kaede sintió una pequeña punzada de alarma, pero no permitió que se reflejara en su rostro.
—¿La carta?
—La dejaron junto a un cadáver, en el jardín de la comisaría. Había velas, incienso, tres rosas y pétalos de glicinia.
Ella guardó silencio un instante.
—Qué manera tan extraña de dejar un mensaje.
Lance giró la cabeza hacia ella.
—Eso mismo pensé.
Kaede fingió contemplar las gotas que caían desde el borde del techo.
—¿Y encontraron alguna pista?
—Algunas. Todavía no suficientes.
—Entonces espero que su investigación avance pronto.
—Yo también.
Lance hizo una pausa.
—Aunque debo admitir que cada vez aparecen más preguntas.
Kaede lo miró de reojo.
—¿Por ejemplo?
—¿Por qué alguien dejaría una carta envenenada en una comisaría? ¿Por qué elegiría flores como firma? ¿Y por qué parece conocer tan bien los movimientos de la policía?
Kaede se encogió ligeramente de hombros.
—Quizá quiere llamar su atención.
—Eso parece evidente.
—Entonces tal vez ya consiguió lo que quería.
Lance la observó con más atención.
La respuesta había sido sencilla, casi casual. Sin embargo, había algo en ella que le hizo querer continuar la conversación.
—¿Le interesan los casos criminales, doctora?
Kaede sonrió apenas.
—Me interesan muchas cosas. Eso no significa que quiera dedicarme a todas ellas.
—¿Y las flores?
La sonrisa de Kaede se desvaneció un poco.
—¿Qué pasa con ellas?
—La señora Hanabira me comentó que suele visitar su tienda para conseguir información sobre plantas y medicina natural.
Por dentro, Kaede suspiró.
Shizue, por favor, deja de hablar de mí con la policía.
—Es una tienda interesante —respondió—. La señora Hanabira sabe mucho de botánica. A veces encuentro libros que no están disponibles en otros lugares.
—¿Y conoce las propiedades de la glicinia?
Kaede sostuvo su mirada.
—Como muchas personas que se interesan por la botánica, conozco algunas de sus propiedades.
—¿Incluso las peligrosas?
—Conocer que algo puede ser peligroso no significa que uno quiera utilizarlo para hacer daño, detective.
Lance guardó silencio.
La respuesta era perfectamente razonable.
Pero también era prácticamente la misma idea que Shizue había expresado aquella noche.
¿Coincidencia?
Kaede notó que él seguía observándola.
—¿He dicho algo extraño?
—No. Es una respuesta inteligente.
—Procuro serlo.
—Lo he notado.
Por primera vez, Kaede tuvo que luchar para no sonreír de verdad.
No porque la situación le resultara divertida, sino porque Lance parecía decidido a convertir una conversación casual en un interrogatorio sin darse cuenta.
O quizá sí se daba cuenta.
Eso era lo que más le molestaba.
Una pregunta inesperada
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Lance miró hacia el jardín del hospital.
—Doctora Hanamori, ¿puedo hacerle una pregunta personal?
Kaede se tensó ligeramente.
—Depende de la pregunta.
—Cuando hablamos frente al cartel de Petal Lady, usted parecía bastante tranquila. La mayoría de las personas se inquietan al ver la fotografía de una asesina buscada.
—¿Debería haberme puesto a gritar?
—No. Pero me llamó la atención que estuviera observando el cartel con tanto interés.
Kaede soltó una pequeña risa.
—Detective, el cartel estaba en una esquina muy transitada. Me detuve a leerlo porque había gente hablando del caso. No recuerdo que eso fuera ilegal.
—No lo es.
—Entonces no veo el problema.
Lance asintió lentamente.
—Tiene razón.
Pero no se marchó.
Kaede volvió a mirar la lluvia, preguntándose cuánto tiempo tendría que soportar aquella conversación antes de poder regresar a su trabajo.
Entonces Lance hizo una pregunta que no esperaba.
—¿Cree que Petal Lady es un monstruo?
Kaede dejó de respirar durante un segundo.
No fue una reacción visible, apenas una pausa.
Pero Lance la notó.
Ella se volvió hacia él.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque quiero saber qué piensa la gente sobre ella.
Kaede bajó la mirada hacia las plantas del patio.
Una gota de lluvia resbaló desde una hoja hasta el suelo.
—Creo que las personas son más complicadas que los nombres que les damos —respondió finalmente—. Llamar monstruo a alguien es sencillo. Comprender por qué alguien hace lo que hace es mucho más difícil.
Lance permaneció inmóvil.
No era la respuesta que esperaba.
—¿Eso significa que la está defendiendo?
Kaede levantó la mirada.
Sus ojos lilas se encontraron con los de él.
—No, detective. Significa que no me gusta juzgar sin conocer toda la historia.
Durante unos segundos, Lance sintió que estaba hablando con alguien que comprendía mucho más sobre el caso de lo que dejaba entrever.
No tenía pruebas.
Ni siquiera una razón concreta para sospechar de ella.
Solo aquella extraña sensación de que, detrás de su serenidad, había algo que Kaede se esforzaba por mantener oculto.
El teléfono de Lance vibró.
Ambos apartaron la mirada.
Él contestó y escuchó atentamente.
—Entendido. Voy para allá.
Colgó y se volvió hacia ella.
—Tengo que regresar. Mi compañero me está esperando.
—Entonces no lo haga esperar.
Lance dio unos pasos hacia la puerta, pero se detuvo antes de entrar.
—Doctora Hanamori.
—¿Sí?
—Ha sido interesante hablar con usted.
Kaede ladeó ligeramente la cabeza.
—Espero que encuentre interesantes conversaciones con personas menos sospechosas.
Lance dejó escapar una breve risa.
—No la he acusado de nada.
—Todavía.
Él la miró.
Por primera vez en toda la noche, fue Lance quien pareció sorprendido.
Kaede mantuvo su expresión serena, aunque una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Era una broma, detective.
—Claro —respondió él, sin apartar los ojos de ella—. Una broma.
Finalmente, entró de nuevo en el hospital.
Kaede permaneció inmóvil hasta que la puerta se cerró.
Entonces soltó el aire que había estado conteniendo.
—Ese hombre va a convertirse en un problema.
Sacó el teléfono y escribió un mensaje.
Kaede: Acabo de hablar con Lance.
La respuesta de Renji llegó enseguida.
Renji: ¿Y sigues viva?
Kaede: Por desgracia para ti, sí.
Renji: ¿Sospecha de ti?
Kaede miró la puerta por la que el detective había desaparecido.
Kaede: No tiene pruebas.
Renji: Eso no responde a mi pregunta.
Ella guardó el teléfono sin contestar.
Porque había algo que no quería admitir ni siquiera ante Renji.
Durante aquella conversación, Lance no había conseguido descubrir su secreto.
Pero tampoco había conseguido apartar de su mente la sensación de que ambos compartían algo que todavía no comprendían.
Y eso era peligroso.
Mucho más peligroso que una persecución en el bosque.
Porque aquella noche, por primera vez, Kaede había tenido que mirar a Lance a los ojos y mentirle sin esconderse detrás de una máscara.
La sangre de una flor
La habitación del hospital estaba en silencio.
Kaede permanecía sentada en la cama, con una manta sobre las piernas y una expresión de profundo fastidio. Los médicos todavía estaban intentando determinar la causa exacta de sus síntomas, pero ella sabía que había cometido un error al exponerse deliberadamente a una sustancia peligrosa.
—Magnífico —murmuró—. Mi peor enemigo siempre termina siendo yo misma.
Miró la pequeña venda que cubría uno de sus dedos. Se la habían colocado después de una extracción de sangre rutinaria para los análisis.
Una idea cruzó su mente.
Quería comprobar si su organismo estaba desarrollando alguna resistencia a la variante de glicinia que tanto le preocupaba. No debía sacar conclusiones sin pruebas médicas, pero la posibilidad le resultaba imposible de ignorar.
Observó la venda unos segundos y decidió no manipularla ni hacerse ninguna herida para experimentar.
En su lugar, llamó a una enfermera.
—Disculpe, ¿podría preguntarle algo al equipo que está analizando mis muestras?
—Por supuesto, doctora.
—Quisiera saber si han encontrado alguna reacción particular en mis análisis. Me interesa conocer si hay indicios de exposición a alguna sustancia tóxica.
—Se lo comunicaré al médico responsable.
Kaede asintió.
No era la respuesta que quería, pero tendría que conformarse con ella.
Se recostó contra la almohada y cerró los ojos.
Si su cuerpo estaba cambiando, necesitaba entenderlo antes de volver a enfrentarse a una situación semejante.
La resistencia a un veneno no era lo mismo que la inmunidad. Y, por primera vez, Kaede estaba obligada a reconocer que todavía había cosas sobre su propia naturaleza que desconocía.
Una visita inesperada
Unos minutos después, alguien llamó a la puerta.
—Adelante —respondió Kaede.
Lance Kuroda entró con una libreta en la mano.
—Buenas noches, doctora Hanamori.
—Detective. ¿Viene a comprobar si sigo viva?
—Venía a preguntarle cómo se encuentra, pero veo que su sentido del humor sigue intacto.
—Es una de mis pocas virtudes.
Lance cerró la puerta sin bloquearla y permaneció a una distancia respetuosa de la cama.
—¿Le han dicho qué provocó sus síntomas?
—Todavía no. Están realizando análisis.
—Entiendo.
Kaede lo observó atentamente.
—¿Hay alguna razón por la que haya venido personalmente?
—Sí. Quería hacerle algunas preguntas sobre lo ocurrido esta noche. Si se encuentra demasiado cansada, podemos dejarlo para otro momento.
Ella suspiró.
—Adelante, detective. Ya que estoy aquí, supongo que al menos puedo entretenerlo.
Lance abrió su libreta.
—Usted conoce a Shizue Hanabira desde hace tiempo, ¿verdad?
—He visitado su tienda en varias ocasiones.
—¿Qué clase de información busca allí?
—Botánica, principalmente. Algunas plantas tienen propiedades medicinales interesantes. Otras requieren mucha precaución.
—¿Como la glicinia?
Kaede sostuvo su mirada.
—Entre otras.
Lance anotó algo.
—¿Sabía que encontramos pétalos de glicinia junto al cuerpo del jardín de la comisaría?
—Me lo comentó antes.
—Y también sabe que la carta podría haber estado contaminada.
—Sí.
—Entonces comprenderá por qué necesito saber si ha tenido contacto con sustancias similares.
Kaede entrelazó las manos sobre la manta.
—Detective, trabajo en un hospital. Estoy rodeada de personas enfermas y sustancias que requieren cuidado. Pero conocer una planta no significa que tenga relación con un crimen.
—No he dicho que la tenga.
—Todavía no.
Lance levantó la vista.
Kaede le dedicó una sonrisa inocente.
—Parece que esa frase le resulta familiar.
Él soltó una pequeña risa.
—Tiene una memoria excelente.
—Y usted hace demasiadas preguntas.
—Es parte de mi trabajo.
—Entonces espero que le paguen bien.
Por un instante, la tensión disminuyó.
Pero Lance volvió a ponerse serio.
—Doctora, cuando hablamos en el patio, usted dijo que no le gustaba juzgar sin conocer toda la historia de una persona. ¿Por qué piensa así?
Kaede desvió los ojos hacia la ventana.
La lluvia seguía cayendo.
—Porque las personas rara vez son tan sencillas como parecen. A veces alguien hace algo terrible por una razón que desconocemos. Eso no significa que debamos justificarlo, pero sí que debemos comprender los hechos antes de emitir un juicio.
Lance guardó silencio.
—¿Cree que Petal Lady tiene una razón para hacer lo que hace?
Kaede volvió a mirarlo.
—Creo que usted debería encontrar las pruebas y dejar que ellas respondan.
La respuesta hizo que Lance cerrara lentamente su libreta.
Aquella joven siempre conseguía devolverle las preguntas sin revelar demasiado sobre sí misma.
Y eso comenzaba a frustrarlo.
¡Renji aparece!
—¡KAEDE!
La voz resonó desde el pasillo.
Kaede abrió los ojos de golpe.
Lance se volvió hacia la puerta.
Un joven de cabello negro atravesó la entrada con tanta rapidez que casi chocó con el marco. Tenía algunas hebras plateadas entre el cabello, ojos carmesí y una expresión de preocupación que desapareció en cuanto vio a Kaede sentada en la cama.
Era Renji Kurotsuki.
Su mejor amigo.
Su cómplice en innumerables escapadas.
Y la última persona que Kaede necesitaba ver en aquel momento.
—¡¿Qué demonios te pasó?! —exclamó Renji, acercándose a ella—. ¡Me entero de que estás en el hospital y nadie se molesta en explicarme nada!
Kaede se llevó una mano a la frente.
—Renji…
—¡No, nada de «Renji»! ¡Llevas horas sin contestar mis mensajes!
Entonces él reparó en el hombre que estaba junto a la cama.
Lance también lo observaba.
Los dos se miraron en silencio.
Renji fue el primero en hablar.
—¿Y usted quién es?
Lance cerró su libreta.
—Detective Lance Kuroda. Estoy hablando con la doctora Hanamori sobre un asunto relacionado con una investigación.
Renji parpadeó.
Después miró a Kaede.
Luego volvió a mirar a Lance.
—¿Una investigación?
Kaede le dirigió una mirada que habría hecho retroceder a alguien mucho menos familiarizado con ella.
No digas nada estúpido.
Renji comprendió el mensaje.
Y, naturalmente, decidió responder de la peor manera posible.
—Ah, claro. La investigación. ¿Es por el asunto de las flores?
El silencio que siguió fue absoluto.
Kaede cerró los ojos.
Voy a matarlo.
Lance ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué sabe usted sobre las flores?
Renji se quedó quieto durante una fracción de segundo.
Luego sonrió con una tranquilidad sospechosa.
—¿Qué flores? Trabajo con jardines a veces. Es una manera de hablar.
Kaede lo miró con una expresión tan fría que Renji dejó de sonreír.
Lance no pareció convencido.
—¿Y cuál es su relación con la doctora Hanamori?
—Soy su amigo.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—Mucho.
—¿Podría ser más específico?
Renji cruzó los brazos.
—¿Esto es un interrogatorio o una reunión social?
—Renji —advirtió Kaede.
—¿Qué? Solo pregunto.
Lance observó el intercambio entre ambos.
Era evidente que se conocían muy bien. Renji estaba demasiado preocupado por ella para ser un simple conocido, y Kaede parecía acostumbrada a su comportamiento.
Pero había algo más.
Cuando había mencionado las flores, Renji había reaccionado de inmediato.
Y después había intentado corregirse.
Lance guardó ese detalle en su memoria.
—No quiero incomodar a la paciente —dijo finalmente—. Podemos continuar esta conversación en otro momento.
Renji se hizo a un lado, aunque mantuvo los ojos fijos en el detective.
—Excelente idea.
Lance se dirigió a la puerta, pero antes de salir miró a Kaede.
—Espero que se recupere pronto, doctora.
—Gracias, detective.
Él asintió y abandonó la habitación.
La puerta se cerró.
Renji esperó exactamente tres segundos.
Después se volvió hacia Kaede.
—¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?
—Baja la voz.
—¡ME ENTERO DE QUE ESTÁS HOSPITALIZADA Y CUANDO LLEGO ENCUENTRO A UN DETECTIVE PREGUNTÁNDOTE POR FLORES!
—Renji…
—¡Y CASI LE DIGO QUE…!
Kaede le lanzó una almohada.
Renji la atrapó por reflejo.
—¡¿QUÉ?! ¡ES VERDAD!
—¡Precisamente por eso tienes que aprender a cerrar la boca!
Renji dejó la almohada sobre una silla y la observó con más seriedad.
—¿Estás bien de verdad?
Kaede apartó la mirada.
—Estoy mejor.
—Eso no responde a mi pregunta.
Ella permaneció callada durante unos segundos.
—Cometí un error.
Renji se sentó junto a la cama.
Por primera vez desde que había entrado, dejó de bromear.
—Entonces no vuelvas a hacerlo.
Kaede lo miró.
—No sabes qué hice.
—No necesito saberlo todo para reconocer cuándo estás intentando resolver algo por tu cuenta y terminas poniéndote en peligro.
Ella no respondió.
Renji bajó la voz.
—No tienes que demostrarle nada a Lance. Ni a la policía. Ni a nadie.
Kaede volvió a mirar la ventana.
Sabía que tenía razón.
Y eso era precisamente lo que más le molestaba.
Al otro lado del pasillo
Lance caminaba hacia la sala de espera cuando sacó su libreta.
Escribió un nuevo nombre:
Renji Kurotsuki.
Debajo añadió una observación:
Amigo cercano de Kaede Hanamori. Reacción inmediata al escuchar la palabra «flores». Investigar su relación con la botánica y el caso Petal Lady sin asumir culpabilidad.
Lance cerró la libreta.
No sabía quién era Kaede realmente.
Tampoco sabía qué ocultaba Renji.
Pero estaba empezando a comprender que la doctora Hanamori no era una pieza aislada en aquella investigación.
Había personas a su alrededor que parecían dispuestas a protegerla.
Y si quería descubrir la verdad, tendría que averiguar por qué.
Mientras tanto, dentro de la habitación, Kaede miró sus manos y pensó en los análisis que aún estaban pendientes.
Quizá su resistencia a la glicinia estaba cambiando.
Quizá su cuerpo estaba adaptándose a algo que antes no podía soportar.
Pero hasta que tuviera pruebas fiables, no iba a confiarse.
Porque había aprendido algo importante aquella noche:
¿Sabías que…? El guardián dormilón de Kaede
¿Sabías que Renji siempre acompaña a Kaede cuando ella prepara sus venenos, aunque casi nunca llega despierto hasta el final?
Kaede tiene la costumbre de trabajar hasta altas horas de la noche, rodeada de libros, frascos, flores y anotaciones que solo ella parece entender. Y Renji, aunque asegura que su trabajo consiste en vigilar que nadie la moleste, suele acomodarse en el sofá más cercano con la excusa de que estará atento a cualquier ruido.
La realidad es otra.
—Renji, pásame mi cuaderno —pide Kaede sin apartar la mirada de su mesa.
Silencio.
—Renji.
Un ronquido responde desde el sofá.
Kaede gira lentamente la cabeza.
Allí está él, profundamente dormido, con un brazo colgando del sofá y un cojín cubriéndole la mitad del rostro.
—Increíble. Mi guardián personal ha caído en combate contra una almohada.
Renji no se mueve.
Kaede suspira, se levanta y le acomoda una manta sobre los hombros antes de regresar a su trabajo. Por supuesto, si alguien le preguntara, negaría haberlo hecho.
Lo curioso es que, cuando el sueño no vence a Renji, él permanece despierto durante horas, escuchándola hablar de sus descubrimientos aunque no comprenda ni la mitad. A veces le hace preguntas absurdas solo para conseguir que Kaede deje de fruncir el ceño.
Y aunque ella siempre le dice que no necesita que la vigile, jamás le pide que se marche.
Porque Renji conoce algo que muy pocas personas saben: Kaede trabaja mejor cuando siente que no está completamente sola.
Su pequeño secreto es que, aunque diga que le gusta el silencio, se ha acostumbrado tanto a tener a Renji dormido en el sofá que las noches se le hacen extrañamente vacías cuando él no está.
Y Renji, por su parte, jamás admitiría que muchas veces finge estar dormido unos minutos más para escucharla reírse bajito cuando cree que nadie la está mirando.
Aunque, si le preguntaras, probablemente respondería:
—¿Yo? ¿Dormirme mientras Kaede trabaja? ¡Jamás! Solo cierro los ojos para vigilar mejor.
Kaede no le creería ni una palabra.
Capitulo 4 — Las flores no hablan
I. Una pregunta pendiente
Hospital, 2:35 a. m.
Lance estaba sentado en una de las sillas del pasillo, repasando las notas que había tomado durante su conversación con Kaede.
No tenía pruebas de que la doctora estuviera relacionada con Petal Lady. Tampoco había encontrado motivos suficientes para considerar a Renji un sospechoso.
Sin embargo, había algo que le molestaba.
La reacción de Renji al escuchar la palabra flores.
No era suficiente para acusarlo de nada, pero sí para recordar su nombre.
—¿Todavía estás trabajando?
Lance levantó la cabeza.
Haru se acercaba por el pasillo con dos vasos de café. Tenía el cabello revuelto y cara de haber dormido menos de lo recomendable.
—Pensé que te habías marchado —dijo Lance.
—Y perderme la oportunidad de descubrir qué haces aquí a estas horas. Jamás.
Haru le entregó un vaso y se sentó a su lado.ñ
—¿Cómo está Miyako?
—Continúa bajo observación. Todavía no tenemos una conclusión definitiva sobre lo que le ocurrió.
Haru bajó la mirada hacia su café.
—Espero que se recupere pronto.
—Yo también.
Durante unos segundos, ambos permanecieron callados.
Entonces Haru reparó en la libreta de Lance.
—¿Qué estás anotando ahora?
—La conversación con la doctora Hanamori.
—¿La doctora que nos atendió?
—Sí.
Haru arqueó una ceja.
—¿Ha hecho algo sospechoso?
—No.
—¿Ha mentido?
Lance tardó un instante en responder.
—No tengo motivos para afirmarlo.
—Entonces, ¿por qué escribes sobre ella?
Lance cerró la libreta.
—Porque quiero recordar la conversación. Conoce a Shizue y tiene conocimientos de botánica. Eso podría ayudarnos a comprender algunas de las pruebas, pero no la convierte en sospechosa.
Haru sonrió.
—Mira qué bien. Por fin estás escuchando tus propios consejos.
—¿Qué consejos?
—Que no debemos convertir cada coincidencia en una acusación.
Lance le lanzó una mirada cansada.
—Bebe tu café, Haru.
—Con mucho gusto, detective.
Haru tomó un sorbo y se quemó la lengua.
—¡AU! ¡¿POR QUÉ ESTÁ TAN CALIENTE?!
Por primera vez en toda la noche, Lance soltó una pequeña carcajada.
Y durante unos minutos, la investigación quedó en segundo plano.
II. La advertencia de Renji
Dentro de la habitación, Kaede intentaba descansar.
Renji, en cambio, caminaba de un lado a otro.
—Vas a desgastar el suelo —murmuró ella.
—Y tú vas a conseguir que me salgan canas antes de tiempo.
—Eso sería interesante. Nunca te he imaginado con el cabello completamente gris.
Renji se detuvo y la miró.
—¿Te estás burlando de mí?
—Un poco.
Él suspiró y tomó asiento.
—Ahora en serio. ¿Qué ocurrió antes de que terminaras aquí?
Kaede apartó la mirada.
No quería mentirle a Renji. Era una de las pocas personas con las que no necesitaba fingir que todo estaba bajo control.
Pero tampoco quería hablar de algo que todavía no comprendía.
—Me expuse a una sustancia que no debía haber manipulado de esa manera —admitió finalmente—. Los médicos siguen haciendo pruebas.
Renji dejó de moverse.
—¿Fue por tus investigaciones?
—Sí.
—Kaede…
—Ya sé lo que vas a decir.
—No, no lo sabes. Porque si lo supieras, no habrías hecho algo así.
Ella frunció el ceño.
—No necesito que me trates como si fuera incapaz de tomar mis propias decisiones.
—Y yo no necesito que finjas que no puedes cometer errores.
La respuesta la hizo callar.
Renji suavizó el tono.
—No te estoy pidiendo que abandones tus investigaciones. Solo quiero que dejes de actuar como si tuvieras que resolverlo todo antes de pedir ayuda.
Kaede observó la manta que cubría sus piernas.
—No estoy acostumbrada a depender de otras personas.
—Ya lo sé.
—Y no me gusta.
—También lo sé.
Renji se recostó en la silla.
—Por suerte para ti, soy increíblemente difícil de quitar de encima.
Kaede soltó una pequeña risa.
—Eso es verdad.
Él sonrió, satisfecho de haber conseguido que se relajara.
Pero la expresión de Kaede volvió a ensombrecerse cuando recordó algo.
—Renji, ¿has oído hablar alguna vez de una flor llamada Violeta de Medianoche?
Su amigo dejó de sonreír.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
Kaede lo observó con atención.
—En uno de mis antiguos registros.
Renji guardó silencio durante unos segundos.
—Me suena —respondió finalmente—. Pero no recuerdo dónde lo escuché.
Kaede notó su vacilación.
No insistió.
Todavía.
III. Un resultado inesperado
A la mañana siguiente.
Una enfermera entró en la habitación con una carpeta.
—Doctora Hanamori, el médico responsable quiere hablar con usted sobre sus análisis.
Kaede se incorporó.
—¿Han encontrado algo?
—Todavía están revisando los resultados. El doctor podrá explicárselo mejor.
Renji se levantó de inmediato.
—¿Puedo acompañarla?
—Por supuesto, siempre que el médico esté de acuerdo.
Kaede se puso de pie y siguió a la enfermera. Renji caminó a su lado, esta vez sin bromear.
En el consultorio, el médico revisó algunos documentos antes de hablar.
—Los resultados iniciales no nos permiten establecer una conclusión definitiva. Hay ciertos valores que queremos comprobar con nuevas pruebas.
Kaede mantuvo la expresión serena.
—¿Han encontrado indicios de exposición a alguna sustancia?
—Todavía no podemos confirmarlo. Necesitamos completar los análisis y revisar sus antecedentes de exposición antes de sacar conclusiones.
Ella asintió.
Era frustrante no tener respuestas, pero prefería una incertidumbre honesta a una conclusión precipitada.
—Entiendo. Quiero que continúen con las pruebas necesarias.
—Eso haremos.
Al salir del consultorio, Renji caminó en silencio hasta que llegaron al pasillo.
—¿Qué piensas?
—Que todavía no sabemos nada.
—¿Y eso te preocupa?
Kaede contempló la luz de la mañana que entraba por las ventanas.
—Me preocupa no saber qué está cambiando. No voy a asumir que he desarrollado resistencia a una sustancia solo porque quiero que sea cierto.
Renji asintió.
—Bien. Esa es la Kaede que quería escuchar.
Ella lo miró de reojo.
—¿Y cuál era la otra?
—La que hace experimentos sin pensar en las consecuencias.
—Qué descripción tan desagradable.
—Qué descripción tan precisa.
Kaede le dio un pequeño golpe en el brazo.
Renji se rio.
Por el momento, al menos, podían dejar aquella preocupación en manos de los médicos.
Pero el misterio de las flores seguía esperándolos fuera del hospital.
IV. Una pista, no una acusación
Mientras tanto, Lance y Haru habían regresado a la comisaría.
Sobre la mesa había fotografías de los pétalos encontrados en distintas escenas, informes preliminares y copias de la carta que había provocado la irritación de sus manos.
Haru colocó una carpeta frente a Lance.
—He organizado las declaraciones y los horarios que tenemos confirmados. Todavía hay huecos, pero podemos empezar por ahí.
Lance revisó las páginas.
—Bien. Comparemos los lugares y las horas antes de buscar nuevas conexiones.
—¿Y las flores?
—Pediremos una identificación botánica más completa. No quiero asumir que todas pertenecen a la misma especie ni que tienen el mismo origen.
Haru asintió.
—¿Y Shizue?
—Volveremos a hablar con ella si aparece una pregunta concreta que podamos hacerle. Por ahora, sabemos que tiene conocimientos de botánica. Eso es todo.
—¿Y Kaede?
Lance levantó la vista.
—Es una doctora que conoce a Shizue y tiene interés en las plantas. No tenemos motivos para involucrarla más allá de eso.
Haru sonrió ligeramente.
—Estás aprendiendo.
—Estoy trabajando.
—Claro. Y yo soy una persona seria.
—Eso sí que no te lo crees ni tú.
Haru soltó una carcajada.
Lance volvió a las fotografías.
No sabía quién era Petal Lady.
No sabía por qué las flores aparecían junto a las víctimas.
Y todavía no comprendía qué relación tenían los distintos incidentes.
Pero estaba decidido a averiguarlo sin convertir a personas inocentes en sospechosas por una simple coincidencia.
La investigación avanzaría con pruebas, no con intuiciones.
Y, mientras tanto, Kaede tendría la oportunidad de seguir con su vida sin imaginar que, en otra parte de la ciudad, un detective intentaba comprender el mismo misterio desde el lado opuesto.
Porque todavía quedaban muchas flores por identificar.
Y ninguna de ellas había revelado todos sus secretos.








